13 . Mañana me marcho
José Luis dejó el teléfono sobre la cama y esperó.
Durante los primeros minutos no ocurrió nada.
La grabadora avanzaba en silencio mientras él permanecía sentado en la silla del escritorio, con los brazos cruzados y la vista fija en la pared del cabecero.
La situación empezó a parecerle ridícula bastante rápido.
Un hombre de cuarenta y dos años, un sábado por la tarde, grabando yeso.
Estuvo a punto de detenerla. Entonces llegó el primer clic.
Muy débil. Después un roce. José Luis se incorporó sin acercarse.
El sonido duró menos de dos segundos y desapareció.
Esperó. Otro clic. Algo metálico. Más tarde, dos golpes amortiguados que podían ser pasos o podían ser cualquier cosa que su cabeza, ya demasiado predispuesta, hubiese decidido convertir en pasos.
No apoyó la mano en la pared. No esta vez.
Dejó que el teléfono hiciera su trabajo durante casi veinte minutos.
Cuando lo detuvo, reprodujo el fragmento con el volumen al máximo.
El primer clic se escuchaba. El segundo también.
El roce apenas. Los dos golpes del final parecían todavía menos importantes grabados que en directo.
Nada que pudiera enseñar a nadie sin sentirse un imbécil. Guardó el archivo. No lo llamó pared habitación 5 ni prueba ni nada parecido. Simplemente:
Sábado tarde.
Se quedó mirando el nombre. Había llegado a un punto que empezaba a reconocer demasiado bien. El momento en que uno deja de buscar una explicación y empieza a fabricar un sistema entero alrededor de cada cosa que ocurre. Timoteo. Vicente. Mónica. Las cartas. Los metros que faltaban.
Rubén sabiendo su edad. La pared. Todo junto parecía enorme. Separado, casi nada. José Luis abrió el armario. La bolsa negra seguía detrás de la maleta. La tocó con dos dedos y volvió a cerrarlo. No necesitaba seguir aquella noche. De hecho, no necesitaba seguir allí.
La idea apareció con una claridad que le sorprendió.
Mañana me marcho. No abandonaría nada. Eso fue lo primero que se dijo.
Podía continuar desde Madrid. Buscar a Mónica con calma.
Revisar todo lo que había encontrado sobre Timoteo.
Investigar las reformas del hotel desde fuera.
Volver si hacía falta. Incluso volver acompañado.
Quedarse en La Posada del Tejo no demostraba valentía. Solo demostraba que era suficientemente terco como para confundir riesgo con progreso. Guardó el teléfono en el bolsillo y bajó a cenar.
El comedor estaba más lleno que la noche anterior.
La lluvia golpeaba los cristales con una constancia pesada y el viento hacía vibrar de vez en cuando alguna contraventana.
Había olor a caldo, carne asada y ropa húmeda.
Dos huéspedes acababan de entrar y habían dejado sus paraguas abiertos junto a la puerta, formando pequeños charcos sobre las baldosas.
Amalia apareció desde la cocina con una fuente entre las manos.
—Cierra esa puerta.
José Luis miró detrás de él.
—Está cerrada.
—La de la cocina.
—Ah.
Fue a cerrarla.
—Gracias —dijo Amalia—. Aquí entra más frío por las puertas que por las ventanas.
—Eso dice mucho de las ventanas.
—No empieces tú también.
José Luis sonrió y se sentó. Antonio llegó unos minutos después con una botella de agua.
—¿Qué tal el día?
—Raro.
—Eso no suele ser una medida meteorológica.
—Pocas setas.
—Ah. Entonces malo.
Le sirvió agua. Rubén apareció desde recepción con el móvil pegado a la oreja. Terminó una conversación sobre una entrega que no llegaría hasta el lunes y se sentó un momento en la mesa contigua.
—Mañana peor —dijo.
José Luis miró hacia la ventana.
—¿Lluvia?
—Agua y viento. Arriba puede caer algo de nieve, pero aquí será barro.
—Perfecto para conducir.
Rubén sonrió.
—Si sales temprano, mejor.
La frase le dio la oportunidad.
—Eso haré. Mañana me marcho.
Antonio, que estaba recogiendo una copa vacía, levantó la vista.
—¿Al final no apuras hasta la tarde?
—No. Quiero llegar a Madrid con luz.
—Buena idea. Dan agua toda la mañana.
Nada más. No intentó convencerlo de quedarse. No preguntó por qué había cambiado de opinión. Rubén tampoco.
