11 . Los metros que faltan
José Luis volvió a La Posada del Tejo poco antes de las seis. Había pasado varias horas fuera sin encontrar demasiadas setas y pensando mucho más de lo que pretendía en la carta de Marta.
Veinte mil euros.
Timoteo podía haber preparado su propia desaparición.
La idea solucionaba algunas cosas y estropeaba otras.
Explicaba el dinero. Quizá a Vicente. Tal vez incluso el coche y el teléfono abandonados si aquello había sido deliberado.
Pero seguía sin explicar por qué alguien continuaba dejando las cartas de Marta delante de aquella puerta.
Ni qué demonios había detrás de la pared de la 5.
José Luis aparcó. No salió inmediatamente.
Desde el coche observó el hotel. Lo había hecho varias veces desde que llegó, pero aquella tarde miró de otra manera.
No buscaba una ventana encendida. Ni la furgoneta.
Ni movimiento. Miraba el edificio. El caserón principal.
El ala añadida. Los tejados. Las uniones.
Las fachadas que no seguían exactamente la misma línea.
Pensó en la vista que había tenido desde la montaña el día anterior.
Algo le había molestado entonces. No supo qué.
Ahora volvió la sensación. José Luis salió.
Sacó el teléfono y buscó la fotografía que había tomado desde la ladera.
Amplió. Después levantó la vista hacia el edificio real.
La parte central era sencilla. Tres plantas.
Muros gruesos. Ventanas regulares. El problema empezaba donde las ampliaciones se pegaban unas a otras.
José Luis caminó unos metros hacia la derecha.
Desde allí podía ver la fachada lateral. Contó ventanas. Una.
Dos.
Tres.
Arriba, otras tres. Más atrás empezaba el cuerpo que correspondía al ala posterior, con las habitaciones 12 a 16 y la estancia del fondo.
Se quedó quieto. Algo no encajaba. No llegó como una revelación.
Se parecía más a descubrir una estantería ligeramente torcida.
Uno podía ignorarla. Hasta que la había visto. Entonces era imposible dejar de verla.
José Luis guardó el teléfono. Entró.
—Buenas tardes —dijo Antonio desde recepción.
Estaba detrás del ordenador.
—Buenas.
Antonio miró la cesta.
—Hoy peor.
—Bastante.
—Te estás quedando sin vacaciones.
—Todavía puedo remontar.
—Eso dicen los equipos que van perdiendo tres a cero.
Dejó la cesta junto a la escalera.
—¿Tenéis algún plano del hotel?
Antonio levantó la mirada. No pareció alarmado. Solo sorprendido.
—¿Un plano?
—Sí.
—¿Para qué?
José Luis alzó las manos.
—Manías del oficio.
Antonio sonrió.
—Eso no era la pregunta.
—Precisamente.
José Luis señaló vagamente hacia arriba.
—Ayer estuve mirando el edificio desde lejos. Es una locura.
—Eso sí lo responde.
Antonio apartó ligeramente el teclado.
—Debe de haber planos de alguna reforma. Pero si esperas encontrar uno de todo el hotel, vas listo.
—¿Tan mal está?
—Peor. Mi abuelo construía como quien amplía una mesa en Navidad. Si hacía falta sitio, aparecía.
José Luis rió.
—Eso explica bastante.
—¿Trabajas en construcción?
—Instalaciones y mantenimiento.
—Ah.
Antonio apoyó los antebrazos sobre el mostrador.
—Entonces ahora entiendo por qué miras tanto las paredes.
José Luis levantó una ceja.
—¿Miro mucho las paredes?
—Más que los huéspedes normales.
—Los huéspedes normales no saben divertirse.
Antonio sonrió.
—Eso también es posible.
José Luis señaló hacia el edificio.
—No hace falta que busques nada. Era curiosidad.
—Puede que tenga algún plano viejo en administración.
—Olvídalo.
—Si aparece te lo doy.
—Gracias.
José Luis recogió la cesta. Empezó a subir.
—José Luis.
Se volvió. Antonio seguía junto al ordenador.
—¿Sí?
—Si encuentras una forma de hacer que el hotel tenga sentido, me la explicas.
—Cobro por horas.
—Entonces prefiero seguir ignorándolo.
José Luis rió y continuó subiendo. La conversación no tenía nada raro.
Precisamente por eso, cuando llegó al primer piso, se sintió un poco idiota.
Había preguntado por planos. Fantástico.
Cada día lo hacía mejor. Entró en la habitación 5.
Dejó la cesta en el baño y se quitó la chaqueta.
La carta de Marta seguía en el bolsillo interior.
La sacó. La observó un momento. Después la guardó dentro de la bolsa negra, junto con la libreta. No quería tenerla encima. Se sentó en la cama. Del otro lado de la pared no llegaba ningún sonido. José Luis miró el cabecero. Luego la ventana. Después otra vez la pared. Ahí estaba de nuevo.
La sensación. Algo no cuadraba. Se levantó.
La habitación 5 tenía forma prácticamente rectangular.
La ventana ocupaba buena parte del muro exterior.
La puerta daba al corredor. El baño estaba junto a la entrada.
Distribución normal. Pero el cabecero estaba en uno de los laterales.
Detrás de aquel muro no debería haber otra habitación.
José Luis conocía suficientemente bien el pasillo para saberlo.
Se quedó pensando. Salió. Cerró con llave.
Caminó hasta el extremo del corredor y contó pasos hasta la 5, después hasta el giro.
Repitió una vez y se rindió. Los pasos eran una medida de mierda.
