2 . La puerta del fondo
José Luis despertó antes de que sonara la alarma.
Tardó unos instantes en recordar dónde estaba.
Miró el techo blanco, la franja gris de claridad que entraba entre las cortinas y el radiador de hierro junto a la pared, que llevaba toda la noche soltando pequeños chasquidos metálicos.
Después oyó la lluvia contra la ventana y recordó el hotel, la carretera entre montañas y los bosques que había venido a recorrer.
Se quedó tumbado un poco más. Había dormido bien. Mejor de lo que esperaba, en realidad.
La habitación 5 no tenía nada especial. Una cama doble demasiado grande para una sola persona, una colcha gris, un escritorio bajo la ventana, un armario antiguo y un baño que parecía bastante más reciente que el resto de la habitación.
Olía a limpio y a madera caliente. Si uno ignoraba la lluvia y el color apagado de la mañana, podía ser cualquier alojamiento rural de cualquier pueblo de montaña.
José Luis apartó las cortinas. El Maestrazgo había desaparecido.
La niebla cubría buena parte de la ladera y apenas permitía distinguir los primeros árboles.
Las gotas resbalaban por el cristal formando caminos torcidos que se cruzaban, se separaban y terminaban muriendo en el marco de madera.
Consultó el tiempo en el teléfono. Lluvia durante al menos dos horas.
Después, según la aplicación, una ventana de cielo cubierto hasta primera hora de la tarde.
Perfecto para las setas. No tanto para empezar temprano. Se duchó, se vistió y bajó a desayunar.
A aquella hora La Posada del Tejo parecía distinta a como la había visto la tarde anterior.
Más pequeña. Más doméstica. Desde algún lugar llegaba el ruido de platos y una radio encendida a volumen bajo.
Olía a café, pan tostado y algo dulce que José Luis no supo identificar.
En el comedor había una pareja mayor junto a una ventana y dos hombres vestidos con ropa de monte en una mesa cercana a la chimenea.
Uno tenía las botas embarradas hasta los tobillos.
Aquello le tranquilizó de una forma absurda.
Competencia. Se sirvió café y se sentó. Durante el desayuno escuchó conversaciones sin prestarles demasiada atención.
El tiempo. Los caminos. Un jabalí visto la noche anterior cerca de la carretera.
Rubén entró con una cesta de pan, preguntó si todo estaba bien y bromeó con los dos hombres sobre que, si encontraban demasiados níscalos, el hotel aceptaba pagos en especie.
Rieron. José Luis también.
No había nada en aquella familia que llamase la atención precisamente porque parecían haber nacido para aquel lugar.
Se movían por el hotel sin esfuerzo, entrando y saliendo de puertas que los huéspedes apenas veían, recogiendo una taza al pasar, respondiendo al teléfono de recepción o desapareciendo durante unos minutos para regresar cargados con toallas.
Había una eficiencia desordenada, familiar, de esas que solo funcionan porque cada uno sabe lo que tiene que hacer sin necesidad de explicárselo a los demás.
Terminó el segundo café y volvió a mirar por la ventana. Seguía lloviendo. Decidió subir a por la mochila, preparar las cosas con calma y esperar. Fue entonces cuando vio la escalera.
No era la escalera por la que había subido la tarde anterior, sino otra más estrecha situada después del corredor que partía de recepción.
La había visto al llegar, aunque no se había fijado demasiado.
Un hotel antiguo estaba lleno de escaleras, puertas y ampliaciones mal encajadas.
La Posada del Tejo, además, parecía haber crecido precisamente de esa manera: primero el caserón de piedra, luego un ala, después otra construcción pegada a la parte posterior y, finalmente, pequeñas reformas que intentaban convencer al conjunto de que siempre había sido así.
José Luis se detuvo. Desde donde estaba podía ver la parte inferior de los peldaños.
Subían. Miró hacia recepción. No había nadie.
No se planteó que estuviera haciendo nada raro.
Ni siquiera tenía muy claro por qué decidió utilizar aquella escalera en lugar de la principal.
Quizá porque suponía que acabaría llevándolo igualmente a las habitaciones. Quizá porque estaba allí.
Subió.
La escalera desembocaba en un pasillo más estrecho que el de su habitación.
