6 . Luz bajo la puerta
José Luis despertó con sed. No supo qué hora era hasta que encontró el teléfono a tientas sobre la mesilla y la pantalla le iluminó la cara.
Las dos y cuarenta y siete. Dejó caer la cabeza sobre la almohada.
Pensó en volver a dormir. Tenía la boca seca por el licor de Rubén y demasiado calor bajo el edredón, pero el cansancio pesaba más que cualquiera de las dos cosas.
Cerró los ojos. Los abrió de nuevo. Sed.
—Joder.
Se incorporó. La habitación estaba completamente a oscuras salvo por la línea gris que entraba entre las cortinas. Buscó la botella de agua que había dejado junto a la mochila y la levantó. Vacía. Recordó entonces que tenía otras dos en el coche. Podía beber del grifo. Miró hacia el baño.
No.
No sabía por qué, pero beber agua tibia de un lavabo de hotel a las tres de la mañana le pareció una forma demasiado triste de estar de vacaciones.
Se puso el pantalón, una sudadera y las zapatillas.
Al abrir la puerta encontró un hotel distinto.
Durante el día La Posada del Tejo estaba llena de pequeños ruidos: conversaciones, platos, teléfonos, puertas, pasos, tuberías, el extractor de la cocina, el fuego de la chimenea.
De madrugada todo aquello había desaparecido.
Solo quedaba el edificio. Las luces del pasillo estaban reducidas al mínimo.
Una lámpara permanecía encendida cada varios metros y entre ellas se formaban zonas de sombra.
El suelo crujió ligeramente bajo sus pies.
José Luis cerró la puerta de la habitación 5 con cuidado.
Podía bajar por la escalera principal. Miró en esa dirección.
Después recordó que la otra comunicaba directamente con la planta baja y quedaba más cerca desde aquel extremo del corredor. Echó a andar. No pensó en la puerta del fondo hasta que bajó los cuatro pequeños escalones que unían las dos partes del edificio. Entonces apareció al final.
Catorce.
Quince.
Dieciséis.
La última puerta. José Luis siguió caminando.
Ya casi había llegado a la escalera cuando algo lo hizo detenerse.
No fue un ruido. Fue una línea. Fina. Amarillenta.
Debajo de la puerta del fondo. Permaneció quieto.
La luz del pasillo era blanca y débil. Aquella era distinta.
Más cálida. Venía de dentro. Se quedó mirándola.
Buscó una explicación con la misma facilidad con la que las había encontrado los días anteriores: una luz de emergencia, una lámpara del pasillo reflejada, alguna dependencia detrás de la habitación.
Se desplazó un poco hacia un lado. La línea continuó exactamente bajo la puerta.
Desde dentro. José Luis miró hacia la escalera.
Después otra vez hacia la puerta del fondo.
No la usamos.
La voz de Antonio apareció en su memoria.
Humedades.
Podían estar reparándola. Los hoteles no se arreglaban solos.
Aunque las tres de la mañana era una hora bastante peculiar para reparar humedades.
Consultó el teléfono. 02:51. La luz permanecía encendida.
José Luis no avanzó hacia la puerta. Tampoco se marchó.
Esperó. Un minuto podía ser muchísimo tiempo cuando uno no hacía nada.
No oyó voces. Ni pasos. Ni herramientas.
Nada.
Solo aquella franja amarillenta extendida sobre la moqueta.
Dio un paso hacia la escalera. La luz desapareció.
José Luis se detuvo. No se apagó. Algo la había tapado.
Una sombra ocupó durante un instante parte del espacio bajo la puerta.
Después pasó. La línea amarilla reapareció. Sintió un cambio pequeño en el cuerpo.
No miedo. Atención. Alguien estaba dentro. Eso ya no era una interpretación. Esperó algún sonido.
Nada.
Se preguntó qué hacía él parado a oscuras mirando por debajo de una puerta ajena.
La respuesta fue bastante humillante. Exactamente eso.
Se obligó a continuar. Bajó la escalera procurando no hacer ruido, aunque no tenía ningún motivo para esconderse.
En la planta baja las luces estaban todavía más bajas.
La recepción permanecía vacía y el comedor estaba completamente oscuro.
Desde la cocina llegaba el zumbido distante de algún aparato eléctrico.
José Luis cruzó hasta la entrada. La puerta principal estaba cerrada con llave.
