Níscalos 8 . El pueblo
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8 . El pueblo

José Luis esperó hasta después de comer. No tenía ninguna razón objetiva para hacerlo. Podía haber preguntado por Timoteo aquella misma mañana, después de volver del bosque, o incluso antes de salir. Pero necesitaba que pareciera casual. Sobre todo ante sí mismo.

Había pasado parte de la comida escuchando a Rubén discutir con un proveedor por teléfono y a Irene explicar a una pareja qué carretera debían tomar para llegar a Morella.

Antonio apenas apareció. Clara entró dos veces en el comedor, siempre con algo en las manos, y Amalia le preguntó si pensaba llevarse las setas a Madrid o permitir que alguien competente las cocinara.

José Luis dijo que algunas se las quedaría. Amalia puso cara de desaprobación. Nada más. Ni una palabra sobre la noche anterior. Cuando terminó el café subió a la habitación 5, dejó la cesta junto a la ventana y se sentó frente al pequeño escritorio. Sacó el teléfono.

Buscó Timoteo Gamallo.

No añadió «desaparecido». No hizo falta.

El nombre apareció acompañado de resultados antiguos.

Noticias locales. Algún medio nacional. Foros abandonados.

Una fotografía que ya conocía. José Luis no abrió la primera página.

La había visto ya demasiadas veces. Deslizó.

La versión se repetía con pequeñas variaciones.

Timoteo Gamallo, médico de cuarenta y tantos años, había desaparecido durante una estancia en el Maestrazgo.

Su vehículo quedó estacionado junto al hotel donde se alojaba.

Sus pertenencias permanecieron en la habitación.

También su teléfono. La última constancia fiable lo situaba en La Posada del Tejo. Después, nada.

José Luis leyó varias veces la palabra fiable.

La prensa tenía una forma peculiar de utilizarla.

Una llamada era fiable. Una cámara era fiable.

Un pago con tarjeta era fiable. Una persona diciendo «yo lo vi» podía ser cualquier cosa.

Abrió otra noticia. Se hablaba de batidas.

Voluntarios. Guardia Civil. Bosques inspeccionados.

Barrancos. Perros. Una fotografía mostraba varios vehículos aparcados frente al hotel.

José Luis amplió. La fachada era la misma. Más limpia quizá.

La última ventana no podía verse desde aquel ángulo.

Cerró la imagen. Siguió leyendo. Había un dato que se repetía.

Timoteo había sido visto por última vez el martes por la tarde.

No especificaban por quién. Otra noticia situaba la desaparición «en la noche del martes al miércoles».

Una tercera decía que el miércoles por la mañana ya no estaba en el hotel.

José Luis apoyó los codos sobre la mesa.

La precisión se deshacía cuanto más leía.

Como casi siempre. El pasado parecía compacto hasta que uno se acercaba.

Entonces aparecían las grietas. Abrió un mapa.

Había varios pueblos cerca. Eligió uno que quedaba a poco más de veinte minutos.

No el más cercano. Eso también fue deliberado.

Se dijo que quería comprar unas cosas. Necesitaba pasta de dientes. Mentira. Le quedaba medio tubo. También podía comprar pan. No necesitaba pan. José Luis bloqueó el teléfono. Se quedó mirando la pared.

—Voy a comprar pasta de dientes.

La habitación no respondió. Cogió la chaqueta. Antes de salir miró el escritorio. Volvió. Abrió la grabadora del teléfono y comprobó que funcionaba. Después la cerró.

Todavía no.

Bajó. En recepción estaba Irene.

—Voy a acercarme a un pueblo —dijo José Luis.

—¿Cuál?

Se lo dijo. Irene levantó la vista del ordenador.

—¿Para qué?

La pregunta era completamente normal. José Luis respondió demasiado deprisa.

—Necesito una farmacia.

—Aquí tienes una más cerca.

Se lo explicó.

—También quiero dar una vuelta.

—Ah.

