Níscalos 22 . Como si nada
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22 . Como si nada

La primera página no era una ficha de huésped.

José Luis la acercó a la luz. Había esperado una fotografía.

Una declaración. Otro registro como el de Leo.

Algo que pudiera comprender de un vistazo.

Encontró números. Una hoja de contabilidad antigua, amarillenta en los bordes, con varias cantidades anotadas a mano.

Fechas. Iniciales. Una columna destinada a conceptos que alguien había rellenado con palabras breves.

Clara se acercó.

—¿Qué es?

José Luis no respondió. En la tercera línea aparecía un nombre completo.

TIMOTEO GAMALLO.

La fecha correspondía a tres meses antes de su desaparición. Junto al nombre había una cantidad. Y una palabra.

INTERMEDIACIÓN.

José Luis pasó el dedo por debajo como si necesitara asegurarse de que no estaba uniendo dos líneas distintas.

—¿Qué significa esto?

Clara se inclinó.

—No lo sé.

José Luis la miró. Ella levantó una mano.

—Esta vez de verdad.

Pasó la página. Otra cantidad.

Timoteo Gamallo.

Dos meses antes de desaparecer. Después otra.

La última era de apenas unas semanas antes de que su coche quedara en el aparcamiento, su teléfono en el hotel y media provincia empezara a buscarlo.

José Luis volvió a la primera hoja. Durante ocho años, Timoteo Gamallo había sido muchas cosas para mucha gente.

Un desaparecido. Un médico con problemas.

Un hermano que no regresaba.

Un hombre que quizá se había suicidado. Un hombre al que alguien podía haber matado. Para José Luis había sido, sobre todo, un posible precedente. La primera grieta que había unido La Posada del Tejo con Leo. Pero aquellos papeles no parecían registrar lo que los Carrillo habían hecho con él.

Registraban lo que le habían pagado. Abrió otra hoja.

Había una lista de iniciales. Teléfonos que ya no existían. Dos nombres de empresas que no conocía. Una dirección tachada. En uno de los márgenes, escrito con otra letra:

T.G. — contacto confirmado.

Clara respiró detrás de él.

—Joder.

Fue la primera vez que la oyó decirlo de aquella manera. Sin ironía. José Luis volvió a mirar el nombre. Timoteo Gamallo no estaba archivado entre las personas que habían entregado.

Estaba entre las personas a las que habían pagado.

Un ruido llegó desde el corredor. Los dos se quedaron quietos. No fue fuerte. Una puerta. Después pasos. Clara cerró la carpeta inmediatamente.

—Tenemos que salir.

José Luis no se movió.

—¿Por qué le pagabais?

—José Luis.

—¿Qué hizo?

—No lo sé.

—Tu padre sí.

—Seguramente.

Los pasos se acercaron. Clara le quitó la carpeta de las manos, la colocó exactamente en el hueco del archivador y cerró el cajón.

—Si quieres averiguarlo, primero tienes que seguir vivo.

José Luis quiso abrirlo otra vez. No lo hizo. Clara apagó la linterna.

La estancia volvió a desaparecer.

Solo quedaron sus respiraciones. Los pasos pasaron cerca. No entraron. Una voz.

Antonio.

Demasiado amortiguada para distinguir las palabras. Otra voz respondió. Irene. Clara esperó. José Luis pensó en la hoja con su nombre.

NO ACTUAR HASTA SABER QUÉ HA ENVIADO / QUIÉN MÁS SABE.

Aquella frase ya no parecía una advertencia escrita para algún futuro. El futuro podía ser esa noche. Cuando el corredor volvió a quedar en silencio, Clara abrió la puerta apenas unos centímetros. Salieron. La vuelta hasta el armario de ropa blanca fue mucho más larga que la ida.

Al pasar junto al punto de observación de la habitación 5, José Luis no miró la cámara. Pensó en ella. Eso bastó. Clara abrió el acceso. Esperó. Pasillo vacío. Salió primero. Cuando se volvió hacia ella, Clara aún permanecía dentro.

—No vuelvas a entrar —dijo.

—Tengo preguntas.

—Y ellos tienen un hotel entero.

José Luis estuvo a punto de preguntarle si sabía algo más sobre Timoteo. No tuvo tiempo. Una voz llegó desde el extremo del corredor.

—Clara.

Antonio.

Ella salió y cerró el panel. José Luis dio un paso atrás. Antonio apareció unos segundos después. Llevaba un manojo de llaves y una carpeta azul bajo el brazo. Nada en su expresión indicaba sorpresa.

