3 . Timoteo Gamallo
José Luis regresó al hotel poco después de las cinco, con barro hasta media pantorrilla y una sonrisa que no había llevado puesta por la mañana.
La lluvia había terminado alrededor del mediodía y el bosque le había devuelto el favor.
No había encontrado ninguna barbaridad, pero sí lo suficiente para considerar bien aprovechado el día: varios níscalos sanos, dos boletus que había revisado tres veces antes de guardarlos y un puñado de ejemplares que había fotografiado sin recoger porque no estaba completamente seguro de lo que
eran.
Había pasado casi cuatro horas caminando entre pinos, agachándose, levantándose, apartando hojas y perdiendo de vista el coche más veces de las que estaba dispuesto a reconocer.
El aire del exterior empezaba a enfriarse con rapidez.
La niebla se había retirado de las zonas bajas, pero continuaba colgada de las partes altas de las montañas, atrapada entre los árboles como humo.
Las nubes dejaban pasar una luz amarilla y débil que anunciaba el final de la tarde mucho antes de que llegara.
Sacó la mochila del maletero y después la cesta.
Entró. La temperatura del vestíbulo le golpeó la cara.
Olía a madera, café recién hecho y al fuego de la chimenea del salón.
Había varias chaquetas húmedas colgadas junto a la entrada y dos pares de botas sobre una bandeja de plástico destinada, seguramente, a evitar que los huéspedes arrasaran la moqueta.
—Eso tiene mejor pinta de lo que esperaba.
José Luis levantó la cesta. Uno de los hombres que había visto durante el desayuno estaba sentado cerca de la chimenea con una cerveza entre las manos. Su compañero ocupaba el sillón de enfrente.
—No ha ido mal.
—¿Dónde has estado?
—Por la pista que sube hacia el barranco.
El hombre hizo una mueca.
—Demasiada gente.
—Pues yo no he visto a nadie.
—Porque todos sabemos dónde están las buenas.
José Luis dejó escapar una carcajada.
—Eso significa que no me lo vas a decir.
—Significa que antes te digo dónde tengo la cuenta del banco.
Su compañero levantó la botella desde el sillón.
—No le hagas caso. Este no encuentra una seta ni aunque le salga debajo de la cama.
La conversación continuó unos minutos. Hablaron de lluvias, temperaturas y de una temporada que, según ellos, había empezado peor que la anterior.
José Luis dejó la cesta sobre una mesa para enseñarles uno de los boletus y terminó escuchando una discusión sobre si el bosque estaba demasiado seco a finales de verano o si simplemente la gente recogía cualquier cosa antes de que pudiera crecer.
Todo era agradable.
Normal.
Cuando consiguió liberarse de los dos expertos improvisados, estaba deseando ducharse. En recepción no había nadie. Cargó de nuevo con sus cosas y empezó a subir por la escalera principal, pero al segundo peldaño miró sus botas. Había dejado dos pequeñas manchas de barro sobre el suelo.
—Joder.
Volvió atrás. Junto a la entrada había un cepillo metálico para limpiar el calzado. Se entretuvo un rato intentando quitar lo peor, pero el barro se había metido en las ranuras de las suelas y terminó rindiéndose. Cogió las botas con una mano, la cesta con la otra y se quedó en calcetines.
Fue entonces cuando recordó la otra escalera. Estaba más cerca y aquella mañana había descubierto que ambos sectores del hotel comunicaban por arriba. Si seguía el corredor hasta el final, podría llegar a su habitación sin volver a cruzar el vestíbulo cargado con todo. Subió.
La luz de aquella parte del hotel había cambiado con respecto a la mañana.
A esas horas apenas entraba claridad por las ventanas y las lámparas de pared proyectaban círculos amarillentos sobre la textura irregular de los muros.
Las fotografías antiguas parecían más oscuras.
Los cristales devolvían reflejos del pasillo en lugar de mostrar con claridad las imágenes.
José Luis avanzó en calcetines, cargado como un idiota. Pasó por la 12. Después por la 13. Al llegar al giro del corredor reconoció el tramo de aquella mañana.
Catorce.
Quince.
