16 . Habitación 5
José Luis tardó casi un minuto en recorrer los últimos metros.
No porque el pasillo fuera difícil. Porque cada paso lo acercaba a una idea que prefería mantener sin comprobar.
El número 5 volvía a aparecer unos metros más adelante, escrito en una pequeña etiqueta adhesiva pegada sobre un cable.
Debajo había un antiguo marco de madera cegado desde el otro lado.
La instalación era más completa que las anteriores. Cámara. Cable de red. Una pequeña caja negra fijada al muro. Y una trampilla estrecha a la altura del pecho. José Luis apoyó los dedos sobre ella. No la abrió inmediatamente. Sabía qué iba a encontrar. Aun así, necesitaba verlo.
Levantó el cierre. Un hilo de luz cruzó el pasillo.
Abrió apenas dos centímetros. Su habitación apareció delante de él: la cama, el escritorio, la ventana, parte del armario.
Tardó un momento en reconocer aquel lugar como propio.
Era el mismo espacio en el que había dormido, se había duchado, había escrito notas y había colocado la maleta; visto desde allí parecía pertenecer a otra persona.
La cámara estaba orientada hacia la cama y la zona del escritorio. No alcanzaba el baño. Tampoco veía completamente el interior del armario. No era una cámara colocada al azar. Estaba pensada para saber si alguien estaba dentro. Qué hacía. Cuándo dormía. Cuándo salía.
José Luis mantuvo la abertura unos segundos más y siguió el ángulo.
La parte baja del armario quedaba justo en el límite.
No podía asegurar que la bolsa negra hubiera sido visible cada vez que la sacaba, pero sí que cualquiera observando habría visto que guardaba algo detrás de la maleta y volvía a colocarlo allí.
Cerró la trampilla. Tuvo que apoyarse un momento contra la pared.
Recordó las noches. La luz encendida mientras escribía.
El teléfono sobre la cama. Las veces que se había acercado a escuchar el muro.
La libreta. La carta de Marta. La bolsa negra detrás de la maleta.
Lo peor no era imaginar qué habían visto.
Era comprender que había tenido compañía precisamente en los momentos en que se había sentido solo.
No sabía cuánto podían ver exactamente desde la cámara. Pero podían verlo a él. Había ocurrido desde el primer día. Miró la instalación. No parecía nueva de aquella semana. El cable llevaba tiempo colocado. Había polvo acumulado sobre la caja y la madera alrededor de la óptica estaba desgastada.
La habitación 5 ya estaba preparada antes de que él llegara. Eso importaba. No la habían construido para José Luis Bustamante. Él había caído dentro de algo que ya existía. La pregunta era cuándo había dejado de ser un huésped más. Encontró la respuesta unos centímetros más abajo.
Había una funda transparente sujeta a la pared mediante dos clips metálicos. Dentro, varias hojas dobladas. José Luis las sacó. La primera llevaba su nombre.
JOSÉ LUIS BUSTAMANTE DE LA MATA
Debajo:
42 años. Madrid.
Número de teléfono. Matrícula. Marca y modelo del coche. Fecha de entrada.
4 noches / ampliación hasta domingo.
En un margen alguien había añadido: viaja solo.
José Luis sintió que el estómago se cerraba. Aquello podía proceder de la ficha del hotel. Todo. Incluso el coche. Todavía no era prueba de nada extraordinario. Pasó la hoja. La siguiente estaba escrita a mano. Horas.
Sale 09:22. Monte.
Vuelve 17:06.
Pueblo. Habla con Vicente.
José Luis se quedó mirando aquella línea. No había dicho a nadie que Vicente se llamaba Vicente. Antonio había mencionado después que Irene le había contado que habló con él. En un pueblo pequeño aquello podía viajar solo. Pero allí estaba escrito. Siguió.
Pregunta Gamallo.
Carta.
Mide fachada.
Plano.
Amplía estancia.
Más abajo aparecían otras notas, breves y sin explicación:
Madre sabe Maestrazgo.
No consta acompañante.
