Capítulo 32
Tania
Me estaba riendo muchísimo con Sergio mientras me decía que yo montaba claras a punto de nieve con estilo, que parecía que quería hacer que tuviera una forma imposible de descifrar.
Esas cosas raras me las decía Sergio a menudo, era un raro excéntrico, pero el mejor chef del mundo y con el que yo estaba aprendiendo muchísimo.
La risa se me cortó de golpe y la suya también cuando la puerta de la cocina se abrió de golpe y por ella apareció Darío con el rostro desencajado.
—¿Qué pasa?
Fue una pregunta tonta porque supe, sin que hablara, que era algo malo relacionado con mi hermana.
—Es Valle…
—¿Qué le ha pasado a mi hermana? —pregunté muy alterada mientras me quitaba el mandil a toda prisa.
—Se ha caído y se ha cortado un poco en una mano. Dani va a llevarla al hospital, me ha pedido que venga a buscarte.
—Dios… mío… —dije quedándome paralizada mientras mil cosas horribles me empezaban a pasar por la cabeza.
Se había caído. Se había cortado. ¿Pero qué más le había pasado? ¿Por qué se había caído? ¿Se habría mareado? ¿El bebé estaría bien?
—¡Tania!
El grito de Sergio me sacó del shock en el que me había quedado.
—Corre con ella.
No pensé, no dudé, solo hice lo que Sergio me había dicho. Corrí hasta el vestuario a buscarla más deprisa de lo que había corrido en mi vida.
Entré abriendo la puerta de un portazo.
Allí dentro estaba mi hermana con una toalla toda llena de sangre enroscada en su mano izquierda mientras Susana se la sujetaba fuerte.
—Nos vamos ya, Leandro ha ido a por su coche —dijo Dani al verme entrar.
Relevé a Susana ayudando a mi hermana, sujetando la toalla mientras Dani la sujetaba por la cintura.
No recuerdo muy bien lo que pasó en las dos horas siguientes, lo tenía en mi cabeza como si hubiera sido un mal sueño, todo nublado en mi cabeza.
Al parpadear, solo puedo decir que ya había pasado el tiempo y que mi hermana estaba tumbada y dormida en una cama de hospital.
Le habían cosido la mano después de estar una hora quitándole los cristales que tenía clavados.
Veinticinco puntos, ni uno más ni uno menos.
Y un ingreso de dos días para quedarse tranquilos y asegurarse de que todo estaba bien y que el bebé no había sufrido ningún daño, porque según nos contó se había golpeado con la bandeja al caer.
—Se la ve tranquila —susurró Leandro.
—Sí. Dios, qué susto… esto —no pude acabar la frase porque los ojos se me llenaron de lágrimas.
—Ven aquí, pequeña —dijo, abrazándome contra él.
Llamaron a la puerta.
Era Dani, acompañado de Darío y Susana, que, al haber terminado su turno, se habían acercado al hospital para ver cómo estaba mi hermana.
—¿Qué pasó? Mi hermana jamás ha tropezado con una bandeja—le pregunté.
Los dos retiraron la mirada al ver a Leandro allí. Supe que algo malo pasaba al instante y que no querían hablar.
—Susana habla —exigí.
—No tropezó…
—¿Qué?
—No tropezó. Cayetana Sotomayor le puso la zancadilla y la hizo caer.
—La mato, juro que la mato. Hija de puta. Podía haberla matado si se hubiera clavado los cristales en otro sitio y podía haber matado también al bebé.
Dani y Leandro intentaron calmarme. Fingí hacerlo.
Porque no pensaba dejar las cosas así. Esa zorra me iba a oír y quizá también llevarse alguna hostia de paso.
No me moví del lado de mi hermana ni esa noche ni en toda la mañana siguiente. Cuando hablé con ella, quiso negar lo que había pasado. Lo hizo para que no la liara. Tarde… porque la iba a liar, pero muy grande.
Y la oportunidad ni siquiera tuve que buscarla se me presentó sola.
Dani se ofreció a quedarse con Valle para que al mediodía yo fuera a cambiarme y a comer algo decente y no mierdas de la máquina del pasillo.
Salí del hospital, pero no me fui a casa.
Sabía por Leandro que el matrimonio Sotomayor iba a reunir a sus hijos para poner las cartas sobre la mesa en su casa justo a esa hora, y allí fue adonde me dirigí.
Ellos pondrían las cartas, pero yo sería la que cantaría el órdago, me prometí.
Llamé al timbre y una mujer de servicio me abrió la puerta. Me dijo que la familia estaba reunida en el salón. Perfecto, todos allí juntitos, así me oirían mejor.
Abrí la puerta y las cinco cabezas se giraron para mirarme.
—¿Tania? ¿Qué ocurre? —me preguntó Teresa.
—¿No se lo has contado? —Pregunté a Leandro.
—Aun no.
—¿Qué tiene que decirnos?
—Mi hermana está en el puto hospital y allí estará hasta mañana.
Vi como Alonso que parecía estar derrotado y con los ojos llenos de lágrimas se ponía pálido.
—¿En el hospital? Solo fue un corte ¿O no?
Solté una risa seca y le miré como si quisiera matarle, cosa que no descartaba que pasara después de cargarme primero a su hermana.
Ni le contesté a su pregunta. Ni miré a nadie más. Me acerqué donde estaba la zorra sentada que al verme avanzar se levantó la muy chula para encararme.
Error, guapa, eso ha sido un error, pensé mientras la agarraba por el vestido de diseño que llevaba puesto y la pegaba de un golpe contra la pared.
