5 . Los Carrillo
José Luis volvió al hotel más tarde de lo previsto.
El día había empezado bien y terminado con una caminata de casi una hora bajo una lluvia que no figuraba en ninguna de las aplicaciones que había consultado por la mañana.
Llegó con el pantalón húmedo hasta las rodillas, la mochila protegida bajo el chubasquero y una cantidad de setas considerablemente menor de la que justificaba el barro que llevaba encima.
Aparcó junto a la entrada. Eran las nueve y dieciocho.
Las ventanas de la planta baja estaban iluminadas y, a través de una de ellas, distinguió varias personas moviéndose alrededor del comedor.
Antes de salir del coche miró hacia arriba.
Encontró la ventana de su habitación. Después, casi sin querer, buscó la otra ala.
La última ventana quedaba demasiado lejos para distinguir nada.
Se obligó a dejar de mirar.
—Vas a acabar como un gilipollas —murmuró.
Cogió la mochila y entró. El hotel olía a comida.
No al olor uniforme de un restaurante, sino a varias cosas mezcladas: carne guisada, cebolla, pan caliente, café y ese fondo permanente a leña que parecía haberse instalado en las paredes de La Posada del Tejo años atrás.
En recepción no había nadie. José Luis dejó la mochila junto a la escalera y asomó la cabeza al comedor.
Solo quedaban dos mesas ocupadas. Una pareja joven terminaba el postre junto a la ventana y un hombre mayor bebía vino mientras leía algo en una tableta. Al fondo, una mujer retiraba platos. José Luis la reconoció. Era la que había encontrado el día anterior en el pasillo.
—Buenas noches.
Ella levantó la cabeza.
—Hombre. El descalzo.
José Luis miró sus botas.
—Hoy he decidido destruir la moqueta.
—Me parece bien. Hay que justificar la aspiradora.
Dejó dos platos sobre una bandeja.
—¿Vas a cenar?
—Esa era mi intención.
La mujer miró el reloj de pared. Después hacia la cocina.
—Llegas justo.
—Puedo comer cualquier cosa.
—Eso se lo dices a mi madre.
Empujó la puerta.
—¡Antonio!
Una voz respondió desde dentro.
—¡Qué!
—¡El de las setas quiere cenar!
—¡Pues que entre!
La mujer miró a José Luis.
—Ya tienes autorización.
José Luis sonrió. Antonio apareció segundos después secándose las manos con un paño.
—¿Qué horas son estas?
—He tenido un pequeño desacuerdo con la lluvia.
—Y ha ganado ella.
—Por goleada.
Antonio miró hacia el comedor.
—Estamos terminando. Si no te importa cenar con nosotros, te ponemos un plato.
José Luis dudó.
—No quiero molestar.
—Si molestaras no te lo habría ofrecido.
Apartó la cortina de la cocina.
—Pasa.
José Luis dejó la mochila junto a la pared y entró.
La cocina era más grande de lo que había imaginado.
Acero inoxidable, estanterías cargadas de ollas, una plancha todavía caliente y un enorme extractor que continuaba funcionando con un zumbido grave.
Al fondo había otra puerta que comunicaba con una habitación mucho más pequeña.
Allí estaba la familia. No era exactamente un comedor.
Parecía una estancia de servicio reconvertida con los años.
Una mesa rectangular ocupaba casi todo el espacio.
Había una televisión pequeña colgada de una esquina, un calendario de una cooperativa agrícola y una estantería donde convivían facturas, pilas, cajas de medicamentos y objetos que nadie había sabido dónde guardar.
Cinco personas levantaron la vista. Antonio señaló una silla libre.
—Ven. Ya conoces a todos.
Amalia ocupaba la cabecera. Llevaba el pelo completamente blanco recogido atrás y tenía unos ojos oscuros que parecían demasiado despiertos para el cansancio de su rostro.
Irene, la mujer de Antonio, estaba a uno de sus lados.
Rubén y Clara, hijos de ambos, ocupaban el otro extremo de la mesa.
Él, cerca de los treinta, llevaba una camiseta negra con restos de polvo blanco en una manga; ella, de veintipocos, terminaba de responder algo en el teléfono.
Amalia señaló la silla.
—Tú, el de las setas. Siéntate antes de que se enfríe.
No fue exactamente una invitación. José Luis obedeció. Amalia señaló el móvil.
—Clara.
La joven suspiró y lo dejó boca abajo.
—Ya está.
Antonio acercó un plato a José Luis. Carne guisada, patatas, zanahoria y salsa suficiente para no necesitar nada más durante horas.
—No hacía falta tanto.
Amalia levantó la vista.
—Come.
José Luis probó la carne. No tuvo que fingir.
—Está buenísima.
Amalia asintió como si fuera lo mínimo esperable. Antonio sonrió.
—Eso significa que te ha aceptado.
—No significa nada —dijo Amalia.
—Exactamente.
José Luis rió. La conversación continuó mientras cenaban. No tardó mucho en perder la sensación de encontrarse con los propietarios del hotel. Aquello era una familia al final de un día demasiado largo.
Antonio preguntó por un proveedor que todavía no había llevado unas sábanas.
Irene le recordó que la cafetera del comedor seguía fallando.
Rubén había pasado buena parte de la tarde intentando arreglar una humedad en el almacén.
Clara había tenido que ayudar a una pareja que no conseguía conectar el televisor de su habitación.
—Era el mando —dijo Clara.
Antonio levantó la vista.
—¿Qué le pasaba?
—Tenía las pilas al revés.
Rubén soltó una risa.
—Eso nos va a pasar a nosotros dentro de diez años.