—Pues te preparo la cuenta luego —dijo Antonio.
—Perfecto.
José Luis notó cómo se aflojaba algo que no sabía que llevaba tenso. Había esperado resistencia. Solo por haberla esperado se sintió estúpido. Amalia dejó delante de él un plato de sopa.
—Come.
—He pedido carne.
—Y yo he puesto sopa.
—Entonces gana usted.
—Eso ya lo sabías.
José Luis probó. Caliente. Espesa. Con pequeñas tiras de pollo, verduras y algo de hierbabuena.
—Está muy buena.
—Claro.
Amalia se alejó. Durante un rato la cena fue exactamente lo que había sido otras noches.
Huéspedes preguntando por carreteras. Irene entrando con reservas impresas.
Rubén buscando un cargador que Clara aseguraba haber dejado encima de un mueble.
Antonio abriendo una botella. Amalia corrigiendo a todos.
José Luis observó más de lo que habló. No buscaba una grieta. Ya no. Quizá por eso le resultó todavía más difícil reconciliar lo que veía con lo que llevaba varios días pensando. Clara apareció tarde. Se sentó apenas cinco minutos con un plato pequeño. Levantó la vista hacia José Luis.
—¿Te vas mañana?
—Eso parece.
—¿Te has cansado de las setas?
—De perder contra ellas.
Clara sonrió.
—Sabia decisión.
No había nada en su expresión que indicara que le importara. José Luis tampoco esperaba que lo hubiera. Aun así, cuando ella volvió a mirar el plato, tuvo la impresión de que la conversación había quedado incompleta. Antonio se sentó finalmente con ellos cuando el comedor empezó a vaciarse.
—¿Te esperan en Madrid? —preguntó mientras se servía un poco de vino.
La pregunta era normal. Demasiado normal para que José Luis pudiera molestarse por ella.
—No especialmente.
Antonio asintió.
—Mejor. Con la carretera así, no te pongas una hora de llegada.
—Mi madre sabe que vuelvo mañana.
Lo dijo sin pensar demasiado. Antonio llevó la copa a los labios.
—Entonces avísala si te retrasas. Las madres tienen un radar que funciona mejor que cualquier aplicación del tiempo.
Amalia, desde la otra punta de la mesa, dijo:
—Porque los hijos sois idiotas.
Rubén soltó una carcajada. La conversación murió ahí.
José Luis subió poco después de las diez.
Preparó la maleta. No tenía mucho que hacer.
Ropa doblada sin demasiado orden, neceser, cargador, botas secándose en el baño.
Guardó la cesta dentro de una bolsa grande para no llenar el coche de tierra y dejó el chubasquero encima de la silla.
La bolsa negra fue lo último. La sacó del armario. Pesaba poco. La dejó sobre la cama sin abrirla y la cubrió con un jersey antes de meterla en el fondo de la maleta. Después escribió a su madre.
Mañana salgo para Madrid. Intentaré ir temprano porque dan bastante agua.
La respuesta llegó enseguida.
No corras. Si hace mal tiempo paras.
José Luis sonrió.
Sí, mamá.
Y llama cuando salgas.
Sí, mamá.
No me vaciles.
José Luis dejó el teléfono sobre la cama.
Aquella conversación consiguió hacer algo que llevaba varios días resultándole difícil.
Convertir el domingo en domingo. Una carretera.
Un viaje de vuelta. Madrid. Su casa. La Posada del Tejo quedándose detrás.
Durmió mejor de lo esperado. El viento lo despertó a las siete y cuarto.
La lluvia golpeaba el cristal de lado. Al abrir las cortinas encontró el valle prácticamente borrado. Las montañas habían desaparecido detrás de una masa gris y los árboles próximos se inclinaban con ráfagas irregulares.
—Estupendo.
Se duchó, terminó de recoger y bajó la maleta. Antonio estaba en recepción.
—Buenos días.
—Depende.
Antonio miró hacia la ventana.
—Podría ser peor.
—No digas eso.
—Tienes razón.
Preparó la cuenta. José Luis pagó. Irene salió de la cocina mientras guardaba la cartera.
—¿De verdad te vas con esto?
—En cuanto salga de la montaña será lluvia normal.
—Eso espero.
Amalia apareció detrás de ella.
—Desayuna.
—Quería salir ya.
—Desayuna.
José Luis miró a Irene.
—¿Puedo recurrir?
—No.