—No vuelvas a acercarte a mi hermana. Podías haberla matado hija de puta.
No has tenido bastante con joder su relación que tenías que seguir.
Pues te lo advierto, si vuelves a acercarte a ella a menos de un metro de distancia o vuelves a hacerle daño, en esta casa tendrán que colgar un crespón negro.
—Tania, ¿qué dices? —Me preguntó Alonso con la cara descompuesta.
—Tú cállate, eres idiota por creerte sus mentiras. No te mereces ni respirar el mismo aire que mi hermana. Y hay que ser muy cabrón para consentir que tu hermanita la empuje y casi la mate o hubiera podido perder el bebe.
Mierda, dije dándome una bofetada mental.
No debería haber dicho lo del bebé, eso le correspondía decirlo a Valle, pero estaba tan alterada y tan fuera de mí que no controlé mis palabras.
Pero ya estaba dicho y no podía retractarme, así que decidí seguir hablando para soltar todo lo que tenía dentro.
Y me jodía hacerlo, porque por primera vez incumpliría una promesa que le había hecho a mi hermana. Prometí no meterme igual que lo hizo Leandro, pero no podía dejarlo pasar.
No podía dejar que siguieran haciéndola daño.
—No tienes ni puta idea de todo lo que ha hecho mi hermana. Renunció a su sueño por mí, por cuidarme y por darme una vida. Y no voy a consentir que ni tú ni nadie le haga daño. No la quieres, perfecto, pero déjala en paz y controla a tu hermana para que haga lo mismo.
—¿Qué? —Susurró mirándome alucinado.
—Valle no dejó su sueño por capricho, lo dejó porque nuestra madre murió. Porque yo tenía doce años y ella me eligió por encima de lo demás para que no acabara en un orfanato. Ha trabajado como una mula todos estos años para sacarnos adelante a las dos.
—Es maravillosa —susurró Teresa con los ojos empapados de lágrimas.
—Exacto. Valle es la mejor persona que existe y la menos ambiciosa e interesada del mundo.
—Mentira, ella quería quedarse con el puesto de mi madre.
Y que no se callaba la muy zorra y que seguía diciendo mentiras.
Es que era para darle de bofetadas hasta que te sangrara la mano.
No pude contenerme, de verdad que no, y si no hubiera sido por Leandro, que me agarró para que no la alcanzara, la hubiera matado a palos ahí mismo.
—¡Basta! ¡Déjalo ya!
El rugido de Alonso hizo que se impusiera el silencio en el salón. Todos nos quedamos mirándole petrificados, ya que no esperábamos un arranque así por su parte.
—Yo la amo. La quiero más que a mi vida y por tu culpa la he perdido. Has estado días y días metiéndome mierda en la cabeza contra ella sabiendo que era mentira. ¡¿Por qué?!
—¡Porque no te merece! Porque tú no puedes acabar con una simple camarera. Tienes que estar con una mujer a tu altura.
Esa tía no estaba bien de la cabeza, tenía que ser eso porque otra explicación no era posible, su maldad rozaba lo enfermizo.
Alonso lloraba en esos momentos de una manera tan desgarradora al darse cuenta de la única cosa que era verdad, que su hermana estaba loca, que joder se me removió todo por dentro al verlo.
Ahí me di cuenta de que estaba hundido, más incluso que mi hermana, como también me di cuenta de que yo había tenido razón al pensar, por cómo la miraba, que la quería.
—No te das cuenta de que el que no ha estado a su altura he sido yo. La he humillado, la he despreciado y he confiado más en ti que en ella.
Hizo una pausa porque casi ni podía hablar.
—No he estado en el mejor momento de nuestras vidas a su lado cuando supo que estaba embarazada, y eso no me lo perdonaré en la vida. Mi castigo será no poder estar a su lado. La he querido mal…
No pudo seguir hablando, su llanto se intensificó tanto que era horrible verle en ese estado.
Sus padres, Leandro y yo cruzamos una mirada y los cuatro pensamos lo mismo.
Esta historia no podía terminar así.
No por culpa de una mujer que era pura maldad. Valle y Alonso se merecían su final feliz.
—Entonces no la quieras mal. Solo quiérela mejor. A los dos.
Alonso levantó la cabeza de golpe para mirarme al oírme decir eso que seguramente, después de lo que le había dicho, no se lo esperaba por mi parte.
Que no se pensara que le iba a perdonar tan fácil porque se había portado como un mierda, pero la felicidad de mi hermana era lo único que me importaba y estar con él lo sería así que no había más que decir ni pensar.
—Lo siento… —susurró.
—No es a mí a quien tienes que decir esas palabras.
—Lo sé. Pero si ni me atrevo a mirarla a la cara después de lo que he hecho, es imposible hablarle.
—Pues tendrás que ser valiente y arrastrarte si hace falta. Mi hermana tiene un corazón enorme, ese que tú le has robado. Te perdonará. Está dolida y destrozada, pero lo hará.
—Yo…
—Tú nada. Deja de lamentarte, deja de llorar. Levanta el culo de ese puto sofá y corre a su lado. Donde tienes que estar —dije muy seria y con autoridad, haciendo que su llanto se cortara de golpe.
—Lo haré. La recuperaré. Haré lo que sea para que me perdone y vuelva a mi lado —dijo levantándose de golpe del sofá.
Al oírle, Cayetana se marchó dando un portazo, enfadada.
Pero los demás nos miramos sonriendo y pensando lo mismo. Sí, tendrían su final feliz porque estaban hechos el uno para el otro.