Níscalos 4 . Ocho años desaparecido
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4 . Ocho años desaparecido

José Luis durmió mal.

No por Timoteo Gamallo.

O, al menos, eso se dijo cuando abrió los ojos a las seis y veintitrés y comprobó que llevaba varios minutos mirando el techo.

Había bebido dos cervezas y aquel licor casero que sabía a hierbas, madera y gasolina.

Había cenado más de la cuenta. La calefacción de la habitación estaba demasiado alta y durante la noche había tenido que sacar una pierna fuera del edredón.

Razones suficientes para dormir mal. Giró sobre la cama. El hotel permanecía en silencio. Cerró los ojos. Entonces lo oyó. Un golpe sordo. No muy fuerte. Procedía de algún punto cercano, probablemente del otro lado de la pared. José Luis esperó.

Nada.

Se acomodó de nuevo. Treinta segundos después llegó otro sonido, más largo.

Algo parecido al roce de un objeto pesado contra una superficie.

Abrió los ojos. La cama estaba apoyada contra uno de los tabiques interiores.

José Luis intentó recordar la distribución del pasillo, pero la arquitectura de La Posada del Tejo era tan irregular que no estaba seguro de qué había exactamente al otro lado.

Escuchó. Un ruido metálico. Después, silencio.

José Luis sonrió en la oscuridad. Tuberías.

La calefacción. Algún empleado empezando demasiado pronto.

Un edificio antiguo tenía su propio repertorio de ruidos y él estaba empezando a convertir cada crujido en otra cosa.

Miró la hora. Las seis y veinticinco. Se dio la vuelta. Volvió a dormirse.

Cuando despertó de nuevo eran casi las nueve. La lluvia había desaparecido.

Abrió las cortinas y encontró un cielo gris claro extendido sobre las montañas.

La niebla se había retirado hasta las cumbres y, por primera vez desde su llegada, podía ver buena parte del valle.

Los bosques descendían por las laderas formando manchas oscuras y rojizas, y entre ellas aparecían caminos tan estrechos que desde aquella distancia parecían arañazos sobre la tierra.

José Luis se quedó unos segundos frente a la ventana. Después recordó el sobre.

Timoteo Gamallo.

Ocho años.

Se apartó. No tenía sentido seguir dándole vueltas. Se duchó, se vistió y bajó. El comedor estaba casi vacío. La pareja mayor no había aparecido todavía y de los dos buscadores de setas solo quedaba uno, inclinado sobre una tostada mientras consultaba el teléfono. José Luis se sirvió café.

—Buenos días.

La voz llegó desde detrás. Se volvió. Era Antonio.

Llevaba una camisa de cuadros con las mangas remangadas y un manojo de llaves sujeto al cinturón.

De cerca parecía algo mayor de lo que José Luis había calculado: quizá cincuenta y pocos.

Tenía el pelo gris en las sienes, manos grandes y la clase de rostro que podía parecer serio incluso mientras sonreía.

—Buenos días.

—¿Qué tal las setas?

—Sigo vivo.

—Entonces eran buenas.

José Luis levantó la taza.

—De momento.

Antonio rió y cogió una taza limpia para servirse café.

—¿Hoy vuelves al monte?

—Esa era la idea.

—Hace mejor día.

—Precisamente por eso tengo miedo de encontrarme a media provincia buscando setas.

—Media provincia ya está allí.

—Estupendo.

Antonio añadió azúcar al café y se apoyó en el mueble donde estaban las jarras de leche. José Luis untó mantequilla en una tostada. Podría haber dejado pasar el momento. De hecho, llegó a decidir que lo haría. Pero la pregunta llevaba dando vueltas desde la noche anterior.

—Oye, Antonio.

—Dime.

—Ayer encontré una cosa un poco rara.

Antonio siguió removiendo el café.

—Aquí tenemos varias.

—Un sobre.

La cucharilla se detuvo. Solo un instante.

—¿Un sobre?

—En el pasillo de la otra ala.

