Níscalos 21 . Al otro lado
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21 . Al otro lado

Clara no abrió la puerta del fondo. La dejaron atrás.

José Luis la vio al final del corredor mientras seguían por el acceso de servicio que había descubierto apenas unas horas antes, después de varios días intentando imaginar qué podía esconder el edificio.

La puerta seguía cerrada. En la madera permanecía la marca rectangular de la antigua placa, como una pequeña cicatriz más clara.

La misma explicación absurda de las humedades convertida ahora en una especie de broma privada de los Carrillo.

Clara lo condujo por el armario de ropa blanca. Esta vez no dejó la hoja mal encajada. La abrió con rapidez, esperó a que José Luis entrara y cerró detrás de ellos. Oscuridad.

—No enciendas todavía —susurró.

Esperaron.

Nada.

Clara sacó una pequeña linterna del bolsillo. No el teléfono. La encendió apuntando al suelo.

—¿Cuántas veces has hecho esto? —preguntó José Luis.

—Entrar aquí, muchas.

—Ayudar a alguien a entrar.

—Ninguna.

Caminaron. El corredor resultaba distinto siguiendo a alguien que conocía cada curva. Clara no tocaba las paredes para orientarse. Sabía dónde cambiaba el suelo, dónde había que agachar la cabeza y qué bifurcación evitaba la zona desde la que podían escuchar el zumbido del equipo.

José Luis reconoció la goma colocada sobre las tablas. La caja gris. El punto que daba a la habitación 5. No miró.

Clara continuó hacia el extremo del ala posterior.

—Esto ya existía antes —dijo en voz baja—. No como ahora.

—Rubén dijo que eran pasos viejos.

—Lo eran. Almacenes, servicio, accesos que dejaron de usarse con las reformas. Mi abuelo aprovechaba cada hueco del edificio. Luego mi padre aprovechó otras cosas.

Llegaron a la puerta reforzada que José Luis había visto durante su primera entrada. Cerradura moderna. Canaleta de cables cruzando el marco. Clara sacó una llave. José Luis la miró.

—¿De dónde la has sacado?

—La tengo desde hace años.

—Eso tampoco me tranquiliza.

—No era para tranquilizarte.

Introdujo la llave. Giró una vez. Después otra. La puerta se abrió hacia dentro. Al otro lado no había un túnel. Había una habitación. Eso fue lo primero que sorprendió a José Luis.

La antigua habitación seguía conservando la forma de un dormitorio aunque hubieran arrancado casi todo lo que lo hacía parecerlo.

La posición de una cama se distinguía por una zona más clara en la pared.

Un enchufe quedaba a una altura absurda junto al lugar donde habría estado una mesilla.

En una esquina, detrás de un archivador, sobrevivía un trozo de papel pintado antiguo con un dibujo de pequeñas ramas verdes.

Aquello había sido una habitación normal. Clara cerró detrás de ellos.

—Cuando Timoteo estuvo aquí esto no existía así —dijo.

José Luis recorrió el espacio con la mirada.

—La policía registró la habitación.

—Sí.

—Y no encontró nada.

—Porque no había nada que encontrar.

La frase colocó por fin ocho años de distancia en el sitio correcto.

Timoteo había dormido en una habitación.

Después desapareció. La investigación pasó.

Y solo entonces los Carrillo habían convertido aquel cuarto en otra cosa.

No parecía una guarida. Parecía una oficina montada por gente que odiaba perder espacio.

Dos archivadores metálicos ocupaban una pared.

Había una mesa larga con dos monitores apagados, un pequeño grabador, un router, discos duros etiquetados con fechas y varias cajas de plástico transparentes.

En otra estantería descansaban teléfonos sin nombre, cargadores, tarjetas y varias cajas de plástico marcadas con fechas recientes y la palabra PENDIENTE.

Sobre una mesa lateral había sobres con dinero. No fajos cinematográficos. Sobres marrones, algunos con una fecha, otros con un código. Una libreta de contabilidad. Cantidades anotadas. Pagos que parecían pertenecer a una empresa aburrida si uno no sabía qué significaban las otras carpetas.

José Luis avanzó despacio.

—Joder.

