Níscalos 7 . Temporada de setas #2
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7 . Temporada de setas #2

La frase había provocado discusiones familiares durante años.

José Luis abrió una pequeña bolsa con frutos secos.

Comió mirando los árboles. No se oían coches.

Tampoco voces. Solo algún pájaro, el viento en las ramas altas y gotas que todavía caían de las copas aunque hacía horas que no llovía.

Por primera vez desde la madrugada pensó en la puerta del fondo sin sentir inmediatamente la necesidad de buscar una explicación. La imagen apareció. Una línea amarilla bajo la madera. Una sombra interrumpiéndola. Después desapareció. José Luis comió otro puñado. Podía haber sido Antonio.

Irene.

Rubén.

Cualquiera. Era su hotel. Podían entrar en una habitación cerrada cuando les diera la gana.

Lo extraño seguía siendo la hora. Nada más.

Lo de su pared era diferente. O quizá no.

Un edificio antiguo. Espacios mal construidos.

Instalaciones pasando por lugares absurdos.

Él sabía mejor que nadie las cosas que podían esconderse dentro de una reforma.

Una vez había encontrado una tubería de calefacción atravesando literalmente el interior de un armario empotrado porque alguien, treinta años atrás, había decidido que rodearlo suponía demasiado trabajo.

Otra vez, durante una reforma en Madrid, habían descubierto una puerta completa tapiada detrás de un tabique.

No conducía a ninguna cámara secreta. Daba a un aseo.

La realidad solía ser decepcionante. José Luis bebió. Guardó la botella. Entonces recordó el sobre.

Timoteo Gamallo.

Aquello seguía siendo más difícil. No imposible. Solo difícil. Metió la mano en el bolsillo buscando el teléfono. Se detuvo.

No.

No iba a ponerse a buscar información sobre Timoteo en mitad del monte.

Había ido allí precisamente para otra cosa.

Se levantó. Durante casi dos horas consiguió cumplirlo.

Encontró más níscalos, varios ejemplares que fotografió sin recoger y una macrolepiota solitaria que dejó en el sitio después de observarla durante un rato.

No necesitaba llenar la cesta. Tampoco necesitaba demostrar nada. En un claro encontró una pareja de unos sesenta años inclinada sobre el suelo. Ella llevaba una cesta enorme. Él sostenía una vara. Se saludaron.

—¿Qué tal? —preguntó el hombre.

José Luis levantó ligeramente su cesta.

—Entretenido.

El hombre miró dentro.

—Buenos.

—Hay alguno.

La mujer señaló hacia la pendiente.

—Por abajo está más húmedo.

Su marido la miró como si acabara de revelar información clasificada.

—¿Qué?

—Que está más húmedo.

—Ya, pero no tienes que decirle dónde.

José Luis soltó una carcajada.

—Tranquilo. No pienso robaros el bosque.

—Eso dicen todos —respondió el hombre.

La mujer puso los ojos en blanco.

—Como si fuera suyo.

—No es mío. Pero sé dónde están.

—Pues si sabes tanto podrías encontrar alguno antes que yo.

José Luis siguió caminando todavía sonriendo. Le gustaba aquello. Las pequeñas rivalidades. Los lugares que nadie quería compartir. Las mentiras inocentes.

Por allí no hay nada.

Este año está fatal.

Yo ya no vengo casi.

Todo el mundo sabía que todos mentían. Formaba parte de la temporada.

Llegó a una zona donde los pinos dejaban paso a vegetación más baja.

Desde allí se veía parte del valle. Se detuvo.

El cielo había aclarado. Las nubes seguían cubriendo las montañas más altas, pero algunos rayos de sol atravesaban huecos y encendían pequeñas zonas del bosque durante unos segundos antes de desaparecer.

José Luis sacó el teléfono. Hizo una fotografía.

No pensó en el hotel. La envió a su madre.

Mira esto. La respuesta tardó menos de un minuto.

Precioso. ¿Has encontrado muchas? Fotografió la cesta.

Las suficientes. Aparecieron los tres puntos.

Tu padre estaría encantado. Dejó de caminar. Leyó la frase otra vez.

Después bloqueó el teléfono. El bosque se quedó extraordinariamente quieto.

Su padre había sido quien le puso por primera vez una cesta en la mano.

Quien le había enseñado a no destrozar el suelo buscando lo que todavía no había salido.

