Níscalos 9 . Otro desaparecido #3
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9 . Otro desaparecido #3

Antonio tardó en responder. No pareció estar calculándolo. Más bien pensando.

—Creo que si Timoteo hubiera querido volver, habría vuelto.

Aquella respuesta no era la que José Luis esperaba.

—Eso no es lo mismo que decir que Vicente se equivocó.

—No.

Antonio levantó ligeramente los hombros.

—Nunca he sabido si se equivocó.

Se puso de pie.

—Pero después de ocho años he aprendido a vivir sin saberlo.

José Luis lo observó alejarse. Sereno. Educado. Sin una sola frase que pudiera agarrarse por ningún sitio. Exactamente como siempre. Terminó de cenar.

No mencionó a Mónica.

Ni al foro. Ni la fotografía. Ni la libreta. Subió poco después. Cerró la puerta de la 5 con llave. Se quedó quieto. La habitación olía ligeramente al ambientador del baño y al bosque húmedo de las botas. Nada se había movido. Fue hasta el armario. Sacó la bolsa negra. La abrió.

Dentro había varias cosas. Un cargador. Una carpeta. Un pequeño estuche. La libreta. Cogió esta última. Volvió al escritorio. Timoteo ocupaba una página.

Mónica otra.

José Luis las colocó una junto a la otra. Dos personas. Dos historias distintas.

Ocho años.

Cinco años. Timoteo desaparecía desde La Posada del Tejo.

Mónica desaparecía diecinueve días después de marcharse.

Uno era médico. La otra comercial. Un hombre. Una mujer. No había suficiente. Ni siquiera cerca.

José Luis escribió:

¿Qué tienen en común?

Esperó.

Nada.

Añadió:

viajan solos

Eso tampoco era extraordinario. Millones de personas viajaban solas.

La Posada del Tejo

Demasiado obvio. Lo tachó. Pensó. Timoteo estaba atravesando problemas personales y económicos.

Mónica viajaba continuamente por trabajo.

No sabía prácticamente nada más de ella. Necesitaba dejar aquello. Cerró la libreta. No lo hizo. La abrió otra vez. Miró ambas páginas. Algo había cambiado desde Vicente.

Hasta aquella tarde José Luis había construido su búsqueda alrededor de una idea sencilla:

Timoteo había desaparecido en La Posada del Tejo. Por tanto, si el hotel tenía algo que ver, la respuesta estaba allí.

La puerta del fondo.

El pasillo. La pared.

Pero Mónica no había desaparecido allí.

Había salido. Había recorrido cientos de kilómetros.

Había vuelto a trabajar. Había hablado con su familia.

Había continuado viviendo. Y después había desaparecido.

José Luis apoyó el bolígrafo sobre el papel.

Quizá estaba mezclando dos historias que no tenían absolutamente nada que ver.

Era lo más probable. Pero permitió que la otra posibilidad existiera durante un momento.

Solo uno. ¿Y si La Posada del Tejo no era donde terminaba algo? ¿Y si allí empezaba? La idea le produjo frío. No porque supiera qué significaba. Precisamente porque no. Miró hacia la pared del cabecero.

Silencio.

Recordó a Irene cruzando el comedor con hojas entre las manos.

Reservas. Documentos. Personas entrando y saliendo.

Antonio conociendo nombres. Rubén arreglando vehículos, puertas, instalaciones.

Clara haciendo habitaciones. Amalia cocinando para todos.

Un hotel veía cosas de sus huéspedes que casi nadie más veía.

Quién viajaba solo. Quién esperaba a alguien. Quién llevaba coche.

Quién dejaba documentación en recepción.

Quién decía adónde iba al día siguiente.

Quién tenía familia. Quién parecía tener dinero.

Quién podía desaparecer unas horas sin que nadie preguntara inmediatamente dónde estaba.

José Luis dejó el bolígrafo. Aquello ya era demasiado.

Había empezado a construir una organización criminal a partir de dos desaparecidos y una familia que le daba de cenar.

Se levantó. Fue hasta la ventana. La furgoneta blanca seguía abajo.

Rubén apareció junto a ella unos segundos después.

Abrió las puertas traseras. Sacó una caja.

Las cerró. Nada más. José Luis observó cómo regresaba al hotel.

Una operación completamente normal. Un vehículo completamente normal.

Un hombre haciendo su trabajo. Aun así no se apartó de la ventana hasta que Rubén desapareció.

Volvió al escritorio. Abrió la libreta.

Debajo de los dos nombres escribió una única frase:

El hotel quizá no sea el lugar donde desaparecen.

Se quedó mirándola.

Después añadió:

Puede ser el lugar donde los eligen.

No la tachó. Cerró la libreta. Entonces miró la hora y recordó algo mucho más sencillo.

Su reserva terminaba a la mañana siguiente.

Cuatro noches. Eso era lo que había pedido al llegar.

José Luis miró hacia el armario, donde había guardado la bolsa negra, y después hacia la pared del cabecero. Podía marcharse.

De hecho, eso era exactamente lo que debería hacer. Bajó a recepción. Irene estaba delante del ordenador repasando reservas.

—Una pregunta.

—Miedo me da.

—¿Tenéis libre la cinco dos noches más?

Irene levantó la vista.

—¿Hasta el domingo?

—Sí.

Tecleó unos segundos.

—La cinco sí.

—Entonces me quedo.

Irene lo miró con una sonrisa pequeña.

—Al final sí que había setas.

José Luis sonrió también.

—Está mejorando la cosa.

La mentira volvió a salir con demasiada facilidad. Irene modificó la reserva.

—Pues hasta el domingo.

—Hasta el domingo.

José Luis volvió a subir. No se dijo que acababa de ampliar unas vacaciones. Porque ya no lo eran.