—Ah.

Antonio dejó la cucharilla sobre el plato.

—Igual se le cayó a alguien.

—Eso pensé.

José Luis bebió café.

—Ponía Timoteo Gamallo.

Antonio no reaccionó de inmediato. Miró hacia él. Después hacia el comedor.

—¿Timoteo Gamallo?

—Sí.

José Luis mantuvo el tono ligero.

—Me sonaba el nombre.

Antonio sostuvo la taza entre las manos.

—Es posible.

—¿Era de aquí?

—No.

—Entonces lo conocisteis en el hotel.

Aquello no había sonado exactamente a pregunta. Antonio lo miró. José Luis se dio cuenta. Demasiado tarde. Intentó arreglarlo.

—Quiero decir, si me suena será porque salió en prensa o algo así.

La expresión de Antonio se relajó.

—Ah.

Bebió un poco.

—Sí. Salió bastante.

José Luis esperó. Antonio no continuó.

—¿Qué pasó?

—Desapareció.

La palabra quedó suspendida entre ambos con una sencillez casi decepcionante. José Luis dejó la tostada sobre el plato.

—¿Aquí?

—Mientras estaba alojado aquí.

—Joder.

Antonio asintió.

—Hace años.

—¿Cuántos?

—Ocho, creo.

José Luis lo sabía. No debería haber preguntado tan deprisa.

—¿Y nunca apareció?

—No.

Antonio bebió café. Su voz había perdido parte del tono de broma, pero no había nada defensivo en ella. Parecía simplemente alguien contando un episodio desagradable del pasado.

—¿Dejó el coche?

Antonio levantó ligeramente las cejas. José Luis lo supo en cuanto terminó de formular la pregunta. Demasiado precisa. Se había prometido no enseñar demasiado pronto qué cosas conocía. Acababa de hacerlo.

—Sí —respondió Antonio al cabo de un momento—. El coche estaba aquí.

—Eso tuvo que complicarlo todo.

—Bastante.

Antonio se sentó en la mesa de al lado con la taza.

—Imagínate. Un huésped desaparece, sus cosas siguen arriba y el coche no se ha movido.

José Luis bajó la vista hacia su café.

—¿También dejó el teléfono?

Antonio lo observó. Un segundo. Quizá dos.

—Sí.

José Luis asintió. No añadió nada. Antonio sí.

—Tú recuerdas bastante bien el caso.

—Recuerdo algunas cosas.

—Hace un minuto solo te sonaba el nombre.

José Luis levantó los ojos. Ahí estaba. La primera pregunta verdaderamente dirigida hacia él.

—Una cosa no quita la otra.

Antonio sonrió ligeramente.

—No.

José Luis cogió la tostada.

—Además, si alguien desaparece dejando coche, equipaje y teléfono, es de esas cosas que se te quedan.

—Eso sí.

El tono de Antonio volvió a relajarse. O pareció hacerlo.

—Tiene que ser una pesadilla para un hotel —dijo José Luis.

Antonio dejó escapar el aire por la nariz.

—No te haces una idea.

—Policía, periodistas...

—Policía, Guardia Civil, familia, periodistas, curiosos. Durante semanas parecía que aquí había ocurrido un asesinato.

—¿Y no ocurrió?

Antonio levantó la cabeza. José Luis sostuvo su mirada. Otra vez. Demasiado exacto. Antonio no respondió inmediatamente. Después sonrió, aunque esta vez había menos humor en el gesto.

—Que sepamos, no.

José Luis apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Perdona. No quería convertir el desayuno en un interrogatorio.

—Tranquilo.

—Tengo ese defecto.

—Ya lo veo.

José Luis sonrió.

—Me gustan las historias raras.

—Hasta que te pasan en casa.

—Imagino.

El teléfono de recepción comenzó a sonar. Antonio miró hacia allí. Una vez.

Dos.

Tres.

Se levantó.

—Ahora vuelvo.

Cruzó el comedor y descolgó.

