Níscalos 12 . Rubén
59%

12 . Rubén

José Luis tardó menos de una hora en volver a medir.

Se había prometido que no lo haría. Después de desayunar salió al aparcamiento con la intención de coger el coche, conducir hasta otra zona del monte y pasar la mañana lejos de La Posada del Tejo.

La intención sobrevivió exactamente hasta que vio la fachada lateral.

Se detuvo con la llave del coche en la mano.

Dos plantas. Tres cuerpos de obra. Ventanas que no seguían una línea completamente regular.

Una bajante marcando la unión entre ampliaciones.

Y, detrás de todo aquello, metros. Metros que existían fuera y desaparecían dentro.

José Luis miró alrededor. No había nadie. Sacó el teléfono.

Abrió la fotografía tomada desde la ladera. Después miró el edificio. Volvió a la fotografía.

—Joder.

Guardó la llave del coche. Rodeó La Posada del Tejo.

No iba a entrar en ningún sitio. Solo mirar.

Había una diferencia importante. Al menos jurídicamente.

La parte trasera del hotel estaba casi completamente oculta desde el aparcamiento.

Una construcción baja salía detrás de las cocinas.

Más allá había leña apilada, dos contenedores, varias bombonas protegidas bajo una cubierta y la escalera metálica exterior que había fotografiado el primer día.

José Luis caminó despacio. Había estado allí antes, pero nunca tan cerca.

La fachada mostraba todavía mejor la historia del edificio.

Piedra antigua. Ladrillo enfoscado. Una ampliación de bloques.

Ventanas tapiadas. Huecos abiertos después.

Una puerta metálica gris daba acceso a alguna dependencia de servicio.

No tenía cartel. Pasó de largo. A cuatro metros encontró otra puerta.

Más pequeña. Madera. Cerrada. Siguió. La geometría empezaba a tener sentido.

O, mejor dicho, empezaba a no tenerlo de una manera más precisa.

El ala de las habitaciones 14 a 16 y la estancia del fondo debía terminar aproximadamente sobre aquella línea.

Pero el muro exterior continuaba. José Luis contó ventanas desde la esquina. Una.

Dos.

Tres.

Cuatro.

La última debía corresponder a la estancia sin número.

Después había casi cuatro metros de fachada antes de la unión con el cuerpo posterior.

Cuatro metros. Demasiado. Podía existir un cuarto técnico.

Una escalera. Un almacén. Eso sería completamente normal.

El problema era que desde dentro no había visto ninguna puerta que condujera allí.

José Luis siguió hasta el extremo. Una rejilla grande, casi a nivel del suelo, expulsaba aire débilmente.

Se agachó. No olía a cocina. Tampoco a caldera.

Era aire frío. Limpio. Ventilación. Se incorporó.

Miró la pared. Sobre la rejilla había una caja de conexiones bastante nueva y un tubo metálico que subía hasta perderse bajo el alero.

Instalación reciente. No décadas. José Luis acercó la cara.

Leyó una pequeña etiqueta del fabricante.

Nada interesante. Se apartó. No era raro que un hotel tuviera ventilación. Lo raro era que él estuviera allí un sábado por la mañana leyendo etiquetas pegado a una pared que no era suya.

—Muy bien.

Volvió hacia el aparcamiento. A mitad de camino se detuvo delante de la puerta metálica.

Tenía un bombín normal. Sin rótulo. Una marca de pintura más clara alrededor indicaba que años atrás había habido algo atornillado sobre ella.

José Luis miró hacia las ventanas. Después al suelo. La puerta se abría con frecuencia.

Se notaba en la suciedad del umbral. Eso tampoco significaba nada. Puso la mano sobre el pomo. No giró. Solo lo tocó. Frío.

—¿Buscas algo?

José Luis retiró la mano. Rubén estaba a unos seis metros. Llevaba una caja de herramientas en una mano y un rollo de cable en la otra. No parecía enfadado. Ni sorprendido. Eso fue casi peor.