—Claro.
Recordó la puerta lateral que utilizaban los Carrillo.
No iba a ponerse a explorar el hotel de madrugada buscando salidas.
Volvió a mirar el grifo del pequeño aseo junto a recepción.
Cinco minutos antes le habría parecido una derrota; ahora le parecía magnífico.
Llenó un vaso dos veces. Mientras bebía, observó su propio reflejo en el espejo.
—Humedades —dijo en voz baja.
Sonó ridículo. Se lavó la cara. Podía preguntar por la mañana.
Oye, Antonio, ¿quién estaba dentro de la habitación que no usáis a las tres de la mañana?
Fantástico. Cada día estaba un poco más cerca de convertirse en el huésped al que todos deseaban ver marcharse. Regresó al vestíbulo. Antes de subir se quedó escuchando.
Silencio.
Se dijo que lo sensato era volver a la habitación, dormir y olvidarse. Subió. Al llegar al corredor comprobó casi inmediatamente que la luz había desaparecido.
La puerta del fondo estaba a oscuras.
José Luis caminó despacio. No sabía por qué redujo el paso al pasar frente a ella.
Quizá esperaba escuchar algo. No ocurrió.
La puerta estaba exactamente como siempre.
El siete incompleto. Las marcas en la madera.
La cerradura antigua. Nada que indicara que unos minutos antes hubiera habido alguien dentro. Se detuvo. Podía llamar.
La idea apareció y desapareció casi al mismo tiempo. ¿Y qué iba a decir?
Buenas noches. Solo quería comprobar quién ocupa la habitación porque me han contado que un hombre desapareció de aquí hace ocho años y ayer encontré una carta con su nombre.
Perfecto. Lo echarían antes del desayuno.
Continuó. Al pasar junto a la habitación 16 escuchó el ruido de alguien respirando profundamente detrás de la puerta.
Aquello le devolvió algo de perspectiva: gente durmiendo, un hotel, una noche cualquiera.
Llegó a los cuatro escalones. Antes de subir miró una última vez hacia la puerta del fondo.
Oscura. Siguió. Entró en su habitación. El reloj marcaba las tres y siete.
Había estado fuera veinte minutos. Demasiado para beber agua.
Cerró la puerta y dejó la sudadera sobre la silla.
La habitación estaba más fresca que antes.
Se acercó a la ventana, la abrió unos centímetros y respiró el aire frío que entró desde el exterior.
En alguna parte del bosque gritó un animal.
José Luis no supo cuál. Cerró. Volvió a la cama.
No tenía sueño. Se quedó boca arriba. Intentó pensar en la cena, en la familia, en Amalia diciéndole que comiera, en Rubén y su botella sin etiqueta, en Clara queriendo marcharse a Zaragoza.
Unas horas antes había terminado convencido de que estaba interpretando como extraño todo lo relacionado con aquel hotel.
Quizá seguía haciéndolo. Que una habitación estuviera fuera de servicio no significaba que nadie pudiera entrar.
Los Carrillo eran los propietarios. Podían guardar allí muebles, herramientas, ropa de cama o material de mantenimiento.
Podían estar comprobando una avería, una tubería, una humedad, incluso a las tres de la madrugada si algo había ocurrido.
Eso explicaba la luz. No explicaba el silencio. Aunque tampoco tenía por qué explicarlo. José Luis cerró los ojos. Entonces escuchó el primer golpe. Los abrió. Venía de la pared. La del cabecero. Permaneció inmóvil.
Nada.
Pasaron quizá veinte segundos. Otro sonido.
No igual que los anteriores. Esta vez fue más definido.
Un pequeño clic. Después un roce. José Luis levantó lentamente la cabeza de la almohada.
El sonido continuó. Algo se movía detrás del muro.
No eran las tuberías. O, por lo menos, no se parecían a ninguna tubería que hubiera escuchado en su vida.
Había una irregularidad en aquel ruido. Paraba. Continuaba. Se desplazaba. José Luis miró la hora. 03:11. Cuatro minutos después de haber vuelto a la habitación. Se sentó. El ruido cesó. Esperó.
Nada.
Se levantó de la cama. Esta vez no se acercó inmediatamente a la pared. Se quedó a un par de metros, escuchando. Un golpe leve. Después algo parecido a dos piezas metálicas tocándose.
José Luis recordó la luz de la puerta del fondo.
