1. La Posada del Tejo #2
José Luis había adquirido la costumbre de mirar ciertas cosas que al resto de la gente ni siquiera le parecían cosas.
Se incorporó y miró la pared como si esperara que le devolviera una explicación.
—Muy bien —murmuró.
La pared, naturalmente, no respondió.
Se sentó sobre la cama y comprobó el teléfono.
Había un mensaje de su madre.
¿Has llegado?
José Luis escribió:
Sí. Todo bien. Ya estoy por Teruel. El sitio es precioso.
Dudó antes de adjuntar una fotografía.
No eligió ninguna de las dos que mostraban claramente la fachada del hotel. Buscó la que había tomado desde la carretera unos minutos antes, con el valle, los pinos y apenas una esquina de piedra asomando entre los árboles.
La envió.
Su madre respondió casi inmediatamente.
Ten cuidado por el monte. Y no cojas cosas raras.
José Luis sonrió.
Intento no hacerlo desde que nací.
Aparecieron los tres puntos que indicaban que ella seguía escribiendo.
Llámame algún día.
José Luis leyó el mensaje y entendió perfectamente el significado de «algún día». Su madre quería decir hoy.
Dejó el teléfono sobre la cama sin contestar. Si respondía, probablemente acabarían hablando, y todavía no quería decidir cuánto tendría que mentirle.
Su madre sabía que había decidido pasar unos días solo por el Maestrazgo. Sabía que iba a buscar setas. No sabía mucho más.
Y José Luis prefería que siguiera siendo así.
Fuera, la lluvia comenzó a golpear con más fuerza contra el cristal.
Cuando volvió a bajar había pasado algo más de media hora.
Una mujer estaba detrás del mostrador de recepción revisando una carpeta. Tendría unos cincuenta años, el cabello corto y unas gafas de montura fina apoyadas casi en la punta de la nariz.
Levantó la vista.
—Usted debe de ser José Luis.
—Y usted...
—La que va arreglando las cosas que Antonio deja a medias.
Cerró la carpeta.
—Irene.
—Encantado.
—Igualmente. ¿La habitación está bien?
—Muy bien.
—Si necesita otra manta, almohada o cualquier cosa, me lo dice. Tenemos de sobra.
José Luis se acercó al expositor de folletos situado junto al mostrador. Había rutas senderistas, pueblos de la comarca, arte rupestre, barranquismo y una pequeña guía micológica.
Cogió una de las rutas.
—¿Algún sitio para caminar un poco antes de que anochezca?
Irene miró hacia una ventana.
—Con lo que queda de luz yo no me metería demasiado en el monte si no conoce la zona.
—Solo quiero estirar las piernas.
—Entonces siga la carretera hacia arriba. A unos quinientos metros sale una pista a la izquierda. Puede caminar por allí sin perderse aunque ponga empeño.
—Lo plantea como un desafío.
—No era mi intención.
Desde el fondo llegó una voz femenina.
—¡Irene!
Ella cerró los ojos un segundo.
—¿Qué?
—¿Ha llegado el de las setas?
Irene miró a José Luis.
—Mi suegra.
—Pensaba que era la madre de Antonio.
—Por desgracia, ambas cosas pueden ser ciertas.
José Luis tuvo que contener la risa.
—¡Pregúntale si come carne! —volvió a gritar la voz.
Irene ni siquiera se molestó en repetir la pregunta en tono normal.
—¿Come carne?
—Sí.
—¡Come carne!
—¡Pues dile que esta noche hay jabalí!
Irene volvió a mirarlo.
—Esta noche hay jabalí.
—Me había llegado el mensaje.
—Aquí tenemos buena acústica.
La puerta batiente se abrió de golpe y apareció una mujer diminuta, con el pelo blanco recogido atrás, un delantal oscuro y las mangas remangadas hasta los codos.
Caminó directamente hacia José Luis.
—A ver.
Se plantó delante de él y lo examinó como si Antonio hubiera comprado algo por internet y ella quisiera comprobar si correspondía con la fotografía.
—¿Este es?
—Este es —respondió Irene.
La anciana frunció los labios.
—Está muy delgado.
José Luis miró su propio cuerpo.
—Acabo de llegar.
—Pues tenemos cuatro días.
Le tendió una mano.
—Amalia.
—José Luis.
Tenía una mano pequeña, caliente y sorprendentemente fuerte.
—¿Y de setas entiende o solo trae la cesta?
—Algo sé. Lo justo para no confiarme.
—Eso dicen todos. Luego salen en el periódico y la culpa es de la seta.
—Mamá...
Amalia ignoró a Irene.
—Si trae algo bueno, me lo enseña. Si está bien, mañana lo hacemos.
—Trato hecho.
—Y si trae una amanita, se la come usted.
José Luis asintió muy serio.
—También parece justo.
Amalia lo miró un segundo más.
—Este me cae bien.
Se dio la vuelta y regresó hacia la cocina.
Irene abrió nuevamente la carpeta.
—Hoy está bastante tranquila.
José Luis la vio desaparecer tras la puerta.
—Voy a intentar no estropearlo.
No llegó a seguir exactamente la ruta que Irene le había recomendado.
Subió por la carretera durante unos minutos y tomó una pequeña explanada desde la que podía verse la parte trasera del hotel. La lluvia había cesado otra vez, aunque las ramas seguían goteando y el suelo estaba cubierto por una mezcla de barro, hojas y agujas de pino.
Sacó el teléfono y fotografió primero el valle, después la montaña y, por último, La Posada del Tejo.
Desde allí el edificio parecía distinto. La fachada principal desaparecía y quedaban a la vista las ampliaciones, una escalera metálica exterior, el cuerpo bajo situado detrás de las cocinas y varios tramos de tejado a diferentes alturas.
José Luis amplió la fotografía con dos dedos.
Había demasiadas reformas superpuestas para entender de un vistazo dónde terminaba una parte del edificio y empezaba la siguiente. Años de añadidos, cierres y cambios de uso. Había visto decenas de construcciones así trabajando.