Níscalos 8 . El pueblo #2
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8 . El pueblo #2

—¿En el hotel?

—Por la zona.

El camarero volvió a intervenir.

—Podían estar allí por cualquier cosa.

—Estaban buscando al médico.

—Eso lo sabes ahora.

Vicente se giró hacia él.

—¿Me vas a dejar contar la historia?

—La llevas contando ocho años.

—Pues ya debería sabérmela.

Uno de los hombres soltó una risa. José Luis también. La tensión disminuyó. Solo un poco.

—¿Qué viste exactamente? —preguntó.

Vicente se rascó la mejilla.

—Una furgoneta parada.

José Luis no respiró durante un segundo.

—¿Qué furgoneta?

—Una blanca.

Demasiado fácil. Su cerebro intentó unirla inmediatamente con la de La Posada del Tejo. Lo detuvo. En España había millones de furgonetas blancas.

—¿Marca?

Vicente lo miró como si hubiera hecho una pregunta idiota.

—Hace ocho años.

—Vale.

—Blanca.

—¿Del hotel?

Vicente encogió los hombros.

—No lo sé.

—¿Había alguien más?

—Sí.

—¿Quién?

—Un hombre.

—¿Lo conocías?

—No.

—¿Y Timoteo?

—Fuera.

—¿Qué hacía?

Vicente tardó en responder.

—Hablaba.

—¿Con el otro hombre?

—Sí.

—¿Parecía que estuviera allí contra su voluntad?

El camarero miró a José Luis. La pregunta había sonado demasiado profesional. O demasiado interesada. Se dio cuenta. Vicente, en cambio, respondió.

—No.

—¿Discutían?

—No.

—¿Estás seguro de que era Timoteo?

—Sí.

—¿Por qué?

Vicente bebió.

—Porque lo había visto dos días antes aquí.

El camarero levantó las manos.

—Eso nunca lo habías dicho.

Vicente se volvió.

—Claro que sí.

—No.

—Pues no me escuchas.

José Luis miró al camarero.

—¿Aquí en el bar?

—Vino —dijo Vicente.

El camarero frunció el ceño.

—Timoteo vino alguna vez. Eso sí.

—¿Solo?

—No me acuerdo.

Vicente sonrió con satisfacción.

—Yo sí.

José Luis esperó.

—¿Con quién?

Vicente miró el fondo de su vaso.

—Con uno del hotel.

El ruido del televisor parecía haberse vuelto más alto aunque seguía sin sonido. José Luis mantuvo la expresión neutral.

—¿Cuál?

—No sé.

—¿Antonio?

Vicente alzó los hombros.

—Puede.

El camarero negó.

—No empieces a poner nombres si no te acuerdas.

—He dicho puede.

—Precisamente.

José Luis entendió que si apretaba más iba a perder la conversación. Se echó ligeramente hacia atrás.

—Supongo que todo esto se lo contarías a la Guardia Civil.

Vicente hizo una mueca.

—Vinieron preguntando.

—¿Y les dijiste que lo viste?

—Sí.

El camarero intervino.

—Después.

Vicente lo fulminó con la mirada.

—¿Después de qué? —preguntó José Luis.

—Al principio no dijo nada —explicó el camarero—. Luego empezó con que lo había visto.

—Porque al principio no sabía que era importante.

—Todo el pueblo sabía que estaban buscando a un hombre.

—Yo trabajo.

—Todos trabajamos, Vicente.

José Luis miró al hombre de la gorra.

—¿Cuánto tardaste en decirlo?

Vicente pensó.

—Unos días.

—¿Tres? ¿Cuatro?

—No sé.

—¿Una semana?

—Menos.

El camarero habló sin mirarlo.

—Cinco días.

Vicente lo señaló.

—Pues cinco.

José Luis sintió decepción y alivio al mismo tiempo. Un testigo que aparece cinco días después. Sin fecha exacta. Sin matrícula. Sin saber quién acompañaba a Timoteo. Perfectamente descartable. Y, sin embargo...

—¿La policía te creyó?

Vicente soltó una carcajada.

—¿Tú qué crees?

—No lo sé.

—Que me habría confundido.

—Podías haberte confundido.

Vicente lo miró.

—No.

Aquella seguridad tenía algo irritante.

—¿Por qué estás tan seguro?

El hombre permaneció callado. José Luis creyó que no respondería. Entonces Vicente se inclinó ligeramente hacia él.

—Porque me saludó.

El camarero dejó de mover el paño. José Luis notó una presión pequeña en el estómago.

—¿Timoteo?

—Sí.

—¿Te habló?

—No.

—¿Entonces?

Vicente levantó la mano. Hizo un gesto breve con dos dedos.

—Así.

José Luis lo miró.

—¿Y tú?

—Igual.

—¿Desde qué distancia?

—No sé. Diez metros.

—¿Quince?

—Por ahí.

—¿Y era de día?

—Sí.

El camarero negó lentamente con la cabeza, aunque esta vez no dijo nada. José Luis miró el teléfono boca abajo sobre la barra. Seguía grabando. No le gustó descubrir que se alegraba de haberlo hecho.

—¿Puedes enseñarme dónde fue?

Vicente sonrió.

—¿Ahora?

—Si está cerca.

—Está cerca.

El camarero miró a José Luis.

—No tienes nada mejor que hacer, ¿eh?

José Luis sonrió.

—Estoy de vacaciones.

—Pues vaya vacaciones.

Vicente terminó el vino.

—Vamos.