Clara no respondió. Abrió el primer archivador. Años. No nombres en orden alfabético. Fechas. Códigos. Vehículos. Fotografías impresas de mala calidad. Copias de documentos. Matrículas. Notas breves. La magnitud no estaba en una imagen horrible. Estaba en el grosor de las carpetas.

—¿Cuánta gente? —preguntó.

Clara se apoyó contra la mesa.

—No lo sé.

José Luis pasó varios separadores.

—Tú has entrado aquí muchas veces.

—No he contado.

—¿Cincuenta?

—José Luis.

—¿Cien?

—No lo sé.

Cerró el cajón con demasiada fuerza. El metal golpeó. Los dos se quedaron inmóviles. Nada se movió fuera. José Luis bajó la voz.

—¿Qué hacíais exactamente?

Clara miró los archivadores.

—Mi padre hablaba de oportunidades. Luego empezaron a llamarlas perfiles. Se observaba. Si alguien interesaba, se avisaba. A veces no pasaba nada. Otras venía gente. Algunas personas estaban aquí unas horas. Otras salían desde otro sitio.

—¿Y después?

—Después ya no era cosa nuestra.

—Eso os decíais.

Clara apretó la mandíbula.

—Sí.

José Luis abrió otra carpeta. Había una columna repetida en varios documentos.

ENTREGA.

Junto a ella, fechas, códigos y cantidades.

En algunos casos aparecía una ciudad. En otros solo iniciales.

No podía reconstruir la organización exterior.

Precisamente eso demostraba que existía.

Los Carrillo guardaban la parte que necesitaban: que una persona había salido de sus manos, cuándo, con qué referencia y qué pago correspondía.

—No erais el final —dijo.

—No.

—Erais proveedores.

Clara cerró los ojos. La palabra quedó allí. José Luis sacó el teléfono. Empezó a fotografiar. No cada hoja. No tenía tiempo. Índices. Fechas. Códigos. Páginas que demostraran que aquello no era una imaginación suya. Una lista de entregas. Un registro de pagos. Una fotografía del conjunto.

—¿Hay copia digital?

—Parte.

—¿Dónde?

Clara señaló los discos. José Luis fotografió también las etiquetas. No intentó llevárselos. Aún.

—Leo —dijo.

Clara asintió.

—Busca por fecha.

—No tengo la fecha exacta de cuándo lo metisteis aquí.

—La de la moto.

José Luis se volvió hacia ella. Clara tragó saliva.

—Fue ese día.

A José Luis se le cerró el estómago. Abrió el archivador correspondiente. Mes. Semana. Pasó hojas demasiado rápido y tuvo que volver atrás. Las manos habían empezado a torcerle los papeles.

Nada.

Leo.

Nada.

Leo Bustamante.

Nada.

—No está.

—No estaría por nombre en el primer registro. No era huésped.

—Entonces ¿cómo coño...?

—Moto. Busca la matrícula.

José Luis la sabía de memoria. Encontró una referencia escrita a mano en una hoja de control. La matrícula. Un código. Siguió el código hasta una caja de plástico de la estantería. La abrió y miró las cajas.

—¿Guardáis las cosas de la gente?

Clara negó.

—No durante años. Esto no es un museo. Lo que sirve para confirmar una entrega o identificar un código se queda un tiempo. Después se vacía por tandas. Lo de estas cajas es reciente o está pendiente de que alguien dé la orden de tirarlo.

—Qué sistema tan limpio.

—No he dicho que lo sea.

Había objetos pequeños dentro, cada uno en una bolsa transparente con una etiqueta.

Llaves. Una tarjeta de una gasolinera. Un reloj barato.

Un colgante. José Luis apartó dos bolsas.

Y se quedó inmóvil. La navaja era más pequeña de lo que recordaba.

Mango de madera oscura. Metal gastado. La melladura junto al remache.

No necesitó leer ninguna etiqueta. La conocía. La había visto cientos de veces en las manos de su padre. Cortando pan durante una salida. Limpiando tierra del pie de una seta. Abriendo una caja. Leo se la había quedado años después y había convertido el gesto de llevarla en algo automático.

José Luis no la tocó al principio. Solo la miró dentro de la bolsa. El mundo se redujo a diez centímetros de madera y metal.

—Es suya —dijo.

Clara no preguntó de quién. José Luis abrió la bolsa.

Sacó la navaja.

