8 . El pueblo #3
Como si quitar el nombre del hombre mejorara lo que acababa de hacer.
Arrancó. Antes de volver al hotel estacionó unos minutos fuera del pueblo.
Sacó una libreta pequeña que llevaba en la guantera.
No la había utilizado desde que llegó. Escribió la fecha.
Debajo:
Timoteo visto después de la desaparición.
Se quedó mirando la frase. La tachó. Demasiado categórica. Volvió a escribir.
Vicente asegura haber visto a Timoteo cuando ya lo estaban buscando.
Mejor.
Debajo añadió:
Carretera vieja. Furgoneta blanca. Otro hombre. Timoteo fuera. Lo saluda.
Dejó un espacio. Declaró 5 días después. Policía no lo consideró fiable. Otro espacio. Pensó.
Añadió:
Había estado antes en el pueblo acompañado por alguien relacionado con el hotel. Vicente no sabe quién.
Cerró la libreta.
No.
La abrió de nuevo. Una última línea.
Si dice la verdad, Timoteo no desapareció en La Posada del Tejo cuando todos creen.
Esta vez no la corrigió. Condujo de regreso. La carretera empezó a subir hacia el hotel. José Luis repasó mentalmente lo que sabía. Timoteo había dejado el coche. El teléfono. Sus cosas. La policía había asumido que había desaparecido desde el hotel.
Pero alguien decía haberlo visto después.
No huyendo. No escondido. No retenido. Hablando tranquilamente junto a una furgoneta.
Había saludado. Si Vicente decía la verdad, Timoteo había tenido oportunidad de pedir ayuda.
No lo hizo. Eso cambiaba algo. José Luis todavía no sabía qué.
Quizá nada. Un testigo equivocado seguía siendo la explicación más sencilla.
Un hombre parecido. Una fecha confundida.
Un recuerdo reconstruido después de ver fotografías en televisión.
Todo eso era posible. Pero había algo peor.
Vicente no había dicho que Timoteo pareciera asustado.
Había dicho normal. José Luis tomó una curva.
La Posada del Tejo apareció al fondo. Redujo ligeramente la velocidad.
Su teléfono estaba en el asiento del acompañante.
Dentro llevaba una grabación realizada sin permiso a un hombre que no conocía.
En la guantera había una libreta donde estaba reconstruyendo una investigación que oficialmente no existía.
E Irene pensaba que había salido a comprar pasta de dientes.
José Luis miró la bolsa de la tienda. Al menos había comprado la puta pasta.
Aparcó. La furgoneta blanca seguía junto al lateral.
Se quedó mirándola desde el coche. Mismo color.
Nada más. No sabía si era la misma marca que la que Vicente había visto.
Vicente tampoco. Ni siquiera sabía si aquella furgoneta había pertenecido a los Carrillo ocho años atrás. José Luis abrió la puerta. Se detuvo.
Volvió a sentarse. Cogió el teléfono. Amplió una de las fotografías que había hecho del hotel el primer día.
La furgoneta blanca aparecía en una esquina.
Amplió hasta que la imagen perdió nitidez.
Matrícula. No se distinguía bien. José Luis salió.
Caminó hacia el hotel. Cuando pasó junto a la furgoneta redujo el paso.
No se detuvo. Miró la matrícula. La memorizó. Dos letras. Cuatro números. Entró.
—¿Has encontrado la farmacia? —preguntó Irene desde recepción.
José Luis levantó la bolsa.
—Misión cumplida.
Irene miró hacia sus manos.
—¿Y el pan?
José Luis se detuvo. Había dejado la barra en el coche.
—Joder.
Irene soltó una carcajada.
—Muy eficiente.
—Ahora vuelvo.
Salió otra vez. Mientras caminaba hacia el coche sonrió. La escena era tan estúpida que, por un momento, consiguió olvidar todo lo demás. Cogió el pan. Antes de cerrar la puerta miró la furgoneta. Repitió mentalmente la matrícula. Entró. Le entregó la barra a Irene.
—Gracias.
—De nada.
—¿Te ha gustado el pueblo?
José Luis dejó la bolsa sobre el mostrador para recolocarse la chaqueta.
—Sí.
—Es tranquilo.
—Mucho.
Irene sostuvo el pan contra el pecho.
—¿Has hablado con alguien?
La pregunta lo sorprendió. José Luis levantó la vista. Ella lo miraba con completa naturalidad.
—Con el de la tienda.
—Ah.
José Luis sonrió.
—Y con un hombre en un bar.
—Entonces ya conoces medio pueblo.
—Más o menos.
Irene sonrió también.
—Aquí funciona así.
Se marchó hacia la cocina. José Luis permaneció junto al mostrador.
Acababa de mentir. Otra vez. Ni siquiera había sido necesario.
Podía haber dicho que había hablado de Timoteo.
No había cometido ningún delito preguntando.
Pero su primera reacción había sido ocultarlo.
Observó la puerta por la que Irene había desaparecido. Después subió.
En la habitación 5 dejó la bolsa sobre el escritorio. Sacó la libreta. Añadió la matrícula de la furgoneta. La rodeó con un círculo. Contempló lo que había escrito. Entonces oyó un ruido detrás de la pared. Un roce corto. José Luis levantó la cabeza. Esperó. No volvió a repetirse. Miró la libreta.
Timoteo.
Furgoneta. Hotel. Un hombre desconocido. Un testigo que aseguraba haberlo visto vivo cuando ya había comenzado la búsqueda. José Luis dejó de preguntarse si estaba imaginando un misterio donde no lo había. Cerró la libreta. Ahora la pregunta era otra.
Si Timoteo Gamallo había salido vivo de La Posada del Tejo después de desaparecer,
¿por qué todo el mundo llevaba ocho años buscando a un hombre que quizá nunca quiso ser encontrado?