17 . El cazador
José Luis cerró las cortinas. Después comprobó la puerta.
Llave girada. Una vez. No dos. No quería hacer nada que pudiera parecer distinto a su comportamiento habitual si alguien estaba mirando desde el otro lado.
Aquella idea le produjo una sensación absurda.
Ya ni siquiera sabía qué aspecto tenía su comportamiento habitual.
Se obligó a caminar despacio. Fue al armario.
Sacó la maleta. La dejó sobre la cama. Abrió.
Ropa. Neceser. Un jersey doblado de cualquier manera.
Debajo, la bolsa negra de dos cremalleras.
La misma que había llevado en el asiento trasero el primer día.
La misma que había escondido detrás de la maleta nada más entrar en la habitación.
La abrió. Había abierto aquella bolsa otros días. Dentro estaban el cargador, un pequeño estuche, la libreta que llevaba días utilizando y una carpeta de cartón gris que nunca había necesitado sacar delante de nadie. Nada espectacular. José Luis sacó primero el cargador. Después el estuche.
La libreta. Por último, la carpeta. La dejó sobre la cama.
No la abrió inmediatamente. Miró la pared.
La cámara estaba en algún punto detrás del cabecero.
Desde allí podía verse la cama. Probablemente también parte de lo que tenía encima.
José Luis cogió la carpeta y se sentó en el suelo, entre la cama y el armario, fuera del ángulo que recordaba desde el pasillo.
Solo entonces la abrió. Dentro había papeles que no pertenecían a unas vacaciones.
Fotografías impresas. Capturas de pantalla.
Noticias. Mapas. Nombres. Fechas. La primera hoja mostraba una fotografía de un hombre más joven que José Luis, sonriendo hacia alguien situado fuera de encuadre. En la parte inferior, escrito a mano:
LEO BUSTAMANTE
José Luis apoyó el pulgar sobre una esquina de la fotografía.
Su hermano. Había otra foto debajo. Los dos aparecían años atrás junto al maletero de un coche, con dos cestas y las botas cubiertas de barro.
Leo enseñaba algo a cámara con esa expresión de quien ya se había adjudicado una victoria que nadie había aceptado disputar.
No necesitó mirar el reverso para recordar el día.
La fotografía no servía para investigar nada.
Por eso estaba allí. Le recordaba para quién eran todos los demás papeles.
Una carpeta podía tragarse a una persona con una facilidad obscena: fecha, matrícula, última llamada, desaparecido.
José Luis había escrito el nombre de Leo aunque no hacía ninguna falta. Aquella noche necesitó hacerlo.
Pasó la hoja. Cronologías. Llamadas. Lugares.
Nombres que había descartado. Otros rodeados con un círculo.
Preguntas sin respuesta. Aquello no era el trabajo de un policía.
Se notaba. Había fechas tachadas y vueltas a escribir, flechas que acababan en ninguna parte, capturas impresas con notas al margen y un mapa doblado tantas veces que empezaba a romperse por los pliegues.
En una hoja había escrito «martes» y debajo «miércoles, joder» porque llevaba meses corrigiéndose a sí mismo.
Dos folios repetían la misma hipótesis de tres maneras diferentes porque ninguna terminaba de convencerlo.
Era el trabajo de alguien que llevaba meses intentando averiguar qué le había ocurrido a su hermano y que no tenía a nadie pagándole por hacerlo bien.
Había empezado con cosas mucho más pequeñas.
Una llamada que no encajaba. Un nombre repetido.
Un lugar que aparecía dos veces donde no esperaba verlo.
Después vinieron búsquedas nocturnas, hemerotecas, mapas, teléfonos que ya no contestaban y conversaciones con gente que casi siempre sabía menos de lo que decía. La mayor parte había terminado en nada.
José Luis no era detective. Precisamente por eso sus papeles estaban llenos de callejones sin salida.
Había perseguido hipótesis que después tuvo que tachar.
Había confundido coincidencias con pistas y pistas con coincidencias.
Algunas noches estaba convencido de avanzar; otras pensaba que solo estaba aprendiendo a ordenar su propia obsesión.
La Posada del Tejo no había sido el principio. Había aparecido después. Una pista relativamente reciente dentro de una investigación mucho más larga. Lo bastante débil para que no pudiera hacer gran cosa con ella. Lo bastante concreta para que José Luis hubiese acabado reservando una habitación.
No había ido a la policía con aquello porque, mirado desde fuera, apenas era nada.
Un hotel vinculado de forma indirecta a Timoteo Gamallo y una derivación que rozaba el nombre de Leo sin demostrar qué relación existía entre ambos.
Podía contarlo. También podía imaginar perfectamente la respuesta: vuelva cuando tenga algo.
Así que había decidido conseguir algo. Ese había sido su error y, al mismo tiempo, la única razón por la que ahora sabía que las paredes de La Posada del Tejo estaban llenas de cámaras. Pasó varias hojas. Timoteo Gamallo. Fotografía. Noticias de hacía ocho años. El coche abandonado.