Salieron. José Luis recogió el teléfono sin detener la grabación. La pantalla se encendió durante un segundo. Un contador rojo avanzaba. La apagó. Caminaron hasta la plaza. Vicente señaló una calle estrecha.

—En coche.

José Luis abrió el suyo. Durante un instante pensó en detener la grabación. No lo hizo. Vicente subió en el asiento del acompañante.

—Bonito coche.

—Gracias.

—¿Es de alquiler?

—No.

—Entonces no tan bonito.

José Luis rió.

—¿Por qué?

—Porque lo pagas tú.

Vicente le indicó por dónde salir. Abandonaron el pueblo y tomaron una carretera secundaria que descendía entre muros de piedra y campos abandonados.

—¿Qué hacías tú por aquí aquel día? —preguntó José Luis.

—Volvía de una finca.

—¿A qué hora?

—Por la tarde.

—¿Qué hora?

Vicente suspiró.

—Muchacho, si hubiera sabido que ocho años después iba a venir uno a examinarme, habría apuntado todo.

—No te examino.

—Ya.

José Luis sonrió.

—Curiosidad.

La mentira salió perfecta. Vicente señaló hacia delante.

—Más despacio.

José Luis redujo. La carretera hacía una curva cerrada. A la derecha se abría una pequeña entrada de tierra, apenas suficiente para que un vehículo pudiera apartarse.

—Ahí.

José Luis detuvo el coche unos metros más adelante.

—¿La furgoneta estaba ahí?

—Sí.

—¿Y Timoteo?

—Fuera.

—¿Dónde estabas tú?

Vicente señaló la carretera.

—Venía por allí.

José Luis miró. La visibilidad era buena durante aproximadamente cien metros. Después la carretera desaparecía detrás de otra curva.

—¿Por qué estaban parados?

—Ni idea.

—¿Tenían el capó abierto?

—No.

—¿Cargando algo?

—No que yo viera.

—¿Fumando?

Vicente lo miró.

—¿Qué más da?

—Nada.

José Luis abrió la puerta.

—Espera.

Salió. Vicente bajó también. El lugar no tenía nada especial. Un camino. Un muro de piedra. Pinos al otro lado. Un pequeño desnivel cubierto de matorral. José Luis observó el espacio donde, según Vicente, había estado la furgoneta.

Ocho años.

No esperaba encontrar nada. No estaba buscando nada. Aun así se acercó. Vicente lo siguió con la mirada.

—No vas a encontrar una colilla suya.

—Ya.

José Luis recorrió la entrada. Había rodadas recientes. Restos de una botella de plástico. Una lata oxidada.

Nada.

Miró hacia la carretera.

—Entonces tú pasaste por aquí.

—Sí.

—Viste a Timoteo.

—Sí.

—Te saludó.

—Sí.

—Y había otro hombre.

—Sí.

—¿Dentro o fuera?

Vicente dudó.

—Fuera.

José Luis lo miró.

—Antes has dicho que hablaba con él.

—Por eso.

—Pueden hablar con uno dentro del coche.

Vicente frunció el ceño.

—Estaba fuera.

José Luis registró el cambio. Pequeño. Podía ser memoria reconstruida.

Podía ser simplemente que él lo hubiera obligado a concretar algo que ocho años atrás no se había fijado en absoluto.

Del otro hombre recordaba poco. Más alto que Timoteo.

Cuarenta años, quizá. Pelo oscuro. Nada de ropa, barba, matrícula o logotipos.

Aquella falta de precisión, curiosamente, le dio algo más de confianza.

Una descripción perfecta ocho años después habría sido mucho menos creíble.

José Luis se metió las manos en los bolsillos.

—¿Y Timoteo parecía nervioso?

—No.

—¿Contento?

—Tampoco.

—¿Normal?

Vicente pensó.

—Normal.

Aquella palabra otra vez. La palabra favorita de La Posada del Tejo.

Normal.

José Luis miró los árboles.

—La Guardia Civil vino aquí contigo.

—Sí.

—¿Y?

—Nada.

—¿Buscaron?

—Miraron.

—¿Te hicieron repetirlo?

—Varias veces.

—¿Por qué no apareció en prensa?

Vicente se encogió de hombros.

—Pregúntales.

José Luis volvió hacia el coche. Vicente se quedó unos segundos más.

—Yo sé lo que vi.

José Luis abrió la puerta.

—No digo que no.

—Lo estás pensando.

—Estoy pensando que han pasado ocho años.

—Y qué.

—Que la memoria hace cosas raras.

Vicente sonrió.

—La tuya también.

José Luis lo miró.

—Seguro.

Subieron. Durante el regreso hablaron poco. José Luis dejó a Vicente frente al bar. El hombre abrió la puerta, pero antes de bajar lo miró.

—¿Por qué te interesa tanto?

La pregunta llegó sin aviso. José Luis tardó medio segundo de más.

—Me gustan estas historias.

Vicente no se movió.

—No.

José Luis sonrió.

—¿No qué?

—No has venido por una historia.

El interior del coche pareció quedarse más pequeño.

—¿Y por qué he venido?

Vicente lo observó.

—Eso sabrás tú.

Después bajó. Cerró la puerta. José Luis permaneció allí. Vicente entró en el bar sin volver la cabeza. Esperó.

Uno.

Dos.

Tres segundos. Cogió el teléfono. Detuvo la grabación.

Duración:

00:38:14

José Luis miró el archivo. Podía borrarlo. No lo hizo. Lo renombró. Vicente. Después pensó mejor. Borró el nombre.

Escribió:

Pueblo 1.

Guardó. La diferencia le produjo una vergüenza ridícula.