Níscalos 15 . El pasillo interior
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15 . El pasillo interior

Los primeros metros todavía pertenecían al edificio antiguo.

José Luis podía verlo en todo. La piedra irregular.

Los restos de mortero. Una tubería de hierro que no llevaba agua desde hacía décadas.

Dos soportes de madera clavados directamente en el muro.

Una bombilla desnuda, amarillenta, que colgaba del techo sin encender.

Aquello no había sido construido para esconder nada.

Había sido construido para trabajar. Pasos de servicio.

Accesos entre habitaciones y almacenes. Una manera de mover ropa, carbón, comida o lo que necesitara aquel edificio cuando todavía tenía otra distribución y otra vida. José Luis avanzó despacio.

La anchura variaba. En algunos tramos apenas podía caminar de frente; en otros se abría hasta formar pequeños ensanchamientos donde quedaban estanterías viejas o huecos tapiados.

El suelo descendía unos centímetros y volvía a subir.

Había cambios que correspondían a las ampliaciones que había visto desde fuera.

Todo tenía sentido. José Luis encontró incluso restos de un antiguo sistema de timbres: cable trenzado, una caja de porcelana rota y pequeñas placas de latón numeradas que ya no correspondían con las habitaciones actuales.

En otro tramo quedaban dos ganchos grandes fijados al muro, quizá para colgar sacos o ropa.

La Posada del Tejo había tenido una vida anterior y aquel corredor era una especie de fósil de ella.

Durante unos minutos casi sintió alivio. Rubén no había inventado los espacios muertos. Existían. Antonio tampoco había mentido cuando hablaba de reformas acumuladas. Parte del misterio podía reducirse, por fin, a arquitectura. Hasta que dejaba de tenerlo. El cable negro era el primer problema.

No pertenecía allí. Lo siguió con la linterna. Abrazaderas nuevas. Plástico sin amarillear. En una curva se unía a otro cable más fino y ambos entraban en una caja gris fijada a la piedra con cuatro tornillos. José Luis se acercó. Leyó la marca. Material de red.

No necesitaba saber mucho más. Pasó el dedo por el borde de la caja.

Casi nada de polvo. Instalación reciente.

Continuó. El corredor giró y empezó a correr paralelo a una pared que reconoció por las medidas.

Habitaciones. No sabía cuáles todavía. A través de la piedra llegaban sonidos amortiguados.

Una televisión. Agua corriendo durante unos segundos.

Un golpe seco, probablemente una puerta de armario.

La sensación era extraña. No estaba en otra habitación. Estaba en el espacio que las habitaciones ignoraban. Dentro del hotel, pero fuera de su distribución. La frase le apareció sola.

Dentro del hotel.

Siguió el cable. Encontró el primer acceso antiguo. Una puerta de madera había sido tapiada desde el lado de la habitación. Desde el corredor todavía se reconocía el marco. En el centro quedaban restos de bisagras oxidadas y una capa de yeso que había atravesado por algunas grietas.

No había nada más. José Luis iluminó arriba. Sin cables. Sin instalación. Continuó. Segundo acceso. También cerrado. Tercero. El cable negro descendía por la pared y desaparecía detrás de una placa metálica de unos diez centímetros. Se inclinó. La placa tenía una pequeña abertura circular.

No más grande que la cabeza de un tornillo. Acercó el teléfono. Una lente. Se quedó quieto. No necesitó tocarla. Cámara. El cable salía de la parte trasera y regresaba a la caja de red que había visto antes. José Luis miró hacia la pared. Al otro lado había una habitación.

Intentó orientarse. Tres metros desde la curva. Cambio de nivel. Fachada al norte. Podía ser la 14. O la 15. No estaba seguro. Se acercó al antiguo hueco y encontró una pequeña trampilla de madera a la altura de los ojos. No tenía pomo. Solo una ranura.

La abrió un centímetro. Luz. La cerró inmediatamente.

Esperó. Nada. Volvió a abrirla con mucho más cuidado.

Del otro lado no había una vista completa de la habitación.

Solo un ángulo estrecho a través de una rejilla decorativa o un elemento similar que desde dentro probablemente parecía parte de la ventilación.

Vio una esquina de cama. Una silla. Una chaqueta colgada. Cerró. El corazón le latía más deprisa. Aquello había dejado de ser una rareza de obra: era una instalación de vigilancia. José Luis retrocedió medio paso. La reacción inmediata fue sacar el teléfono y hacer una fotografía.

La hizo. Después otra del cable. Otra de la caja. Silenció por completo el móvil antes de continuar. A partir de ahí empezó a mirar el corredor de otra forma. Ya no buscaba arquitectura. Buscaba patrón. El siguiente antiguo acceso estaba completamente tapiado. Sin cable.

El siguiente conservaba una puerta estrecha, pero ningún equipo.

Después encontró otro con instalación reciente.

Cámara. Una pequeña mirilla interior. Más adelante, nada.

Dos huecos seguidos sin modificar. José Luis se detuvo.

Eso era peor. Si todas las habitaciones hubieran tenido cámaras, habría podido construir una explicación sencilla, por repugnante que fuera.

Voyeurismo. Control absurdo. Una familia de enfermos mirando a huéspedes.

Pero no. Solo algunas. Unas sí. Otras no.

José Luis regresó unos metros y empezó a contar de verdad.

No necesitaba saber qué números correspondían a todos los accesos; bastaba con comprobar la alternancia.

Dos huecos antiguos sin una sola modificación.

Un tercero con cámara. Otro completamente cegado.

Después uno con cableado reciente pero sin óptica visible, quizá preparado para algo distinto.

La instalación tampoco parecía montada de una vez y olvidada. Había capas. Añadidos. Decisiones tomadas en momentos diferentes. Selección. La palabra apareció antes de que quisiera admitirla. Pensó en Mónica. En su libreta.

Puede ser el lugar donde los eligen.

Sintió frío a pesar de llevar la sudadera cerrada hasta el cuello. Siguió. En uno de los ensanchamientos encontró una mesa pequeña de madera pegada al muro. Encima había un rollo de cinta aislante, un destornillador, varias bridas y dos conectores de red todavía dentro de una bolsa transparente.

Trabajo reciente. No una reliquia. En el suelo, junto a una pata de la mesa, encontró una funda de plástico para zapatos todavía cerrada.

Más allá había otra usada y doblada sobre sí misma.

José Luis la miró sin tocarla. Podía pertenecer a cualquier trabajo de mantenimiento.

También podía explicar por qué algunas huellas que esperaba encontrar no estaban allí.

No quiso decidirlo. Junto a la mesa había números escritos con rotulador sobre el marco de varios antiguos accesos.