NIVALTA: Todo es por tu bien
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Capítulo 1 — El aire seguro
Guardé la regla en el bolsillo y seguí hacia la enfermería.
Al cruzar de las baldosas crema del pasillo a las blancas de la zona médica, el frío del suelo se notó incluso a través de las zapatillas.
Mara, de espaldas a mí, ordenaba sobre un paño azul las piezas del medidor respiratorio.
Sin volverse, dijo que llegaba dos minutos tarde.
Miré el reloj y le contesté que solo uno; ella señaló el suyo, yo le recordé que adelantaba, y entonces giró la cabeza con una sonrisa.
—Por eso llego a todo.
Llevaba el pelo recogido de cualquier manera y un lápiz atravesado en el moño porque había vuelto a perder la pinza. Me apartó el flequillo con el dorso de la mano.
—¿Has dormido bien?
—Sí.
—¿Tos? ¿Presión en el pecho? ¿Dolor?
Negué con la cabeza. Se quedó observándome un instante y señaló la silla.
—Siéntate.
La prueba era sencilla: inspirar hasta que el pecho no diera más de sí y soplar por una boquilla transparente hasta vaciarme.
Lo difícil era no pensar en el número que aparecería al final.
Cuando pensaba demasiado en él, casi siempre me salía peor.
Mara me colocó una pinza blanda en la nariz y me ordenó que no mirara la pantalla. Aparté los ojos.
Puso una mano sobre mi hombro. Respiré hondo.
El aire de Nivalta dejaba en la boca un fondo mineral, ligeramente tibio, que se notaba más en la enfermería porque allí la ventilación trabajaba con mayor fuerza.
Algunas mañanas, después de que Darío limpiara los conductos, aparecía también un olor a metal húmedo.
Mara decía que mi nariz servía para cosas que los sensores todavía no sabían medir.
Soplé hasta que el tubo vibró entre mis labios y ella me animó a seguir un poco más.
Cuando ya no me quedaba aire, levantó la mano y me dejó retirar la boquilla.
Mara me hizo descansar antes de repetir la prueba.
Hicimos tres intentos. En el segundo tosí una vez; en el tercero me dolieron los músculos del vientre de apretar tanto, pero Mara no pareció preocupada.
No dio por buena la curva en la que había tosido.
Comprobó las otras dos antes de quitarse las gafas y decir:
—Noventa y seis.
Era el volumen que había expulsado en el primer segundo, comparado con la referencia para mi edad y mi talla: noventa y seis por ciento. No la saturación del aparato del dedo. Ayer había sido noventa y siete. Mara señaló las dos cifras.
—Un punto no significa que estés peor.
Noventa y seis no era malo. Estaba dentro de lo que ella llamaba mi zona limpia, los números que no obligaban a repetir nada por la tarde.
Aun así, abrí el cuaderno y lo apunté. Mara pasó el pulgar por el borde de las páginas y dijo que no necesitaba registrar sus registros.
Le contesté que los suyos estaban en una carpeta que no era mía.
—Y ese cuaderno tampoco será tuyo mucho tiempo si sigues llenándolo a este ritmo.
Mara soltó una risa breve y me mandó a desayunar antes de que Sabela decidiera que me había desmayado en un rincón.
Recogí el bolígrafo, pero antes de salir miré el panel de la pared.
Tenía seis indicadores: dos de la enfermería, dos del pasillo norte y dos de la sala de filtros.
Temperatura, humedad, presión diferencial.
Las cifras cambiaban despacio, y Leandro me había explicado tantas veces cómo funcionaban que podía saber cuándo arrancaba un ventilador solo por el pequeño salto de la tercera lectura.
La diferencia entre la enfermería y el pasillo se medía en pascales.
En ese momento marcaba 3,8. La pantalla parpadeó y, durante apenas un instante, apareció 7,2. Después volvió a 3,8.
Llamé a Mara. Se acercó al panel justo cuando Leandro apareció en la puerta.
Incluso cuando iba deprisa, él nunca parecía tener prisa.
Le expliqué lo que había visto. Preguntó cuánto había durado y si había saltado alguna alarma.
Cuando le dije que no, abrió la tapa inferior del cuadro y reinició el captador.
Se encendieron todos los segmentos. Luego la lectura regresó a 3,8.
—Ese captador lleva semanas dando saltos al iniciar el ciclo de la mañana.
Le recordé que el día anterior no lo había hecho. Leandro respondió que yo no estaba allí a las siete y cuarto; miré el reloj, vi que ya eran las siete y veintiséis y le hice notar que aquella mañana tampoco. No corrigió la hora.