—Ahí estabais.

Clara respondió primero.

—Buscando unas sábanas.

Antonio miró el armario. Después a su hija. Después a José Luis.

—¿También necesitas sábanas?

José Luis sonrió.

—Me estoy especializando en zonas de servicio.

Antonio sostuvo la mirada.

—Ya veo.

Fue solo eso. Dos palabras. Pero José Luis supo que aquella conversación no estaba ocurriendo en el mismo lugar para los dos. Antonio avanzó.

—¿El coche?

—Perfecto.

—Rubén tiene buenas manos.

—Eso parece.

—Entonces mañana podrás salir temprano.

José Luis apoyó una mano en el bolsillo de la sudadera.

La navaja de Leo seguía allí.

—Esa es la idea.

Antonio sonrió.

—Buena idea.

Siguió caminando. Clara y José Luis permanecieron separados, como dos huéspedes que simplemente habían coincidido en un pasillo.

Cuando Antonio desapareció, Clara no volvió la cabeza.

José Luis tampoco. Bajó a la habitación 5.

Cerró. Miró la cama. La maleta. El armario.

La pared. Podía marcharse en ese instante.

El coche funcionaba. Tenía fotografías suficientes para que alguien tuviera que escucharle.

Había fotografiado registros, entregas, códigos, el nombre de Leo.

La navaja pesaba contra su muslo como una respuesta que podía tocar con los dedos.

Podía conducir. La idea era sensata. Precisamente por eso empezó a desconfiar de ella.

Antonio sabía quién era. Sabía que había preguntado por Timoteo. Sabía que había hablado con Vicente. Sabía que había medido el edificio. Sabía que ocultaba algo en una bolsa negra. Y acababa de encontrarlo junto al acceso que conducía al interior de las paredes.

Quizá no sabía que José Luis había visto lo que escondían al otro lado. Todavía. Se sentó en el borde de la cama. Pensó en el coche. En la carretera. En Rubén. En lo fácil que sería seguir un vehículo durante veinte kilómetros. En lo fácil que sería que una avería apareciera otra vez.

En lo fácil que era decir que un huésped había salido a determinada hora. Había aprendido esa misma tarde que la gente podía desaparecer después de abandonar La Posada del Tejo.

Mónica había tardado diecinueve días.

Se levantó. La cámara estaba en algún punto detrás del cabecero. José Luis abrió la maleta. Sacó una camiseta. La dobló. Volvió a guardarla. Después empezó a hacer algo completamente distinto de lo que sentía. Silbó. Muy bajo. Una melodía que ni siquiera reconocía. Guardó ropa.

Dejó el neceser sobre la cama. Respondió un mensaje de su madre.

Mañana vuelvo. Todo bien.

Añadió:

He encontrado bastantes setas al final.

Envió. Si alguien estaba mirando, vería a un hombre preparando el equipaje para marcharse. Eso era exactamente lo que quería. Bajó media hora después. Irene estaba en recepción cerrando caja. Sobre el mostrador había facturas, recibos y un cuaderno abierto lleno de cifras pequeñas.

—Mañana sales temprano, ¿no?

—Esa es la idea.

—Te preparo la factura esta noche. Así no tienes que esperar.

Tecleó sin mirarlo. José Luis apoyó un antebrazo sobre el mostrador.

—Eres la única de la familia que todavía no me ha preguntado qué tal las vacaciones.

—Porque llevo la cuenta.

—¿De las vacaciones?

Irene levantó por fin los ojos.

—De lo que cambia. Llegaste para cuatro noches. Las convertiste en seis. Venías por setas y has terminado preguntando por desaparecidos y midiendo paredes.

José Luis sonrió.

—Pensaba que eso era cosa de Antonio.

—Antonio pregunta porque le gusta entender a la gente. A mí me basta con saber cuándo algo no cuadra.

La impresora escupió una hoja. Irene la dejó delante de él.

—¿Y yo no cuadro?

Ella se encogió de hombros.

—Mañana te vas. Ya no necesito decidirlo.

José Luis cogió la factura.

—Buenas noches, Irene.

—Buenas noches, José Luis.

Amalia estaba en el comedor colocando tazas.

—¿Ya has hecho las maletas?

—Casi.

—Eso significa que no.

—Significa que he abierto la maleta.

—Progreso.

José Luis sonrió. La facilidad con la que ocurrió le produjo asco. Amalia tomó dos tazas y las llevó a otra mesa.

—¿A qué hora sales?

—Temprano.

