Níscalos 14
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Más adelante:

El hueco intermedio no tenía número visible.

José Luis comprendió cómo orientarse. Retrocedió mentalmente por el edificio.

El corredor no terminaba en el ala posterior.

Continuaba detrás de parte del cuerpo principal.

Eso explicaba los metros que faltaban junto a su habitación. Giró hacia la izquierda.

El techo bajó tanto que tuvo que inclinarse. Pasó por una zona de ladrillo más reciente que la piedra original. Allí las paredes estaban secas y el suelo había sido cubierto con una lámina de goma oscura para evitar ruido. José Luis se quedó mirando la goma.

Aquello le desagradó de una manera especial.

No era improvisación. Alguien había pensado en los pasos.

Apagó la linterna. La oscuridad fue absoluta; no la de una habitación sin luz, sino otra cosa, sin ventanas ni rendijas visibles.

Solo quedaron el zumbido muy débil de algún equipo y el ruido apagado de la lluvia que llegaba a través de los muros.

Encendió de nuevo. Continuó. Un cable bajaba hasta una pequeña caja con varios conectores numerados.

Tres estaban ocupados. Dos, vacíos. No entendía suficientemente aquella instalación para saber adónde enviaba las imágenes, pero sí lo suficiente para reconocer que no eran cámaras independientes. Todo iba hacia algún sitio.

Siguió con la vista el haz de cables hasta donde desaparecían por una perforación reciente en un muro más grueso. La dirección era aproximadamente la del extremo del ala posterior. La puerta sin número apareció en su cabeza. No quiso adelantarse. Todavía no. Una voz sonó al otro lado de la pared.

José Luis apagó la linterna.

—¿Has visto mi cargador?

Una mujer. Huésped. Otra voz respondió desde dentro de la habitación y ambos se rieron.

José Luis permaneció inmóvil, pegado a piedra fría, escuchando una conversación completamente banal a menos de un metro.

Cuando los pasos se alejaron, volvió a encender la luz. Aquello terminó de cambiar el lugar.

Ya no era un corredor vacío. Era una segunda versión del hotel superpuesta a la primera.

Una en la que las paredes dejaban de proteger a quienes dormían detrás.

Continuó hacia el extremo del ala. Allí el corredor se ensanchaba lo suficiente para que dos personas pudieran cruzarse.

Había una puerta de servicio antigua, esta sí visible desde dentro, reforzada con una cerradura nueva.

El manojo de cables atravesaba el marco por una canaleta y seguía al otro lado.

Por una asociación absurda, José Luis recordó la palabra micorriza. Algo visible arriba. Una red trabajando por debajo. Apartó la comparación. Allí no había nada natural.

José Luis acercó la oreja. Zumbido. El mismo que había escuchado días atrás cerca de la puerta del fondo.

No intentó abrir. La cerradura era moderna y no tenía ninguna excusa profesional que pudiera convertir forzarla en otra cosa.

Se limitó a fotografiar el marco, el cableado y una pequeña etiqueta sin texto pegada junto al bombín.

Calculó la posición. Al otro lado, aproximadamente, debía de quedar la zona de la estancia del fondo y parte del espacio que sus medidas no conseguían explicar. Aquello podía ser el punto donde convergía el sistema. O un simple cuarto de comunicaciones. Aún no tenía forma de saberlo.

Retrocedió. No quería convertir cada puerta en una respuesta antes de abrirla.

Ya había cometido suficientes veces ese error.

Otro acceso. Sin cámara. Otro. Con cámara.

José Luis hizo fotografías. No muchas. Las suficientes para demostrar después que aquello existía sin convertir el teléfono en una linterna intermitente.

En uno de los puntos sin cámara encontró algo que le confirmó que la ausencia también era deliberada.

El cable pasaba por encima del antiguo acceso sin bajar.

Había sitio de sobra para instalar una óptica, pero nadie lo había hecho.

No era que algunas cámaras se hubieran averiado o desaparecido. Habían elegido dónde colocarlas.

Pensó en perfiles. En reservas. En gente que viajaba sola. En vehículos. En horarios. En la forma en que un hotel podía aprender muchísimo de una persona antes incluso de que esa persona se diera cuenta de haber contado algo. Cada vez estaba más pendiente de los sonidos.

De vez en cuando se detenía y escuchaba.

El hotel seguía vivo a centímetros de él.

Una cisterna. Voces. Un televisor. Alguien riéndose.

Una aspiradora muy lejos. Ninguna de esas personas sabía que había un hombre caminando detrás de sus paredes.

José Luis tampoco lo habría sabido cuarenta y ocho horas antes.

Llegó a una bifurcación pequeña. A la derecha el corredor descendía hacia una zona donde el aire olía ligeramente a humedad.

A la izquierda continuaba hacia el cuerpo principal.

En la pared había una marca antigua hecha con pintura blanca.

Debajo, mucho más reciente, alguien había escrito un número con rotulador negro.

José Luis dejó de respirar durante un instante. El número no señalaba una habitación cualquiera. Señalaba la suya. Miró hacia atrás. El corredor estaba vacío. Volvió a mirar el número.

Cinco.

El cable negro continuaba precisamente en esa dirección. Hasta aquel momento había estado descubriendo un sistema. En ese instante comprendió que él estaba dentro.