18 . Lo que José Luis sabía
El coche arrancó a la primera.
José Luis permaneció con la mano sobre la llave, escuchando el motor como si esperara que Rubén sacara de algún sitio una segunda avería.
El ralentí era limpio. Ninguna luz extraña en el cuadro.
Nada que justificara las horas que llevaba atrapado allí salvo la explicación que Rubén acababa de darle con dos frases y un encogimiento de hombros.
—Era una tontería —dijo Rubén desde fuera.
José Luis bajó la ventanilla. La lluvia había perdido fuerza, pero el aparcamiento seguía cubierto por una película de agua que convertía el cielo en manchas grises bajo las ruedas.
—Las tonterías suelen ser las que más tocan los cojones.
—Las averías importantes por lo menos tienen la educación de parecer importantes.
Rubén apoyó una mano en el techo del coche. Estaba mojado desde los hombros hasta las botas. Tenía una mancha oscura de grasa en el dorso de una mano y el mismo aspecto cansado que José Luis le había visto después de arreglar una humedad o cargar cajas en la cocina.
—Pruébalo luego otra vez antes de salir —añadió—. Pero no debería darte guerra.
José Luis asintió.
—Te debo una.
—Ya te la cobrará mi padre.
—Eso sí me lo creo.
Rubén sonrió. Durante un instante pareció exactamente el mismo hombre que le había servido una cerveza, enseñado un cuarto técnico y discutido con Amalia por el lugar correcto donde dejar una caja de botellas. Después miró hacia el hotel.
—¿Te vas ya?
La pregunta llegó sin presión. Casi sin interés. José Luis dejó que el motor siguiera funcionando. Podía hacerlo.
El coche arrancaba. La carretera estaría mojada y quizá encontraría niebla en los puertos, pero no estaba cerrada.
En poco más de tres horas podía estar lejos de La Posada del Tejo.
En cuatro, dependiendo del tráfico, entrar en Madrid.
Podía llamar desde una gasolinera. Copiar las fotografías.
Contárselo a alguien. Hacer todas las cosas sensatas que no había hecho antes de llegar.
—En cuanto recoja —respondió.
Rubén dio dos golpecitos sobre el techo.
—Pues buen viaje si no te veo.
—Gracias por el coche.
—Díselo cuando llegues a Madrid.
Se alejó hacia la puerta lateral. José Luis lo siguió con la mirada hasta que desapareció dentro. Apagó el motor.
El silencio que quedó en el habitáculo hizo que la lluvia pareciera más fuerte de lo que era.
Delante tenía el hotel. Piedra mojada, ventanas encendidas, humo saliendo débilmente de una chimenea.
Nada en aquella fachada explicaba una cámara detrás de la habitación 5.
Nada explicaba la hoja con su nombre. Nada explicaba la anotación que seguía abierta en su teléfono.
LEO BUSTAMANTE DE LA MATA.
HERMANO. CONFIRMADO.
José Luis apoyó la nuca contra el reposacabezas.
Una moto. Eso fue lo primero que apareció en su cabeza.
No el rostro de Leo. No la carpeta. La moto.
Meses atrás, cuando todo aquello todavía era una desaparición sin hotel, sin Timoteo Gamallo y sin paredes falsas, el mundo se había reducido durante varios días a una motocicleta aparcada donde no debía estar.
Leo viajaba solo con frecuencia. No era uno de esos hombres que convertían cada salida en una expedición y necesitaban contarlo después como si hubieran cruzado Mongolia a caballo.
Cogía la moto, elegía una dirección aproximada y cambiaba el recorrido si veía una carretera que le gustaba más.
Dormía en hostales baratos, casas rurales, alguna pensión y, si el tiempo acompañaba, alargaba las etapas hasta que empezaba a oscurecer.
A su madre aquello le parecía una manera elaborada de buscarse problemas. A José Luis, normalmente, también. Pero Leo llevaba años haciéndolo.
Mandaba una fotografía de vez en cuando.
Una gasolinera. Un plato de comida. Una carretera vacía.
Un cartel de pueblo. Si tardaba seis horas en contestar, nadie pensaba inmediatamente en un barranco.
