24 . Timoteo Gamallo
José Luis recorrió el corredor interior casi corriendo.
La llave tembló dos veces antes de entrar en la cerradura.
Giró. Abrió. La antigua habitación lo recibió exactamente como la había dejado.
Archivadores. Monitores. Cajas. Dinero. La apariencia administrativa de algo que había destruido vidas.
Fue directamente al mueble de la derecha.
Sacó la carpeta.
TIMOTEO GAMALLO.
La abrió. La primera hoja era la contabilidad que ya había visto. Pasó. Pagos. Intermediación. Contactos. Otra página. Una copia de una vieja agenda. Nombres médicos. Empresas. Un representante. Dos iniciales que aparecían también en registros posteriores de entregas.
Más adelante encontró copias de documentación que ya no parecía generada en el hotel: especialidades médicas, grupos sanguíneos, compatibilidades anotadas con abreviaturas, clínicas privadas y pagos asociados a códigos de personas.
La palabra órganos no aparecía.
No hacía falta. Tampoco había nada que indicara que los Carrillo eligieran a nadie por su compatibilidad médica.
La Posada del Tejo hacía otra cosa. José Luis volvió a los papeles más antiguos.
Allí encontró lo que Clara había llamado favores: nombres incompletos, matrículas, pequeñas cantidades y anotaciones aisladas sobre huéspedes y encuentros. Sucio, pero todavía desordenado.
Meses antes de desaparecer, Timoteo ya cobraba por INTERMEDIACIÓN y ponía a los Carrillo en contacto con personas de un mundo que conocía por su profesión.
Después de su desaparición, los registros cambiaban. Más códigos.
Más entregas.
Más dinero. Más distancia entre La Posada del Tejo y el lugar donde terminaban quienes pasaban por allí.
Timoteo no había inventado la disposición de los Carrillo a vender información, facilitar encuentros o entregar a alguien.
Había convertido aquellos favores sucios en una pieza de una red mucho mayor.
No era una línea de principio a fin. Eran derivaciones, contactos, entregas que llevaban a otras personas y a otros lugares. La palabra volvió desde el bosque sin que la buscara: micorriza. José Luis no la dijo en voz alta.
Los documentos no demostraban que todas las personas entregadas acabaran en la misma cadena.
Sí demostraban que una parte del negocio desembocaba en una red que traficaba con personas para extraerles órganos.
El hotel no seleccionaba cuerpos por compatibilidad.
Seleccionaba vulnerabilidad. La medicina venía después y venía de fuera.
Timoteo no era el cirujano de una película. Era algo mucho más útil: el contacto. José Luis pasó otra hoja. Una fotografía cayó al suelo. La recogió.
Timoteo.
Era imposible confundirlo. Más delgado que en las fotografías de prensa. Barba más larga.
Pero Timoteo Gamallo.
A su lado estaba Antonio. Rubén aparecía al fondo, mucho más joven. Había otro hombre al que José Luis no conocía. En el reverso había una fecha. La leyó dos veces. Cuatro meses después de la desaparición. Volvió la fotografía. Timoteo sonreía. No parecía rehén.
No parecía un hombre escondiéndose de quienes querían matarlo.
Parecía alguien posando con socios. José Luis se sentó.
Todo lo relacionado con Marta se movió de sitio dentro de su cabeza.
Las cartas. Los cumpleaños. El dinero retirado.
Vicente jurando que lo había visto tranquilo después de que empezara la búsqueda.
La policía incapaz de construir una desaparición coherente. Porque no había ocurrido de la manera que todos habían supuesto. Timoteo había retirado dinero antes de marcharse. Había preparado algo. Había sido visto vivo. Y los Carrillo no habían intentado hacerlo desaparecer. Lo habían ayudado.
De pronto también entendió por qué Timoteo había elegido precisamente La Posada del Tejo para desaparecer.
Ocho años atrás aquel lugar todavía no era un archivo criminal.
Era un hotel controlado por personas que ya estaban dentro de su secreto, con una salida de servicio sin una cámara útil y kilómetros de monte alrededor capaces de tragarse durante días a voluntarios, perros y patrullas.
Dejar allí el coche, el teléfono y la ropa no había alejado la atención del hotel. La había concentrado exactamente donde Timoteo podía permitirse que miraran. Los Carrillo sabían qué encontraría la policía porque entonces todavía no había mucho que encontrar. La montaña hizo el resto.
Encontró un documento posterior. Un nombre que no era Timoteo. Una fotografía carnet que sí lo era. Una dirección fuera de España, antigua, probablemente inútil. Más pagos. Después, nada. El rastro terminaba. Pero ya no importaba para comprender la primera verdad.
Timoteo Gamallo no había muerto en La Posada del Tejo.
No había sido secuestrado. No había escapado de los Carrillo.
Se había unido a ellos. Sus conocimientos y sus contactos habían conectado un negocio familiar pequeño, limitado, torpe, con personas que operaban mucho más lejos del hotel.
Aquella habitación tampoco significaba lo que José Luis había creído durante todos aquellos días.
Cuando Timoteo desapareció todavía había sido una habitación. La policía había entrado. Había mirado debajo de la cama. Había revisado armarios. Había interrogado a los Carrillo. Y no había encontrado un centro criminal porque todavía no existía. Llegó después. Con Timoteo. Con sus contactos.
Con la necesidad de organizar aquello que estaba creciendo. Aquella habitación no había sido el lugar donde Timoteo Gamallo murió.