—Pues desayuna antes.

—No sé si me dará tiempo.

Amalia se volvió.

—Entonces te dará tiempo.

José Luis se rió. Durante varios días aquella mujer había conseguido que La Posada del Tejo pareciera el mejor sitio del mundo para quedarse una noche más.

Ahora sabía que había visto a Leo. Que le había dado de comer.

Que después había seguido cocinando para huéspedes mientras su familia borraba su nombre.

—Te debo una cena —dijo José Luis.

Amalia frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Llevo varios días comiendo gratis.

—No comes gratis.

—Bueno, pues llevo varios días criticando vuestra comida sin demostrar que sé hacer nada.

—Tampoco has criticado tanto porque todavía tienes dientes.

José Luis miró hacia la cocina. La idea apareció entonces.

No como un plan. Como una posibilidad que habría preferido no reconocer.

Pensó en la pequeña bolsa de papel que había guardado aparte el día anterior.

NO COMER. Dos ejemplares recogidos para comparar una identificación, separados de todo lo que había llevado a cocina precisamente porque conocía la diferencia entre estudiar una seta y ponerla en un plato.

Su padre le había enseñado también la parte menos romántica de la micología.

No todas las intoxicaciones pertenecían a historias de muerte.

Algunas terminaban en una noche de urgencias.

Y no había dos cuerpos que reaccionaran exactamente igual.

Eso era lo que convertía la idea en algo peor que un truco.

José Luis no podía calcular a las personas como calculaba una fachada.

No podía garantizar cuánto comería cada uno ni cómo responderían.

Amalia tenía setenta y seis años. Clara estaba intentando ayudarlo.

Incluso Rubén seguía cayéndole bien. Podía coger el coche y marcharse.

También podía llegar a la primera curva con Antonio sabiendo demasiado y una red que no terminaba en aquel hotel.

Necesitaba tiempo dentro de aquella estancia.

Cinco minutos quizá. Diez. Un intervalo en el que ninguno de los Carrillo pudiera decidir por él si salía o no de La Posada del Tejo.

No quería matarlos. Decirse que no quería matarlos no lo absolvió de nada.

Su plan había sido observar. Conseguir una prueba. Marcharse.

Ahora estaba allí, con Leo convertido en una línea de entrega y Timoteo cobrando de los Carrillo. Amalia seguía esperando una respuesta.

—Mañana me voy —dijo José Luis—. Esta noche cocino yo.

Ella soltó una carcajada.

—Ni hablar.

—¿No te fías?

—De un madrileño con una sartén, no.

—De las setas sí te has fiado todos estos días.

—Porque hasta ahora no las has cocinado tú.

José Luis se encogió de hombros.

—Pues nada. Me iré pensando que has tenido miedo.

Amalia lo miró. Dos segundos.

Tres.

—Qué hijo de puta.

—Eso es un sí.

—Es un quizá.

Más tarde, cuando Amalia le cedió la cocina a regañadientes, José Luis preparó dos cantidades. Una pequeña quedó aparte desde el principio. La otra siguió un último paso que no hizo con la suya. No pesó nada. No hizo cálculos. Precisamente porque no podía hacerlos.

Estuvo a punto de tirar aquella parte a la basura y terminar la noche de otra manera. No lo hizo. Rubén entró por la puerta lateral en ese momento.

—¿Qué es un quizá?

—Que Bustamante quiere envenenarnos antes de marcharse.

La frase cayó sobre la mesa con la ligereza de una broma. Rubén se rió. José Luis también.

—Solo a los que me caéis mal.

—Entonces mi padre no cena.

Antonio apareció detrás de él.

—¿Qué me he perdido?

Amalia señaló a José Luis.

—Dice que cocina esta noche.

Antonio levantó las cejas.

—¿Con setas?

—Entre otras cosas.

—Valiente.

José Luis sostuvo su mirada.

—Hay que arriesgarse de vez en cuando.

Antonio sonrió.

—Eso parece.

Clara apareció desde recepción. Se detuvo al escuchar. Miró a José Luis y luego a Amalia.

—¿Qué pasa?

—Que este nos hace la cena —dijo Rubén.

Clara volvió a mirar a José Luis. Esta vez tardó un poco más.

—¿La cena?

—Última noche —respondió él—. Habrá que despedirse bien.

Clara entendió algo. No todo. Suficiente para dejar de sonreír.

—Claro —dijo.

José Luis vio cómo sus ojos bajaban un instante hacia sus manos y volvían a él. No preguntó nada. Eso fue peor.