Dieciséis.
Y, al fondo, la puerta sin número.
Esta vez no fue la puerta lo que llamó su atención.
Fue algo blanco sobre la moqueta. José Luis siguió caminando hasta quedar a pocos metros.
Era un sobre. Estaba delante de la habitación, aunque no pegado al centro de la puerta como habría esperado de una carta dejada allí expresamente.
Había quedado algo ladeado, cerca del marco, con una esquina doblada sobre sí misma.
Podía habérsele caído a cualquiera. José Luis habría seguido de largo de no haber visto que había algo escrito.
Dejó la cesta en el suelo. Se agachó. El sobre era pequeño, de papel color crema.
No tenía sello, matasellos ni dirección.
En el centro solo aparecía un nombre escrito a mano. Se quedó inmóvil.
Timoteo Gamallo.
Durante un instante desaparecieron el peso de las botas, el olor húmedo de su ropa y las ganas de meterse bajo el agua caliente.
Miró otra vez. No había leído mal. Notó un latido seco en la garganta.
El papel era nuevo. O al menos lo parecía.
Estaba limpio, salvo por una pequeña mancha cerca de una esquina, y la tinta conservaba un negro intenso.
José Luis conocía aquel nombre. Y precisamente por eso algo no encajaba.
Ocho años.
Habían pasado ocho años. Se incorporó con el sobre en la mano. La primera explicación apareció casi de inmediato. Otro hombre.
Otro Timoteo Gamallo.
No era un nombre imposible. Timoteo no era frecuente, pero tampoco único. Gamallo tampoco era precisamente un apellido extraordinario. Bajó la vista. No había nada más escrito. Ningún número. Ninguna dirección.
Solo el nombre.
José Luis levantó lentamente los ojos hacia la puerta. El sobre estaba justo delante de la única puerta del pasillo a la que alguien había arrancado la placa. Aquello complicaba un poco la coincidencia.
No la usamos.
Recordó la explicación de aquella mañana.
Humedades.
Miró el pasillo. Nadie. La reacción más sensata era dejar el sobre donde estaba. Así lo hizo. Lo colocó aproximadamente en la misma posición y volvió a coger la cesta. Entonces oyó una puerta cerrarse abajo. Unos segundos después llegaron pasos por la escalera. José Luis siguió andando.
Irene apareció en el corredor cargando una caja de botellas de agua. Llevaba el cabello corto algo revuelto y la misma expresión práctica con la que parecía moverse siempre por el hotel. Al verlo descalzo, con las botas colgadas de una mano y la cesta en la otra, lo observó divertida.
—Vas bien preparado.
José Luis miró sus calcetines.
—Estoy intentando conservar vuestra moqueta.
—Pues eres el primero.
Dejó la caja un momento sobre una pequeña mesa para cambiarla de brazo.
—Puedes entrar con las botas. Para eso está la aspiradora.
—Con las que llevo necesitaríais una excavadora.
Irene soltó una risa corta. Al pasar junto a él miró la cesta.
—¿Has encontrado algo?
—Alguna cosa.
—A ver.
José Luis la inclinó ligeramente para que pudiera verla.
—Buenos níscalos.
—Eso espero.
Ella señaló uno de los boletus.
—Ese también está bien.
—Me tranquiliza que lo digas.
—¿Por qué?
—Porque llevo toda la tarde intentando convencerme de que sé lo que hago.
—Con las setas, el día que estés demasiado seguro es cuando tienes que preocuparte.
Cogió otra vez la caja. José Luis se apartó para dejarla pasar.
Irene avanzó hacia las habitaciones. Durante un momento, él siguió caminando en dirección contraria.
Después oyó el pitido de una tarjeta electrónica.
No miró. Supuso que habría entrado en una de las habitaciones.
Encontró los cuatro escalones que comunicaban con el ala vieja y, pocos minutos después, estaba de vuelta en la 5.
Dejó las botas en el baño, la cesta junto al escritorio y se quitó la chaqueta.
Entró directamente en la ducha. El agua caliente le devolvió poco a poco la sensación en los dedos de los pies.
