20 . La lista
La oficina de administración estaba detrás de recepción.
José Luis había pasado junto a aquella puerta decenas de veces sin dedicarle más atención que a cualquier dependencia de un hotel.
Clara esperó hasta que Irene cruzó hacia la cocina con una carpeta bajo el brazo.
Antonio estaba en el comedor hablando con una pareja que quería retrasar la salida. Rubén había vuelto al exterior.
—Dos minutos —dijo Clara.
—Eso siempre termina siendo mentira.
—Entonces uno.
Entraron. La habitación era pequeña. Dos escritorios, una impresora, archivadores, un calendario lleno de anotaciones y varias bandejas con facturas.
Nada que justificara bajar la voz. Nada que un inspector de turismo no esperara encontrar.
Clara cerró sin echar llave. Abrió un cajón del segundo escritorio.
Sacó una carpeta verde. Dentro había hojas de ocupación.
José Luis reconoció el formato. Habitaciones.
Apellidos. Fechas de entrada y salida. Número de personas.
Régimen. Matrículas en algunos casos. Notas sobre desayunos tempranos, alergias, camas supletorias.
Información ordinaria. Después vio las marcas. No aparecían junto a todos los nombres.
Un pequeño punto junto a una habitación. Una letra aislada. En algunas líneas, una marca hecha a lápiz que después había sido borrada pero todavía dejaba sombra.
—¿Qué es esto?
Clara apoyó un dedo sobre una de las hojas.
—La parte que no vería un huésped.
—Eso ya lo había supuesto.
—No es una lista de gente que vaya a desaparecer.
José Luis la miró.
—Qué alivio.
—Te lo digo porque importa.
Clara pasó una página.
—La mayoría no pasa de aquí. Se fijan en alguien. Observan. Después dejan de hacerlo.
—¿Quién decide?
—Mi padre. A veces entre varios. Depende.
José Luis volvió a mirar las hojas.
—¿En qué os fijáis?
Clara no respondió con una lista.
—En si una persona puede desaparecer unas horas sin que el hotel se llene inmediatamente de llamadas. En si viaja sola. En si alguien sabe exactamente dónde está. En si parece que su ruta cambia constantemente. En cosas que la gente cuenta sin pensar que está contando nada.
José Luis recordó las cenas. ¿Familia? ¿Mañana vuelves al monte? ¿Te esperan en Madrid? Conversaciones normales. Eso era lo peor.
—No elegís por una cosa —dijo.
—No.
—Acumuláis.
Clara asintió. José Luis pasó otra hoja. Había huéspedes marcados y después tachados. Una pareja. Un comercial. Una mujer que viajaba con perro. Un hombre solo que recibía llamadas frecuentes. No podía reconstruir una norma perfecta porque probablemente no existía.
—¿Y las habitaciones?
—Algunas permiten observar mejor. La 5. La 9. Dos de la otra ala. Han cambiado con las reformas.
—Por eso me disteis la cinco.
—Estaba libre y era una de las que permitían observar. Que viajaras solo ayudó. El apellido también.
José Luis la miró.
—Eso suena exactamente a selección.
—Observación. No estabas elegido para una entrega cuando llegaste. Solo querían saber qué hacías.
—Qué palabra tan cómoda.
—No intento hacerla cómoda.
Clara buscó una hoja concreta. La encontró. José Luis Bustamante de la Mata. Habitación 5. Cuatro noches. Madrid. Vehículo propio. Solo. Setas. Una pequeña marca aparecía junto al número de habitación. Nada más.
—Esto es del primer día —dijo Clara.
José Luis acercó la hoja.
—¿Y esto qué significa?
—Mirar.
—¿Solo eso?
—Solo eso no es poco, pero sí. No sabían exactamente quién eras.
José Luis recordó el documento encontrado detrás de su pared. La instalación vieja. El cable con polvo. La cámara preparada desde mucho antes. Encajaba.
—Clara sí —dijo.
Ella negó.
—Yo sospeché por el apellido. Lo había visto meses antes en papeles relacionados con Leo. Mi padre también lo conocía: fue él quien te atendió la segunda vez que llamaste preguntando por Leo.
