Níscalos 5 . Los Carrillo #2
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5 . Los Carrillo #2

—Entonces ya lo sabes.

—Algo.

—Timoteo era médico.

Antonio volvió la cabeza hacia ella.

—Eso tampoco es un secreto.

—Ya lo sé.

José Luis dejó el vaso sobre la mesa.

—¿Médico?

—Sí —respondió Clara—. Creo que...

Antonio intervino con calma.

—Era médico.

No hubo tensión en su voz. Solo una corrección. José Luis asintió. Procuró no hacerlo demasiado deprisa.

—No lo recordaba.

—Hace ocho años —dijo Irene—. La gente recuerda la desaparición, no su currículum.

—Normal.

Antonio bebió vino.

—¿Por eso te sonaba el nombre?

José Luis lo miró.

—Supongo.

Era una respuesta suficientemente vaga. Amalia siguió cenando. No parecía especialmente interesada en la conversación. José Luis sí.

—¿Venía por trabajo?

Antonio sonrió ligeramente.

—Ya empezamos.

José Luis levantó una mano.

—Vale.

—Preguntas mucho.

—Lo sé.

—No es necesariamente malo.

—Menos mal.

Antonio guardó silencio unos segundos.

—Estaba pasando una mala época.

José Luis volvió a prestarle atención.

—¿En qué sentido?

—Un poco de todo.

Antonio se encogió de hombros.

—Problemas personales. Trabajo. Dinero. No sé exactamente qué parte pesaba más.

—¿Estuvo mucho tiempo aquí?

—Unos días.

—¿Solo?

Antonio lo miró otra vez. Esta vez José Luis se rió antes que él.

—Ya paro.

Rubén señaló con el tenedor.

—Yo también quiero saberlo.

Irene lo miró.

—Tú lo sabes.

—No me acuerdo.

—Pues ahora te aguantas.

La pequeña tensión se deshizo. José Luis siguió comiendo.

Timoteo había sido médico. Atravesaba una mala época.

Había llegado solo a un hotel perdido en el Maestrazgo.

Y había desaparecido dejando detrás un coche, un teléfono y sus pertenencias.

Contado así parecía incluso más sencillo que antes. Una vida que se había roto.

Un hombre que quizá había decidido marcharse de ella. Una familia que había tenido la desgracia de convertirse en el último lugar conocido donde estuvo.

—Encontraste un sobre, ¿no? —preguntó Clara.

José Luis levantó la vista. Antonio respondió antes que él.

—Algún papel que se cayó en el pasillo.

—¿Con su nombre?

—Sí.

Clara frunció el ceño.

—Qué raro.

—Puede haber más de un Timoteo Gamallo en España —dijo Irene.

—Unos cuantos —añadió Antonio.

José Luis asintió.

—Eso pensé.

Amalia mojó un trozo de pan en la salsa.

—Entonces ya lo tienes.

Todos la miraron.

—¿El qué? —preguntó Clara.

—La explicación.

Clara sonrió.

—Abuela, qué fácil haces todo.

—Porque casi todo es más fácil de lo que os empeñáis en hacerlo.

José Luis se quedó mirando a la anciana.

No había doble sentido. No parecía haberlo.

Simplemente una mujer mayor cansada de escuchar a los demás complicar las cosas.

Y quizá tenía razón. La cena continuó. La conversación derivó hacia los precios de la electricidad, una boda que quería reservar el hotel entero para primavera y las intenciones de Clara de marcharse unos meses a Zaragoza.

—¿Cuándo? —preguntó Irene.

—No lo sé todavía.

—Pues cuando lo sepas avisa.

—Eso pensaba hacer.

Amalia seguía concentrada en su plato. Clara la miró.

—Abuela.

—¿Qué?

—Que igual me voy una temporada.

—Ya he oído.

—¿Y no vas a decir nada?

Amalia bebió agua.

—Volverás.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque aquí se come mejor.

Clara sonrió. Fue una frase sencilla, pero José Luis observó cómo Irene miraba a su hija y cómo Rubén escondía una sonrisa detrás del vaso.

Llevaba un rato fijándose en esas cosas sin querer admitir por qué.

