10 . La segunda carta
José Luis tardó casi una hora en dormirse. Había dejado la libreta dentro de la bolsa negra, había apagado la luz y se había obligado a permanecer en la cama sin volver a levantarse. No sirvió de mucho. Dos nombres seguían apareciendo.
Timoteo Gamallo.
Mónica Téllez.
No había nada sólido que los relacionara.
Un hotel. Eso era todo. Una estancia ocho años atrás y otra cinco años atrás.
Dos personas que habían pasado por La Posada del Tejo y que posteriormente desaparecieron en circunstancias completamente diferentes.
Podía buscar cientos de antiguos huéspedes y probablemente encontrar divorcios, accidentes, enfermedades, suicidios, delitos y cualquier otra desgracia que uno quisiera convertir en patrón.
Eso no era investigar. Era elegir primero una conclusión y buscar después las piezas necesarias para sostenerla. José Luis lo sabía. Aun así, antes de quedarse dormido había vuelto a pensar en la última frase escrita en su libreta.
Puede ser el lugar donde los eligen.
Por la mañana le pareció una barbaridad.
La leyó sentado frente al escritorio mientras se ponía los calcetines y estuvo a punto de tacharla.
No lo hizo. Cerró la libreta. La guardó.
Eran las ocho y veinte cuando bajó. El hotel olía a café y tostadas.
Había cuatro personas desayunando y una pareja colocando mochilas junto a recepción.
Irene hablaba con ellos mientras imprimía una factura.
Antonio estaba sirviendo café.
—Buenos días.
—Buenos días.
Antonio miró su cara.
—Has dormido fatal.
José Luis cogió una taza.
—Gracias.
—De nada.
—Me refería a que agradezco el diagnóstico.
—Es gratis.
José Luis se sirvió café.
—Entonces no puedo quejarme.
Antonio señaló una mesa.
—Tu madre no te dejaría salir así de casa.
—Mi madre no está aquí.
—Amalia puede cubrir temporalmente el puesto.
Desde la cocina llegó la voz de la anciana.
—¡Te he oído!
Normalidad. Otra vez. Se sentó junto a una ventana. Desayunó despacio. No mencionó a Timoteo.
No mencionó a Mónica.
Antonio tampoco volvió a hablar de Vicente.
Aquello le convenía. Cuando terminó subió a la habitación.
Tenía pensado volver al monte. De verdad.
Había consultado el tiempo y parecía que aguantaría hasta media tarde.
Quería probar una zona diferente, más elevada, donde predominaban los pinos silvestres. Preparó la mochila. Agua.
Navaja.
Bolsas de papel. Chubasquero. Cogió la cesta. Después miró la pared.
Nada.
—Perfecto.
Salió. Cerró la habitación 5 con llave. Podía bajar por la escalera principal. Lo hizo. Llegó hasta el rellano. Se detuvo. Pensó en la libreta.
Timoteo.
Mónica.
La puerta sin número.
Volvió a subir.
—Cinco minutos —se dijo.
No intentó fingir que aquello formaba parte de ninguna ruta lógica hacia el aparcamiento. Giró directamente hacia el otro sector del hotel. Los cuatro escalones. El cambio de moqueta. El pasillo más estrecho.
Doce.
Trece.
Al llegar al giro sintió cierta vergüenza. Ya estaba haciendo exactamente lo que unas horas antes había decidido no hacer.
Catorce.
Quince.
Dieciséis.
Miró hacia el fondo. Se detuvo.
Había algo delante de la puerta del fondo.
Otro sobre. José Luis no avanzó inmediatamente.
Permaneció observándolo desde varios metros.
Era color crema. Pequeño. Casi idéntico al anterior.
Esta vez estaba más cerca de la puerta, apoyado contra el rodapié como si alguien lo hubiera empujado accidentalmente al pasar.
Miró el corredor. Vacío. Continuó andando.
Cuando llegó lo bastante cerca pudo leer el nombre sin agacharse.
Timoteo Gamallo.
Debajo no había nada. Ni número de habitación ni dirección.
Solo el nombre.
José Luis dejó escapar aire lentamente. La primera carta todavía admitía una coincidencia. La segunda, en el mismo lugar y con la misma letra, ya no.
No podía ser otro Timoteo Gamallo.
Ya no. Se agachó. Cogió el sobre. El papel era nuevo.
La misma tonalidad crema. La escritura se parecía mucho a la de la primera carta.
Quizá era exactamente la misma. No tenía sello.
Ni matasellos. Ni dirección postal. Aquello también era igual.
José Luis lo giró. Cerrado. Pasó el pulgar sobre la solapa.
No debía abrirlo. La idea no necesitaba ninguna elaboración moral.
No era suyo. No estaba dirigido a él. No tenía autorización.
Abrir correspondencia ajena era una línea bastante clara incluso para alguien que llevaba varios días buscando razones para justificar lo que hacía.
Volvió a mirar el pasillo. Podía dejarlo. Bajar. Ir al bosque.
Entregarlo en recepción, como Antonio le había pedido.
Era lo correcto. José Luis introdujo el dedo bajo la solapa. El pegamento cedió con un pequeño desgarro.
—Muy bien.
Ya estaba hecho. Sacó una hoja doblada. Solo una. El papel tenía varias líneas escritas a mano. José Luis reconoció inmediatamente la firma al final.
Marta.
Sintió algo desagradable en el estómago.
Marta Gamallo.
Hermana de Timoteo. Había visto su nombre demasiadas veces durante aquellos meses. Entrevistas. Noticias. Llamamientos públicos. Fotografías tomadas frente a cámaras que convertían el peor momento de una familia en contenido para el resto del país. José Luis apoyó la espalda contra la pared. Leyó.