—¿Antonio?
—Sí. Pero un apellido oído por teléfono meses antes no le decía quién eras. Le bastó para sospechar. No para saberlo.
José Luis levantó la vista.
—¿Cuándo lo confirmó?
Clara pasó el dedo por el borde de la hoja.
—Después de que empezaras a preguntar por Timoteo. Buscó tu nombre, cruzó los datos y encontró a Leo. Ahí dejó de ser una sospecha.
Pasó a otra página. Era una hoja añadida al formulario impreso, con notas breves.
BUSTAMANTE DE LA MATA.
L.B.M.
HERMANO — CONFIRMADO.
José Luis ya había fotografiado esas palabras en el corredor, pero verlas allí, dentro de la oficina desde donde se gestionaban huéspedes normales, produjo otra clase de rechazo.
Debajo había más. Preguntas Gamallo. Vicente.
Fachada / medidas. Carta. Bolsa negra. Ampliación hasta domingo.
Y, al final, una frase escrita con la letra de Antonio.
La reconoció por el plano que le había dado.
NO ACTUAR HASTA SABER QUÉ HA ENVIADO / QUIÉN MÁS SABE.
La leyó dos veces.
—Actuar.
Clara no contestó.
—¿Qué significa actuar?
—Sabes lo que significa.
—Quiero oírtelo.
Clara respiró por la nariz.
—Que ya no eras un huésped al que estaban mirando.
—¿Qué era?
—Un problema.
José Luis apoyó la hoja sobre el escritorio.
—¿Y cuando Antonio sepa lo que quiere saber?
Clara permaneció en silencio.
—Eso pensaba.
La impresora hizo un ruido breve, aunque nadie había mandado nada. Algún ciclo automático. José Luis dio un respingo mínimo y se odió por ello.
—Rubén tocó mi coche.
No era una pregunta. Clara bajó la mirada.
—Sí.
José Luis soltó una carcajada corta.
—Una tontería.
Clara levantó los ojos.
—¿Qué?
—Eso me ha dicho. Que era una tontería.
—No quería romperlo.
—Qué considerado.
—Quería ganar tiempo.
—Para averiguar qué había enviado.
—Sí.
José Luis miró hacia la puerta.
—Mientras me preparaba café.
—Rubén puede caerte bien y hacer esto.
—Ya estoy aprendiendo esa lección con vuestra familia.
Clara aceptó la frase. José Luis volvió a la hoja.
—¿Cómo pensaba averiguarlo Antonio?
—Hablando contigo. Mirando qué hacías. Esperando a que cometieras un error. Quizá entrando en tus cosas si encontraba la oportunidad.
—No la encontró.
Clara miró hacia él.
—No estés tan seguro.
José Luis sintió un frío distinto al del pasillo. Pensó en la bolsa negra. En la posición de las cremalleras. En las veces que había comprobado que seguía cerrada. No tenía pruebas de que nadie la hubiera abierto. Tampoco de lo contrario.
—¿Por qué no me hicisteis desaparecer directamente?
—Porque si estabas investigando a tu hermano desde hacía meses, podías haber dejado copias.
Podías haber hablado con alguien. Podías tener a una persona esperando una llamada.
Si desaparecías y al día siguiente aparecía todo en manos de la Guardia Civil, mi padre habría creado un problema mucho mayor.
José Luis pensó en la verdad. Hasta aquella mañana, Clara habría tenido razón.
Su madre no sabía el nombre del hotel y nadie esperaba una llamada concreta.
Después de descubrir la cámara había corregido, tarde, aquella estupidez.
Las fotografías ya estaban fuera. Su madre tenía el nombre.
A las diez del día siguiente habría una llamada o habría una Guardia Civil preguntando por La Posada del Tejo.
Antonio seguía siendo prudente ante unas precauciones que José Luis solo había tomado cuando ya era casi demasiado tarde.
—Y por eso preguntabais por mi familia.
—Sí.
—Por eso Irene preguntó si había hablado con alguien.
Clara asintió.
