Níscalos 10 . La segunda carta #2
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10 . La segunda carta #2

José Luis observó su rostro. Clara era difícil de leer. No tenía la serenidad controlada de Antonio. Tampoco la frialdad práctica de Irene. En ella había otra cosa. Un cansancio que ya había notado el primer día. Como si siempre estuviera sosteniendo una conversación paralela dentro de la cabeza.

—¿Quién deja estas cartas? —preguntó José Luis.

Clara miró hacia la puerta del fondo.

—No lo sé.

La respuesta llegó demasiado limpia. José Luis sintió algo. No suficiente para llamarlo mentira. Pero algo.

—Dos cartas en tres días.

—Es un hotel.

—Exactamente.

Clara volvió a mirarlo.

—¿Qué significa eso?

—Que la gente limpia los pasillos.

—A veces.

—Y que una habitación que no se usa no debería recibir correspondencia.

Clara apretó las toallas contra el cuerpo.

—Quizá deberías hablar con Antonio.

—Quizá.

—O dejarlo.

—También.

—Pero no vas a hacerlo.

José Luis sonrió.

—No parece.

Clara tampoco sonrió. Durante un instante hubo algo diferente entre ellos. No confianza. Mucho menos complicidad. Reconocimiento, quizá. Dos personas entendiendo que la otra estaba diciendo menos de lo que sabía. Clara señaló la carta.

—¿Qué pone?

José Luis la miró. Aquello sí lo sorprendió.

—¿No lo sabes?

—No la he leído.

Verdad o mentira. No tenía forma de saberlo. José Luis dudó. Podía contarle lo del dinero. No veía qué ganaba ocultándolo. Y, sin embargo, su primera reacción fue exactamente esa. Ocultarlo.

—Cosas de su hermana.

Clara esperó.

—¿Qué cosas?

—Personales.

—Has abierto una carta ajena y ahora te preocupa su intimidad.

José Luis dejó escapar una risa.

—Visto así...

—No hay muchas maneras de verlo.

Él volvió a desplegar el papel. No se lo entregó.

—Timoteo retiró dinero antes de desaparecer.

Clara permaneció quieta.

—¿Cuánto?

José Luis la observó.

—Veinte mil.

Su rostro se tensó apenas. Podía ser sorpresa. Podía no serlo.

—Es bastante.

—Sí.

—¿Y?

—Nada.

—No parece nada.

—No lo sé todavía.

Clara miró hacia el pasillo. Después a él.

—Eso es lo que estás haciendo.

—¿Qué?

—Intentar averiguar qué pasó.

José Luis no respondió.

—¿Por qué?

—Ya te lo he dicho.

—Curiosidad.

—Sí.

Clara sostuvo su mirada.

—No.

La misma respuesta que Vicente le había dado el día anterior. A José Luis dejó de hacerle gracia.

—Todo el mundo parece conocerme mejor que yo.

—No te conozco.

—Entonces...

—Por eso pregunto.

José Luis dobló la carta con cuidado.

—Timoteo no significa nada para mí.

Clara sostuvo su mirada.

—Vale.

No insistió. Eso resultó mucho más incómodo. Recogió las toallas. José Luis señaló el sobre.

—¿Qué hago con esto?

—Lo que quieras.

—¿Lo que quiera?

—Ya la has abierto.

—Puedes llevarla a recepción.

Clara se encogió de hombros.

—También puedes hacerlo tú.

Empezó a caminar.

—Clara.

Se detuvo.

—¿Marta sigue enviando cartas?

Clara permaneció de espaldas. José Luis vio cómo ajustaba ligeramente las toallas entre los brazos.

—No lo sé.

—Esta es reciente.

—Parece.

—¿Y la otra?

—No la vi.

José Luis pensó en la primera carta. Papel nuevo. Tinta negra. Sin sello. Sin dirección postal.

—¿Cómo llegan aquí?

Clara giró lentamente.

—Por correo, supongo.

—No tienen sellos.

Un silencio. Muy pequeño. Pero estuvo ahí. Clara miró el sobre.

—Entonces no sé.

—Trabajas aquí.

—No leo todo lo que llega.

—Pero limpias este pasillo.

—A veces.

—Y nadie utiliza esa habitación.

—Eso dicen.

José Luis se quedó quieto. Clara también. Aquellas dos palabras habían salido con absoluta naturalidad. Eso dicen.

—¿Qué significa eso?

—Que tengo trabajo.

Clara continuó caminando. José Luis dio un paso.

—Clara.

Ella no se volvió.

—Si de verdad eres solo un huésped curioso, José Luis, deberías irte al monte.

Desapareció tras el giro. José Luis permaneció solo.

La carta seguía en su mano. Miró la puerta del fondo.

Después el lugar donde Clara había desaparecido.

No sabía qué acababa de ocurrir. Una advertencia.

Un consejo. Una amenaza. O simplemente una chica cansada de un huésped que abría correspondencia ajena y hacía demasiadas preguntas.

Cualquiera de las cuatro explicaciones servía.

Guardó la carta dentro del sobre. Se quedó con ella.

Lo decidió sin debatirlo demasiado. Antonio le había pedido que cualquier cosa encontrada en los pasillos terminara en recepción.

No pensaba hacerlo. Metió el sobre en el bolsillo interior de la chaqueta. Otra línea. Otra justificación.

Es una prueba.

Eso se dijo. No era suya. No tenía derecho a abrirla. Mucho menos a llevársela. Aun así lo hizo. Bajó por la escalera secundaria. En el vestíbulo no había nadie. Durante un segundo pensó en dejar la carta sobre el mostrador. Continuó caminando. Salió al aparcamiento. El aire frío le golpeó la cara.

Dejó la cesta en el coche, pero no arrancó. Sacó la carta otra vez. Leyó el fragmento del dinero.

Veinte mil euros.

Timoteo había tenido efectivo. Timoteo podía haber estado preparando algo.

Vicente aseguraba haberlo visto después.

Aquella combinación empezaba a dibujar una historia completamente distinta.

Quizá Timoteo no había sido víctima de La Posada del Tejo.

Quizá había utilizado La Posada del Tejo. José Luis dobló el papel.

Entonces recordó una frase de Marta.

No sé siquiera por qué sigo escribiéndote a este hotel.

La leyó otra vez.

Marta no sabía que Timoteo estuviera allí.

Ni siquiera parecía creerlo realmente. Simplemente seguía escribiendo al último sitio donde todavía podía imaginarlo.

Durante ocho años. José Luis sintió algo parecido a la culpa.

No por haber abierto la carta. Por entender demasiado bien aquella clase de comportamiento.

Guardar una costumbre porque abandonar la costumbre significaba aceptar una ausencia. Pensó en el bosque.

En su padre. En otra cesta. En otra voz. Cerró los ojos un instante. Después guardó la carta. Arrancó el coche. Condujo varios kilómetros antes de darse cuenta de que ya no estaba pensando en Timoteo. Pensaba en Clara. En su forma de mirarlo. En las preguntas.

En el momento exacto en que había dicho:

Eso dicen.

Y en algo todavía más pequeño. Algo que solo comprendió cuando ya tenía el hotel varios kilómetros detrás. Clara le había preguntado quién era Timoteo para él. Le había preguntado por qué investigaba. Le había preguntado qué decía la carta. Pero no le había preguntado de dónde había salido.