¡Niño pijo, me pones de los nervios! Capítulo 33
97%

Capítulo 33

Me miré la mano por quinta vez en media hora y apreté los dientes. No porque me doliera, sino porque me hacía recordar una y otra vez lo que había pasado el día anterior.

Y eso no sabía si me hacía sentir furiosa, decepcionada, más aún con Alonso o con el corazón más roto todavía al pensar en cómo ni se había levantado de la silla al verme allí sangrando.

Que no me quería, eso lo tenía claro, pero que se comportara de forma cruel dedicándome esa indiferencia estando herida, eso sí que no me lo hubiera esperado.

No me había tropezado, cómo había insistido en decirle a mi hermana para que se calmara cuando Susana y Darío dijeron la verdad.

Porque sí que la dijeron. Cayetana había cruzado su pie por debajo de la mesa con el mío, haciendo que, con el peso de la bandeja, me cayera.

El dolor que sentí en la mano al cortarme no fue comparable al que sentí dentro de mí al pensar que pudiera haberle pasado algo al bebé cuando caí y la bandeja me golpeó en el vientre con el canto.

Gracias a Dios, eso quedó en un susto y mi hijo estaba perfectamente, aunque me habían recomendado u obligado más bien a quedarme en el hospital para asegurarnos del todo de que en las próximas horas no se presentara ninguna complicación.

Llamaron a la puerta y Dani, que estaba allí acompañándome mientras mi hermana se había ido a descansar, dio paso.

Una enfermera me dejó una bandeja con comida que miré como si en vez de comida en ella hubiera ranas de estanque y caldo que parecía meado de gato.

Dani soltó una risita.

—No tiene muy buena pinta.

—Tiene una pinta horrible.

—La comida de Tania tiene ese efecto cuando te ponen otra delante.

Me reí con él porque tenía toda la razón del mundo.

Si te acostumbrabas, como lo había hecho yo durante años, a los manjares que mi hermana preparaba, cualquier cosa a su lado quedaba no en segundo plano, sino que ya no tenía derecho ni a tener uno.

Comí poco, lo justo para engañar al estómago y con mucho esfuerzo.

—Duerme un rato, te vendrá bien para no pensar en que te darán de cena —dijo Dani conteniendo la risa.

—Si Tania no me trae algo de lo suyo, montaré un motín hospitalario.

—El dramatismo Romero en todo su esplendor. Esperemos que el niño no herede ese rasgo.

—Crecerá al lado de Tania eso es pedir demasiado y ser ambicioso en exceso.

Seguimos bromeando un rato hasta que los ojos se me fueron cerrando solos.

Cuando volví a abrirlos, no sabía cuánto tiempo había pasado, pero tenía que ser bastante porque el sol que antes de dormirme había estado en todo lo alto ya había bajado bastante, así que tenía que ser al menos media tarde.

Estaba sola en la habitación.

Seguramente Dani había ido al baño o a por un café, pensé mientras me acomodaba en la cama para sentarme. Con esfuerzo, porque además de la mano me dolía todo el cuerpo, sobre todo las rodillas debido a la caída.

Dani entró dos minutos después y me miró serio. Algo pasaba, lo supe al instante.

—Valle, me voy al club.

—Ve tranquilo, ya os he dicho que puedo estar sola, estoy bien.

—No vas a quedarte sola. El relevo está fuera.

—Dani… —empecé a decirle para quejarme, pero no me dejó seguir.

—Valle, solo escúchalo. No se lo pongas fácil, pero escúchalo. Lo ha hecho mal y lo sabe, pero todos merecemos redención y una segunda oportunidad.

Fruncí el ceño, no tenía ni idea de lo que me estaba hablando ni de quién, pero salí de dudas cuando abrió la puerta y por ella se asomó Alonso.

¿Qué hacía él allí? ¿Y por qué parecía estar peor que yo?

Traía la camisa arrugada y estaba descamisado.

Su pelo, siempre perfectamente peinado, estaba muy revuelto como si se hubiera pasado las manos por él decenas de veces.

Dani cerró la puerta y nos dejó solos.

Alonso miraba al suelo y eso me pareció todavía más raro. No parecía él. No parecía el mismo hombre que había visto horas antes.

Sus hombros estaban caídos como si estuviera derrotado, su cara pálida y cuando levantó por fin la cara y nuestras miradas se encontraron un escalofrió al ver lo que mostraban sus ojos me recorrió entera.

En ellos había dolor, uno muy profundo. Había arrepentimiento, tristeza, miedo y vulnerabilidad.

Me dio pena, mucha pena, verlo así.

¿Qué le habría pasado? Me pregunté mientras seguía mirándole sin poder apartar la vista de sus ojos.

Me concentré en buscar esa respuesta en sus ojos y solo tarde dos segundos en encontrarla y saber que le pasaba.

La verdad le había explotado en toda la cara.

Eso era lo que le había pasado. Y le había llegado por parte de Leandro, de su madre o incluso de mi hermana que no descartaba que hubiera sido ella, porque con lo cabreada que estaba lo mismo se le había ido la cabeza y le había ido a decir o más bien chillar cuatro verdades.

—Alonso…

Bajó la mirada. No se movió del sitio, bien porque no podía hacerlo porque no se atrevía a acercarse a la cama.

—Alonso —repetí.

Dio un paso con miedo, pero lo dio. Y también con miedo levantó la mirada.

