Níscalos 1. La Posada del Tejo
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Níscalos

Níscalos

Por Carmelo Campo Romero

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1. La Posada del Tejo

La carretera llevaba casi veinte minutos intentando convencer a José Luis Bustamante de que se había equivocado de camino.

El navegador decía que faltaban siete kilómetros.

El asfalto, cada vez más estrecho y mordido por la humedad, parecía opinar otra cosa.

La carretera trepaba entre paredes de piedra y pinares oscuros, desaparecía detrás de curvas sin visibilidad y volvía a aparecer unos metros más arriba, pegada a la montaña como si alguien la hubiera dibujado sin demasiado interés por quienes tuvieran que conducir por ella.

A ratos, la ladera aparecía cortada por muros de piedra seca y antiguos bancales que seguían sujetando la tierra aunque ya no pareciera cultivarse nada. Más arriba, alguna masía aislada asomaba entre pinos y roca caliza, demasiado lejos de cualquier otra casa para parecer parte de un pueblo.

Había llovido durante buena parte de la mañana. El monte tenía ese aspecto recién lavado de los días de otoño: los troncos casi negros, la tierra oscura, las hojas pegadas al arcén y pequeños charcos donde se reflejaba un cielo gris, uniforme, sin una sola abertura azul.

José Luis bajó unos centímetros la ventanilla.

El aire frío entró con olor a tierra mojada, resina y madera. José Luis lo dejó entrar un momento antes de volver a subir la ventanilla. Para las setas, al menos, aquello prometía.

En el asiento del acompañante llevaba una cesta de mimbre, una mochila pequeña y una chaqueta impermeable. En los asientos traseros descansaban las botas de monte, una maleta para cuatro noches y una segunda bolsa negra, más pequeña, cerrada con dos cremalleras.

Una voz femenina anunció una curva pronunciada hacia la derecha.

José Luis redujo la velocidad antes de que el navegador terminara la frase.

Unos segundos después apareció un cartel de madera junto a un muro cubierto de musgo.

LA POSADA DEL TEJO

800 m

La flecha señalaba una carretera secundaria todavía más estrecha.

José Luis tomó el desvío.

El pinar se abrió poco después y el edificio apareció al otro lado de una pequeña explanada.

Era más grande de lo que parecía a primera vista: un caserón de piedra de tres plantas, con tejado oscuro y contraventanas de madera, al que diferentes propietarios parecían haber ido añadiendo habitaciones según las necesitaban y el dinero lo permitía.

La parte central conservaba una simetría antigua.

El ala derecha no. Más atrás asomaba otra construcción baja, parcialmente oculta por árboles y leña apilada.

José Luis aminoró.

No apartó la mirada del edificio hasta que tuvo que hacerlo para tomar la curva de entrada.

Llevaba demasiados años trabajando entre instalaciones, falsos techos, reformas y edificios que habían crecido a golpes como para no fijarse en esas cosas. Había construcciones que contaban su historia desde fuera. Otras hacían todo lo posible por ocultarla.

El aparcamiento estaba junto a la fachada principal. Había seis vehículos: un todoterreno gris cubierto de barro hasta media puerta, una furgoneta blanca, dos turismos españoles, un pequeño coche rojo y una ranchera con matrícula francesa.

Pasó de largo unos metros, frenó y regresó despacio marcha atrás hasta una plaza libre junto al coche francés.

Apagó el motor.

Se quedó sentado con las manos apoyadas en el volante. La lluvia volvía a empezar, apenas una llovizna que moteaba el parabrisas sin llegar a obligarlo a conectar los limpiaparabrisas.

Sacó el teléfono e hizo una fotografía del hotel.

Tomó una segunda, ligeramente desplazada hacia la derecha. En ella, además de la fachada, aparecían la furgoneta blanca, el todoterreno y parte del lateral del edificio.

Revisó ambas imágenes y guardó el móvil en el bolsillo.

—Vacaciones —murmuró.

Cogió la cesta del asiento del acompañante y salió.

El frío se le metió inmediatamente por el cuello de la chaqueta.

El recibidor de La Posada del Tejo olía a madera caliente, café recién hecho y algo que llevaba horas guisándose.

José Luis cerró la puerta detrás de él y se quedó quieto un instante.

Aquello no tenía aspecto de hotel. Al menos no del tipo de hotel donde el personal había aprendido a sonreír exactamente lo necesario y todos los cuadros parecían comprados por lotes.

Había un sofá de cuadros frente a una chimenea encendida, dos butacas distintas entre sí, una estantería llena de novelas, guías de montaña y juegos de mesa, y varias fotografías antiguas de la comarca repartidas por las paredes.

El mostrador de recepción era de madera oscura, pequeño y gastado en los bordes. Sobre él había una campanilla de latón.

José Luis no la tocó.

Miró hacia el corredor que se abría detrás del mostrador.

Una puerta batiente comunicaba probablemente con la cocina.

Más allá distinguió el principio de una escalera estrecha y un armario empotrado.

A la derecha del recibidor estaba la escalera principal, cubierta con una alfombra del mismo color vino que recorría el pasillo superior.

Dio un paso hacia ella.

—No me diga que ya está buscando la salida.

José Luis se volvió.

El hombre que había aparecido tras la puerta batiente rondaría los cincuenta y pocos. Alto, delgado, con el cabello gris en las sienes y unas gafas en una mano. Llevaba pantalones oscuros, camisa blanca y un jersey azul marino que le daba más aspecto de profesor que de hotelero.