Bajó al coche. En el maletero llevaba una pequeña caja de herramientas porque tener coche y no llevar herramientas le parecía una irresponsabilidad. Sacó un flexómetro de cinco metros.
—Vacaciones.
Midió la habitación 5, estimó el grosor del muro exterior y utilizó las baldosas del rellano para calcular el corredor sin ponerse a estirar una cinta delante de otras puertas.
No necesitaba una cifra de obra. Solo saber si el orden de magnitud encajaba.
No encajaba. Al principio la diferencia parecía de poco más de un metro.
Podía ser un patinillo, instalaciones, una pared engordada por reformas. Una explicación perfectamente aburrida.
Pero al recorrer el pasillo observando juntas, molduras y rodapiés descubrió que el error se mantenía demasiado tiempo. Las reformas dejaban cicatrices, y allí había una continuidad que no correspondía con el espacio interior.
Su referencia estaba mal. Para saber cuánto faltaba de verdad tenía que comparar el interior con la fachada.
Bajó, rodeó el edificio y localizó la ventana de la 5.
Una bajante marcaba la unión entre dos cuerpos de obra y el muro superior estaba retranqueado; nada coincidía del todo con el pasillo que acababa de medir.
El flexómetro de cinco metros no servía para medir una fachada completa, así que recurrió a lo que tenía: ventanas, juntas, bloques de piedra y separaciones repetidas.
Hizo varias fotografías, volvió arriba y repitió las cuentas dejando margen para el grosor de los muros y para sus propios errores.
Entre metro ochenta y dos metros treinta, dependiendo de cuánto margen concediera a los muros y a las irregularidades de la fachada.
José Luis dejó el bolígrafo. Aquello ya no era un patinillo. Podía serlo. Pero sería un patinillo en el que cabía una persona. Cómodamente. Pensó en los ruidos. El roce a la altura de su mano. Los clics. Algo desplazándose. Se levantó. Apoyó la palma sobre la pared del cabecero. Fría.
Silencio.
—Dos metros.
Lo dijo en voz baja. No le gustó escuchar la cifra. Un espacio de dos metros de ancho podía ser muchas cosas. Un hueco antiguo. Un almacén cegado. Una escalera inutilizada. Un pasillo de servicio. José Luis retiró la mano. Pasillo.
No.
No quería llegar ahí todavía. Le faltaban datos.
Además, un edificio que había crecido durante décadas podía acumular espacios inútiles sin que existiera ninguna conspiración.
Lo había visto trabajando. Cuartos a los que solo se podía entrar desde otro local.
Escaleras tapiadas. Cámaras de aire absurdamente grandes.
Baños construidos encima de antiguos patios.
Un edificio viejo podía esconder metros simplemente porque nadie había tenido suficiente dinero para aprovecharlos. José Luis volvió a guardar el flexómetro. Eso era lo razonable. Lo demás era lo que quería encontrar. Miró la hora. Las siete menos diez. Todavía faltaba bastante para cenar.
Cogió el teléfono y volvió a la fotografía tomada desde la ladera. En el ala posterior el problema se veía mejor: la fachada tenía cuatro ventanas claras, pero el cuerpo construido era mucho más profundo de lo que permitía el pasillo. Guardó el móvil. Esta vez iba a bajar.
Llegó hasta la puerta. La abrió. Se quedó en el umbral. Cerró otra vez.
—Cinco minutos.
Cogió el flexómetro y recorrió el ala una vez más. No necesitaba medir puertas ajenas; le bastaba con estimar anchuras estándar, tramos de muro y la posición exterior de las ventanas. Al llegar a la puerta sin número comparó el pasillo con la fotografía.
No.
Había demasiado. La diferencia no era de un metro.
Ni de dos. En algunas zonas podían faltar casi tres.
José Luis sintió cómo su cabeza cambiaba automáticamente de modo.
Ya no estaba pensando en Timoteo. Pensaba como trabajaba.
Volumen. Recorrido. Accesos. Estructura.
Si allí había una franja de dos o tres metros entre habitaciones y fachada interior, tenía que servir para algo.
No necesariamente ahora. Podía ser antiguo. Una galería. Un corredor de servicio. Una cámara entre dos reformas. Pero debía tener algún acceso. Los edificios no generaban espacios así de la nada. Buscó puertas.
Nada.
Paneles. Nada evidente. Se fijó en las paredes.
Diferencias de textura. Una fotografía antigua.
Un extintor. Una pequeña caja eléctrica.
Más abajo, junto a la 15, una rejilla de ventilación.
José Luis se acercó. La rejilla estaba a media altura.
Demasiado grande para una simple ventilación de baño. Acercó la mano. Aire. Muy poco.
Frío. Retiró los dedos. Podía ser un retorno de ventilación. Perfectamente normal. Miró hacia arriba. No había conducto visible. Normal también. Detrás de una pared no se veía un conducto. Se sintió ridículo. Hasta que vio otra rejilla.
Más cerca de la puerta del fondo.
Misma altura. Mismo tamaño. José Luis miró la distancia entre ambas. No daban a habitaciones. Al menos no directamente. Daban al espacio que, según sus cálculos, no existía. Notó un cosquilleo en la nuca. Se acercó a la segunda. No tocó. Escuchó.
Nada.
Después apoyó la oreja cerca de la pared.
Silencio.
Esperó. Muy débil. Un zumbido. Constante.
El tipo de sonido que podía producir cualquier instalación eléctrica.
Un transformador. Ventilación. Un pequeño motor.
José Luis cerró los ojos. Allí había algo funcionando.