Se quedó varios minutos bajo el chorro pensando en la caminata, en qué haría al día siguiente y en si tendría sentido volver a la misma zona del bosque o probar suerte en otro sitio.
Pero, de vez en cuando, el nombre regresaba. No la puerta. El nombre.
Timoteo Gamallo.
José Luis cerró el grifo. Se secó, se puso ropa limpia y empezó a revisar las setas. Separó las que quería conservar, dejó aparte tres níscalos pequeños y guardó el resto en bolsas de papel. No consiguió quitárselo de la cabeza.
Ocho años.
Quizá era otro. La explicación seguía siendo perfectamente posible. Incluso probable. Se sorprendió intentando recordar si Gamallo tenía familia, algún hijo, un hermano, alguien con el mismo nombre. Cortó el pensamiento. No tenía sentido.
A las siete bajó a cenar. El comedor estaba más animado que durante el desayuno.
La pareja mayor ocupaba la misma mesa junto a la ventana y los dos buscadores de setas habían incorporado a un tercer hombre a su conversación.
José Luis eligió una mesa pequeña contra la pared.
Rubén se acercó con la carta del restaurante.
—¿Algo de beber?
—Una cerveza.
—¿Grande?
—Hoy me la he ganado.
—Eso dicen todos los que vuelven del monte.
José Luis pidió carne guisada y preguntó si podían hacer algo con los níscalos que había bajado.
—Si son tuyos, cocina te los prepara sin problema.
—¿No os da miedo que os envenene a todos?
—Mi abuela no se fía ni de su sombra. Si no los reconoce, no los toca.
Dejó las setas en un plato que llevaron expresamente para ello.
La cena fue buena. Durante un rato consiguió olvidarse del pasillo.
Bebió otra cerveza, habló con los hombres de la mesa cercana y terminó aceptando probar un licor casero que uno de ellos había comprado en un pueblo de la zona.
Cuando miró la hora eran casi las nueve y media.
Subió por la escalera principal. Ya en la primera planta, se detuvo.
Su habitación quedaba a la izquierda. La otra ala, a la derecha.
Permaneció quieto unos segundos. Aquello era absurdo.
Giró a la derecha. No porque quisiera ponerse a investigar allí mismo, se dijo.
Solo quería comprobar una cosa. Recorrió el pasillo hasta los cuatro escalones y descendió al ala nueva.
Las lámparas estaban encendidas. No se oían voces.
Llegó a la 14. Después a la 15. La 16. Miró hacia el fondo.
El sobre había desaparecido. José Luis no avanzó.
Se quedó donde estaba. Podía haberlo recogido cualquier empleado.
Eso era todo. Alguien lo había encontrado en el suelo y lo había retirado.
Perfectamente normal. Dio media vuelta. Entonces oyó algo. Un sonido corto y metálico a su espalda. Como una cerradura. José Luis volvió la cabeza. El corredor estaba vacío. La puerta del fondo permanecía cerrada. Esperó.
Nada.
Volvió a su habitación. Encendió la televisión y se tumbó sobre la cama, pero apenas prestó atención a lo que aparecía en la pantalla. Intentó reconstruir el sobre en su memoria. Papel crema. Tinta negra. El nombre en el centro. Solo el nombre.
Se preguntó si realmente había visto lo que creía haber visto. Quizá había leído demasiado deprisa. Quizá el apellido no era Gamallo. Podía haber sido Oliver. Olmedo. Cualquier cosa. Se incorporó.
No.
Era Gamallo. Lo sabía.
Y sabía perfectamente quién era Timoteo Gamallo.
Eso era precisamente lo que no quería pensar.
José Luis apagó la televisión. Fuera, el viento movió las ramas de algún árbol contra la fachada.
Ocho años eran demasiado tiempo. Demasiado para una carta nueva.
Demasiado para una coincidencia que acababa exactamente delante de aquella puerta.
Se tumbó y apagó la lámpara. La habitación quedó a oscuras.
Durante un rato permaneció mirando el techo. Lo extraño no era encontrar el nombre de Timoteo Gamallo. Lo extraño era que, ocho años después, alguien todavía tuviera algo que decirle.