Níscalos 9 . Otro desaparecido #2
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9 . Otro desaparecido #2

La policía no descartaba ninguna hipótesis.

Otra vez. La frase universal. José Luis siguió leyendo.

Mónica viajaba mucho por trabajo.

Dormía frecuentemente fuera de casa. Conducía sola.

Tenía agenda de clientes. Horarios variables.

Era exactamente la clase de vida en la que desaparecer durante unas horas podía no llamar inmediatamente la atención.

José Luis dejó de leer. Se quedó mirando aquella frase que acababa de formarse en su cabeza. La clase de vida.

Solo. Viajes. Horarios. Carreteras. Hoteles. Sintió una incomodidad distinta. No miedo.

Todavía no.

Era la sensación que tenía en el trabajo cuando revisaba una instalación y encontraba dos errores aparentemente independientes demasiado cerca uno del otro.

Uno podía ser casualidad. Dos obligaban al menos a mirar.

Se levantó. Necesitaba bajar. Estar rodeado de gente.

Cerrar el teléfono. Comer. Hacer cualquier cosa que no consistiera en convertir la vida de una mujer desaparecida en una serie de puntos sobre una hoja.

Guardó la libreta en la bolsa negra del armario.

El gesto fue automático. Después se quedó mirando la bolsa.

La había ocultado detrás de la maleta desde el primer día.

La cerró. Bajó. El comedor estaba prácticamente vacío.

Rubén reparaba algo bajo una de las ventanas.

Había retirado una pequeña tapa de madera y tenía varias herramientas extendidas sobre una silla.

—No pises eso —dijo sin levantar la cabeza.

José Luis miró el suelo. Un tornillo diminuto estaba junto a su bota.

—Buen sitio para dejarlo.

—Lo he dejado donde sabía que vendrías tú.

José Luis se agachó, lo recogió y se lo entregó.

—Servicio técnico.

Rubén sonrió.

—Gracias.

—¿Qué se ha roto?

—Nada.

—Entonces, ¿por qué lo estás tocando?

Rubén levantó la cabeza.

—¿Tú de qué trabajas?

José Luis sonrió.

—Mantenimiento.

—Pues ya sabes la respuesta.

Eso le hizo reír. Irene apareció desde recepción con varias hojas en la mano.

—La mesa cuatro se va mañana temprano.

—Lo sé —respondió Rubén.

—Pues no hagas ruido a las siete.

—No hago ruido.

Irene miró las herramientas.

—Claro.

Continuó hacia la cocina. José Luis la siguió con la vista. Documentos. Reservas. Nombres. Direcciones. Teléfonos. Matrículas quizá. Horarios de entrada. Horarios de salida. Información. Se obligó a apartar el pensamiento. Rubén volvió a lo suyo.

—¿Has cenado?

—Todavía no.

—Pues date prisa.

—¿Por qué?

—Mi abuela lleva diez minutos preguntando dónde estás.

José Luis miró hacia la cocina.

—¿He hecho algo?

—Existir fuera de su radio de alimentación.

Desde dentro llegó una voz.

—¡Rubén!

Él cerró los ojos.

—¿Ves?

—¿Qué?

—¡José Luis ha bajado!

Silencio.

Después:

—¡Pues que se siente!

Rubén señaló el comedor.

—Obedece.

José Luis sonrió. Aquello era lo peor. Que resultaba imposible mirar a aquella familia y colocarla dentro de lo que estaba pensando. Amalia salió pocos minutos después con un plato hondo.

—Sopa.

José Luis lo miró.

—No he pedido sopa.

—Ya.

—Entonces...

—Has estado todo el día en el monte y anoche bajaste a las tres de la mañana a beber agua.

José Luis levantó lentamente la vista. Amalia ya se estaba dando la vuelta.

—¿Cómo sabes que bajé?

La mujer se detuvo. Lo miró.

—Porque vivo aquí.

La respuesta servía para todo y para nada. Amalia señaló el plato.

—Come antes de que se enfríe.

Volvió a la cocina. José Luis permaneció mirando la puerta. Rubén seguía junto a la ventana.

—No luches —dijo—. Pierdes.

José Luis miró la sopa. Probó. Estaba buenísima. Y, para rematar, estaba buenísima. Terminó el plato. Después llegó carne con verduras. Antonio apareció cuando ya estaba a mitad.

—¿Qué tal el pueblo?

José Luis levantó la vista.

—Bien.

Antonio se sentó un momento en la mesa contigua.

—¿Compraste la famosa pasta de dientes?

—Sí.

—Menos mal.

—Era una emergencia.

Antonio sonrió.

—Irene me ha dicho que estuviste hablando con Vicente.

La carne se detuvo a mitad de camino hacia la boca. Solo un instante. José Luis dejó el tenedor.

—¿Vicente?

—El del bar.

—Ah.

Antonio sonreía. Nada más. José Luis sintió una punzada breve de irritación consigo mismo. Pueblo pequeño. Por supuesto.

—Sí. Estuve tomando un café.

—Entonces te habrá contado media comarca.

—Más o menos.

Antonio negó con la cabeza divertido.

—Vicente sabe más historias que gente vive aquí.

—Parece buen hombre.

—Lo es.

No añadió nada. José Luis esperó. Antonio tampoco preguntó de qué habían hablado. Eso era casi peor.

—Me contó lo de Timoteo —dijo José Luis.

La decisión fue instantánea. Prefería ponerlo encima de la mesa. Antonio lo miró.

—Imaginaba.

—Dice que lo vio después.

—También lo imaginaba.

José Luis apoyó los brazos sobre la mesa.

—¿Lo sabías?

—Lo sabe todo el mundo.

La respuesta no llevaba defensa. Ni sorpresa.

—¿Y?

Antonio hizo un gesto mínimo con un hombro.

—Y nada.

—Él está seguro.

—Vicente está seguro de muchas cosas.

—Dice que Timoteo lo saludó.

Antonio sonrió ligeramente.

—Hace ocho años decía que le había parecido Timoteo.

—¿Y ahora?

—Ahora está seguro.

José Luis guardó silencio. Antonio cogió una aceituna del pequeño plato del centro.

—No te digo que mienta.

—¿Entonces?

—Que la memoria mejora mucho las historias.

Se comió la aceituna.

—La Guardia Civil habló con él. Más de una vez.

—Lo sé.

Antonio lo miró.

—Veo que habéis intimado.

José Luis sonrió.

—Es hablador.

—Mucho.

—¿Tú qué crees?