Podía estar conduciendo. Podía haberse quedado sin cobertura.
Podía haber encontrado a alguien con quien hablar y olvidarse del teléfono.
Leo, además, tenía un talento especial para convertir cualquier hora de llegada en una sugerencia.
José Luis había discutido con él por eso más de una vez; su madre, cientos.
El último día hizo exactamente lo mismo. Por la mañana envió una fotografía desde una terraza. Café, tostada y el casco apoyado sobre una silla. A mediodía habló con su madre menos de cinco minutos. Por la tarde mandó a José Luis un audio.
He tenido una tontería con la moto. Nada. Ya está. Me he desviado un poco y luego sigo.
José Luis lo había escuchado mientras trabajaba. Le respondió casi una hora después.
¿Qué ha pasado?
No obtuvo respuesta. No le preocupó. A las ocho volvió a escribir.
Nada.
A las diez lo llamó. El teléfono dio tono hasta saltar el buzón.
Aquello tampoco era suficiente. Leo había cenado alguna vez sin batería.
Había dejado el móvil cargando en una habitación mientras bajaba a un bar.
Había atravesado zonas donde la cobertura desaparecía durante kilómetros.
José Luis conocía todas las explicaciones porque pasó buena parte de aquella primera noche fabricándolas.
Su madre llamó poco después de las once.
—¿Has hablado con tu hermano?
La pregunta cambió el peso de las horas.
A la mañana siguiente seguía sin noticias.
Después vino todo lo que uno aprende cuando desaparece alguien y no quiere aprender nunca.
Llamadas. Matrículas. Preguntas repetidas.
Rutas reconstruidas con recibos y mensajes.
Guardias civiles que hacían su trabajo y familiares convencidos de que cada minuto sin una respuesta era un minuto que alguien estaba perdiendo.
La moto apareció dos días después. Estaba aparcada sobre grava junto a una carretera secundaria, varios kilómetros fuera de la ruta que Leo había descrito por última vez.
No estaba caída. No tenía un golpe importante.
No había sangre. El casco estaba guardado.
Parte del equipaje seguía sujeto atrás. El teléfono no apareció.
Tampoco Leo. José Luis viajó hasta allí en cuanto se lo permitieron. Recordaba la sensación absurda de mirar la moto esperando que el objeto explicara la ausencia de la persona. El asiento mojado. Una mosca caminando por el retrovisor. Barro seco en el guardabarros. El olor a gasolina y tierra.
Había objetos que faltaban y otros que estaban exactamente donde debían. Uno de los que faltaban no figuró como importante en ninguna lista policial.
Una navaja.
Vieja. Mango de madera oscura. Una pequeña melladura junto al remache.
Había sido de su padre y, con los años, había terminado en manos de Leo.
La llevaba al monte, en la moto, de camping, a cualquier sitio donde pudiera encontrar una utilidad razonable o absurda para una navaja.
No demostraría nada que no estuviera entre las pertenencias.
Podía llevarla encima cuando desapareció. Podía haberla perdido semanas antes.
José Luis la apuntó de todas formas. Durante días buscaron alrededor de la moto. Después ampliaron el radio. Después dejaron de hablar de radios y empezaron a hablar de líneas de investigación. Nada condujo a Leo.
La fotografía apareció semanas más tarde entre documentación que había pasado por demasiadas manos. Una imagen automática de tráfico tomada en un cruce de carretera. Mala calidad. Fecha y hora impresas en una esquina. Una motocicleta. Un hombre con casco. Asfalto mojado. La moto era la de Leo.
José Luis no tuvo dudas. Lo que tardó más en reconocer fue el edificio del fondo.
En la fotografía apenas ocupaba una parte lateral.
Piedra, tejado oscuro, una línea de ventanas y un cartel que no podía leerse.
Había ampliado la imagen hasta convertir los píxeles en bloques.
Después buscó alojamientos, fotografías de carreteras, mapas, imágenes de la zona.
La Posada del Tejo. La primera vez que pronunció aquel nombre no sintió ninguna revelación. Solo otra tarea. Llamó. Respondió una mujer. José Luis dio nombre, apellido y una fecha aproximada.
Leo Bustamante.