La sombra pasando frente a ella. La habitación quedándose a oscuras. Y ahora aquello.
No.
No tenía por qué estar relacionado. El hotel estaba lleno de espacios mal conectados.
Antonio se lo había explicado: muros gruesos, conducciones, reformas hechas en épocas distintas.
Podía haber empleados trabajando abajo, una caldera o una instalación que se encendiera automáticamente.
Podía ser cualquier cosa. Se acercó. Apoyó la palma sobre la pared.
Fría. No notó vibraciones. Mantuvo la mano allí.
Silencio.
José Luis estuvo a punto de apartarla. Algo rozó al otro lado. Exactamente frente a su palma. Retiró la mano. El movimiento fue instintivo. Se quedó mirando el yeso. No ocurrió nada más.
—Vale.
Su voz sonó demasiado alta. Esperó. El corazón le latía algo más deprisa.
No por miedo, se dijo. Por sorpresa. Se acercó de nuevo.
Esta vez apoyó la oreja. No escuchó nada.
Entonces, muy débilmente, llegó un sonido.
Un crujido. Después otro. José Luis contuvo la respiración. Había algo al otro lado. No sabía qué.
Ni cuánto espacio existía detrás de aquella pared. Pero había algo. Se apartó. Recordó la conversación con Antonio.
¿Qué hay detrás de esa pared?
Muros, conducciones, mierda de obra vieja.
No le había dicho que hubiera una habitación. Ni un almacén. Ni nada donde alguien pudiera moverse. José Luis cogió el teléfono. Abrió la aplicación de notas.
Escribió:
02:51 — luz bajo la puerta del fondo.
Se quedó mirando la frase. Le pareció absurda.
Añadió:
03:11 — ruido pared habitación 5.
No escribió nada más. Bloqueó el teléfono.
Aquello sí era nuevo. Hasta ese momento todo podía colocarse ocho años atrás: Timoteo, su desaparición, la investigación, una habitación asociada a una historia antigua.
Incluso el sobre podía ser una consecuencia de aquello, una reliquia, una casualidad, alguien incapaz de olvidar.
Pero la luz no era de hacía ocho años. La sombra tampoco.
Los sonidos detrás de la pared estaban ocurriendo esa noche.
José Luis miró hacia la puerta. Hasta entonces todas sus preguntas habían acabado, de una forma u otra, en Timoteo Gamallo.
Aquella ya no. Quizá estaba mirando en la dirección equivocada.
Quizá la pregunta no era qué había ocurrido en aquel hotel. Quizá era qué seguía ocurriendo. Se sentó en el borde de la cama. La habitación permaneció en silencio. Pasaron cinco minutos. Después diez. José Luis no volvió a acostarse.
A las tres y veintiocho escuchó pasos en el pasillo.
Esta vez fuera de la habitación. Se quedó inmóvil.
Los pasos eran lentos. Se acercaron. Pasaron frente a la 5.
Continuaron. José Luis esperó a que se alejaran.
Entonces oyó una puerta. No distinguió cuál.
Pensó en mirar. No lo hizo. Aquello le sorprendió.
Dos días antes habría abierto. Ahora no. Permaneció sentado. Algo había cambiado. No porque creyera que los Carrillo estuvieran implicados en la desaparición de Timoteo.
Después de la cena, aquella posibilidad incluso le parecía más absurda que antes.
Pero alguien había estado dentro de aquella estancia.
Alguien se movía por el hotel mientras los huéspedes dormían. Y había algo detrás de la pared de su habitación que Antonio no había sabido —o no había querido— explicarle demasiado bien. Eso bastaba.
A las cuatro menos cuarto volvió a acostarse.
No apagó la pequeña lámpara de la mesilla.
Durante bastante tiempo no oyó nada. Finalmente el sueño empezó a vencerlo.
Estaba casi dormido cuando llegó un último sonido detrás del cabecero.
Un clic. Solo uno. José Luis abrió los ojos. No se movió. Esperó otro.
No llegó. Miró la pared desde la cama. La pequeña lámpara proyectaba sobre ella una luz amarilla. Muy parecida a la que había visto bajo la puerta del fondo. Entonces comprendió que quizá aquella historia no llevaba ocho años esperando a que alguien la resolviera. Quizá nunca había terminado.
SEGUNDA PARTE — ALGO NO CUADRA