José Luis sintió un escalofrío real. Aquello ya no podía proceder de una ficha de recepción. Su madre había aparecido en conversaciones normales, pequeñas, de esas que uno olvida en cuanto terminan. Alguien las había escuchado y convertido en información útil. No eran registros de una reserva.
Eran registros de él. Volvió a leer las anotaciones buscando algo que no estuviera allí.
No figuraban cuentas bancarias, ni contraseñas, ni nada parecido a una investigación sofisticada.
Eso lo inquietó más. Les bastaba con lo cotidiano.
Saber cuándo salía. Con quién hablaba. Qué preguntaba. Qué partes del edificio le interesaban.
En otra esquina aparecía: sin visitas. Y debajo: equipaje / bolsa negra.
José Luis levantó los ojos hacia la trampilla cerrada.
Así que la habían visto. No sabían necesariamente qué contenía, pero sabían que existía y que él la mantenía escondida.
De pronto comprendió por qué nadie había intentado registrarla de manera evidente.
Quizá no necesitaban hacerlo todavía. Quizá esperaban que él mismo les enseñara para qué había venido.
Sacó el teléfono. Fotografió la primera página. La segunda. La tercera. Sin flash. Con el sonido desactivado. En la parte inferior de la tercera había una anotación diferente. Más reciente. Tinta azul en vez de negra.
LEO BUSTAMANTE DE LA MATA
Debajo:
HERMANO. CONFIRMADO.
José Luis dejó de mover el teléfono. Durante un instante no escuchó la lluvia. Ni el zumbido del equipo. Ni el hotel. Solo aquella palabra.
Hermano.
La leyó otra vez. No había posibilidad de confusión.
Ellos sabían quién era. José Luis volvió a la primera hoja y miró la fecha de entrada.
Después la tercera. La anotación sobre Leo estaba escrita con otra tinta y colocada después de varias observaciones.
No podía saber el día exacto, pero sí una cosa: no lo habían identificado antes de alojarlo en la 5.
La habitación ya estaba preparada. La investigación sobre él había empezado después.
Aquello encajaba con Clara. Su reacción al apellido durante la primera cena.
Y encajaba con algo todavía más importante: Antonio había tardado en cambiar.
Rubén también. No sospechaban que preguntaba demasiado.
No pensaban que fuera un huésped raro. Sabían por qué estaba allí.
O, al menos, sabían suficiente para entenderlo.
Rubén diciendo su edad. Antonio encontrándole un plano.
La amabilidad. Las preguntas sobre Madrid.
Si alguien lo esperaba. Su madre. Los pasos frente a la habitación.
El coche. Todo cambió de posición dentro de su cabeza.
Hasta aquel momento había creído que los observaba sin que ellos supieran exactamente qué buscaba.
Era al revés. O peor. Se observaban mutuamente.
Solo que ellos llevaban ventaja. José Luis fotografió la anotación de Leo.
Después devolvió las hojas exactamente como estaban.
Mismo orden. Misma orientación. La funda quedó ligeramente torcida.
La corrigió. Respiró. Necesitaba salir. No de aquel pasillo. Del hotel.
Pensó en su coche bajo la lluvia. En Rubén con las llaves. No. Primero tenía que regresar a la habitación sin que nadie supiera lo que acababa de ver. Guardó el teléfono. Se volvió. Un ruido llegó desde algún punto lejano del corredor. Metal contra madera.
José Luis se quedó quieto. Después apareció luz. No frente a él. Mucho más atrás, en una curva. Una línea amarillenta que no estaba allí un segundo antes. Alguien había abierto otro acceso. Apagó la linterna del móvil. Oscuridad. El cuerpo reaccionó antes que la cabeza.
Se pegó al muro. Escuchó. Un paso. Después otro. Muy lejos. No podía saber si venían hacia él. La persona que había entrado tampoco tenía por qué saber que José Luis estaba allí. Eso era lo único bueno. Retrocedió despacio. Había cometido el error de no contar curvas.