—A ti ya te pasa y no han hecho falta diez años —dijo Irene.
Rubén la miró.
—Gracias, mamá. Me ayudas muchísimo.
La conversación siguió sin necesidad de buscar temas.
Un huésped había pedido cambiar de habitación porque había encontrado una araña en el baño.
Otro había preguntado aquella mañana si la niebla solía aparecer siempre a la misma hora.
Al parecer, uno podía cruzar media España para llegar a una montaña y acabar preguntando si la niebla tenía horario.
José Luis creyó que Clara estaba exagerando.
—Te lo juro —dijo ella—. Me preguntó si había algún horario.
—¿Y qué le dijiste? —preguntó José Luis.
—Que dependía del tiempo.
—Menos mal —dijo Antonio.
Clara sonrió.
—Pensé en decirle que del ayuntamiento.
Amalia negó lentamente con la cabeza. José Luis se rió. Fue entonces cuando se dio cuenta de que llevaba bastante rato sin pensar en Timoteo.
Ni en la puerta del fondo.
Ni en el sobre. Era difícil reconciliar aquella escena con la imagen que había ido construyendo durante las últimas cuarenta y ocho horas.
Antonio terminando de cenar mientras revisaba mentalmente reservas.
Irene levantándose cada vez que alguien llamaba desde el comedor.
Rubén con dolor de espalda por haber estado trabajando toda la tarde.
Clara discutiendo con su abuela por el teléfono. Amalia vigilando que todos comieran aunque fingiera no hacerlo. No parecían personas que escondieran nada. Parecían cansadas. Y acostumbradas unas a otras.
—¿Y tú qué haces? —preguntó Irene.
José Luis tardó un segundo en darse cuenta de que hablaba con él.
—¿Yo?
—Sí. Antonio dice que has venido solo a buscar setas.
—Suena triste cuando lo dices así.
Rubén sonrió.
—Un poco.
—Trabajo en Madrid. Tenía unos días y necesitaba salir.
—Eso sí lo entiendo —respondió Irene.
—¿Y familia tienes? —preguntó Amalia.
La pregunta llegó con la naturalidad de quien no considera que preguntar por la familia sea meterse donde no la llaman. José Luis bebió antes de responder.
—Sí.
Amalia esperó un instante. Después siguió cenando.
—Bien.
José Luis sonrió.
—¿Eso era todo?
—¿Qué quieres, que te haga una ficha?
—Nada, nada.
Antonio miró a su madre.
—Mamá, vas a espantar al hombre.
—Pues que coma y se le pasa.
José Luis bajó la vista hacia el plato.
Hasta entonces no había sentido que estuviera dentro de algo privado.
No íntimo, exactamente, sino de ese espacio que una familia construye durante años sin darse cuenta: frases a medias que todos entienden, discusiones que no necesitan resolverse, Irene apartando sin preguntar el plato de Amalia cuando veía que había terminado,
Antonio acercando el pan a Rubén antes de que lo pidiera. Nada preparado.
—¿Quieres vino? —preguntó Antonio.
—Sí, gracias.
Le llenó medio vaso.
—Mañana te levantarás tarde otra vez.
—Hoy tenía una buena excusa.
—¿Cuál?
—Estaba de vacaciones.
—Esa te vale todos los días.
José Luis levantó el vaso.
—Esa es la idea.
Amalia preguntó por uno de los huéspedes que llevaba varios días alojado allí.
Irene respondió que se marchaba a la mañana siguiente.
Antonio comprobó algo en el teléfono y dijo que tenían dos habitaciones libres para el fin de semana.
La conversación era tan ordinaria que empezó a producir en José Luis un efecto extraño.
Le devolvía perspectiva. Había encontrado una carta con un nombre conocido delante de una habitación cerrada. Eso era todo. El resto lo había construido él.
—¿Y el hotel siempre ha sido vuestro? —preguntó.
Antonio asintió.
—De la familia, sí. Aunque ha cambiado mucho.
—Eso se nota.
—¿Para bien o para mal?
—Depende del pasillo.
Irene sonrió.
—Ya ha visto el ala vieja.
—Y tampoco es para tanto —dijo Antonio.
Irene lo miró por encima de las gafas.
José Luis miró el vino.
—La arquitectura es bastante... creativa.
Rubén se rió.
—Esa palabra queda mejor que desastre. Apúntala para la web.
—Se ha ido ampliando cuando se podía —explicó Antonio—. Una parte en una época, otra veinte años después. Luego reformas encima de reformas.
—Eso explica unas cuantas cosas.
—Y provoca otras tantas.
La conversación siguió hacia el hotel. Las tuberías.
Las habitaciones que costaba calentar. Un tejado reparado dos veces.
Una pared que nadie sabía muy bien por qué tenía casi un metro de grosor en una zona concreta del edificio.
José Luis escuchaba sin buscar nada. O intentándolo.
Hasta que Antonio hizo una broma sobre que cualquier día encontrarían a alguien emparedado durante una reforma antigua.
Rubén negó con la cabeza.
—No digas eso delante de un huésped.
—Tiene razón —dijo Irene.
Antonio levantó las manos.
—Vale. Retirado.
Clara miró a José Luis.
—Con el hombre que desapareció ya tuvimos suficiente.
La mesa se quedó más quieta. Antonio apoyó el tenedor.
—Clara.
—¿Qué?
—Nada.
José Luis no dijo nada. Clara comprendió por la expresión de los demás que había abierto una conversación que no tocaba.
—Perdón.
—No pasa nada —dijo José Luis.
Antonio lo miró.
—Le conté esta mañana lo de Timoteo.
—Ah.
Clara recuperó cierta naturalidad.