Quien le repetía los mismos nombres todos los otoños hasta que José Luis terminaba reconociéndolos antes de escucharlos.

Pero no había sido el único. Años después hubo alguien más.

Alguien que aprendía más deprisa que él y se equivocaba con mucha más confianza.

Alguien que discutía cada identificación aunque no tuviera ni puta idea.

Alguien que había terminado convirtiendo aquellas salidas en una especie de competición absurda.

José Luis recordó dos cestas en el maletero.

Botas embarradas. Un termo de café. Una discusión sobre un boleto que duró todo el camino de vuelta.

La risa. Sobre todo la risa. Cerró los ojos un instante.

No pronunció el nombre. Hacía tiempo que había aprendido que algunos recuerdos podían mantenerse a una distancia razonable si uno evitaba determinadas palabras.

Se guardó el teléfono. Continuó. El siguiente níscalo lo encontró casi inmediatamente. Se agachó. Era pequeño. Perfecto. Sintió la absurda necesidad de enseñárselo a alguien. La sensación desapareció. Lo dejó en el suelo.

—Crece.

Se levantó. A primera hora de la tarde decidió regresar.

No tomó el mismo camino. Rodeó la ladera y siguió una senda que terminaba cerca de donde había aparcado.

El descenso era sencillo, aunque en algunos puntos el barro obligaba a caminar con cuidado.

Fue entonces cuando volvió a ver La Posada del Tejo.

Estaba lejos. Mucho más de lo que había estado cuando fotografió la parte trasera el primer día.

Desde aquella ladera apenas era una construcción oscura rodeada de árboles.

José Luis continuó andando. Después se detuvo.

Volvió la cabeza. Desde allí se veía bien el conjunto.

El caserón principal. El ala añadida. La construcción baja posterior.

Los distintos tejados. Se quedó observándolo. No por Timoteo.

Ni por aquella puerta.

Simplemente porque los edificios eran su trabajo y aquella era una construcción rara.

Entrecerró los ojos. Intentó imaginar la distribución interior.

Las habitaciones 1 a 8 ocupaban buena parte del cuerpo principal.

La escalera. El corredor. Después los cuatro escalones.

El ala posterior. Doce y trece en un tramo lateral.

Catorce, quince y dieciséis hacia la fachada trasera. Y, al final, la estancia sin número.

José Luis movió ligeramente la cabeza. Desde aquella distancia no podía calcular nada. Además, tampoco tenía sentido hacerlo. Sacó el teléfono por costumbre. Lo sostuvo un instante. Después volvió a guardarlo.

—Hoy no.

Continuó hacia el coche. Encontró una última seta pocos metros antes de llegar.

No era especialmente grande. Ni bonita. Ni rara.

La reconoció inmediatamente y siguió de largo.

Eso le gustó. No tener que pensar. Saber.

En el coche dejó la cesta en el asiento del acompañante y se quitó las botas antes de entrar.

Estaba cansado. Bien cansado. Del que pertenecía a músculos, barro y kilómetros.

No a habitaciones cerradas. Arrancó. Durante el trayecto de regreso no pensó en Timoteo.

Tampoco en la luz. Pensó en su padre. Y, contra su voluntad, en aquella otra persona.

Dos formas distintas de enseñarle exactamente lo mismo. Mirar. Esperar.

No tocar lo que no entiendes. Y saber retirarte cuando no estás seguro. José Luis condujo varios kilómetros antes de sonreír.

—Eso último nunca se te dio muy bien.

No dijo a quién se lo decía. Cuando La Posada del Tejo apareció entre los árboles, la sonrisa desapareció.

Había una furgoneta aparcada junto a la puerta lateral.

La blanca. José Luis redujo la velocidad para tomar la curva de entrada.

No tenía nada de particular. La había visto desde el primer día. Pasó junto a ella.

Aparcó. Cogió la cesta. Antes de cerrar el coche levantó la vista hacia el hotel.

Durante unas horas había conseguido convertirlo otra vez en un simple edificio.

Piedra. Madera. Tejados. Ventanas. Ahora, mirándolo desde abajo, recordó la imagen que acababa de ver desde la ladera.

La distribución interior apareció sola en su cabeza.

El pasillo. Los escalones. Su habitación. La pared. José Luis permaneció quieto. Algo le molestaba. No sabía todavía qué. Y eso era precisamente lo que más le molestaba. Entró en el hotel.