—Por eso Rubén se volvió mi mejor amigo.
—Rubén no es bueno fingiendo enemistad.
—Eso casi ha sonado a cariño.
—Es mi hermano.
—Ya lo sé.
José Luis miró la lista. Personas convertidas en habitaciones, fechas y pequeñas marcas a lápiz.
Durante días había imaginado que La Posada del Tejo podía ser un lugar donde seleccionaban gente.
La realidad resultaba menos cinematográfica y por eso más desagradable.
No había un hombre en una habitación oscura señalando fotografías.
Había conversaciones. Fichas de entrada.
Preguntas sobre desayunos. Un padre, una madre, dos hijos y una abuela aprendiendo quién podía faltar sin que el mundo se diera cuenta inmediatamente.
—Mónica —dijo.
Clara lo miró.
—¿Qué?
—Mónica Téllez.
La reacción fue mínima, pero existió.
—La conoces.
—Me suena.
—Desapareció cinco años atrás. Estuvo aquí diecinueve días antes.
Clara apoyó una mano sobre la mesa.
—No recuerdo todos los nombres.
—Pero ese sí.
—Creo que sí.
—¿También estaba en una lista?
Clara tardó.
—Probablemente.
—¿Probablemente?
—No te voy a decir que me acuerdo si no me acuerdo. Ya he dicho suficientes mentiras estos años.
José Luis la observó. Agradeció aquel no sé. Era mejor que una certeza fabricada para tranquilizarlo. Clara cerró la carpeta verde.
—Tenemos que salir.
—Todavía no.
—José Luis.
—Leo no estaba registrado. ¿Cómo entró en el sistema?
Clara se quedó quieta.
—A veces no empezaba con una reserva.
—¿Lo eligieron porque paró aquí con una avería?
—No lo sé exactamente.
José Luis apretó los dientes.
—Pero alguien decidió que no se marchara sin más.
—Sí.
—Antonio.
—Mi padre... casi siempre mi padre. Era él quien decidía.
—¿Esto había sido siempre así?
Clara negó.
—No con listas ni códigos. Cuando yo era pequeña eran «favores». Eso decía mi abuela. Dar una información, facilitar un encuentro, dejar una llave, prestar un vehículo. Cosas que podían llamarse de otra manera si uno no quería mirarlas demasiado.
—¿Y después?
—Después empezó a haber gente que pagaba más y preguntaba menos.
—¿Cuándo?
Clara bajó la vista al pulgar. La piel junto a la uña estaba ya en carne viva; esta vez dejó de tocarla.
—No lo sé. Yo era una cría. Bueno, no tan cría al final. Esa también me la he contado muchas veces. Cuando quise admitir qué era, esto ya existía.
—¿Y luego qué?
Clara señaló hacia arriba, no hacia el techo exactamente, sino hacia alguna parte del hotel que ambos entendieron.
—Luego queda registrado en otro sitio.
José Luis no necesitó preguntar.
—La habitación del fondo.
Clara asintió.
—Si quieres saber qué pasó aquí con Leo, lo poco que todavía exista estará allí.
—¿Puedes entrar?
—Sí.
—¿Ahora?
Clara escuchó el pasillo. Irene habló desde recepción. Antonio respondió desde el comedor. Una puerta exterior se cerró.
—Ahora no —dijo—. Dentro de diez minutos mi madre subirá a revisar dos habitaciones. Mi padre se quedará con las salidas. Rubén está fuera. Mi abuela estará en cocina.
José Luis la miró.
—Has pensado bastante en esto.
Clara cerró el cajón.
—Llevo años pensando. Hacer, lo que se dice hacer... bastante poco.
Abrió la puerta.
—Y hoy me ha dado por hacer de golpe lo que no hice en años. Muy valiente todo.
—No compensa nada.
Clara lo miró de perfil.
—Ya lo sé.
Salieron separados. José Luis fue hacia la escalera principal como si volviera a la 5. Clara regresó a recepción. Diez minutos después, el hotel seguía pareciendo exactamente el mismo. Eso empezaba a resultarle insoportable.