Níscalos 7 . Temporada de setas
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7 . Temporada de setas

José Luis salió del hotel a las nueve y cuarto con la firme intención de no pensar en la puerta del fondo.

Duró hasta el aparcamiento. Mientras dejaba la cesta en el asiento del acompañante levantó la vista hacia la primera planta.

Encontró su ventana casi inmediatamente.

La habitación 5. Las cortinas estaban como las había dejado.

Nada más.

No buscó la última ventana.

Eso contó como una pequeña victoria. Había dormido poco. Después del último clic detrás de la pared consiguió quedarse dormido durante un par de horas, pero se había despertado varias veces convencido de haber oído algo. En todas ellas encontró el mismo silencio.

Por la mañana tampoco había ocurrido nada.

Ni golpes. Ni roces. Ni movimientos. La pared había vuelto a ser una pared.

Había bajado a desayunar esperando, aunque no quisiera reconocerlo, que Antonio dijera algo sobre aquella noche.

No ocurrió. Irene servía café. Amalia discutía con Rubén porque alguien había guardado queso donde no correspondía.

Clara salió un momento de la cocina, lo saludó y continuó con lo que estaba haciendo.

Nadie parecía cansado. Nadie le preguntó si había dormido bien.

Nadie mencionó la puerta del fondo.

Quizá era mejor así. José Luis abrió la puerta del coche. Antes de entrar miró otra vez hacia el hotel.

—Hoy no.

Arrancó. Condujo algo más de veinte minutos hasta una pista que había marcado la tarde anterior.

Dejó atrás la carretera principal, atravesó una zona de bancales abandonados y terminó entrando en un pinar donde la luz parecía cambiar de color.

Aparcó en un ensanchamiento de tierra. Había otros dos coches.

Aquello le molestó más que cualquier cosa ocurrida durante la noche.

—Hijos de puta.

Sonrió mientras apagaba el motor. Competencia.

Se puso las botas, guardó agua y algo de comida en la mochila y sacó la cesta.

El aire olía a humedad. No simplemente a tierra mojada.

Había resina, hojas fermentando, corteza, musgo, madera y ese olor profundo que aparecía cuando uno removía con la bota la primera capa del suelo.

José Luis respiró. Allí sí sabía qué hacía.

Se internó entre los pinos. Durante los primeros diez minutos no buscó setas.

Aquello era una de las primeras cosas que había aprendido.

Primero había que mirar el bosque. La humedad.

La orientación. La cantidad de luz que atravesaba las copas. Dónde se acumulaban las agujas.

Qué zonas conservaban agua. Qué árboles había.

Su padre siempre decía que quien entraba mirando únicamente al suelo terminaba encontrando menos que quien se detenía primero a mirar alrededor.

José Luis tenía doce o trece años la primera vez que lo escuchó.

Entonces le había parecido una de esas frases de padre que pretendían convertir cualquier cosa en una lección.

Treinta años después seguía haciéndole caso.

Se detuvo. A su derecha el terreno descendía suavemente hacia una pequeña vaguada.

Había más humedad. El musgo se espesaba alrededor de algunas piedras y las agujas de pino formaban una capa menos compacta.

Fue hacia allí. No caminaba deprisa. Nunca lo hacía cuando buscaba setas.

Había algo extraño en la manera en que el bosque obligaba a reducir la velocidad.

En Madrid podía pasar un día entero saltando de una avería a otra, contestando llamadas, revisando instalaciones, entrando en cuartos técnicos donde todo el mundo tenía prisa porque algo que llevaba diez años funcionando había decidido dejar de hacerlo precisamente aquella mañana.

En el monte, en cambio, la prisa no servía para nada.

Una seta no aparecía porque uno tuviera ganas de encontrarla.

Había que verla. Y antes de verla había que aprender a distinguir pequeñas anomalías.

Una hoja levantada. Una forma demasiado redonda bajo las agujas.

Un color que no pertenecía exactamente al suelo.

José Luis encontró el primer níscalo doce minutos después. Solo asomaba una parte del sombrero. Se agachó. Apartó con cuidado algunas agujas y dejó al descubierto el resto. Naranja. Anillos concéntricos algo más oscuros. El sombrero ligeramente hundido en el centro. Sonrió.

—Buenos días.

No lo tocó inmediatamente. Miró alrededor.

Otro pequeño bulto aparecía medio metro más allá.

Y otro. Aquello también lo había aprendido pronto.

Cuando había uno, convenía dejar de mirar el primero.

A veces el premio estaba alrededor. Se arrodilló.

Encontró cinco. Dos eran demasiado pequeños.

Los dejó. Otro estaba deteriorado. Tampoco lo quiso.

Su padre le había enseñado incluso la palabra: micorriza.

Lo naranja que asomaba entre las agujas era solo la parte visible; debajo, el micelio se enlazaba con las raíces del pino y extendía una trama que podía ocupar mucho más terreno del que uno imaginaba mirando el sombrero.

A José Luis, de niño, le había fascinado que la mayor parte de algo pudiera existir sin verse.

Recogió los dos mejores y los colocó en la cesta con cuidado.

Su padre habría aprobado. La otra persona probablemente habría cogido también el tercero y después se habrían pasado diez minutos discutiendo.

El pensamiento apareció sin pedir permiso.

