Níscalos 14 . La puerta que no existe
68%

14 . La puerta que no existe

A las diez y media seguía lloviendo. Rubén había sacado una caja de herramientas al aparcamiento y llevaba casi cuarenta minutos entrando y saliendo del coche. Desde la ventana del salón, José Luis lo veía aparecer bajo el capó y desaparecer otra vez dentro del habitáculo.

No parecía estar fingiendo. Aquello no significaba nada.

José Luis dejó la cortina. Se había prometido no investigar más.

La promesa había durado lo mismo que casi todas las que se hacía cuando ya estaba demasiado cerca de una respuesta.

Subió a la habitación 5 con la excusa perfectamente real de recoger el cargador del teléfono.

Lo guardó en el bolsillo. Después se quedó quieto en el centro de la habitación.

La pared del cabecero parecía exactamente igual que siempre.

Eso era lo irritante. Ahora sabía que las medidas no cuadraban.

Sabía que existían huecos antiguos en el edificio.

Rubén había admitido cámaras muertas, zonas cegadas por reformas, espacios que nadie utilizaba.

Y, aun así, la habitación seguía pareciendo una habitación.

Salió. No fue hacia la puerta del fondo.

Bajó por la escalera secundaria hasta el pequeño corredor de servicio que comunicaba con recepción.

Quería café. Eso se dijo. Podía bajar a la cocina por allí y ahorrarse el vestíbulo.

A mitad del corredor apareció Clara con un montón de toallas apoyado contra el pecho.

—Sigues aquí.

—Mi coche ha decidido ampliar la estancia.

—Buena elección.

—No me parece que estéis en posición de bromear.

Clara sonrió.

—Rubén lo arreglará.

—Eso espero.

Ella se detuvo frente a un pequeño armario empotrado y abrió la puerta con el codo. Dentro había sábanas, productos de limpieza y paquetes de papel higiénico. Metió parte de las toallas y cerró.

—¿Café? —preguntó.

—Sí.

—Abajo queda.

—Gracias por la precisión.

Clara continuó hacia las habitaciones. José Luis bajó hasta la cocina, se sirvió un café y regresó con la taza entre las manos.

Rubén seguía fuera. Lo vio por una ventana pequeña, medio cuerpo dentro del motor y la espalda protegida por la lona.

Antonio hablaba por teléfono en recepción.

Irene imprimía algo. El hotel funcionaba alrededor de su avería como si aquella mañana no tuviera ninguna importancia.

Eso debería haberlo tranquilizado. En cambio le recordó lo fácil que resultaba esconder algo dentro de una rutina que nunca se detenía.

Volvió a subir. Antes de llegar al primer piso se detuvo junto a una ventana.

Desde allí veía parte del aparcamiento. Rubén había cerrado el capó y estaba sentado dentro del coche con la puerta abierta, consultando algo en el teléfono.

La escena era normal hasta resultar ofensiva.

Si aquello era una trampa, era una trampa que sabía aburrirse.

José Luis sacó su propio móvil. Podía llamar a asistencia.

Podía hacerlo en ese instante y terminar la discusión consigo mismo.

Buscó el número de su seguro, lo dejó preparado en pantalla y no pulsó.

No porque confiara en Rubén, sino porque pedir una grúa que quizá tardara horas no iba a sacarlo de allí más rápido.

Guardó el teléfono. No tenía una razón especialmente buena para seguir arriba. Quizá quería escuchar otra vez la pared antes de marcharse. Quizá necesitaba comprobar que la noche anterior no había exagerado. Quizá simplemente no soportaba esperar mientras otro hombre tenía las llaves de su coche.

Al llegar al corredor vio de nuevo el armario que Clara acababa de cerrar.

Pasó de largo. Dio dos pasos. Se detuvo.

Volvió la cabeza. No supo inmediatamente qué había visto.

El armario estaba cerrado. Una puerta de madera pintada del mismo beige que el resto de la pared.

Dos hojas estrechas. Rodapié oscuro debajo. Nada especial.

Siguió andando. Tres pasos. Volvió.

—Joder.

Se agachó. No era la puerta del armario. Era el rodapié. A la derecha del mueble, donde la pared continuaba apenas un metro antes de girar hacia la ampliación, una de las piezas sobresalía unos milímetros. Muy poco. Probablemente nadie lo vería caminando. José Luis sí.

Pasó el dedo por la unión. Había polvo en la parte superior del rodapié. Excepto en una línea vertical de unos tres centímetros. Limpio. Como si algo hubiera rozado allí recientemente. Se incorporó. Miró el corredor. Vacío. Se acercó a la pared. Golpeó suavemente con los nudillos.

Toc. Veinte centímetros más allá. Toc. Otro poco. El sonido cambió. Más hueco. José Luis dejó escapar aire por la nariz.

—No.

Probó de nuevo. La diferencia estaba ahí. Observó la pintura. A simple vista era uniforme, pero la luz lateral que entraba desde una ventana pequeña revelaba dos líneas muy finas. Una vertical. Otra paralela, algo más de medio metro a la izquierda. Bajaban desde una moldura hasta el rodapié.