Nadie se decía que se quería; tampoco parecía hacer falta.

Había costumbre, preocupación, cansancio y la confianza suficiente para discutir sin convertir cada roce en una amenaza.

José Luis había conocido familias que apenas conseguían pasar juntas una comida de Navidad sin empezar una guerra.

Los Carrillo llevaban trabajando juntos desde primera hora y aun así terminaban el día alrededor de la misma mesa.

Antonio retiró discretamente un plato vacío de delante de su madre antes de que tuviera que levantarse.

Irene dejó una pastilla junto al vaso de Amalia sin interrumpir la conversación.

Rubén fue a por una chaqueta cuando Clara dijo que tenía frío.

Pequeñas cosas. José Luis las observó. No sabía qué esperaba encontrar.

Quizá una familia demasiado perfecta. Quizá una mirada que durara demasiado.

Alguna grieta que justificara la incomodidad de los últimos días.

No la encontró. A las diez y media decidió subir.

—Gracias por la cena.

Amalia levantó la cabeza.

—Mañana ven antes.

—Prometido.

—Y no traigas medio monte en las botas.

—Eso va a ser más difícil.

—Pues límpialas.

José Luis sonrió.

—Lo intentaré.

Irene empezó a recoger. José Luis cogió su plato.

—Déjalo.

—Puedo llevarlo.

—Déjalo —repitió ella.

No había discusión posible. Rubén sacó una botella sin etiqueta de un armario.

—¿Uno antes de subir?

José Luis la miró.

—Después de lo de ayer debería decir que no.

—Entonces uno pequeño.

Antonio negó con la cabeza.

—Mañana conduce.

—Precisamente uno pequeño.

José Luis aceptó apenas un dedo. Sabía a nueces y alcohol.

—¿Qué lleva?

Rubén observó la botella.

—No estoy completamente seguro.

José Luis dejó el vaso sobre la mesa.

—Eso me tranquiliza muchísimo.

Rubén sonrió. Pocos minutos después se despidió. Amalia ya estaba mirando unas fotografías en el teléfono de Clara mientras la joven intentaba enseñarle cómo pasar de una a otra. Las voces quedaron atrás cuando José Luis cruzó la cocina. Recogió la mochila junto a la escalera y subió.

Al llegar a la primera planta miró hacia la derecha. El corredor que conducía al ala nueva estaba allí. No fue. Entró directamente en la habitación 5. Se quitó las botas, dejó el teléfono sobre el escritorio y se tumbó sobre la cama. Pensó en Antonio. En Amalia. En Irene, Rubén y Clara.

Después pensó en Timoteo Gamallo.

Médico. Problemas personales. Problemas económicos.

Unos días alojado en La Posada del Tejo.

Un hombre que había dejado su coche, sus pertenencias y el teléfono.

Y había desaparecido. Quizá eso era todo.

Una desaparición sin resolver. Una familia que había tenido la mala suerte de encontrarse en medio.

Una habitación cerrada años después por humedades.

Un sobre que podía pertenecer a otro Timoteo Gamallo o haber acabado en aquel pasillo por alguna razón completamente banal.

José Luis miró el techo. Desde que había encontrado la carta no se había sentido tan ridículo por algunas de las cosas que había pensado.

Conocer a la gente tenía ese efecto. Convertía los apellidos en personas.

Los Carrillo ya no eran los propietarios del hotel.

Eran Antonio preocupado por las reservas. Irene entrando y saliendo del comedor. Rubén con polvo de obra en la camiseta. Clara queriendo marcharse a Zaragoza. Amalia asegurándose de que todos comieran. José Luis apagó la lámpara. La habitación quedó a oscuras. Escuchó.

Nada.

Ni golpes. Ni roces. Ni clics. Solo el viento débil contra la ventana y, muy lejos, una puerta cerrándose en otra parte del hotel.

Cerró los ojos. Aquella noche se durmió pensando que quizá había convertido una coincidencia en un misterio simplemente porque necesitaba que lo fuera.

Al otro lado de la pared tampoco se oyó nada.

Y eso, por alguna razón, terminó de convencerlo.