—La Posada del Tejo, buenos días.

José Luis terminó la tostada mientras Antonio hablaba sobre una reserva para el fin de semana siguiente. Dos habitaciones. Cuatro adultos. No, animales no había problema mientras no subieran a las camas. Sí, desayuno incluido. Nada podía ser más normal. Cuando colgó regresó con la taza.

—La policía contempló de todo —continuó, como si la conversación no se hubiera interrumpido—. Que se marchara voluntariamente. Que alguien lo recogiera. Que hubiera tenido un accidente. Que se hubiera metido en el monte.

—¿Buscaron mucho?

—Durante días.

—¿Por la zona?

—Por todas partes.

Antonio señaló vagamente hacia las montañas.

—Monte, carreteras, barrancos, pueblos cercanos. Lo normal en una desaparición así.

José Luis asintió.

—¿Y ninguna pista?

—Nada que sirviera.

—¿Las cámaras del hotel tampoco?

Antonio dejó lentamente la taza. Esta vez no hizo falta que dijera nada. José Luis lo notó. Aquella pregunta había sido distinta. Demasiado concreta.

—¿Teníais cámaras entonces? —añadió, intentando rebajarla.

Antonio lo miró con atención.

—Alguna.

—¿Y?

—¿Y qué?

—Si grabaron cómo salió.

Antonio mantuvo los ojos sobre él.

—No.

—¿No grabaron nada?

—No grabaron a Timoteo saliendo.

José Luis sintió un pequeño peso en el estómago.

—Entonces tuvo que salir por algún sitio que no cubrían.

Antonio sonrió. Muy poco.

—O no salió andando.

José Luis no respondió. La frase podía significar demasiadas cosas. Antonio cogió la taza.

—Eso también lo pensó la policía.

—Claro.

—¿Tú qué piensas?

Ahora fue José Luis quien tardó en responder.

—Que no tengo ni idea.

—Buena respuesta.

—Es la única que tengo.

Antonio bebió. El silencio entre ambos duró apenas unos segundos, pero fue distinto a los anteriores. José Luis lo rompió.

—¿En qué habitación estaba?

Antonio respondió sin necesidad de pensarlo.

—En la del fondo.

José Luis bajó lentamente la taza.

—La de las humedades.

—Esa misma.

—Vaya.

Antonio se encogió de hombros.

—Le tocó esa.

José Luis miró hacia las escaleras. El sobre. El nombre escrito a mano. Timoteo Gamallo.

—¿La policía la registró?

Antonio lo miró.

—Claro.

—¿Encontraron algo?

—No.

La respuesta llegó tranquila.

—Nada.

—Nada.

Antonio se levantó con su taza.

—Por eso sigue siendo una desaparición.

José Luis asintió. Tenía sentido. Todo lo que Antonio acababa de contar tenía sentido. Y, sin embargo, el nombre escrito en aquel sobre seguía sin encajar en ninguna parte. Antonio recogió el plato.

—¿Alguna pregunta más, inspector?

José Luis sonrió.

—Una.

—A ver.

—¿Dónde están hoy los buenos boletus?

Antonio soltó una carcajada.

—Eso sí que no te lo voy a contar.

La tensión desapareció. O volvió a esconderse. José Luis terminó el café. Antes de marcharse, Antonio se detuvo.

—Por cierto.

—¿Sí?

—Si vuelves a encontrar algo por los pasillos, déjalo en recepción.

La frase sonó completamente razonable. Lo era. José Luis asintió.

—Claro.

Antonio desapareció en la cocina. José Luis permaneció sentado unos segundos.

No sabía si acababan de pedirle simplemente que entregara los objetos perdidos donde correspondía o si Antonio quería saber exactamente qué había encontrado.

Probablemente lo primero. Se levantó. Subió.

En el primer piso se obligó a girar hacia su habitación. No hacia la otra ala.

Entró en la 5 y cerró. Se quedó apoyado contra la puerta un momento. No tenía miedo.