—Valle, yo…

Las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. El corazón se me estrujó al ver cómo los ojos se le llenaban de lágrimas.

No pude soportar verlo en ese estado. Ni lo pensé. Retiré la sábana de golpe de encima de mi cuerpo y me incorporé para levantarme, pero ni llegué a posar un pie en el suelo.

Alonso, al ver lo que iba a hacer, reaccionó de golpe y en dos zancadas se puso a mi lado en la cama.

—No te levantes, por favor. Tú… el bebé…

Vale, con esas palabras me quedó claro que mi hermana había estado con él y le había dicho más cosas de la cuenta.

No porque fuera una bocazas, sino porque cuando se ponía nerviosa o furiosa, como en ese caso, no tenía filtro y se le salían las palabras solas por la boca.

No me sentó mal que se lo hubiera dicho, total, iba a acabar enterándose igual. Lo que sí me estaba doliendo en ese momento era que Alonso estuviera allí por eso y no por mí.

—Por eso estás aquí —dije afirmando y sonriendo con tristeza—. Pues puedes quedarte tranquilo, está bien, no le ha pasado nada.

—¿Qué?!No! No estoy aquí por él, o sí, o no solo por él.

—No entiendo.

—Valle… estoy aquí porque ni siquiera un «lo siento» es suficiente para intentar arreglar algo que sé que no tiene arreglo. Sé que no me merezco ni que me mires después de lo que he hecho. Pero tenía que venir, tenía que verte y saber si estabas bien, si los dos lo estabais.

—Lo estamos.

Soltó el aire que parecía tener retenido.

—Lo sabes todo, ¿no es cierto?

Asintió.

—Sí. Entre todos me han contado la verdad. Una que solo tenía que haber oído de tu boca. Pero fui tan idiota y orgulloso que cuando mi hermana empezó a meter mierda en mi cabeza le hice caso a ella y no a la mujer que amo, ese fue mi error.

La leche… así como que no quería la cosa, había dicho que me amaba y no lo había dicho por decir; en sus ojos vi que sí, que era cierto.

—¿Qué has dicho?

—Que mi hermana…

—No, eso no, lo último.

Pensó dos segundos y sonrió con tristeza.

—Es horrible decirte ahora que te amo cuando ya te he perdido, debería haberlo hecho mucho antes. No sé por qué no lo hice. O bueno, sí lo sé, no lo dije por miedo, por cobardía o porque quizá ese ego que tengo a veces me obligó a callar, esperando a que fueras tú la que me lo dijera primero.

Que se había portado fatal era un hecho, que me había humillado e insultado delante de la gente era horrible, pero que todo el mundo puede equivocarse y más si alguien a quien quieres y en quien confías como es tú propia hermana te presenta una verdad distorsionada.

Le miré y negué con la cabeza.

Sus hombros cayeron más de lo que ya estaban interpretando mi gesto como lo que no era.

—Sé que no puedes perdonarme algo que ni yo mismo puedo. Pero te ruego que me dejes estar en tu vida, aunque solo sea como le padre de nuestro hijo. No te hablaré si no quieres, pero al menos déjame verte.

Dios mío… se me erizaron todos los pelos del cuerpo y mi corazón se retorció al verlo rogarme de esa manera que, de una manera u otra, le dejara estar cerca.

Amar incluye perdonar.

Amar incluye estar con la otra persona no solo cuando las cosas están mal si no cuando también se tuercen.

Como también amar es darle una segunda oportunidad a quien te ama cuando si perdón y su arrepentimiento era sincero.

Y el suyo lo era, me lo decían más sus ojos que sus palabras esas que por el estado en el que estaba no sabía ni hilar bien.

Alargué la mano con la palma hacia arriba. La miró. Dudó un par de segundos, pero finalmente muy despacio posó la suya encima de ella y yo fue la que entrelazó nuestros dedos.

Suspiró como si con solo ese breve contacto pudiera respirar un poco mejor.

—Lo has hecho fatal.

—Lo sé.

—Me has hecho muchísimo daño Alonso, no por todo lo que me dijiste delante de la gente si no por no confiar en mí y preguntarme a mí que era lo que había pasado con mi sueño.

—Lo sé —dijo mientras las lágrimas corrían por sus mejillas —y lo siento muchísimo Valle, no he sabido quererte bien.

—Hace muchos días que quería decirte lo del bebe. No lo hice porque te alejaste, porque que pensé que solo había sido una más con la que te habías divertido este verano y querías darme la patada.

—Eso sí que no es cierto. Te amo desde que te negaste a decirme tu nombre. Quería pasar el resto de mi vida contigo. Aún lo quiero.

Y yo también… pensé mientras me limpiaba con la mano una lágrima que caía por mi mejilla.

—Niño pijo, me pones de los nervios… pero también eres el único que me acelera el corazón.

Soltó un sollozo.

—¿Eso quiere decir…?

—Que o me callas tú o lo hago yo —dije tirando de su camisa para juntar nuestros labios, pero sin besarle.

—Te amo, Valle, a los dos. Os amo más que a nada. Me pasaré el resto de mi vida demostrándotelo y haré lo que sea necesario para que me perdones del todo.

—De momento puedes empezar por darme un beso, lo demás podemos ir viéndolo juntos.

—Juntos —dijo antes de besarme, no con pasión, sino con redención.