Níscalos 11 . Los metros que faltan #2
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11 . Los metros que faltan #2

Eso no demostraba que hubiera una persona.

Ni un corredor. Ni absolutamente nada ilegal.

Solo una instalación. Se apartó. Miró la puerta del fondo.

Tenía la cerradura convencional y el segundo cierre. La habitación supuestamente sufría humedades. Su ventana estaba cubierta. Y detrás de aquella zona del edificio había metros que no aparecían en ningún pasillo accesible. José Luis sacó el teléfono. Abrió las notas.

Escribió:

ALA POSTERIOR: diferencia exterior/interior aprox. 2–3 m.

Añadió:

Rejillas hacia espacio no accesible. Ventilación / motor.

No quería escribir corredor.

Todavía no.

Oyó pasos. Guardó el teléfono inmediatamente. Venían desde los cuatro escalones. Clara apareció. Llevaba una bolsa de basura pequeña y un manojo de llaves. Se detuvo al verlo.

—Otra vez tú.

José Luis sonrió.

—Empiezo a pensar que trabajas aquí.

—A ratos.

Clara miró hacia la puerta del fondo.

Después a él.

—¿Hoy tampoco hay setas?

—Pocas.

—Por eso estás entreteniéndote con las paredes.

José Luis levantó las manos.

—Me habéis dado un hotel defectuoso.

—Pide una hoja de reclamaciones.

—¿Dónde?

—En recepción.

—¿Y si recepción forma parte del problema?

Clara lo miró. No sonrió inmediatamente. Después sí. Muy poco.

—Entonces estás jodido.

Pasó junto a él. José Luis esperó. Clara abrió la habitación 15. Entró. Nada extraño. Volvió sobre sus pasos. Al llegar a los cuatro escalones miró una vez más hacia el fondo.

La puerta del fondo permanecía cerrada.

Bajó. Esta vez sí llegó hasta el comedor. Amalia estaba colocando cubiertos.

—Llegas pronto.

—Estoy intentando recuperar puntos.

—No tenías ninguno.

—Eso hace más difícil recuperarlos.

Amalia señaló una mesa.

—Pon esos vasos allí.

José Luis obedeció. No sabía cuándo había pasado de huésped a mano de obra gratuita. Le gustaba. Durante diez minutos ayudó a colocar vasos, mover dos mesas y llevar una caja de botellas desde la cocina. Amalia le dio instrucciones como si llevara trabajando allí desde junio.

—No así.

—¿Qué tiene de malo?

—Está torcido.

José Luis miró el mantel.

—Dos milímetros.

—Torcido.

Lo corrigió.

—¿Mejor?

—Mucho.

—Menos mal.

Amalia continuó colocando servilletas.

—Tú trabajas con las manos.

—Sí.

—Se nota.

José Luis miró las suyas.

—¿Por qué?

—La gente que no trabaja con ellas coge las cosas de otra manera.

No explicó cuál.

—Instalaciones.

—Antonio me ha dicho.

José Luis levantó la vista.

—Las noticias vuelan.

—Aquí no hay muchas.

Amalia continuó con los cubiertos.

—¿Qué instalaciones?

—Un poco de todo. Climatización, mantenimiento, reformas, averías.

—Entonces te vendrías bien aquí.

—No me provoques.

—Podrías empezar por el extractor de la cocina.

—Estoy de vacaciones.

—Eso dices mucho.

José Luis dejó un vaso. La frase le hizo gracia. Hasta que se dio cuenta de que Antonio también se lo había dicho de otra manera. Todo el mundo parecía saber que sus vacaciones tenían algo raro. Probablemente porque él se empeñaba en hacerlas raras.

A las ocho y media el comedor empezó a llenarse. José Luis se sentó. Antonio apareció poco después. Llevaba una botella de vino.

—Mi madre te ha puesto a trabajar.

—Quiero denunciarla.

—Ponte a la cola.

Sirvió agua en la mesa de al lado. Después volvió.

—He encontrado algo para ti.

José Luis sintió un pequeño salto.

—¿Qué?

Antonio sacó del bolsillo una hoja doblada.

—No te emociones.

Se la dejó. Era una fotocopia vieja. Un plano. José Luis lo abrió. Solo mostraba parte del hotel. Planta baja. Cocinas. Almacén. Comedor. Una ampliación lateral. Fecha de hacía casi veinte años.

—Esto es oro.

—Pues no vale nada.

—Para ti.

—Para mí tampoco. Por eso te lo doy.

José Luis estudió la hoja.

—¿No hay planta primera?

—No he encontrado.

—¿Puedo quedármelo?

—Claro.

José Luis alzó la vista.

—Gracias.

Antonio apoyó una mano en el respaldo de la silla.

—¿Has descubierto ya por qué se nos cae el hotel?

—Todavía no.

—Me decepcionas.

José Luis dobló el plano.

—Dame tiempo.

—Te queda poco.

La frase podía ser completamente normal. Había ampliado la reserva hasta el domingo. Esa era ahora su fecha de salida. Nada más. Aun así, José Luis levantó la vista. Antonio sonreía.

—El domingo te echamos —añadió.

—Creía que erais hospitalarios.

—Hasta cierto punto.

José Luis sonrió también. Antonio siguió atendiendo mesas.

Algo en él parecía distinto. Intentó identificar qué.

No pudo. Quizá no había nada. Estaba cansado.

Llevaba varios días sospechando de personas que le daban de comer, abrían habitaciones y le buscaban planos porque se lo había pedido.

Terminó cenando con el documento doblado junto al plato.

Subió a las diez.

No fue hacia la puerta del fondo.

Entró directamente en la 5. Cerró con llave.

Sacó la libreta. Abrió una página nueva.

Dibujó de memoria un rectángulo. No era un plano.

Solo un esquema. Habitación 5. Corredor.

Ala vieja. Ala posterior. Las habitaciones 12 a 16 y la estancia del fondo.

Marcó las fachadas. Después sombreó las zonas donde las medidas no coincidían. Una detrás de su habitación.

Otra mucho mayor junto al ala posterior.

Las miró. Ya no parecían errores. Parecían espacios.

José Luis apoyó el bolígrafo. Un edificio podía esconder un metro.

Dos quizá. Reformas. Muros. Instalaciones.

Pero La Posada del Tejo escondía demasiados.

Y en los lugares exactos donde estaban ocurriendo cosas que nadie conseguía explicarle. Guardó el dibujo. Se levantó.

Apagó la luz. Esperó.

Nada.

Se acercó al cabecero. Apoyó la mano sobre la pared. Ahora sabía que al otro lado no había únicamente piedra. Había espacio. No sabía cuánto. Ni para qué. Pero estaba allí. José Luis permaneció inmóvil. Un minuto.

Dos.

Nada.

Retiró la mano. Entonces escuchó un sonido. No detrás del muro. En el pasillo. Un paso. Después otro. Se detuvieron frente a su puerta. José Luis miró hacia ella.

Silencio.

No llamó nadie. Los pasos permanecieron allí unos segundos. Luego continuaron. José Luis no abrió. Esperó hasta dejar de oírlos. Después se acercó lentamente a la puerta. Miró por la mirilla. El pasillo estaba vacío. Regresó a la cama.