23 . Todos a la mesa
A las nueve y media todavía quedaban dos huéspedes terminando el postre.
José Luis esperó. No quería que nadie ajeno a los Carrillo formara parte de aquello.
Ayudó a Amalia a llevar platos. Rubén retiró vasos.
Irene hizo una cuenta en recepción. Antonio acompañó a la pareja hasta la puerta y habló durante casi cinco minutos sobre una carretera que podían tomar al día siguiente.
Parecían una familia cerrando una jornada normal.
Quizá por eso José Luis estuvo varias veces a punto de abandonar la idea.
No porque dudara de lo que había encontrado, sino porque el cerebro tenía esa debilidad estúpida: ver a alguien recoger una servilleta del suelo y empezar a concederle circunstancias atenuantes.
Leo seguía siendo una entrega.
Timoteo seguía cobrando. Pero la normalidad era poderosa. Rubén recogió una servilleta del suelo y se la lanzó a Clara. Clara se la devolvió. Amalia protestó. Irene dijo que parecían niños. Antonio apagó una de las luces del comedor. Por un momento recordó por qué le habían caído bien.
Después recordó a Leo mojado, pidiendo un café. Continuó. No explicó a nadie exactamente qué estaba preparando. Tampoco habría sabido explicarse a sí mismo en qué momento la posibilidad se había convertido en una decisión.
Su conocimiento de las setas llevaba media vida con él. No había aparecido para resolver aquella noche. Había estado allí mucho antes que La Posada del Tejo, antes que Leo desapareciera, antes incluso de que su padre les enseñara que el monte no perdonaba a quien confundía seguridad con confianza.
Cuando llevó la comida a la mesa, Amalia miró el plato.
—No tiene mala pinta.
—Qué entusiasmo.
—He dicho que no tiene mala pinta. No abuses.
Rubén se sentó.
—Si mañana no me levanto, quiero que conste que yo estaba en contra.
—Tú te has comido cosas peores —dijo Irene.
—Pero cobrando.
Antonio descorchó una botella.
—¿Clara?
Ella permanecía junto a la puerta.
—Ahora voy.
José Luis no la miró. Se sentó. Amalia ocupó su lugar habitual. Antonio a un extremo. Irene junto a él. Rubén enfrente. Clara terminó sentándose la última. Nadie comió al principio. Tuvo la impresión absurda de que todos esperaban que alguien pronunciara una palabra.
Fue Amalia.
—Pues venga.
Y empezó. Rubén fue detrás.
Antonio.
Irene.
Clara movió el tenedor por el plato. Tenía otra vez el pulgar entre los dedos de la otra mano, buscando el mismo pellejo que ya no estaba.
José Luis tomó vino. Su plato parecía igual que los demás.
No lo era. La parte de setas que había reservado para sí estaba mezclada con la misma salsa, el mismo pan, el mismo olor. No necesitaba fingir que comía.
Necesitaba no confundir los platos. La conversación comenzó por el tiempo.
Era tan ridículo que casi se rió. Antonio dijo que al día siguiente mejoraría.
Rubén aseguró que no. Amalia dijo que los dos hablaban como si hubieran inventado las nubes.
Irene contó que una reserva de diciembre había llamado tres veces para preguntar si nevaría.
—¿Y qué le has dicho? —preguntó José Luis.
—Que si supiera el tiempo con tres meses de antelación no estaría trabajando aquí.
—La has conquistado.
—Ha reservado igualmente.
Rubén levantó la copa.
—Profesionalidad.
Irene chocó la suya.
—Idiota.
Rieron. José Luis también. La comida fue desapareciendo de los platos.
Pasaron veinte minutos. Después treinta.
La conversación tuvo tiempo de recorrer el tiempo, una reserva de diciembre, el coche de José Luis y una discusión absurda sobre si en Madrid todavía quedaban bares donde sirvieran un vino decente.
José Luis empezó a pensar que quizá no ocurriría nada. Aquello no lo tranquilizó. Le recordó que había tomado una decisión cuyo resultado no controlaba. Amalia dejó parte de las setas a un lado porque decía que la salsa llenaba demasiado. Sintió alivio y vergüenza al mismo tiempo.
Clara apenas había probado nada. Amalia se dio cuenta.
—Come.
—No tengo hambre.
—Hace una hora te morías de hambre.
—Pues ahora no. Qué sé yo.
—Eso no se pasa así porque sí.
Clara tomó un poco. José Luis no pudo saber cuánto. Ella no lo miró. Antonio sí.
—¿Y las setas? —preguntó.
José Luis levantó los ojos.
—¿Qué pasa con ellas?
—Al final encontraste más de lo que esperabas.
—Algo.
—Pensabas que el viaje había salido mal.
—Ha sido... yo qué sé. Raro.
Rubén soltó una risa.
—Eso es lo que dices cuando unas vacaciones han sido una mierda. O cuando no quieres contar una mierda.