—Sí —dijo José Luis.

Rubén esperó. José Luis señaló la puerta.

—Una explicación decente para vuestro edificio.

Rubén miró la puerta. Después a él.

—Esa te va a costar encontrarla.

Se acercó. José Luis se apartó ligeramente. Esperaba una pregunta.

¿Qué haces aquí?

O:

Esto es zona privada.

Rubén dejó la caja de herramientas en el suelo.

—¿Qué has visto?

La pregunta era tan tranquila que José Luis tardó un segundo en responder.

—Nada.

—Entonces has visto bastante.

José Luis sonrió.

—No me cuadran las medidas.

Rubén apoyó el rollo de cable encima de la caja.

—¿Qué medidas?

—Exterior e interior.

—Ah.

Nada más. Ni sorpresa. Ni incomodidad. Rubén sacó unas llaves. José Luis miró la puerta metálica.

—¿Eso es un cuarto técnico?

—Uno de ellos.

—¿Uno de ellos?

—Te dije que esto está hecho por trozos.

Introdujo una llave. Abrió.

—Ven.

José Luis no se movió. Rubén lo miró.

—¿Ahora no quieres saberlo?

Aquello era exactamente lo contrario de lo esperado. José Luis entró. El cuarto tenía aproximadamente tres metros por dos. Caldera auxiliar. Tuberías. Un pequeño cuadro eléctrico. Bombas. Dos depósitos. Herramientas.

Nada.

Absolutamente nada. José Luis miró alrededor. Rubén dejó la puerta abierta.

—¿Ya te quedas tranquilo o vas a pedir una cata del hormigón?

—Muchísimo. Me falta abrazar la caldera.

—Se te nota.

José Luis señaló la pared del fondo.

—¿Qué hay detrás?

Rubén rió.

—Eres terrible.

—Me pagan por preguntar esas cosas.

—Aquí no.

José Luis sonrió. Rubén cogió una linterna de una estantería.

—Detrás tienes parte del almacén viejo y un muro que nadie ha querido tirar porque probablemente sujete media montaña.

—¿Tiene acceso desde arriba?

—No directamente.

—¿Y desde dentro del hotel?

Rubén lo miró. José Luis levantó las manos.

—Ya paro.

—No hace falta.

Rubén abrió un pequeño armario eléctrico.

—Preguntar es gratis.

—Eso me está diciendo Antonio.

—Pues aprovéchalo hasta que empiece a cobrar.

José Luis observó las instalaciones. Eran reales.

Usadas. Nada preparado para una visita improvisada.

Había polvo acumulado en algunos tubos, manchas de humedad, etiquetas escritas a mano y reparaciones hechas en épocas diferentes.

Rubén estaba trabajando de verdad. Sacó un comprobador. José Luis señaló una tubería.

—Eso está añadido después.

Rubén miró.

—Hace seis años.

—Se nota.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Ya.

José Luis recorrió el cuarto con la vista. Las medidas seguían sin cuadrar. Aquel espacio explicaba parte del volumen exterior. No todo. Ni de lejos.

—¿Qué?

Rubén había notado que seguía mirando.

—Nada.

—Otra vez esa cara.

—¿Qué cara?

—La de que has encontrado una avería que todavía no sabes dónde está.

José Luis lo miró.

—Conoces esa cara.

—Vivo con un hotel que tiene más años que yo.

Rubén cerró el armario.

—La conozco.

Cogió la caja de herramientas.

—Ven.

Salieron. Rubén cerró con llave. Después caminó hacia la construcción baja situada detrás de las cocinas.

José Luis lo siguió. No sabía por qué. Aquello empezaba a parecer una visita guiada que él no había pedido.

O algo parecido: Rubén parecía dispuesto a enseñarle precisamente todo lo que podía tener una explicación corriente.

—Aquí estaba la lavandería antigua —explicó Rubén.

Señaló una ventana tapiada.