Sonreía.

—Acabo de llegar.

—Eso lo empeora. Cinco segundos aquí y ya quiere escapar.

José Luis sonrió también.

El hombre dejó las gafas sobre el mostrador y le tendió la mano.

—Antonio Carrillo.

—José Luis Bustamante.

El apretón fue firme y breve.

Antonio miró la cesta.

—No necesito preguntarle qué viene a hacer.

José Luis levantó ligeramente el mimbre.

—A intentarlo, al menos.

—¿Cuatro noches?

—Cuatro.

Antonio buscó algo debajo del mostrador.

—Ha elegido buena semana. Llevamos varios días de lluvia y no ha hecho demasiado frío. Si mañana abre un poco, puede encontrar bastante cosa.

—Eso espero.

—¿Níscalos?

—Níscalos, boletus... lo que se deje encontrar.

Antonio sacó una ficha de debajo del mostrador.

—Con que no arranque cualquier cosa y se la coma, me conformo.

—Mi objetivo principal es no salir en las noticias.

Antonio se rió y empezó a rellenar la ficha.

José Luis le entregó el documento de identidad. Antonio lo miró apenas un momento antes de empezar a teclear.

—Madrid.

—Sí.

—Buen paseo para unas setas.

—Necesitaba perderme un poco.

—Aquí se va a perder estupendamente. Hay noches en que hasta la cobertura se marcha antes que los huéspedes.

José Luis sacó el teléfono y miró la esquina superior de la pantalla.

Dos rayas.

—Perfecto.

—Eso dicen todos hasta que tienen que mandar un correo.

Antonio terminó de teclear, le devolvió el documento y se volvió hacia un panel de madera lleno de llaves.

—Habitación cinco. Primera planta. Desayuno de ocho a diez. Cenamos a partir de las ocho y media. Si piensa llegar tarde algún día, avise. Mi madre interpreta los retrasos como ataques personales.

—¿Su madre cocina?

Antonio descolgó una llave.

—Mi madre gobierna. Cocinar es una de sus muchas competencias.

La llave era grande, pesada, de las que todavía obligaban a acercarse a una puerta en vez de apoyar una tarjeta. Del llavero colgaba una pieza rectangular de madera con un 5 grabado.

—Primera planta —repitió Antonio—. Después del rellano, a la izquierda.

José Luis ya se había girado hacia la escalera.

Antonio levantó ligeramente las cejas.

—La encontró rápido.

José Luis señaló con la barbilla una pequeña placa de madera medio escondida detrás de una planta.

HABITACIONES 1–8

—No tiene mucho misterio.

—Eso intentamos.

José Luis tomó la maleta.

—Si va mañana al monte, pregunte antes de salir —añadió Antonio—. Hay sitios donde encontrará más gente que setas y otros donde puede pasar tres horas mirando pinos.

—Lo tendré en cuenta.

Empezó a subir.

—Y no se fíe del tiempo.

José Luis miró hacia atrás.

Antonio se había vuelto a poner las gafas.

—Aquí puede empezar lloviendo, salir el sol y nevar antes de cenar.

—Me gustan los sitios indecisos.

—Entonces ha acertado.

El pasillo principal de la primera planta tenía ocho habitaciones, y José Luis las contó mientras avanzaba.

Uno, dos, tres, cuatro. La cinco quedaba a la izquierda, aproximadamente a mitad de pasillo; más adelante el corredor continuaba unos metros y giraba hacia otra zona del edificio.

No miró demasiado tiempo en aquella dirección.

Abrió.

La habitación era mejor de lo que esperaba.

Cama de matrimonio, colcha gris, un pequeño escritorio bajo la ventana, armario antiguo y un radiador de hierro fundido que desprendía un calor agradable.

El baño había sido renovado, pero el resto conservaba cierto aire doméstico.

Los muebles no combinaban exactamente. La lámpara de la mesilla debía de tener veinte años. La cómoda, probablemente el doble.

Dejó la maleta junto a la cama y fue directamente a la ventana.

Desde allí dominaba buena parte del aparcamiento y el valle. La niebla se había espesado en las laderas más altas. Abajo continuaban el todoterreno gris, la furgoneta y los otros vehículos que había visto al llegar.

Más cerca de la fachada lateral había una puerta de servicio, dos contenedores y una estructura cubierta donde se acumulaba leña.

Sacó el teléfono e hizo una fotografía del paisaje; en la esquina inferior entraron también la puerta lateral y parte de la fachada.

La revisó antes de guardarla.

Después abrió el armario.

Dos mantas dobladas, una almohada adicional, perchas de madera. Nada más.

Colocó dentro la ropa, el neceser y un jersey. La bolsa negra quedó al fondo. Cerró sus dos cremalleras, la empujó contra la pared y dejó la maleta delante.

Se agachó para conectar el cargador junto a la cama.

El enchufe estaba muy bajo, casi a la altura del rodapié. José Luis se quedó mirando unos segundos el encuentro entre el zócalo y la pared. Luego golpeó suavemente con los nudillos.

Una vez. Un poco más allá, otra.

El sonido apenas cambió.

Era un gesto casi automático. Después de tantos años entrando en edificios donde una pared podía esconder una bajante, un conducto, una cámara de aire o simplemente el desastre de la última reforma,