Antonio bebió.
—También.
José Luis cortó un trozo de pan.
—No tengo demasiado que contar.
—Has preguntado mucho para alguien que no tiene nada que contar —dijo Irene.
Fue la primera frase de la cena que rompió de verdad la superficie. Amalia levantó la vista. Rubén dejó de sonreír. Clara permaneció mirando el plato. José Luis untó el pan en la salsa.
—Manías del oficio.
—¿Y lo de los médicos desaparecidos también entra en mantenimiento? —preguntó Irene.
Antonio intervino.
—Déjalo.
—Solo pregunto.
—Pues eso.
Irene miró a su marido y se ajustó las gafas con un dedo. Antonio apenas movió la cabeza. A ella le bastó. Después volvió a José Luis.
—Timoteo era raro.
José Luis sintió cómo la mesa entera se estrechaba.
—Eso dicen.
Amalia soltó el tenedor contra el plato.
—No era raro.
Todos la miraron. Ella se encogió de hombros.
—Era pesado.
Rubén sonrió.
—Abuela.
—¿Qué? Lo era.
José Luis permaneció quieto. Amalia continuó comiendo.
—Siempre preguntando. Siempre con cara de saber una cosa que tú no. Los médicos tienen mucho eso.
Antonio no dijo nada. José Luis observó a la anciana.
—¿Lo conociste bien?
Amalia levantó los ojos. Aquella noche dejó de parecer la mujer que insistía en que nadie abandonara su mesa con hambre.
—Lo suficiente.
Nada más. Antonio cambió de conversación.
—¿A qué hora sales mañana?
—Pronto.
—¿Madrid directamente?
—Sí.
—Buena paliza.
—He hecho peores.
Rubén apoyó los antebrazos en la mesa.
—¿Tu madre sabe que vuelves?
José Luis sonrió.
—Sí.
—Se quedará tranquila.
—Eso espero.
—Las madres son así —dijo Amalia.
La miró.
Y entonces añadió:
—La vuestra también.
José Luis dejó el vaso a medio camino. No preguntó. No necesitó hacerlo. Amalia lo estaba mirando directamente. Clara levantó la cabeza. Rubén dejó de comer. Irene cerró los ojos un instante. Antonio habló muy despacio.
—Mamá.
—¿Qué?
—Nada.
—Pues eso.
Amalia volvió al plato. José Luis notó que la mandíbula empezaba a dolerle de apretarla. Aflojó un segundo. Volvió a apretar sin darse cuenta.
—¿Conociste a mi hermano?
La pregunta ya no podía recogerse. Amalia tardó un momento en contestar.
—Sí.
La mesa quedó en silencio. Clara miró a su abuela. Antonio dejó la copa. José Luis esperó.
—Le di de comer —continuó Amalia—. Estaba empapado.
La misma imagen que Clara le había dado unas horas antes apareció con una nitidez insoportable.
Leo.
Una silla. Café. Comida caliente. Amalia sirviéndole. Quizá bromeando. Quizá insistiendo en que comiera más.
—Y luego lo entregasteis —dijo José Luis.
Amalia no negó. Rubén miró a Antonio. Irene habló.
—No. Esto... esto no tiene ningún sentido.
—Yo llevaba reservas —dijo Irene—. Papeles. Lo de recepción. No elegía a nadie.
—Borrabas nombres.
Irene se quedó inmóvil.
—Hacía mi trabajo.
José Luis pensó en las cartas de Marta terminando en una papelera. Recibir. Apuntar. Guardar. Tirar.
—Tiene bastante.
Antonio apoyó ambas manos sobre la mesa.
—José Luis.
Su voz seguía tranquila, y eso resultaba casi admirable.
—Aquí no. No montemos esto aquí.
José Luis miró alrededor.
—¿Dónde te viene mejor?
—Podemos hablar como personas.
—Lleváis días hablando.
—Y tú los mismos días mintiendo.
—Pues mira, una cosa en común.
Rubén se echó hacia atrás. Su silla rozó el suelo. Clara lo miró.
—Rubén.
—¿Qué?
—Nada.
Él dejó de mirar a José Luis y se quedó con su hermana.
—Clara... ¿qué coño has hecho?
Clara no contestó. Antonio la miró. Después a José Luis. La familia entera parecía haber comprendido de golpe que la conversación ya no trataba únicamente de un huésped demasiado curioso.
—¿Has entrado? —preguntó Antonio.
José Luis no respondió. Irene se puso de pie tan deprisa que las gafas se le deslizaron por la nariz. Se las empujó hacia arriba con un dedo.
—Antonio.
—Siéntate.
—No.
—Siéntate.
Ella permaneció quieta. Rubén también se levantó. Amalia seguía sentada. Comió otro bocado. José Luis la miró, incapaz de comprender si aquello era valor, resignación o simplemente una mujer de setenta y seis años cansada de que los hombres convirtieran cada problema en una ceremonia.