Veinte minutos después estaba terminando una tostada mientras observaba cómo el agua recorría los cristales. Rubén entró desde el exterior empapado de hombros para arriba.
—La carretera está fea.
José Luis dejó la taza.
—¿Fea de pasar despacio o fea de no pasar?
—De pasar despacio. De momento.
Antonio levantó la voz desde recepción.
—Si te quieres quedar hasta que afloje, la habitación sigue siendo tuya hasta mediodía.
—Voy a probar.
Nadie discutió. Eso volvió a tranquilizarlo. Salió cargando la maleta bajo la lluvia. El coche estaba cubierto por una película de agua que corría por el techo y los cristales. Abrió el maletero, guardó el equipaje y se metió rápidamente. Cerró y se quedó escuchando la lluvia contra la carrocería.
Metió la llave. Contacto. Las luces del cuadro se encendieron. Giró. Un clic. Nada. José Luis frunció el ceño. Volvió a intentarlo. Clic. El motor no giró.
—No me jodas.
Apagó todo. Esperó. Otro intento. Nada. Salió de nuevo y abrió el capó.
La lluvia empezó a caerle por la nuca antes de que consiguiera levantarlo completamente.
Miró la batería. Conexiones. Cables. Nada que pudiera identificar de un vistazo.
Sabía de electricidad, climatización, bombas, cuadros y motores bastante más grandes que aquel.
Eso no convertía un coche moderno en algo que quisiera desmontar en mitad de un temporal.
—¿Qué hace?
Rubén estaba a pocos metros, bajo un paraguas que apenas servía de algo. José Luis lo miró por encima del capó.
—Decirme que le gustan más las montañas que Madrid.
Rubén se acercó.
—Prueba.
José Luis volvió al asiento y giró la llave. Clic. Rubén escuchó.
—Otra.
Lo hizo. Rubén se inclinó sobre el motor. Tocó un par de conexiones y movió algo que José Luis no llegó a ver bien desde dentro.
—Para.
José Luis salió.
—¿Batería?
—Puede ser una conexión. O el arranque. Déjame una llave de diez y un comprobador y te digo algo.
—No llevo medio taller en el maletero.
—Yo sí.
Rubén cerró el capó a medias.
—Mete el coche un poco más hacia el lateral si conseguimos arrancarlo o déjalo aquí. Lo miro.
—¿Cuánto?
Rubén miró el cielo como si pudiera negociar con él.
—Una hora. Dos. Depende de lo que sea.
José Luis soltó aire. Antonio apareció en la puerta del hotel.
—¿Qué pasa?
—No arranca —respondió Rubén.
—Llama a asistencia si quieres —dijo Antonio—. Con este tiempo igual tardan, pero por lo menos lo tienes abierto.
José Luis sacó el teléfono. Una raya.
—Dentro tienes wifi —añadió Antonio.
No había trampa. Podía llamar. Podía pedir una grúa.
Podía incluso dejar el coche y marcharse en taxi si encontraba uno dispuesto a subir hasta allí.
Todo seguía siendo posible. Miró la carretera de salida.
El agua corría por el asfalto formando pequeñas lenguas marrones junto a los márgenes.
Más arriba, la niebla empezaba prácticamente en la primera curva.
—Míralo tú primero —dijo finalmente a Rubén.
—Vale.
Rubén cogió las llaves. El gesto fue completamente lógico. Aun así, cuando las vio desaparecer en su bolsillo, José Luis sintió algo que no le gustó. Volvió al hotel. Antonio apartó la puerta para dejarlo entrar.
—Te dije que aquí el tiempo era indeciso.
—Esto no es indecisión. Esto es mala leche.
Antonio rió. José Luis dejó la chaqueta mojada junto al radiador del recibidor.
Su habitación seguía arriba. Su mochila también.
Rubén tenía las llaves de su coche. La lluvia había empeorado.
La carretera se perdía entre niebla y agua.
Y la única persona que aparentemente podía devolverle el coche durante las próximas horas formaba parte de una familia sobre la que acababa de pasar varios días haciendo preguntas.
Se dijo que podía llamar a asistencia cuando quisiera.
Era verdad. Se dijo que podía marcharse andando hasta la carretera principal.
También era verdad, técnicamente. Se dijo que nadie le había impedido hacer nada.
Verdad otra vez. José Luis miró hacia la escalera.
Ahora la pregunta ya no era qué escondían aquellas paredes.
Fue otra mucho más sencilla. Si quisiera marcharse ahora mismo,
¿podría?