Quise saber si un sensor podía fallar sin activar una alarma. Leandro explicó que podía mostrar una lectura incorrecta sin que existiera una variación real; cuando pregunté qué habría pasado si la lectura sí hubiera sido real, me cortó con tranquilidad.
—No lo ha sido.
Pregunté cuándo pensaba cambiarlo. Leandro dijo que cuando Darío terminara con la bomba secundaria y se volvió hacia Mara.
—No conviertas un fallo electrónico en una catástrofe estadística, Ivo.
—Solo lo apunto.
—Ya lo sé.
Me dio dos palmadas suaves en el hombro y entró en la enfermería para hablar con Mara de unos filtros.
Desde el comedor, Sabela había empezado a golpear una cuchara contra una taza: su forma de avisar cuando el desayuno llevaba demasiado tiempo esperando.
Atravesé el pasillo principal. A aquella hora, Nivalta sonaba casi siempre igual: dos golpes de tubería detrás de la sala de lectura, la ventilación vibrando con más fuerza cerca de la antigua piscina, el extractor de la cocina mezclado con armarios que se abrían y cerraban.
Había aprendido aquellos sonidos antes que muchas palabras.
Cuando era pequeño, Mara decía que podía distinguir una bomba de otra con los ojos cerrados.
Darío aseguraba que no tenía mérito porque cada una estaba estropeada de una manera distinta.
La puerta del comedor estaba abierta. Sabela había dejado pan tostado, aceite, queso y una taza de leche para mí.
Ella bebía café en un vaso pequeño, tan oscuro que parecía que el líquido hubiera quemado el cristal.
Me dijo que había calentado la leche dos veces.
Le respondí que Mara tenía el reloj adelantado y Sabela señaló que Mara decía muchas cosas cuando tenía hambre.
Me senté. Tenía cincuenta y muchos, aunque durante años yo había creído que tenía exactamente cincuenta porque una vez me contestó eso y después siguió repitiendo la misma edad en cada cumpleaños.
Llevaba el pelo casi blanco y las manos grandes, enrojecidas por el agua y los detergentes.
Cuando me tocaba la frente, su palma estaba siempre más caliente que la de Mara.
Le dije el resultado de la prueba. Sabela celebró el noventa y seis como si fuera perfecto. Cuando mencioné el noventa y siete del día anterior, señaló mi tostada.
—Deja de mirar esa cifra como si te debiera dinero.
Comí. En la pared había un calendario de un vivero que mostraba un bosque amarillo junto a un arroyo.
Pregunté si había llovido. Sabela dijo que sí, durante la noche.
Desde el comedor no se veía el suelo exterior; solo una franja de cielo y las puntas de algunas ramas a través del cristal alto de la terraza.
Cuando llovía con fuerza, las gotas golpeaban el techo de una manera distinta a las tuberías. Aquella noche no las había oído.
Dije que luego miraría el pluviómetro. Sabela me recordó que antes tenía que terminar historia.
Mientras terminaba la leche, Leandro entró y anunció que Darío pasaría por la sala de bombas después de comer.
Pregunté si podía acompañarlo. Me dijo que, si terminaba lo mío, se lo preguntara a él.
Sabela señaló la tostada abandonada en mi plato. Leandro la cogió.
Leandro aclaró que Darío no iba a cambiar el captador.
Las bombas movían agua; el agua pasaba por los intercambiadores; los intercambiadores afectaban a la temperatura; la temperatura cambiaba la humedad; los ventiladores movían aire a través de los filtros y las compuertas alteraban la presión.
Si algo variaba en una parte, tarde o temprano otra cifra terminaba notándolo.
Antes de salir del comedor abrí el cuaderno y añadí: 07:26 — presión diferencial — 7,2 Pa (1–2 s). Sin alarma. Reinicio manual. L. V.: captador. Leandro Vela leyó la anotación desde el otro lado de la mesa. Miró la línea un momento y, al final, se encogió de hombros.
—Entonces está bien escrito.
Cerré el cuaderno. En la cocina, la cafetera soltó un último ruido seco y una tubería vibró detrás de la pared antes de callarse.
Sabela recogió las tazas. Leandro se llevó el resto de la tostada.
Yo guardé el bolígrafo en el lomo, donde ya había dejado una marca de tinta azul.
Más tarde, cuando volví a pasar por la enfermería, el panel seguía marcando 3,8.