—Se está quedando la comida como una suela —dijo Amalia.
Rubén soltó una risa incrédula.
—Abuela, por favor.
—¿Y qué quieres que haga yo ahora?
—No sé. Algo.
—Llevo toda la vida haciendo cosas.
José Luis la miró. Amalia sostuvo su mirada. No necesitó decir más. No había sido una anciana viviendo en una casa donde ocurrían cosas que prefería ignorar. Había estado dentro. Quizá desde antes que Antonio. Quizá desde cuando aquello era más pequeño, más tosco, más fácil de llamar de otra manera.
—¿Desde cuándo? —preguntó José Luis.
Amalia sonrió ligeramente.
—¿De verdad quieres empezar ahora?
Antonio dio un golpe suave con la palma sobre la mesa.
—Se acabó.
Rubén se movió. Solo un paso. José Luis lo vio. Clara también.
—No —dijo ella.
Rubén se volvió.
—¿No qué?
Clara no respondió. Rubén frunció el ceño y se llevó una mano al estómago.
—Joder.
—¿Qué te pasa? —preguntó Irene.
—Nada. Me ha sentado algo mal.
Se apoyó en la mesa. No parecía dormido ni paralizado. Parecía enfermo. Tenía sudor en la frente, respiraba más deprisa y buscó con una mano el borde de la mesa. Irene tragó saliva y apartó el plato.
—A mí también me está dando una náusea...
Antonio miró primero a su mujer y después a Rubén. José Luis respiró despacio. Clara cerró los ojos. Había comprendido. No necesitaba mirarlo. Antonio todavía no.
—José Luis —dijo—. Vamos a hacer una cosa.
Antonio empezó la frase y tuvo que interrumpirse para secarse la frente con el dorso de la mano. Había empezado a sudar. Amalia dejó de comer. Observó primero a Rubén, después a Irene y por último el plato de José Luis. Su mirada bajó a las setas.
—Las setas —dijo.
Nadie respondió. Rubén intentó ponerse de pie otra vez. Tuvo que agarrarse al respaldo cuando el comedor pareció moverse bajo sus pies. La silla se desplazó. Irene agarró el borde de la mesa. Antonio miró a José Luis. Ya no había educación en su cara.
Tampoco miedo todavía. Solo comprensión.
—Hijo de puta.
José Luis permaneció sentado.
—Eso me lo ha dicho tu madre esta tarde.
Amalia soltó una especie de risa. Duró muy poco. Después se apoyó contra el respaldo. Clara se levantó.
—Papá.
Antonio intentó incorporarse.
—¿Qué coño has hecho?
José Luis no contestó. Rubén dio un paso hacia él. Tropezó con la silla. La copa cayó. Cristal. Vino sobre el mantel. Irene empezó a decir algo y tuvo que detenerse. El comedor cambió en menos de un minuto. No hubo nada limpio en aquello.
Hubo sillas desplazadas, respiraciones demasiado rápidas, un vaso roto.
Rubén intentó mantener el equilibrio mientras una arcada seca le doblaba el cuerpo; al incorporarse tenía un hilo de saliva en la barbilla y se lo limpió con el dorso de la mano, furioso por algo tan pequeño en mitad de todo aquello.
Irene respiraba por la boca y llamaba a Antonio entre dos oleadas de náusea.
Amalia maldecía. Antonio intentaba llegar hasta José Luis.
Clara en medio. José Luis se levantó. Antonio lo señaló.
—Tú de aquí no sales.
José Luis miró hacia la puerta.
—Eso llevas pensando desde que supiste quién soy.
Rubén se interpuso. O lo intentó. José Luis lo apartó. No hizo falta fuerza. Rubén cayó contra una silla y la arrastró consigo. Clara agarró a José Luis del brazo. La mano le temblaba. Había comido poco, pero no nada. Él se volvió. Durante un instante pensó que iba a detenerlo.
Ella abrió la mano. Dentro estaba la llave.
La de la puerta interior de la estancia del fondo.
José Luis la miró. Clara cerró sus dedos sobre ella.
—Vete.
—Todavía no.
—José Luis.
—Timoteo.
Clara entendió. Detrás de ellos, Antonio intentaba levantarse.
—No tienes tiempo.
José Luis guardó la llave.
—Entonces dame cinco minutos.
Clara lo miró como si quisiera pegarle. Después miró a su familia. A su padre. A su madre. A Rubén. A Amalia. José Luis vio algo romperse sin hacer ningún ruido.
—Cinco —dijo.
Él empezó a caminar. Clara lo agarró otra vez.
—Cuando salgas…
José Luis esperó.
—Yo llamaré a una ambulancia.
—Hazlo.
—No sé qué les has dado.
—Y yo sigo sin saber qué coño hicisteis con Leo.
Clara apartó la vista. José Luis se arrepintió durante medio segundo. No retiró la frase. Se marchó.