1. La Posada del Tejo #3
La mantuvo ampliada un momento, intentando encajar unas cubiertas con otras.
Después redujo la imagen y guardó el teléfono.
Continuó caminando.
Encontró dos setas pequeñas junto a la cuneta, se agachó, apartó con cuidado algunas hojas y observó el sombrero y el pie sin tocarlas. Después volvió a cubrir parcialmente la tierra y siguió adelante.
No había ruido de motores.
No se escuchaba ninguna conversación procedente del hotel.
Solo agua cayendo de los árboles, viento moviendo las copas y, de vez en cuando, el golpe seco de alguna piña contra el suelo.
Media hora después regresó.
El aparcamiento ya no estaba igual: había un coche negro que no estaba cuando llegó.
José Luis pasó junto a él y miró la matrícula sin reducir el paso.
A las ocho y media bajó al comedor.
Había ocho mesas y solo tres estaban ocupadas. La pareja francesa cenaba junto a la ventana. Una mujer mayor leía una novela mientras esperaba el primer plato. Dos hombres vestidos con ropa de montaña hablaban en voz baja cerca de la chimenea.
Antonio apareció llevando una botella.
—¿Se perdió?
—No.
—Entonces empieza mal.
—Mañana intentaré esforzarme.
—Esa es la actitud.
Le señaló las mesas.
—Siéntese donde quiera.
José Luis no escogió la mesa más cercana a la salida, sino una desde la que podía ver la puerta del comedor y parte del corredor que comunicaba con recepción.
Antonio dejó una pequeña carta sobre la mesa.
—Tenemos menú, aunque si mi madre ha decidido que hoy come jabalí, probablemente coma jabalí.
—Prefiero no generar un conflicto familiar el primer día.
—Sabia decisión.
Mientras Antonio atendía a la pareja francesa, apareció un joven desde la cocina cargando una bandeja.
Rondaría los treinta. Cabello oscuro, barba corta, camiseta negra debajo de una camisa abierta.
Dejó una cesta de pan y una botella de agua sobre la mesa.
—¿Cinco?
José Luis tardó apenas un segundo en comprender.
—Sí.
—Rubén.
—José Luis.
—Mi padre dice que viene por setas.
—Eso dice.
Rubén señaló vagamente hacia la montaña.
—Mañana vaya hacia el barranco. No hacia arriba. Arriba ya han pasado medio Teruel y media Valencia.
Antonio levantó la voz desde otra mesa.
—¡No le mandes al barranco el primer día!
Rubén ni siquiera se volvió.
—Si sabe de setas, sabe volver.
—¿Y si no?
Rubén miró a José Luis.
—¿Sabe volver?
—Hasta ahora siempre.
—Pues ya está. Tampoco hace falta hacer una reunión.
Se marchó con la bandeja.
José Luis dejó que la mirada recorriera el comedor.
Lo que más llamaba la atención era precisamente que nadie parecía esforzarse por hacer de anfitrión.
Las conversaciones pasaban de una habitación a otra.
Antonio llevaba platos; Irene entraba para resolver alguna cuestión y volvía a desaparecer; Rubén discutía con alguien desde la cocina; Amalia gritaba que habían dejado una puerta abierta.
No había una frontera muy clara entre trabajar allí y vivir allí.
Y eso hacía que el hotel resultara más doméstico que profesional.
Una joven salió de la cocina llevando dos platos.
Antonio apareció detrás de ella.
—Clara, el jabalí de la cinco es aquel.
Ella miró hacia José Luis.
Tendría unos veinticuatro o veinticinco años. Cabello castaño recogido de cualquier manera, sudadera gris y una expresión tranquila que parecía más cansada que seria.
Dejó el plato delante de él.
—No se preocupe. Lo de «jabalí de la cinco» es por la habitación, no una valoración personal.
—Menos mal.
—Aunque acaba de llegar. Déjenos tiempo.
—Pensaba quedarme cuatro noches. Confío en vuestro criterio.
Clara sonrió.
Antonio, que estaba colocando cubiertos en la mesa contigua, dijo:
—José Luis Bustamante. Ha venido desde Madrid exclusivamente para robarnos las setas.
Clara tardó apenas un segundo en apartar la vista del plato. Al oír el apellido, volvió a mirar a José Luis.
Fue solo una pausa.
José Luis la vio.
No supo si había sido sorpresa, reconocimiento o simplemente una asociación absurda. Le habría gustado que fuera la tercera.
No duró lo bastante para preguntárselo sin quedar como un idiota.
—Pues que deje alguna —dijo finalmente.
Después volvió a la cocina.
José Luis la siguió con los ojos hasta que desapareció.
Cortó un trozo de jabalí.
La carne estaba tierna y olía a vino, romero y algo dulce que no supo identificar.
Antonio continuó atendiendo las mesas.
Rubén discutía con Irene sobre una factura.
Amalia gritaba desde la cocina.
Los franceses hablaban en voz baja.
La lluvia volvió a golpear los cristales.
Todo encajaba con lo que se suponía que era La Posada del Tejo: un pequeño hotel familiar perdido entre montañas, una familia trabajando y un hombre que había conducido varias horas para pasar unos días buscando setas.
Había un fuego encendido y una cena caliente mientras fuera empezaba a hacer frío. José Luis bebió un poco de vino.
Al dejar la copa volvió a mirar hacia la puerta por la que Clara había desaparecido. La pausa al escuchar su apellido había sido mínima.
Podía significar muchas cosas.
O ninguna.
José Luis siguió cenando.
Por el momento prefería esa segunda opción.
Que nada significara nada todavía.