La respuesta fue sencilla. No figuraba ningún huésped con ese nombre. José Luis insistió. Moto. Día. Horas. Un viajero solo. Quizá había parado a comer. Quizá había preguntado por una habitación. La mujer volvió a comprobarlo.
Nada.
Dos días más tarde llamó otra vez. Esta vez respondió un hombre.
Voz tranquila. Educada. Repitió la búsqueda.
No tenían ningún Leo Bustamante alojado en esas fechas.
A José Luis le había parecido una respuesta razonable.
Hasta que dejó de parecérselo. Porque una cosa era que Leo no hubiera dormido allí.
Otra que no hubiera estado. Empezó con búsquedas simples.
El hotel. Los propietarios. Fotografías antiguas.
Reseñas. Vehículos que aparecían de manera recurrente en imágenes públicas.
Nada ilegal. Nada siquiera especialmente útil.
Durante varios días La Posada del Tejo fue solo un edificio situado detrás de Leo en una fotografía.
Después encontró a Timoteo Gamallo.
Ocho años desaparecido. Su coche en el hotel.
Sus pertenencias dentro. Su teléfono. Una investigación sin cadáver y una habitación que aparecía repetida en noticias antiguas.
José Luis imprimió el primer artículo porque necesitaba leerlo sin veinte pestañas abiertas.
Después otro. Después una cronología. Terminó con una carpeta gris que creció poco a poco hasta caber mal dentro de la bolsa negra.
No encontró una línea recta entre Timoteo y Leo. Encontró algo peor para alguien que necesitaba una respuesta: suficientes cosas para no poder olvidar la posibilidad.
La policía ya conocía la fotografía de tráfico. Conocía La Posada del Tejo. Conocía que Leo no figuraba entre los huéspedes. Para convertir eso en una acusación hacía falta algo más que la intuición de un hermano. José Luis lo entendía. Podía odiarlo y entenderlo al mismo tiempo.
Así que decidió ir. No había reservado pensando que descubriría un corredor detrás de las paredes. Ni una red. Ni una habitación vigilada. Su plan era mucho más pequeño y bastante más estúpido visto desde allí. Observar. Escuchar. Comprobar si alguien reaccionaba a Leo o a Timoteo.
Conseguir una prueba si se presentaba la oportunidad. Marcharse.
Antes de salir de Madrid había aceptado una cosa que no escribió en ninguna libreta: si tenía que mentir, mentiría.
Si podía grabar una conversación útil, la grabaría.
Si encontraba una puerta abierta donde no debía estar, probablemente entraría.
Y si veía un documento que pudiera explicar qué había ocurrido con su hermano, no confiaba demasiado en su capacidad para dejarlo en su sitio por respeto a la propiedad privada.
No había venido a hacer justicia. Había venido a saber.
La diferencia le había parecido suficiente entonces.
Ahora tenía fotografías tomadas desde dentro de un corredor clandestino y una familia que ya conocía su relación con Leo.
José Luis volvió al presente cuando una ráfaga de viento sacudió las ramas sobre el aparcamiento.
Sacó el teléfono. Buscó la imagen automática. La llevaba guardada en más de un sitio. La abrió. Leo ocupaba el centro. La moto inclinada apenas unos grados. Carretera mojada. Y, detrás, suficientemente lejos para que durante semanas pareciera solo un edificio más, La Posada del Tejo.
José Luis amplió el fondo. Había mirado aquella fotografía cientos de veces.
Durante meses había sido casi todo lo que tenía.
Ahora conocía el interior del edificio que aparecía detrás.
Conocía sus pasillos invisibles. Sabía dónde escondían una cámara.
Y alguien dentro de aquel hotel había escrito el nombre de Leo en una ficha sobre él.
Guardó el teléfono. El coche funcionaba.
Podía marcharse. La idea seguía siendo la más sensata que había tenido en todos aquellos días.
Abrió la puerta y salió. No fue hacia el maletero.
Fue hacia el hotel. No había conducido hasta allí para descubrir que los Carrillo conocían el nombre de su hermano y marcharse antes de saber por qué.
Esta vez no se dijo que aquello fuera prudente. Entró.