NIVALTA: Todo es por tu bien Capítulo 2 — La sala cerrada
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Capítulo 2 — La sala cerrada

Darío trabajaba mejor cuando nadie le hablaba.

Lo había comprobado muchas veces: si Sabela entraba en la sala de bombas para preguntarle cuándo pensaba arreglar una llave, tardaba el doble; si Mara quería saber por qué una habitación estaba más fría que otra, empezaba a buscar herramientas que ya tenía en la mano; y si Leandro aparecía con una lista, Darío miraba la lista como si acabaran de entregarle una multa.

Conmigo era distinto. A mí me dejaba mirar.

Aquella tarde estaba agachado junto a la bomba secundaria, con medio cuerpo metido detrás de una tubería gruesa y una linterna sujeta entre los dientes.

Solo se le veían las botas y una rodilla.

Me pidió la llave del doce. Elegí la de tubo, pero me corrigió: había cogido la trece. Le hice notar que estaba colocada en el sitio equivocado y Darío asomó la cabeza con una mancha negra en la mejilla.

—Claro. Mi plan secreto era hacerte quedar mal delante de una bomba.

Cogió la llave correcta y volvió a esconderse.

El cuarto secundario de bombas estaba detrás de la antigua piscina termal, al final de un corredor que olía a metal y detergente.

No era una zona prohibida, pero tampoco podía ir allí solo.

Cuando era pequeño pregunté por qué y Darío me enseñó una válvula roja, una caja eléctrica abierta y un tornillo que había caído desde suficiente altura como para partir una baldosa.

Después de aquello dejó de hacer falta preguntar.

Me apoyé en la pared; la vibración de la bomba se transmitía por el azulejo y llegaba hasta los omóplatos.

Darío había escrito AGUA en un plano y AIRE en el otro.

En los dos ponía retorno; yo había confundido las tuberías de los intercambiadores con los conductos que pasaban sobre el techo.

Intenté adivinar qué circuito estaba reparando. Después de descartar la enfermería y el norte, dije que debía de ser el retorno de agua. Darío dejó de girar y preguntó si había ido a ayudar o a examinarlo. Le dije que a ayudar.

—Pues ayúdame sin acertar tanto.

Sonó un golpe metálico y me agaché para mirar.

Darío sacó una arandela gruesa de goma, deformada en un lateral, y me la dejó tocar.

Estaba tibia. Antes no perdía, dijo. Tenía treinta y ocho años y hablaba de sí mismo como si tuviera setenta.

Sabela decía que había nacido cansado. Él contestaba que había nacido observador.

Puso una junta nueva junto a la vieja para que comparara el grosor. El fabricante había dejado de hacer las anteriores. Darío probó el asiento antes de ajustarla.

Había terminado historia antes de comer y Sabela lo había comprobado hoja por hoja. Después Mara me hizo tomar la cápsula de la tarde. Leandro no volvió a mencionar el sensor. Yo tampoco: estaba anotado. Saqué el cuaderno y lo dejé sobre una caja.

—Ni se te ocurra apuntar cuánto tardo —dijo Darío.

Aparté la mano de la tapa.

También había horarios para el agua: los baños tenían tiempo y temperatura, y por la noche Mara dejaba una jarra medida junto a mi cama. Si tenía sed después de acostarme, debía llamarla. Yo había aprendido a terminarla sin pedir otra.

Cuando terminó, pulsó el interruptor. El zumbido de la bomba empezó grave y subió poco a poco. Puse una mano en la tubería y noté cómo el golpeteo irregular desaparecía hasta dejar un sonido continuo. Pregunté cuánto había bajado la vibración. Darío miró el manómetro.

—Cero coma tres.

Dejé el cuaderno cerrado. Darío me pasó un trapo para limpiar la tubería. Le dije que no estaba sucia. Miró mis dedos.

—Tus manos sí.

Salimos al pasillo. La antigua piscina quedaba detrás de una puerta cortafuegos y, en cuanto la cruzábamos, el ruido de las bombas disminuía como si alguien hubiera cerrado una caja.

El vaso llevaba vacío desde antes de que yo pudiera recordarlo lleno: azulejos azul pálido, una escalera de acero todavía anclada a uno de los bordes y, en el fondo, mesas plegadas, rollos de aislante y dos cajas con piezas que ya no se fabricaban.

A mí me gustaba atravesarla por arriba, siguiendo el borde.

Darío prefería bajar al fondo porque decía que era más corto.

Yo había contado diecisiete pasos más; él alegaba que sus pasos eran más largos.

Aquella tarde seguimos por el corredor de mantenimiento, una zona que conocía bien hasta la sala de filtros y mal a partir de allí.

Había tuberías marcadas con cintas de colores, registros, compuertas, viejos interruptores con etiquetas escritas a mano.

Darío avanzaba sin prisa, mirando a izquierda y derecha.

La puerta gris cerraba el ala vieja. Antes de llegar a ella, un desvío bajaba hacia recepción y la carretera; otro, que empezaba junto a un armario y unos azulejos verdes, llevaba al corredor inferior.