La moqueta era de otro color, marrón oscuro en vez de gris, y las paredes conservaban una textura rugosa que había desaparecido de las zonas renovadas.
Había fotografías antiguas del paisaje: montañas nevadas, una masía, una plaza con coches que debían de tener cuarenta o cincuenta años.
Las primeras dos puertas quedaban en un tramo lateral del corredor.
Doce.
Trece.
Después el pasillo giraba ligeramente y se abría hacia la fachada trasera del edificio.
Catorce.
Quince.
Dieciséis.
Al fondo había una última puerta. José Luis se acercó. Sobre la madera quedaba un rectángulo ligeramente más claro y dos pequeños agujeros donde, tiempo atrás, había estado atornillada una placa.
No había número. Ninguna identificación.
Alguien la había retirado. José Luis miró la marca unos segundos. La puerta tampoco era exactamente igual que las demás.
Las habitaciones anteriores tenían una cerradura electrónica instalada sobre la madera antigua.
Aquella conservaba una cerradura convencional.
Debajo del pomo había otro cierre, más reciente, y en el marco se distinguían capas de pintura de diferentes épocas.
Nada especialmente raro. Un hotel viejo terminaba acumulando remiendos. No había ningún cartel de «privado».
Tampoco de «fuera de servicio». Simplemente estaba cerrada.
José Luis miró hacia atrás. El pasillo vacío parecía mucho más largo desde allí.
Oyó una puerta cerrarse en algún piso inferior y el sonido apagado de una voz, pero nadie apareció.
Por un momento sintió esa incomodidad absurda que provoca encontrarse en una parte de un edificio donde uno no sabe si debería estar.
No estaba entrando en ningún sitio prohibido.
Era un pasillo de habitaciones. Él era un huésped.
Aun así, decidió no seguir curioseando. Antes de marcharse se fijó en una de las fotografías de la pared.
Mostraba el hotel muchos años atrás. Reconoció el caserón central por las ventanas y el tejado, pero faltaba la parte del edificio en la que se encontraba.
En su lugar había terreno en pendiente, dos árboles enormes y una construcción baja de piedra.
Así que aquella ala era posterior. Eso explicaba las diferencias.
Se acercó a la ventana del final del pasillo.
Desde allí se veía la parte trasera de La Posada del Tejo: el almacén de leña, una construcción baja pegada a las cocinas y, algo más lejos, una escalera metálica exterior.
Desde aquella altura el hotel parecía aún más improvisado.
Tejados unidos a otros tejados. Muros de distintos grosores.
Bajantes que desaparecían detrás de ampliaciones.
Aquello sí que era arquitectura rural. Volvió sobre sus pasos. Al pasar de nuevo frente a la puerta del fondo reparó en dos marcas paralelas sobre la moqueta, apenas visibles, como si en algún momento hubieran arrastrado un mueble pesado. Una cama. Un armario. Cualquier cosa. Siguió andando.
—¿Te has perdido?
José Luis se volvió. Antonio estaba al otro extremo del corredor. No parecía enfadado. Ni sorprendido. Solo llevaba unas sábanas dobladas entre los brazos y lo miraba con una sonrisa cansada.
—Un poco —reconoció José Luis.
—La escalera de huéspedes es la otra.
—Ya me he dado cuenta.
Antonio avanzó hacia él. José Luis señaló despreocupadamente la pared.
—Estaba mirando las fotos.
—Hay algunas de cuando esto no era ni hotel.
—Eso estaba viendo.
Antonio dejó las sábanas sobre una pequeña mesa auxiliar y observó la fotografía que José Luis acababa de estudiar.
—Mi abuelo decía que aquello era mejor.
—¿Sin turistas?
—Sin facturas.
José Luis soltó una carcajada. Antonio también. Todo volvió inmediatamente a su sitio. El hotel familiar. La mañana de lluvia. Dos desconocidos hablando de reformas. Señaló con la barbilla hacia el fondo.
—¿Esa parte la construisteis después?
—Sí. Bastante después. Aquí se ha ido haciendo todo a trozos. Se nota demasiado, ¿verdad?
—Un poco.
—No se lo digas al arquitecto.
—No pienso arruinarle el día.
Antonio recogió las sábanas. José Luis miró una vez hacia la puerta del fondo.