José Luis dejó de sonreír. Miró el níscalo que tenía en la mano. Durante un instante regresó una voz.

Ese está bien.

No la de su padre. Otra. Más joven. Más impaciente.

Déjate de hostias, José Luis. Ese está bien.

Colocó la seta en la cesta. Se levantó. Continuó caminando.

El bosque fue ocupando nuevamente el espacio que había abierto el recuerdo.

José Luis se lo permitió. No había ido allí para recordar.

Tampoco exactamente para olvidar. Había ido porque algunas costumbres terminaban sobreviviendo a las personas con las que uno las había aprendido.

Encontró varios ejemplares que no recogió.

Una amanita roja aparecía junto al tronco de un pino como si alguien la hubiera colocado allí para una fotografía.

Sombrero rojo, restos blancos del velo dispersos sobre la superficie.

José Luis se agachó simplemente para observarla.

No necesitaba tocarla. Sacó el teléfono e hizo una foto.

Después otra, más cerca. La dejó exactamente donde estaba.

Unos metros más adelante encontró varios hongos pequeños entre la hojarasca y se quedó mirándolos durante un rato.

No estaba seguro. Eso bastaba. Siguió caminando.

La mayor parte de la gente que sabía poco de setas tenía una idea equivocada sobre quienes sabían mucho.

Creían que el conocimiento consistía en reconocerlo todo.

No.

Consistía, muchas veces, en saber cuándo no sabías. Su padre había sido bastante pesado con aquello.

Si dudas, no comes.

No «si dudas, preguntas». No «si dudas, buscas una foto».

No «si dudas, pruebas un poco». No comes.

Y otra regla: lo que no iba a la sartén no viajaba mezclado con lo que sí.

Para los ejemplares que quería estudiar llevaba bolsas de papel pequeñas, separadas de la cesta.

Su padre había sido casi maniático con aquello.

Una seta podía ser interesante y seguir siendo algo que no debía acabar en un plato.

A José Luis le parecía una filosofía bastante útil incluso fuera del bosque.

Continuó descendiendo. Encontró huellas recientes en el barro.

Botas. Dos personas, probablemente. Los otros coches.

Cambió ligeramente de dirección. No pensaba compartir territorio si podía evitarlo.

A los cuarenta y dos años había llegado a una conclusión bastante sencilla: la naturaleza era maravillosa hasta que aparecían otras personas disfrutándola.

El terreno cambiaba a cada tramo. En las zonas más abiertas, la caliza afloraba bajo las agujas de pino y viejos muretes de piedra seca cortaban la ladera sin conducir ya a ninguna parte.

Cruzó una zona más abierta donde el viento había derribado un pino. Las raíces se levantaban formando una pared de tierra de casi dos metros. José Luis dejó la cesta y examinó un momento el hueco. No buscaba setas. Simplemente le llamaban la atención aquellas cosas.

La tierra dejaba ver diferentes capas. Raíces. Piedras. Restos de materia vegetal. Una tubería negra atravesaba parte del terreno unos metros más allá y desaparecía en dirección a una construcción que no alcanzaba a ver entre los árboles. José Luis la siguió con la mirada. Después sonrió.

—De vacaciones.

Recogió la cesta. Había pasado demasiados años trabajando como técnico de instalaciones y mantenimiento para no mirar una tubería y preguntarse inmediatamente de dónde venía y adónde iba.

Le ocurría con todo. Conductos de ventilación.

Cuadros eléctricos. Desagües. Falsos techos.

Paredes demasiado gruesas. Habitaciones cuyas proporciones no coincidían con la fachada exterior.

No era solo curiosidad. La deformación profesional también tiraba de él.

Uno terminaba viendo por dónde respiraban los edificios, y La Posada del Tejo respiraba de una manera bastante extraña.

José Luis apartó el pensamiento. Hoy no.

Siguió hacia la vaguada. El terreno se volvió mejor.

Encontró dos níscalos más, después otro completamente comido por larvas y, unos minutos más tarde, algo que le hizo detenerse a tres metros de distancia.

No necesitó acercarse demasiado para reconocer la forma. Se agachó. Un boleto. Grande. El sombrero marrón sobresalía entre musgo y agujas. El pie era grueso y claro. José Luis permaneció unos segundos observándolo antes de tocarlo.

—Tú sí.

Lo examinó con cuidado. No tenía la esponja inferior convertida todavía en una masa desagradable ni el aspecto reventado de muchos ejemplares demasiado maduros.

Cortó una pequeña parte dañada, comprobó el estado interior y terminó guardándolo.

Su padre habría hecho una fotografía. La otra persona se habría adjudicado el mérito por encontrarlo aunque José Luis hubiese sido el primero en verlo.

Aquello le arrancó una sonrisa. Esta vez no la perdió inmediatamente.

Continuó andando. Poco después encontró otro.

Más pequeño. Perfecto. Se sentó sobre una roca para beber agua.

La cesta empezaba a tener buen aspecto. No espectacular.

Buena. Le gustaba más así. Nunca había entendido la obsesión por llenar bolsas hasta arriba.

Había visto gente salir del monte cargando kilos de setas que probablemente terminarían regalando porque no sabían qué hacer con ellas.

Su padre decía que aquello era como pescar veinte peces cuando pensabas comerte dos.