Todavía no.

Lo que sentía era otra cosa. Una incomodidad difícil de colocar. Se quitó la chaqueta y abrió la mochila sobre la cama. Iba a salir. Eso era también lo que había venido a hacer. Monte. Setas. Unos días sin pensar demasiado. Sacó las bolsas, la botella de agua y el pequeño botiquín.

Entonces oyó un ruido. Se detuvo. Procedía de la pared situada detrás de la cabecera.

El mismo sonido de la madrugada. Un golpe amortiguado.

Después otro. José Luis dejó la botella sobre la cama.

Esperó. Algo se desplazó al otro lado del muro.

No parecía una conversación. Tampoco una televisión.

Era un sonido grave e irregular, como algo pequeño y pesado moviéndose sobre una superficie que no era completamente lisa.

Duró cinco o seis segundos. Se detuvo. José Luis se acercó. Apoyó la mano sobre la pared. Fría. Esperó.

Nada.

Golpeó suavemente con los nudillos. El sonido fue seco.

Muro grueso. Se apartó. Podían ser tuberías, conductos, algún espacio muerto creado por una de aquellas reformas mal encajadas.

No tenía ninguna importancia. Terminó de preparar la mochila.

Cuando estaba guardando el teléfono, este vibró.

Un mensaje. Lo leyó, respondió y volvió a guardarlo.

Después abrió la puerta. En el pasillo se encontró con Antonio. Casi chocaron.

—Perdona.

—Nada.

Antonio llevaba una carpeta negra bajo el brazo.

—¿Al monte?

—Sí.

—Hoy tendrás más competencia.

—Ya me lo has dicho.

—Lo digo para que luego no llores.

José Luis cerró la habitación. Antonio miró fugazmente el número de la puerta.

El cinco.

Nada extraño. Trabajaba allí. Sabía qué habitación ocupaba cada huésped.

—Por cierto —dijo José Luis—. La pared hace unos ruidos rarísimos.

—¿Qué pared?

José Luis señaló hacia el interior.

—La del cabecero.

Antonio respondió enseguida.

—La calefacción.

—Eso pensé.

—En esta parte da bastante guerra.

—Mientras caliente.

—Calienta.

Antonio comenzó a alejarse. José Luis lo observó.

—¿Qué hay detrás de esa pared?

Antonio se detuvo. Giró.

—¿Detrás?

—Sí.

—Nada que te interese.

José Luis arqueó ligeramente una ceja. Antonio sonrió.

—Muros, conducciones, mierda de obra vieja. Ya te dije que esto se construyó a trozos.

—Ah.

—Si te molesta mucho el ruido, te cambiamos.

—No hace falta.

—Tú mismo.

Antonio siguió andando. José Luis permaneció frente a la habitación.

Muros, conducciones, mierda de obra vieja.

Una explicación bastante buena. Entró otra vez. No sabía por qué. Se acercó a la cabecera y apoyó la palma exactamente donde la había apoyado antes.

Nada.

Esperó.

Nada.

Se sintió bastante imbécil. Retiró la mano. Entonces, al otro lado del muro, sonó un clic. José Luis se quedó quieto. Otro. Muy pequeño. Después algo rozó la pared. Justo frente a él. No unos metros más allá. No arriba. No abajo. Allí. A la altura de su pecho. Mantuvo la mirada fija en el yeso.

El sonido cesó. Esperó unos segundos.

—¿Hola?

Se arrepintió en cuanto lo dijo. Nadie respondió. José Luis rió por lo bajo.

—Muy bien.

Cogió la mochila. Salió. Cerró la habitación con la llave y caminó hacia la escalera.

No llegó a verla. Apenas había avanzado unos metros cuando, detrás de él, se escuchó otro clic.

Se volvió. El pasillo estaba vacío. La puerta de la habitación 5 permanecía cerrada.

José Luis la miró unos segundos. Después continuó andando.

Al otro lado de la pared, algo volvió a moverse.