—¿Y esa habitación?
—¿La del fondo?
—Sí.
—No la usamos.
—¿Está estropeada?
—Humedades.
La respuesta llegó con total naturalidad. José Luis asintió. En un edificio como aquel, las humedades no solo eran posibles. Eran casi obligatorias.
—Una putada en un hotel de montaña.
—No sabes cuánto.
Antonio pasó junto a él y empezó a abrir la habitación 14. La conversación había terminado. José Luis dio un par de pasos hacia la escalera. Se obligó a dejarlo ahí. Había decidido no hacer más preguntas de la cuenta tan pronto.
—Pues suerte con ella.
—Más que suerte necesito dinero.
José Luis rió.
—Eso también.
Bajó. Cinco minutos después ya había olvidado casi por completo la puerta.
Subió a su habitación por la escalera correcta, preparó la mochila y extendió sobre la cama una pequeña navaja, bolsas de papel, una botella de agua, el chubasquero y el resto del material.
Consultó de nuevo el radar meteorológico. La lluvia estaba perdiendo intensidad.
Tenía marcados varios pinares y dos caminos que quería explorar.
Uno de ellos quedaba a menos de quince minutos en coche.
Si dejaba de llover pronto, todavía podía aprovechar casi toda la mañana.
Guardó el teléfono. Se puso las botas y bajó.
Irene estaba en recepción hablando por teléfono mientras apuntaba algo en un cuaderno.
Al verlo, levantó un dedo pidiéndole un momento.
—Sí —decía—. Solo hasta el domingo.
Escuchó.
—No, todavía no.
Otra pausa.
—Te digo algo luego.
Colgó.
—Perdona.
—Nada.
—¿Te vas al monte?
José Luis levantó ligeramente la mochila.
—Esa es la idea.
Ella miró hacia la puerta principal.
—Con este tiempo vas a encontrar de todo.
—Eso espero.
—Ten cuidado con los caminos de abajo. Cuando llueve se ponen bastante mal.
José Luis le enseñó una pista forestal que había marcado en el mapa y ella se inclinó sobre el mostrador para verla.
Le explicó dónde podía dejar el coche, qué desvío debía evitar y dónde se había desprendido parte de un talud la semana anterior.
Rubén apareció por el corredor de servicio. No dijo nada.
Se acercó al mostrador, dejó unas llaves y un papel doblado junto al teléfono y volvió por donde había venido. Irene continuó hablando sin prestar atención.
—Después de este cruce no sigas lo que diga el GPS —le explicó.
—¿Por qué?
—Porque quiere matarte.
José Luis levantó una ceja. Ella tardó medio segundo en darse cuenta de cómo había sonado.
—El GPS —aclaró.
Los dos rieron.
—Lo tendré en cuenta.
—Te mete por una pista que hace años que casi nadie usa. Sigue recto hasta aquí y luego gira.
—Perfecto.
José Luis guardó el móvil. La mujer añadió algo sobre la hora a la que anochecía y volvió a coger el teléfono. Él se despidió y salió al exterior. El aire estaba helado y olía a tierra mojada. En el aparcamiento había varios coches.
También un todoterreno viejo junto al lateral del edificio y una furgoneta blanca aparcada cerca de la construcción posterior.
No tenían nada particular. La furgoneta estaba sucia, como casi todos los vehículos de aquella zona, y tenía una abolladura sobre una de las ruedas traseras.
José Luis abrió el maletero y guardó la mochila.
Al cerrar levantó la vista hacia el hotel. Reconoció la fachada que correspondía al tramo final del pasillo. Cuatro ventanas. Las tres primeras debían de pertenecer a las habitaciones 14, 15 y 16. La cuarta estaba completamente cubierta por dentro. Probablemente por las obras.
Humedades.
No le dedicó más tiempo. Se metió en el coche, encendió el motor y puso la calefacción.
Cinco minutos más tarde había dejado atrás el hotel.
El bosque empezó a cerrarse alrededor de la carretera.
La niebla se acumulaba entre los pinos y el agua descendía por las cunetas formando pequeños arroyos marrones.
Bajó ligeramente la ventanilla. Entró aire frío. Olía a tierra, resina y hojas mojadas. Sonrió. También para eso había venido.
La puerta del fondo podía esperar.