Yo los confundía en los planos, pero no cuando tenía que volver a comer.

Se detuvo frente a una caja metálica y apoyó la palma.

Dentro había un ventilador pequeño completamente quieto.

A esa hora debía estar encendido, pero no había saltado ninguna alarma.

Le recordé que Leandro decía que lo importante sí tenía alarma.

Darío contestó que Leandro tenía demasiada fe en los fabricantes, movió un conector y el ventilador arrancó. Le dije que aquello era malo.

—Eso es viejo.

—¿No es lo mismo?

—Ojalá.

Después de la lavandería, el pasillo se estrechaba y las paredes volvían al azulejo antiguo: crema arriba, marrón oscuro hasta la cintura, juntas ennegrecidas en algunos tramos.

A la derecha había tres puertas. La primera era el almacén de limpieza; la segunda, un armario eléctrico; la tercera no tenía cartel.

La conocía desde siempre. Era gris, más ancha que las otras, con una barra horizontal y una placa metálica donde antiguamente había habido algo atornillado.

Leandro decía que daba al ala vieja, inutilizada después del cierre.

De pequeño pregunté si detrás seguían las habitaciones del balneario.

Sabela dijo que sí, Darío que algunas y Mara que no importaba.

Desde entonces había sido simplemente la puerta de la parte que no se usaba.

Darío pasó de largo. Yo no. Las bisagras no envejecían igual que el resto: la barra estaba rayada y mate; el marco, cuarteado; pero el acero conservaba brillo, grasa reciente alrededor del eje y marcas de herramienta.

Lo llamé. Retrocedió dos pasos. Me agaché para mirar los tornillos: Torx, zincados, sin capas de pintura.

Los del armario eléctrico estaban enterrados bajo esmalte.

—Son nuevos.

—Cedían las bisagras —dijo Darío—. Una puerta sigue pesando aunque detrás no viva nadie.

Le pregunté por qué reparar una puerta de una zona que no se usaba. Darío dejó la caja en el suelo y pasó una mano por la bisagra superior. Entraba de vez en cuando a revisar el pasillo, dijo.

Junto a la pared corría una franja de polvo casi continua; delante de la puerta se interrumpía en dos curvas suaves, como si el borde inferior de la hoja hubiera barrido el suelo al abrirse.

—La puerta roza.

Darío miró las marcas y admitió que la puerta rozaba un poco.

—Pensaba que esta parte estaba cerrada —dije.

—Está cerrada. Cerrada no significa soldada, Ivo.

Cogió la caja y siguió andando. No repetí la frase ni la apunté. La diferencia era suficientemente clara.

Mientras lo alcanzaba pregunté qué había detrás.

Respondió que pasillos y algunas habitaciones, y evitó concretar mucho más.

Cuando pregunté por las antiguas cámaras de vapor, disminuyó el paso.

Dijo que allí había habido de todo. Quise saber por qué no podía verlas si llevaba mascarilla, y esa vez contestó demasiado rápido:

—No.

Una mascarilla, explicó, no arreglaba un suelo roto, una barandilla oxidada ni un techo que hubiera decidido que ya había trabajado suficiente. Él entraba con casco, botas y sabiendo dónde pisaba. Le dije que yo podía aprender.

—No hoy.

No añadí la pregunta por otro día.

Llegamos a la sala de filtros. Era más alta que el cuarto de bombas y estaba llena de conductos rectangulares; allí el aire sonaba como si se desplazara por un espacio mucho mayor.

Darío sacó una escalera y me pidió que me quedara abajo mientras revisaba una compuerta.

Abrió un registro, metió medio brazo y empezó a tantear.

Había polvo, suficiente según él para justificar su sueldo.

Mientras trabajaba, le conté el salto de la lectura de la mañana.

—¿Tú también crees que falla el captador?

Darío terminó de bajar, plegó la escalera y cogió la hoja de mantenimiento.

—Creo que un aparato puede fallar y acertar el mismo día. Un reloj parado da bien la hora dos veces.

Mientras anotaba, salí al pasillo. Desde allí la puerta gris quedaba a unos quince metros y las bisagras apenas se distinguían.

Me acerqué. No pensaba abrirla; hasta ese momento ni siquiera se me había ocurrido hacerlo.

Solo apoyé la palma sobre la barra horizontal para comprobar si tenía juego.

Estaba fría y no cedió. Miré hacia la sala de filtros: Darío seguía de espaldas.

Entonces me agaché junto a la franja limpia del suelo.

Entre el metal de la hoja y la baldosa quedaba una línea oscura de menos de un centímetro.

Acerqué los dedos. Al principio no noté nada; después, una corriente me enfrió las puntas.

Retiré la mano y volví a acercarla. Seguía saliendo por debajo de la puerta.

Darío me llamó desde la sala. Me incorporé antes de que saliera a buscarme y regresé con él.

No había abierto la puerta, pero tampoco le dije qué había comprobado.