El peso era correcto. Incluso eso. Pasó el pulgar por la pequeña marca del mango. Su padre había intentado lijarla una vez y no había terminado el trabajo. Leo se había reído durante años de que algún día aquella astilla microscópica le amputaría un dedo.

José Luis cerró la mano. No lloró. Estuvo cerca. Quizá fue peor.

—La llevaba siempre.

Clara bajó los ojos.

José Luis metió la navaja en el bolsillo.

—No puedes llevártela —dijo ella.

La miró. Clara rectificó inmediatamente.

—Quiero decir que notarán que falta.

—Que lo noten.

—Entonces sabrán que has entrado aquí.

—Ya saben quién soy.

—No saben lo que sabes.

José Luis apretó el bolsillo con la mano.

—Esto no se queda.

Clara no volvió a discutir. Regresó al registro. El código de la bolsa aparecía también en otra carpeta. Esta vez encontró el nombre.

LEO BUSTAMANTE DE LA MATA.

No huésped. Entrada sin registro. Una referencia a motocicleta. Una hora. Y, más abajo, la palabra que Clara había temido que leyera.

ENTREGA REALIZADA.

José Luis se inclinó sobre la hoja. Fecha.

Un código de receptor. Una cifra de cinco dígitos.

Nada más. Volvió a leerlo. También la hora.

Durante meses había tratado los casi sesenta minutos que había tardado en responder al último audio de Leo como si escondieran una explicación.

Ahora tenía delante otra hora, escrita por gente que sí había estado allí.

—¿Qué significa entrega?

Clara no se movió.

—Que salió con ellos.

—¿Con quién?

—No sé quiénes eran. Nunca daban nombres.

—¿Qué organización?

—No lo sé.

José Luis golpeó la mesa con la palma.

—¡Deja de decir que no lo sabes!

La voz rebotó contra las paredes. Clara palideció. Los dos escucharon.

Nada.

José Luis bajó la voz, pero no la rabia.

—Llevo meses escuchando que nadie sabe nada. La Guardia Civil no sabe. El hotel no sabe. Tú no sabes. ¿Quién coño sabe entonces?

Clara respiraba deprisa.

—Mi padre sabía con quién hablaba. Yo no. Había códigos. Teléfonos que cambiaban. Gente que venía y no daba nombres. Si quieres que te invente una respuesta para que duela menos, no puedo.

—¿Adónde se lo llevaron?

—No lo sé.

—¿Qué hicieron con él?

—No lo sé.

—¿Cuánto tiempo estuvo vivo?

Clara cerró los ojos.

—No lo sé.

José Luis apartó la carpeta de un golpe. Varias hojas cayeron al suelo. Se agachó inmediatamente. No por orden. Por miedo a dejar una señal. Clara también se agachó.

—Lo vi salir vivo —dijo.

José Luis dejó de recoger.

—Eso es lo único que puedo darte.

—No me lo das. Me lo quitasteis.

Clara recibió la frase sin defenderse. José Luis volvió a colocar las hojas. Fotografió el registro de Leo. Una vez. Otra, más cerca.

La palabra ENTREGA ocupó toda la pantalla.

Durante meses su pregunta había sido si La Posada del Tejo tenía algo que ver con la desaparición de su hermano. Ya tenía respuesta.

Sí.

La respuesta no solucionaba nada. Solo cambiaba la pregunta.

¿A quién se lo entregaron?

José Luis guardó el teléfono. No podía quedarse allí mirando un registro hasta que apareciera un nombre que no existía.

Necesitaba copiar información. Salir. Hacer algo con ella.

Abrió otro cajón buscando cualquier referencia al código del receptor.

Pagos. Iniciales. Nada que pudiera identificar por sí solo.

Abrió otro. Carpetas antiguas. Una fecha de hacía ocho años llamó su atención antes que el nombre. Sacó la carpeta.

TIMOTEO GAMALLO.

José Luis miró a Clara. Ella también parecía sorprendida.

—¿Qué?

—Nada.

—Clara.

—Esa carpeta no está donde debería.

José Luis volvió a mirar el archivador. Los registros de entregas estaban en el mueble de la izquierda. Timoteo estaba en otro. Administración. Contactos. Pagos antiguos. Abrió la carpeta.

QUINTA PARTE — LA ÚLTIMA NOCHE