Níscalos 12 . Rubén #2
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12 . Rubén #2

No preguntaba qué estaba buscando. No parecía molesto por las medidas.

No quería saber por qué la arquitectura le interesaba tanto.

O sí quería. Solo que no lo preguntaba directamente.

—Antonio te enseñó el plano —dijo Rubén.

—Una parte.

—No te va a servir de mucho.

—Ya me he dado cuenta.

—Hay planos de reformas que se contradicen entre ellos.

—Eso sí me lo creo.

—Una vez vino un técnico a buscar una bajante y, según el plano, la tubería cruzaba por mitad de una cama. Se quedó mirando el papel como si la culpa fuera del papel.

—¿Y al final por dónde iba?

—Por otra habitación. Tampoco acertó tanto.

José Luis rió.

—Perfecto.

Rubén bebió.

—¿En Madrid también te dedicas a esto?

—Más o menos.

—¿Hoteles?

—De todo.

—¿Llevas mucho?

—Bastante.

—Se nota.

La conversación avanzaba con una facilidad sospechosa.

Trabajo. Instalaciones. Averías. Proveedores.

Rubén conocía lo suficiente para hablar del tema sin fingir.

José Luis se relajó un poco. Quizá aquello era todo.

Dos tipos que entendían lo irritante que podía ser buscar una avería dentro de un edificio antiguo.

—Yo habría tirado medio hotel —dijo Rubén.

—Y reconstruido.

—No tenemos dinero.

—Entonces harías lo que hacéis.

—Parches.

—Parches encima de parches.

Rubén levantó la taza.

—Arquitectura española.

José Luis sonrió. Desde la cocina llegó el ruido de una olla. Amalia dijo algo que no entendieron.

Rubén gritó:

—¡Ahora voy!

Después miró a José Luis.

—Una cosa.

Ahí estaba. José Luis dejó la taza.

—Dime.

Rubén mantuvo el mismo tono.

—Si escuchas ruidos otra vez en la habitación, me lo dices a mí.

José Luis no esperaba eso.

—¿Por qué?

—Porque soy el que termina arreglando las cosas.

—Antonio dijo que era la calefacción.

—Puede ser.

—¿Y puede no ser?

Rubén bebió el último trago.

—Puede ser una tubería. Un conducto. Una puerta vieja golpeando. Cualquier mierda.

José Luis lo observó.

—¿Una puerta?

Rubén dejó la taza en el fregadero.

—Era un ejemplo.

—Claro.

—Pero si vuelve a molestarte, me avisas.

—Vale.

—A cualquier hora.

Eso sonó extraño.

—¿A las tres de la mañana?

—Si estás despierto tú, probablemente yo también.

José Luis sonrió.

—Vida de hotelero.

—Más o menos.

Rubén cogió las herramientas. Antes de salir de la habitación se volvió.

—Y José Luis.

—¿Sí?

—No hace falta que midas a escondidas.

José Luis levantó una ceja.

—¿Perdón?

—Si quieres medir algo, me lo dices.

—Eso suena peligrosamente a invitación.

—No te emociones.

Rubén salió. José Luis permaneció allí con la taza en la mano. No entendía aquel hombre. Esperaba resistencia. Había recibido acceso. Esperaba preguntas. Rubén apenas había hecho ninguna. Esperaba que intentara alejarlo de los espacios que no cuadraban. En cambio le había confirmado que existían.

Espacios muertos.

Accesos antiguos.

Zonas cegadas.

Eso podía ser exactamente lo que Antonio le había dicho desde el principio.

Un edificio reformado decenas de veces. Nada más.

José Luis dejó la taza. Fue al aparcamiento.

Esta vez sí cogió el coche. Mientras conducía hacia el bosque volvió varias veces a la conversación.

No a los espacios muertos. Ni al cuarto técnico.

A una frase.

Con cuarenta y dos no estás para perder toda la mañana mirando ladrillos.

Podía haber sabido su edad por la ficha.

Por Antonio. Por Irene. Por cualquier conversación que José Luis hubiera olvidado.

No era raro. En absoluto. Lo que era raro era que Rubén supiera tantas cosas sin haberle preguntado prácticamente ninguna.

Condujo varios kilómetros. Luego sonrió.

Otra vez. Otra puta vez convirtiendo lo normal en sospechoso.

Subió el volumen de la radio. Pasó la mañana en el monte.

A media mañana encontró también dos ejemplares de una especie que reconoció y no pensaba comer.

No tenían nada de espectacular. Precisamente por eso le gustaban para enseñar una de esas confusiones que, cada otoño, terminaban con alguien pasando una noche miserable.

Los envolvió por separado en una bolsa de papel y escribió fuera, con bolígrafo: NO COMER.