Recordaba el cable. La caja gris. El tramo con goma. La bifurcación. Pero en oscuridad todo desaparecía. Esperó hasta que el ruido se detuvo. Encendió la pantalla del móvil al brillo mínimo, suficiente para ver el suelo sin lanzar un haz de luz por todo el corredor.
Avanzó. Un metro. Dos. La luz lejana desapareció.
Eso fue peor. Ahora no sabía dónde estaba la otra persona.
Un sonido de tela rozando piedra llegó desde la curva.
José Luis encontró un pequeño retranqueo entre dos muros y se metió allí, conteniendo la respiración.
Apenas cabía. El borde de una tubería le presionó la espalda.
Una claridad muy débil se deslizó sobre el suelo del corredor, no suficiente para distinguir a quien la llevaba. Se detuvo, volvió a moverse y desapareció hacia otra rama. José Luis esperó diez segundos más. Quince. No intentó averiguar quién era. Aquella curiosidad se le había terminado de golpe.
Encontró la bifurcación. Giró. Tramo de goma. Caja gris. Otro ruido. Más cerca. José Luis aceleró sin llegar a correr. El aire le pareció más frío junto al acceso por el que había entrado. Vio la pequeña línea de claridad alrededor de la puerta falsa. La cuña seguía en su sitio.
La retiró. Abrió. Pasillo de servicio. Vacío.
Salió. Cerró con cuidado. La hoja encajó hasta que el rodapié volvió a quedar apenas desplazado.
José Luis lo empujó con el pie. Esta vez quedó perfectamente alineado.
Se marchó. No vio a Clara. No vio a nadie.
Subió a la 5 por la escalera principal, abrió y cerró con llave.
Después apoyó la espalda contra la puerta.
Respiró. La habitación estaba exactamente como la había dejado.
Miró el cabecero. Localizó aproximadamente dónde debía de estar la cámara.
No consiguió verla. Eso también era parte de lo horrible.
Sabía que estaba allí. Pero la habitación seguía pareciendo segura.
Se acercó al cabecero sin tocarlo. Desde la posición que recordaba del corredor intentó localizar la lente. Tardó casi un minuto. Finalmente creyó distinguir un punto negro dentro de una pequeña junta decorativa, tan diminuto que podía ser una sombra. Cambió de ángulo y desapareció.
Eso era lo peor del sistema: una vez conocido, seguía siendo casi invisible.
José Luis dio dos pasos hacia el escritorio y se obligó a actuar como si no acabara de descubrirlo.
Dejó el teléfono, se quitó la sudadera, abrió una botella de agua.
Gestos corrientes. Si alguien observaba, quería que siguiera viendo al mismo hombre de siempre.
La idea le revolvió el estómago. Fue hasta la ventana. Abajo, Rubén estaba inclinado sobre el motor de su coche bajo una lona improvisada que había colocado entre la puerta y el capó. Amalia cruzó el aparcamiento con un paraguas para llevarle algo en una taza.
Rubén la aceptó. Los dos hablaron. Amalia le tocó un momento el brazo antes de volver al hotel.
La escena era doméstica. Casi tierna. Y eso ya no podía utilizarlo como argumento a favor de su inocencia.
Había pasado días pensando que una familia capaz de quererse de aquella manera no encajaba con lo que sospechaba.
Ahora comprendía el error. Una cosa no anulaba la otra.
Rubén podía preocuparse de verdad por su abuela y haber pasado la mañana retrasando la salida de José Luis.
Antonio podía buscarle un plano y, al mismo tiempo, ordenar que registraran cada uno de sus movimientos.
Irene podía recomendarle una carretera y borrar después un nombre de una reserva.
Clara podía sonreírle y estar intentando empujarlo hacia algo que ninguno de los dos se atrevía todavía a decir en voz alta.
José Luis bajó la persiana hasta la mitad. Sacó el teléfono. Abrió la última fotografía.
LEO BUSTAMANTE DE LA MATA — HERMANO. CONFIRMADO.
Hasta ese momento había querido saber qué sabían los Carrillo. Ahora la pregunta le dio miedo. No cuánto sabían de él. Cuánto sabían de Leo.