Timoteo:
No sé por qué sigo haciendo esto. Supongo que porque dejar de escribirte sería aceptar algo que todavía no sé aceptar.
Han pasado ocho años y sigo teniendo preguntas que nadie ha sabido responder.
Hay una que vuelve siempre.
Sigo sin comprender por qué sacaste aquel dinero antes de desaparecer.
Veinte mil euros.
La policía dijo que podía significar que estabas preparando una marcha. Que quizá llevabas tiempo pensando en irte.
Yo nunca lo creí.
Si querías desaparecer, ¿por qué dejaste el coche? ¿Por qué el teléfono? ¿Por qué toda tu ropa? ¿Por qué no te despediste?
Y si no querías desaparecer, ¿para qué necesitabas tanto dinero en efectivo?
A veces pienso que esa pregunta importa. Otras veces creo que llevo ocho años intentando encontrar significado en cualquier cosa porque no tengo nada más.
No sé si alguna de estas cartas llega a algún sitio.
Al principio las mandaba porque pensaba que, si algún día volvías por aquí, alguien podría hacértelas llegar. Hace mucho que dejé de creerlo.
No sé siquiera por qué sigo escribiéndote a este hotel.
Supongo que necesito que exista algún sitio del mundo al que todavía pueda escribirte.
Marta.
José Luis terminó. No volvió a doblar inmediatamente el papel.
Veinte mil euros.
Aquellas tres palabras sobresalían del resto. No porque fuera la más dolorosa. Precisamente porque era la menos emocional. Un hecho. Timoteo había retirado veinte mil euros en efectivo antes de desaparecer. José Luis volvió a leer aquel párrafo.
La policía dijo que podía significar que estabas preparando una marcha.
Eso cambiaba algo. Mucho. Timoteo tenía problemas económicos.
Antonio lo había dicho. Problemas personales.
Profesionales. Dinero. Y, sin embargo, poco antes de desaparecer había conseguido retirar veinte mil euros.
¿De dónde? ¿De una cuenta propia? ¿De ahorros?
¿De un préstamo? ¿De otra persona? La pregunta era importante, pero otra lo era más.
¿Para qué? José Luis recordó a Vicente. Timoteo junto a una furgoneta.
Vivo. Tranquilo. Después del momento en que oficialmente había desaparecido.
Una cantidad importante de efectivo retirada poco antes.
Apareció entonces una explicación distinta.
No secuestro. No asesinato. No accidente.
Preparación. Timoteo podía haber organizado su propia desaparición. Aquello explicaba el dinero.
Quizá también explicaba a Vicente. Pero no explicaba el coche.
Ni el teléfono. Aunque, pensándolo bien, precisamente esas cosas podían formar parte de la puesta en escena.
José Luis sintió una incomodidad nueva. Desde que Timoteo había aparecido en su investigación, había pensado en él de una manera determinada.
Una víctima. Un hombre al que le había ocurrido algo.
¿Y si la premisa estaba equivocada? Oyó un ruido detrás.
Se volvió. Clara estaba en el giro del pasillo.
Llevaba varias toallas dobladas entre los brazos.
No parecía sorprendida. Eso fue lo primero que José Luis pensó.
Después vio hacia dónde miraba. La carta.
Abierta. En sus manos. Mierda. Ninguno dijo nada al principio.
Clara se acercó despacio. José Luis dobló el papel. Demasiado tarde para fingir.
—Esto tiene una explicación bastante mala —dijo.
Clara miró el sobre abierto.
—Me lo imaginaba.
No había humor en su voz. Tampoco enfado. José Luis sostuvo la carta.
—La encontré en el suelo.
—La otra también.
No fue una pregunta. José Luis la miró.
—Sí.
Clara dejó las toallas sobre una pequeña mesa auxiliar.
—Y esta vez la has abierto.
—Sí.
—Eso no estaba en el servicio de habitaciones.
José Luis sonrió ligeramente.
—No.
Clara extendió la mano. Él pensó que quería la carta. Se la ofreció. Ella no la cogió.
—¿Quién es Timoteo para ti?
José Luis mantuvo la mano inmóvil. La pregunta lo sorprendió bastante más que haber sido descubierto.
—Nadie.
Clara lo miró. Sus ojos bajaron hacia el papel abierto. Después volvieron a él.
—Para ser nadie, lees su correo.
José Luis guardó silencio. Clara seguía sin levantar la voz. No había nadie más en el corredor.
—Me sonaba el caso —dijo él.
—Eso ya lo sabemos.
—Encontré la primera carta.
—También lo sabemos.
José Luis frunció ligeramente el ceño.
—¿Quiénes?
Clara tardó un instante.
—Mi familia.
La respuesta era razonable. Antonio conocía la carta. Él mismo se lo había contado.
—Y después empecé a tirar del hilo.
—¿Por curiosidad?
—Sí.
Clara inclinó ligeramente la cabeza. No dijo nada. José Luis comprendió que no le creía.
—¿Qué quieres que te diga?
—La verdad estaría bien.
José Luis soltó una pequeña risa sin humor.
—Eso es bastante pedirle a un huésped.
—Abrir cartas de desaparecidos también.
José Luis volvió a mirar la carta.
—¿Sabías lo del dinero?
Clara no respondió inmediatamente.
—Todo el mundo sabía cosas entonces.
—Yo no.
—Tú no estabas aquí.
José Luis levantó la vista. Clara pareció darse cuenta de que aquella frase podía tener más significado del necesario. Cogió las toallas otra vez.
—Salió en prensa.
—No en todo lo que he encontrado.
—Pues saldría en algún sitio.