El teléfono. La búsqueda. Marta. En una esquina había escrito:
La Posada del Tejo — ¿conexión o coincidencia?
Debajo, más tarde:
Comprobar allí.
No tenía a Mónica. Aquello era nuevo. Tampoco tenía los corredores. Ni las cámaras. Ni la habitación 5 marcada como punto de vigilancia. Mucho menos una hoja en la que alguien había escrito que José Luis Bustamante era hermano de Leo. Sacó el teléfono. Abrió la fotografía tomada unos minutos antes.
La dejó junto a los papeles. Todo lo que había reunido antes del viaje ocupaba media carpeta. Todo lo que La Posada del Tejo acababa de demostrar cabía, de momento, en la pantalla de un móvil. Y era mucho peor. José Luis apoyó la cabeza contra el lateral de la cama.
Hasta ese momento habría sido fácil confundirlo con un hombre que se había encontrado accidentalmente con un misterio y no había sabido dejarlo en paz.
La realidad era menos limpia. No había llegado por casualidad.
El primer día, cuando detuvo el coche antes de aparcar y fotografió la fachada, no estaba admirando el hotel.
Estaba registrándolo. La segunda fotografía había incluido deliberadamente la furgoneta y varios vehículos.
Cuando miró matrículas no fue solo deformación profesional.
Quería saber qué coches pertenecían al lugar.
Cuando fotografió desde la ventana la puerta lateral, sabía perfectamente que aquella esquina de la imagen le interesaba más que el paisaje.
Y cuando su madre le pidió una foto, eligió una en la que apenas se veía La Posada del Tejo porque no quería que pudiera identificar dónde estaba exactamente si luego preguntaba demasiado.
—Vacaciones —había dicho al bajar del coche.
La palabra le produjo ahora una sonrisa amarga. No era completamente mentira. Eso era lo que hacía todo más fácil. Las setas eran verdad. Su padre había sido quien le enseñó. Leo había aprendido después y había convertido cada salida al monte en una competición ridícula que nadie necesitaba ganar.
José Luis quería estar allí en otoño. Quería caminar aquellos bosques. Quería encontrar níscalos, boletus y volver con barro en las botas. Por eso la cobertura funcionaba. No interpretaba a un buscador de setas. Lo era. Solo que no había conducido hasta La Posada del Tejo únicamente por eso.
Había preparado el viaje durante semanas.
No como un agente. No como alguien entrenado.
Como un técnico de mantenimiento con demasiadas noches libres, un hermano ausente y la convicción creciente de que una pequeña parte de la respuesta podía estar en aquel hotel.
Su plan había parecido razonable desde Madrid.
Observar. Escuchar. Comprobar si Timoteo era algo más que una coincidencia.
Conseguir una prueba si aparecía una oportunidad.
Marcharse. Nada heroico. Nada especialmente inteligente.
Ni siquiera sabía qué esperaba encontrar.
Un nombre en un registro. Una contradicción.
Una fotografía antigua. Quizá una matrícula. Algo que justificara seguir tirando.
Nunca había esperado encontrar un corredor dentro de las paredes.
Nunca cámaras ocultas. Nunca un sistema que seleccionaba unas habitaciones y otras no.
Nunca que una mujer llamada Mónica Téllez hubiera dormido allí diecinueve días antes de desaparecer a cientos de kilómetros.
Y, sobre todo, nunca que los Carrillo terminaran escribiendo el nombre de Leo en una hoja dedicada a él.
José Luis miró de nuevo la fotografía del documento.
HERMANO. CONFIRMADO.
¿Cuándo? Esa era ahora una pregunta importante. Clara había reaccionado a su apellido durante la primera cena. Él lo había visto. Antonio no. Eso era distinto de no haberlo reconocido. Quizá el primer día solo había sospechado. HERMANO. CONFIRMADO. La última palabra empezó a pesar de otra manera.
Algo había ocurrido después. Una búsqueda. Una comprobación. Y desde ese momento la familia había cambiado sin dejar de ser la misma. Rubén demasiado amable. Antonio ayudándolo con planos. Preguntas pequeñas.
¿Te esperan en Madrid?
¿Familia?
¿Has hablado con alguien?
José Luis entendió otra cosa. No lo habían detenido porque no sabían cuánto había preparado antes de llegar. Podía haber enviado documentos. Podía tener a alguien esperando noticias. Podía haber contado a su madre más de lo que decía. Podía no estar solo. El problema era que sí lo estaba.
Su madre sabía que había venido al Maestrazgo a buscar setas.
No sabía el nombre del hotel. No sabía que Timoteo Gamallo formaba parte de nada.
Nadie tenía una copia ordenada de aquella carpeta.
José Luis había guardado fotos y notas en distintos dispositivos y cuentas como cualquier persona normal, pero no había dejado un sobre a un abogado ni enviado un mensaje diciendo si me pasa algo, mira aquí.
Había llegado pensando que iba a observar un hotel, no a entrar en una organización criminal.