Irene volvió a mirar la pantalla.

—Entonces sí.

Le explicó dónde aparcar sin meterse por las calles más estrechas y le recomendó una panadería.

—Si sigue abierta.

—¿A estas horas?

—Aquí cerrar es una interpretación personal.

José Luis rió.

—Perfecto.

Cogió la llave del coche. Irene levantó la cabeza otra vez.

—José Luis.

Él se volvió.

—¿Sí?

—Si compras pan, trae uno.

—¿Cuál?

—El que haya.

—Eso simplifica bastante la misión.

—No te emociones.

Salió. Durante el trayecto pensó varias veces que aquello era absurdo.

Un hombre había desaparecido ocho años atrás.

La Guardia Civil había investigado. La familia había preguntado.

Los periodistas habían recorrido la zona.

¿Y él qué esperaba encontrar? ¿Un anciano sentado en un banco esperando ocho años para contarle exactamente lo que necesitaba saber?

Sonrió. Probablemente. Era así de ridículo.

Pero siguió conduciendo. Durante los últimos kilómetros la carretera se encajó entre paredones calizos y barrancos.

En las laderas aparecían masías dispersas, algunas cerradas desde hacía años, y bancales sostenidos por piedra seca que seguían dibujando líneas imposibles sobre la pendiente.

Un peirón de piedra marcó un cruce poco antes de las primeras casas.

El pueblo apareció después de una curva, recogido sobre una ladera de piedra y tejados oscuros.

No era grande. Una calle principal. Casas antiguas.

Un bar. Una tienda. La panadería que había mencionado Irene.

Una iglesia que dominaba la parte alta. Aparcó cerca de una pequeña plaza.

Había tres hombres sentados junto a la puerta del bar.

José Luis pasó delante de ellos. Uno lo miró.

Los otros dos no. Entró en la panadería.

Compró el pan. Después compró también pasta de dientes en una pequeña tienda.

La mentira le costó tres euros con algo.

Le pareció barato. Caminó durante diez minutos sin dirección concreta.

No quería entrar en el bar y preguntar directamente por un desaparecido.

Eso sí habría parecido lo que era. Se detuvo ante un panel de fotografías antiguas instalado junto a un edificio municipal.

Fiestas. Nevadas. Procesiones. Equipos de fútbol.

Grupos de hombres alrededor de tractores.

Esperó. No sabía exactamente a qué. Una mujer salió de una casa cargando dos bolsas. Un coche cruzó la plaza.

Uno de los hombres del bar encendió un cigarrillo.

José Luis terminó entrando. El local olía a café, vino y aceite recalentado.

Había una televisión encendida sin sonido.

Dos mesas ocupadas. Los tres hombres que había visto fuera estaban ahora junto a la barra.

Pidió un café. El camarero lo preparó sin preguntarle nada más.

José Luis miró alrededor. No había fotografías del hotel. Ni recortes de periódico. Ni una pared dedicada a desapariciones misteriosas.

Normal.

Bebió. Uno de los hombres hablaba de una avería en un tractor.

Otro escuchaba. El tercero observaba un partido de fútbol repetido en la televisión.

José Luis dejó pasar varios minutos. Después sacó el teléfono.

Lo puso sobre la barra. Abrió la grabadora.

Pulsó. Pantalla hacia abajo. El gesto fue tan sencillo que casi no pareció nada.

Se sintió peor precisamente por eso.

—Perdona —dijo al camarero.

—Dime.

—Estoy alojado en La Posada del Tejo.

El hombre asintió.

—¿Con los Carrillo?

—Sí.

No ocurrió nada. José Luis bebió otro poco.

—Me contaron una historia de un huésped que desapareció hace años.

El camarero siguió secando un vaso.

—Timoteo.

José Luis fingió sorpresa.

—¿Te acuerdas?

El hombre sonrió.

—Aquí nos acordamos de todo.

Uno de los clientes volvió la cabeza.

—Gamallo.