José Luis dejó la taza en el suelo y retrocedió hasta la esquina.

Intentó colocar mentalmente aquel tramo dentro del plano que había dibujado.

El armario de ropa blanca ocupaba menos profundidad de la que debería.

Detrás de la pared seguía quedando una franja de espacio, justamente la misma que sus cuentas no conseguían explicar.

Recordó una fotografía antigua del pasillo.

La ampliación no existía entonces. En aquel punto había una construcción más baja y, probablemente, un acceso entre zonas de servicio.

La pared no estaba donde había estado siempre.

Habían construido alrededor de algo. Regresó al panel. Rectángulo. No un tabique.

Una hoja. O lo había sido. José Luis se arrodilló.

La pieza de rodapié sobresaliente tenía un tornillo pequeño cerca del extremo.

El resto de tornillos de aquel tramo estaban cubiertos por varias capas de pintura.

Aquel no. La cabeza estaba limpia. Reciente.

Sacó la navaja pequeña que llevaba casi siempre en la mochila de monte.

No era la herramienta adecuada, pero la punta bastó para hacer palanca con cuidado sobre una tapeta de madera.

No cedió. Lo intentó desde abajo. Nada.

—Vale.

Guardó la navaja. No iba a desmontar un hotel. Pasó la mano por la moldura. En la parte inferior encontró una pequeña holgura. Presionó. Algo hizo clic detrás. José Luis retiró la mano. Silencio. Volvió a presionar. Esta vez empujó al mismo tiempo sobre el panel.

La pared se movió. No mucho. Dos centímetros. Suficientes para que apareciera una línea negra desde el suelo hasta casi la altura de sus hombros. Aire frío. José Luis se quedó inmóvil. La primera sensación no fue miedo. Fue satisfacción. Una pequeña descarga absurda de orgullo profesional.

Los metros estaban allí. No se los había inventado. Acercó la cara a la abertura. Olía a piedra húmeda, polvo y madera vieja. Sacó el teléfono y encendió la linterna. La luz entró por la grieta. Muro de piedra. Una tubería antigua. Suelo estrecho. Oscuridad más allá.

José Luis abrió un poco más. Un pequeño grano de polvo cayó desde la parte superior y quedó flotando en el haz del teléfono.

Después otro. Nadie que pasara por el corredor habría visto una puerta.

Desde fuera, el dibujo de la madera continuaba de una pieza a otra y la junta coincidía con una moldura decorativa.

Era el tipo de solución que podía permanecer años delante de alguien sin convertirse nunca en una pregunta.

La hoja estaba revestida por el mismo panelado del corredor, montada sobre bisagras ocultas bastante más nuevas que la madera.

Por dentro conservaba restos de una puerta antigua, con clavos y una mancha rectangular donde en otro tiempo debía de haber habido una cerradura. Rubén había dicho la verdad.

O una parte. Antiguos espacios cegados. Accesos de servicio. José Luis iluminó hacia abajo. El hueco no parecía un armario. Continuaba. Un pasillo de no más de setenta centímetros de ancho se perdía hacia la derecha, entre dos muros que pertenecían a épocas distintas del edificio.

Se quedó en el umbral. Podía cerrar. Debía cerrar. Rubén estaba abajo con su coche. Antonio sabía que se marchaba. Clara acababa de pasar por allí. Y él estaba a punto de meterse dentro de una pared de un hotel ajeno porque un rodapié sobresalía tres milímetros.

La definición de mala idea empezaba a quedarse corta. Miró hacia atrás. Nadie. Volvió a iluminar el interior. En el suelo, sobre el polvo, había una marca. Una pisada parcial. No antigua. El polvo estaba desplazado en el borde. José Luis notó un cambio inmediato en el cuerpo.

Aquello no era solo un hueco olvidado. Alguien lo utilizaba.

Entró. Tuvo que girar ligeramente los hombros para pasar.

La puerta quedó detrás de él. La sostuvo con una mano mientras comprobaba cómo funcionaba el cierre desde dentro.

Había una pequeña palanca metálica unida al mecanismo exterior. Simple. Funcional.

La soltó. La hoja retrocedió casi hasta encajar. La línea de luz del corredor se redujo a unos milímetros. José Luis volvió a abrirla inmediatamente.

—Ni de coña.

No pensaba permitir que se cerrara del todo hasta saber cómo salir.

Colocó una pequeña cuña de madera que encontró en el suelo junto al marco.

Después iluminó el pasillo. A su derecha continuaba hacia el ala nueva.

A la izquierda desaparecía detrás de una curva muy estrecha, probablemente en dirección al cuerpo principal.

Piedra vieja. Tuberías. Polvo. Nada más.

Parecía exactamente lo que Rubén había descrito.

Un resto del edificio. Una tripa inútil que las reformas habían dejado atrapada entre muros.

José Luis dio un paso. Después otro. La luz del teléfono recorrió una estantería oxidada, una llave de paso cubierta de pintura y un cable negro sujeto a la pared con abrazaderas de plástico completamente nuevas.

Se detuvo. Miró el cable. Después la piedra. El cable seguía hacia la oscuridad. José Luis dejó de pensar en el coche.