Había sido el lugar donde empezó su segunda vida.
José Luis permaneció sentado unos segundos. Pensó en Marta poniendo un plato de más en Navidad. Enviando cartas. Imaginando que su hermano quizá estaba herido, perdido, muerto, retenido en algún lugar.
Ocho años.
Timoteo podía haber terminado muerto tiempo después. Podía estar vivo. Podía llevar otro nombre. Eso seguía sin saberse. Pero había una parte que sí. Había elegido desaparecer. Había permitido que su hermana lo buscara. Año tras año. José Luis dejó la fotografía sobre la mesa.
—Cabrón.
La palabra no necesitó más. Desde algún punto del hotel llegó un golpe.
Después otro. No tenía tiempo. Sacó el teléfono.
Fotografió. Documentos. Pagos. La fotografía de Timoteo.
La posible identidad posterior. Los contactos.
Todo lo que pudo. Luego vio los sobres. Los había visto antes y había conseguido no pensar demasiado en ellos.
Ahora sí. Dinero. Mucho más del que una familia necesitaba para la caja diaria de un hotel.
Había registros que demostraban pagos en efectivo.
Había cantidades asociadas a códigos. Aquello debía de ser parte del fondo clandestino que utilizaban para que el sistema funcionara sin pasar por cuentas normales.
José Luis miró hacia la puerta. Después al dinero. Pensó en Leo. Fue lo primero. Aquello procedía de gente como él. De lo que habían hecho con personas como su hermano. Podía llevárselo y llamarlo compensación. Podía decirse que los Carrillo no tenían derecho a un euro.
Podía pensar que si lo dejaba allí acabaría requisado, contado y guardado durante años. Todas aquellas explicaciones tenían una parte de verdad. José Luis las dejó pasar. Había otra mucho más sencilla.
Lo quería.
Y podía llevárselo. Aquella era toda la explicación que necesitaba para saber qué clase de decisión estaba tomando.
Encontró una bolsa. Metió el dinero. No contó.
No quería saber exactamente cuánto pesaba su moral.
Cerró. Guardó también fotografías y algunos documentos que temía que pudieran desaparecer antes de que llegara nadie.
La navaja de su padre seguía en el bolsillo. Eso no iba a volver a aquella caja.
Salió de la estancia.
Cerró. El corredor parecía aún más estrecho. Cuando llegó al comedor encontró a Clara de rodillas junto a Irene. Había un teléfono en el suelo.
—Ya he llamado —dijo.
José Luis asintió. Antonio estaba consciente. Lo miró desde una silla. Tenía la cara húmeda. No parecía el director de un hotel. Parecía un hombre enfermo intentando odiar a alguien sin fuerzas suficientes.
—Te van a encontrar —dijo.
José Luis se detuvo.
—Eso espero.
Antonio intentó reírse.
—Esto no termina en nosotros.
—Ya lo sé.
Rubén estaba tumbado en el suelo, apoyado contra una pared. Levantó la cabeza.
—José Luis…
No había amenaza en la voz. Eso hizo más difícil mirarlo. Durante aquellos días habían hablado de coches, tuberías, humedad, pueblos. Rubén le caía bien. Todavía. Aquello resultaba insoportable.
—Lo siento —dijo José Luis.
Rubén sonrió con dificultad.
—Vete a la mierda.
—También.
Amalia estaba sentada. Clara le había puesto una manta sobre los hombros. José Luis pasó junto a ella.
—Bustamante.
Se detuvo. Amalia respiró lentamente.
—Tu hermano era gracioso.
José Luis no supo qué hacer con aquello.
—No tenías derecho a conocerlo.
Amalia bajó la mirada.
—No.
Esta vez no añadió nada. José Luis siguió. Clara lo acompañó hasta la puerta. Fuera, la lluvia se había convertido en una llovizna fina.
—¿Qué has encontrado? —preguntó.
José Luis abrió el coche.
—Timoteo estaba con vosotros.
Clara frunció el ceño.
—¿Qué?
—No era una víctima.
Le enseñó la fotografía en el teléfono. Clara la miró.
Antonio.
Timoteo.
La fecha.
—No sabía eso.
José Luis le creyó. Quizá porque a aquellas alturas ya sabía reconocer cuándo Clara prefería admitir ignorancia antes que inventarse una respuesta.
—Hay documentos —dijo—. Fotos. Pagos.
—Llévatelos.
José Luis abrió la puerta del conductor. Clara miró la bolsa.
—¿Qué hay ahí?
Él la miró. Podía mentir.
Todavía no.
—Dinero.
Clara cerró los ojos.
—Claro.
—¿Qué significa eso?
—Que eres exactamente tan complicado como esperaba.
—Gracias.
—No era un cumplido.
Dentro del hotel alguien llamó a Clara. Ella se volvió.
—Vete.
José Luis entró. Arrancó. Clara permaneció junto a la puerta mientras él daba marcha atrás.
La Posada del Tejo apareció completa en el parabrisas.
Piedra. Ventanas. La luz amarilla del comedor.
El humo débil de la chimenea. El mismo hotel al que había llegado unos días antes pensando que quizá encontraría una contradicción, un nombre, una matrícula.
Pensó en Leo. En su padre.
En la navaja.
En Timoteo. Después metió primera. La Posada del Tejo desapareció poco a poco detrás de los árboles. José Luis no miró otra vez hasta llegar a la curva. Cuando lo hizo, solo quedaba una luz entre la lluvia. Siguió conduciendo.