Comprendió hasta qué punto aquella falta de preparación podía convertirse en una ventaja para los Carrillo si llegaban a confirmarla. Matar a un hombre que nadie esperaba podía ser una cosa. Hacer desaparecer a uno que había dejado una carpeta completa fuera del hotel era otra.
La deducción no lo tranquilizó. Solo le explicó por qué seguía vivo. Y decidió corregir un error en lugar de limitarse a reconocerlo.
Cogió el teléfono y entró en el baño. Desde el corredor había comprobado que la cámara no alcanzaba aquella zona.
Cerró la puerta, activó el wifi y subió a una cuenta en la nube las fotografías que acababa de tomar: la cámara, la ficha con su nombre, LEO BUSTAMANTE DE LA MATA — HERMANO.
CONFIRMADO. No contenían toda su investigación, pero bastaban para que aquello no pudiera desaparecer con él.
Después escribió un correo a su madre con las imágenes adjuntas. En el asunto puso una sola palabra: GUÁRDALO. No explicó nada en el cuerpo. Abrió el chat. Mañana antes de las diez te llamo. Si no lo hago, llama a la Guardia Civil y diles que estoy en La Posada del Tejo. No vengas tú.
La respuesta llegó casi inmediatamente. ¿Qué ha pasado? José Luis miró la puerta del baño. Nada que pueda explicarte ahora. Solo hazme caso. Tardaron unos segundos en aparecer los tres puntos. No me gusta nada este mensaje. A mí tampoco. Esperó.
A las diez.
Sí.
Guardó el teléfono. No se sintió más seguro. Pero ya no era completamente cierto que nadie fuera a buscar en la dirección correcta si él no regresaba.
Revisó las hojas una vez más. Timoteo. Había una fotografía del médico obtenida de prensa. Debajo, una nota antigua:
último punto sólido antes de que aparezca La Posada del Tejo en lo de Leo
José Luis pasó el dedo sobre la frase. Ahí estaba la pieza que todavía no podía explicar por completo.
La conexión que lo había llevado hasta el hotel existía.
No era suficiente para saber qué había ocurrido.
Por eso estaba allí. No necesitaba resolverla todavía para comprender que ahora era mucho más grande de lo que había imaginado.
Timoteo podía no haber sido una víctima.
Esa posibilidad, descubierta gracias a Marta y Vicente, destruía buena parte de la hipótesis con la que José Luis había llegado.
Si Timoteo había preparado su desaparición, si había retirado dinero, si un testigo lo había visto tranquilo después de que empezaran a buscarlo...
Entonces tal vez había interpretado al revés una de las piezas centrales. José Luis cerró la carpeta. Había encontrado algo mucho peor de lo esperado: llevaba meses buscando una cosa bastante más pequeña que la que realmente existía. Se quedó sentado en el suelo.
La lluvia continuaba golpeando la ventana. Desde abajo llegó una risa. Rubén. Después la voz de Amalia, demasiado apagada para entender las palabras. Vida normal. La misma vida normal que llevaba varios días salvando a los Carrillo dentro de su cabeza. José Luis pensó en la sopa.
En Amalia obligándolo a desayunar. En Rubén cargando cajas. En Antonio bromeando con las facturas. En Irene dejando una pastilla junto al vaso de su suegra. En Clara hablando de marcharse a Zaragoza. Nada de aquello tenía por qué ser falso. Esa era posiblemente la parte más difícil de aceptar.
Podían querer de verdad a su familia. Podían preocuparse por un huésped que cogía frío. Podían reírse. Podían cocinar. Y podían, al mismo tiempo, tener cámaras detrás de algunas habitaciones y una ficha con el nombre de su hermano.
José Luis ordenó los papeles. No podía permitirse el lujo de cambiar de comportamiento de golpe.
Si Antonio ya sabía quién era, probablemente estaría esperando exactamente eso: una reacción.
Prisa. Una llamada. Un intento de huida.
Algo que revelara cuánto había descubierto.
Tenía que seguir siendo el mismo huésped pesado que preguntaba demasiado, medía paredes y se reía con Rubén.
Al menos hasta recuperar el coche y decidir qué hacer con las fotografías.
Guardó la foto de Leo entre las primeras hojas. Cerró la carpeta. Un golpe suave sonó en la puerta. No se movió.
—¿José Luis?
Rubén. Miró la pared. Después la puerta.
—Sí.
—Creo que ya tengo el coche.
José Luis metió la carpeta dentro de la bolsa negra.
—Ahora bajo.
—Cuando quieras.
Los pasos se alejaron. José Luis permaneció quieto hasta dejar de oírlos. Luego guardó la bolsa detrás de la maleta exactamente como había estado durante todos aquellos días. Se miró en el espejo del armario. Cansado. Barba de varios días. Nada especial. Un hombre que había venido a buscar setas.
Abrió la puerta. Hasta ese momento había creído que estaba cazando una respuesta. Ahora sabía que alguien, al otro lado de aquellas paredes, llevaba días cazándolo a él.
CUARTA PARTE — LOS QUE NO VOLVIERON