José Luis miró hacia él. Tendría unos sesenta y muchos. Gorra oscura, chaqueta de trabajo y manos enormes.

—Ese.

El hombre bebió vino.

—Menuda movida montaron.

El camarero señaló con la barbilla al recién llegado.

—Está en La Posada del Tejo.

—Pues dormirás tranquilo.

El tono era irónico.

—Eso espero.

El hombre volvió al vaso. José Luis no hizo la siguiente pregunta inmediatamente. Miró la televisión.

—¿Nunca se supo nada?

—Que yo sepa, no —respondió el camarero.

—Se fue —dijo el de la gorra.

El camarero lo miró.

—Eso no lo sabes.

—Yo digo que se fue.

—Tú dices muchas cosas.

Los otros hombres sonrieron. José Luis mantuvo la vista en su café.

—¿Por qué crees que se fue?

El hombre lo miró.

—Porque la gente desaparece cuando quiere desaparecer.

—También desaparece cuando le pasa algo.

—Eso también.

—Dejó el coche.

—Y qué.

José Luis levantó la vista.

—El teléfono. La ropa.

—¿Y qué?

El hombre parecía disfrutar llevando la contraria. El camarero negó con la cabeza.

—No le hagas caso.

—¿Por qué no?

—Porque llevas ocho años contando una historia distinta.

—La misma.

—Cada vez tiene un detalle nuevo.

El hombre dejó el vaso sobre la barra.

—Yo lo vi.

El camarero soltó aire por la nariz.

—Ya estamos.

José Luis no se movió.

—¿A Timoteo?

—Sí.

—¿En el hotel?

—No.

La palabra cayó con más peso del que debería. José Luis miró al hombre.

—¿Dónde?

El camarero intervino.

—Vicente.

—¿Qué?

—Déjalo.

—¿Qué voy a dejar?

Vicente miró a José Luis.

—En la carretera vieja.

José Luis sintió la primera sacudida de interés. No la mostró.

—¿Qué carretera?

Vicente hizo un gesto hacia algún punto fuera del bar.

—La que baja por detrás.

—¿Hacia dónde?

—Hacia aquí, más o menos. Luego enlaza.

El camarero dejó el vaso que estaba secando.

—No sabes si era él.

—Sí que era.

—Lo viste dentro de un coche.

—Lo vi fuera.

El camarero miró a José Luis.

—Esto fue hace ocho años. Tenlo en cuenta.

—Lo tengo.

Vicente se volvió hacia él.

—Era él.

José Luis apoyó un antebrazo en la barra.

—¿Lo conocías?

—De verlo.

—Entonces no lo conocías.

Vicente entrecerró los ojos.

—Lo suficiente.

El camarero sonrió.

—Eso significa que no.

José Luis esperó. Vicente cogió el vaso, pero no bebió.

—Había estado por aquí varias veces esos días.

Eso era nuevo.

—¿Timoteo?

—Sí.

—¿Solo?

Vicente tardó un instante.

—Alguna vez.

José Luis registró la respuesta. No preguntó todavía por las otras veces.

—¿Y dices que lo viste en esa carretera?

—Sí.

—¿Cuándo?

Vicente miró al techo.

—Después.

—¿Después de qué?

—De que se suponía que había desaparecido.

El camarero negó con la cabeza.

—No.

—Sí.

—La búsqueda empezó al día siguiente.

—Pues al día siguiente.

—Tú dijiste dos días después.

—Dije después.

—Dijiste jueves.

Vicente golpeó la barra con un dedo.

—Jueves era después.

Los otros dos hombres se habían callado. José Luis sintió que el bar entero estaba escuchando.

—¿Recuerdas el día exacto?

Vicente lo miró.

—No.

—Pero recuerdas que ya lo estaban buscando.

—Sí.

Aquello importaba.

—¿Cómo lo sabes?

Vicente se quedó pensando.

—Porque había coches de la Guardia Civil arriba.