—Después la pasaron dentro. Esto quedó como almacén.

—¿Y arriba?

—Habitaciones.

—¿Cuáles?

Rubén miró la fachada.

—Más o menos quince, dieciséis y la estancia del fondo.

Más o menos. José Luis observó la pared.

—No pueden ser.

Rubén se volvió.

—¿Por qué?

—La profundidad.

Silencio.

Muy pequeño. Rubén siguió mirando el edificio.

—Ya.

Aquella respuesta hizo que José Luis levantara la cabeza.

—¿Ya?

—Que tienes razón.

José Luis esperaba cualquier cosa menos eso. Rubén señaló hacia la unión de los edificios.

—Ahí dentro hay un espacio muerto.

—¿De cuánto?

—No sé.

—¿Dos metros?

—Puede.

—¿Tres?

Rubén se encogió de hombros.

—Yo qué sé. No llevo el puto hotel metido en la cabeza.

—¿Qué hay?

—Paredes.

José Luis rió.

—Toda vuestra familia responde lo mismo.

Rubén también sonrió.

—Porque preguntas qué hay dentro de una pared.

—Estoy preguntando por el espacio.

Rubén miró hacia arriba.

—Antes había zonas de servicio. Cuando reformaron esa ala cerraron huecos y dejaron otros metidos dentro de la obra.

—¿Qué huecos?

—Cámaras, armarios, huecos de mierda... lo normal cuando haces una reforma encima de otra y nadie tira nada del todo.

—¿Siguen ahí?

—Algunos. Otros los cegaron.

—¿Se puede entrar?

Rubén soltó aire por la nariz.

—A lo que tiene acceso, sí. Lo demás está cegado. Si hubiera una puerta, la verías.

La respuesta permaneció un segundo más de lo necesario. José Luis observó su rostro. Rubén estaba sonriendo. Nada amenazante.

—Pero no te recomiendo que empieces a desmontar paredes —añadió—. Mi abuela se enfada.

—Eso sí me da miedo.

—Debería.

Caminaron hacia la puerta lateral. José Luis se quedó algo atrás. Rubén se detuvo.

—¿Vienes?

—¿Dónde?

—Dentro.

—Pensaba irme al monte.

Rubén miró su reloj.

—Todavía tienes tiempo. Con cuarenta y dos no estás para perder toda la mañana mirando ladrillos.

José Luis dio dos pasos. Después se detuvo. Rubén siguió andando.

—¿Qué?

José Luis lo miró.

—Nada.

Continuaron. Cuarenta y dos. No recordaba haberle dicho su edad. Podía haberlo hecho. Durante alguna cena. Alguna conversación. Quizá Irene.

Antonio.

La ficha de registro. No tenía importancia. Entraron por la puerta lateral. Rubén dejó las herramientas en un pequeño cuarto junto a la cocina.

—¿Café?

José Luis casi se rió.

—¿Me estás invitando a café después de pillarme intentando abrir una puerta de servicio?

—No la has abierto.

—La estaba tocando.

—Por tocarla no te van a detener. Creo.

—Depende de la puerta y de quién te pille sobándola.

Rubén llenó dos tazas de una cafetera pequeña.

—Si quisiera echarte una bronca ya lo habría hecho.

Le entregó una. José Luis la cogió.

—Eso es precisamente lo raro.

Rubén apoyó la espalda contra una mesa y se rascó con el pulgar una costra vieja en el nudillo. Parecía hacerlo sin darse cuenta.

—¿Qué esperabas?

—No sé. «No vuelvas a meterte donde no te llaman».

—No vuelvas a meterte donde no te llaman.

José Luis sonrió.

—Mejor.

—¿Ves?

Bebieron. Rubén parecía completamente relajado.

Demasiado. No porque estuviera actuando de una manera especialmente amable.

Porque no mostraba ni una sola de las reacciones que José Luis habría esperado de alguien que encuentra a un huésped merodeando por zonas de servicio.