No fueron a la cesta. Encontró pocos níscalos.

Un boleto demasiado viejo. Varias setas que fotografió y dejó en el sitio.

Intentó concentrarse. Funcionó a ratos. Al regresar, ya por la tarde, Rubén estaba junto a la furgoneta blanca.

Tenía las puertas traseras abiertas. José Luis aparcó a unos metros. Rubén levantó una mano al verlo.

—¿Qué tal?

José Luis mostró la cesta.

—Una ruina.

—Te queda mañana.

—Gracias por recordármelo.

Rubén cerró una de las puertas. José Luis bajó del coche. Dentro de la furgoneta alcanzó a ver cajas. Herramientas. Garrafas. Una manta gruesa doblada. Nada especial. Rubén cerró la segunda puerta.

—¿Ha vuelto a sonar?

José Luis tardó un instante en entender.

—La pared.

—Sí.

—No he estado.

—Cierto.

Rubén sonrió.

—Pues mejor.

Sacó las llaves del bolsillo. José Luis lo observó.

—Rubén.

—¿Qué?

—¿Tú conociste a Timoteo Gamallo?

La pregunta apareció sin que la hubiera planeado. Rubén dejó de mover las llaves. Solo un instante.

—Sí.

—¿Mucho?

—Estuvo aquí unos días.

—¿Cuántos son «unos»?

Rubén sonrió.

—Se te está pegando lo de preguntar.

José Luis esperó.

—Lo conocí lo que conoces a un huésped —respondió finalmente—. Hablamos. Le llevé cosas. Alguna vez lo acerqué al pueblo.

Aquello era nuevo. José Luis mantuvo la expresión.

—¿En la furgoneta?

Rubén miró el vehículo.

—A veces.

Un ruido pequeño pareció encajar dentro de la cabeza de José Luis. Vicente. La carretera. Una furgoneta blanca.

—¿Tenías esta hace ocho años?

Rubén negó.

—No.

Demasiado rápido. O quizá exactamente a la velocidad normal de quien sabe cuándo compró una furgoneta.

—¿Otra?

—Hemos tenido varias.

—Blancas.

Rubén se rió.

—Casi todas las furgonetas de trabajo son blancas.

—Eso me dijeron.

—¿Quién?

José Luis se dio cuenta.

—Nadie.

Rubén lo miró un segundo más. No insistió.

—Voy dentro.

Cogió una caja del suelo. José Luis dio un paso para ayudarlo.

—Déjala.

—Pesa.

—Por eso.

La cogieron entre los dos. Entraron por la puerta lateral. La caja contenía botellas.

Normal.

Todo normal. En la cocina, Amalia les indicó dónde dejarla.

—Ahí no.

Rubén cerró los ojos.

—Abuela...

—Ahí no.

La movieron medio metro.

—Ahí.

José Luis miró a Rubén. Rubén negó con la cabeza. Los dos sonrieron. Amalia abrió la caja.

—¿Habéis estado perdiendo el tiempo?

—José Luis —dijo Rubén.

—Yo estaba ayudando.

—Eso dicen todos.

Amalia sacó una botella. Después miró a José Luis.

—¿Has comido?

—Sí.

—¿Qué?

José Luis pensó.

—Un bocadillo.

Amalia frunció el ceño.

—Eso no es comer.

—Era grande.

—Eso es un bocadillo grande.

Rubén soltó una carcajada. José Luis también.

Por un momento todo volvió a ser exactamente lo que parecía.

Una cocina. Una abuela. Un nieto cargando cajas.

Un huésped embarrado. Una familia trabajando.

Fue al subir a la habitación cuando la sensación regresó.

Entró en la 5. Cerró. Dejó la cesta. Algo había cambiado.

No supo qué. Miró la cama. El escritorio. La ventana. La bolsa negra continuaba dentro del armario. Se acercó. La maleta estaba delante. Exactamente como la había dejado. Abrió. La bolsa seguía cerrada. Tocó las cremalleras.

Nada.

Se sintió idiota. No había ocurrido nada. Volvió a cerrar el armario. Se quitó la chaqueta. Entonces escuchó un clic detrás de la pared. José Luis se quedó quieto.

Uno.

Nada más. Recordó a Rubén.

Si escuchas ruidos otra vez en la habitación, me lo dices a mí.

Podía bajar. Contárselo. Eso era lo que le había pedido. José Luis esperó. Otro clic. Después un roce muy leve. Sacó el teléfono. Miró la hora. No llamó a Rubén. Abrió la grabadora. Pulsó. Dejó el móvil sobre la cama. Y esperó.

TERCERA PARTE — DETRÁS DE LAS PAREDES