¡Niño pijo, me pones de los nervios! Epílogo
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Epílogo

Tres años después…

—Valle, ¿estás lista, amor?

¿Que si estaba lista? Pues no, no lo estaba…

Me estaba pegando con el puñetero vestido que mi hermana se había empeñado en que me comprara para asistir a su boda.

Sí, mi niña Tania se casaba.

¿Con quién?

Pues con un hombre que la complementaba y que estaba igual de pirado que ella. Porque había que estar pirado para casarse en Marbella en pleno julio en la playa con el puñetero calor que hacía.

Ese hombre no podía ser otro que Leandro, que parecía formalito el niño cuando le conocí. Mentira… o puede que sí que lo fuera, pero al juntarse con mi hermana había sacado su lado más loco al igual que lo tenía ella.

—¿Puedes ayudarme?

Alonso entró en el baño donde estaba luchando con la cremallera del vestido de las narices y contuvo la risa.

—Niño pijo, como digas algo, te juro que no respondo.

Alonso levantó las manos a la vez que se acercaba a mí para subirme la cremallera de la parte trasera del vestido.

—Estás preciosa —dijo besándome en el cuello.

—¿Preciosa? Si me van a confundir con la tarta. Parezco una mesa camilla cubierta de merengue —contesté con un quejido.

—Ya salió la Valle dramática y exagerada.

—Alonso, te quiero muchísimo, pero no me pidas hoy que no dramatice. He salido de cuentas hace dos días, tu hijo se niega a salir pisándome las entrañas porque, al parecer, ahí dentro está muy bien. Y le entiendo porque, con el calor que hace, yo lo haría también.

—Vale, hoy se te permite dramatizar lo que quieras. Solo intenta no hiperventilar cuando veas a Sonia.

Solté un jadeo y me llevé las manos al pecho.

Si Alonso me decía eso, era que no solo iba a hiperventilar cuando viera a nuestra hija, a la que, por petición de mi hermana, estaba con mi suegra para que el vestido que ella se había encargado de comprarle fuera una sorpresa para mí.

—Solo dime que el vestido no lleva mandil —le rogué.

Alonso apartó la mirada y escondió una risa, haciendo como que tosía.

—Hay Dios mío, yo la mato. Hasta en su puñetera boda tiene que poner a la niña un mandil. Ayer conté los que tiene Sonia en su habitación. Treinta y uno, Alonso, tiene treinta y uno.

Soltó una carcajada mientras me abrazaba.

—Uno para cada día del mes.

—No le rías la gracias joder, que el otro día las pillé a las dos en la cocina y Sonia tenía un cuchillo en la mano, estaba subida en una silla y cortaba cebolla, poco más y me caigo redonda.

—Pinta maneras de ser una chef magnífica como su tía, nuestra niña.

En eso no podía quitarle la razón, porque nuestra hija, con su media lengua de trapo, te explicaba cómo se hacía una lasaña y las capas que tenía, como si fuera una abogada dando su alegato final.

—Vámonos, no sea que te pongas de parto y te pierdas el «sí, quiero».

Me agarró por la cintura y de esa manera llegamos hasta el coche que lo tenía aparcado en la misma puerta.

Sentada en el asiento mientras Alonso iba en silencio pendiente de la conducción y de mi miré mi mano y sonreí como hacía siempre que me miraba el anillo con el que el día que nació Sonia me pidió matrimonio.

Era un diseño mío. Uno que hice siendo una cría y que nunca utilicé para hacerlo con bisutería porque me gustó tanto que lo tenía guardado para si algún día podía hacerlo con oro de verdad.

Tania fue la que le dijo a Alonso lo especial que era ese anillo para mí y Teresa fue la que se encargó por petición de él de elegir los materiales y más bonito no había podido quedar.

Giré la cabeza hacía la ventanilla y mientras veía a la gente adinera de siempre pasar con sus cochazos por las calles de Marbella los recuerdos de los tres últimos años desde que Alonso fue a verme al hospital empezaron a pasar por mi cabeza sin medida ni control.

Salí del hospital y Alonso allí mismo me rogó que no fuera a mi casa que me instalara en la suya, allí hacia mejor, había más espacio y tendríamos más tiempo para hablar, cosa que hicimos mucho y para darle la oportunidad de redimirse.

Acepté, pero antes de hacerlo hablé con Tania para pedirle que se viniera con nosotros, ni de coña aceptó. Ella quiso quedarse en nuestra casa y tener su independencia.

Eso le duró poco porque seis meses después ella se mudó a casa de Leandro cuando lo suyo por fin reconocieron que sí era serio y que si estaban juntos.

Y como habéis visto siguen juntos y en un rato se darían el sí quiero en la playa.

Volví a mirar el anillo y recordé el día del nacimiento de nuestra hija, fue para los dos un día lleno de nervios de emoción y de muchas lágrimas, todas de felicidad claro está.

Nada más nacer Sonia, pelirroja como yo y con los ojazos verdes de su padre y ponérmela encima entre besos y lágrimas Alonso sacó el anillo que según me dijo después llevaba consigo encima desde hacía un mes me pidió matrimonio, acepté claro que lo hice, le amaba era imposible no hacerlo.

Nuestra boca lejos de lo que muchos esperaban por ser Alonso quien era y lo conocida que era la familia Sotomayor fue muy sencilla y a ella acudieron los invitados justos.

Los que nosotros consideramos que debían estar allí ese día compartiéndole con nosotros. Familia, amigos íntimos de los dos y algunos compañeros míos del club.

El club…

A ese club al que fui tan reticente y que tantas cosas buenas me había traído seguía yendo, pero desde hacía un año ya como mujer de Alonso Sotomayor y socia, no como camarera.

Al salir del hospital y cuando me recuperé seguí trabajando allí como había hecho todo el verano.

Pero tras la insistencia de Alonso y de Teresa y de esa hubo no mucha si no hasta el aburrimiento acabé dejándolo y dedicándome solo a hacer diseños de joyas junto a mi suegra.

Pensar en ello me traía un recuerdo amargo al igual que a todos los demás miembros de la familia.

El puesto que yo ocupaba era el que en un principio tenía que haberse quedado Cayetana, pero después de la discusión que tuvo con Alonso cuando se descubrió la verdad mando a toda la familia a la mierda, sí así literalmente y con esas palabras.

Se cogió dos maletas y se largó a Londres con un amigo que era más que amigo y desde entonces no habíamos tenido noticias de ella.

Yo con eso estaba muy a gusto y tranquila en eso no voy a mentir porque dañina había sido un rato largo la niña, pero me daba mucha pena por Alonso.

Al fin y al cabo, era su hermana y era doloroso ver como habían acabado las cosas por su arrogancia, su soberbia y su esnobismo.

También lo sentía mucho por sus padres los que, aunque hablaban algunas veces con ella por teléfono no eran más de tres frases y porque ellos le llamaban.

Miré de reojo a mi marido y la sonrisa se me hizo más amplia.

Las vueltas que da la vida y las sorpresas que le tiene preparadas a cada persona son increíbles. Tan increíble como las que me había tenido guardado el destino para mí.

Sí alguien me hubiera dicho el primer día que entre a trabajar en el club que encontraría entre los socios del club esos que tantos prejuicios creaban en mí, que estaba el que era el amor de mi vida le hubiera tachado de loco.

Porque sí, Alonso era el amor de mi vida, mi amigo, mi amante, mi compañero, mi marido y el mejor padre que mi hija y el hijo que estaba por llegar pudieran tener.

No voy a decir que todo iba perfecto porque no era así. Discutíamos, claro que lo hacíamos, nos picábamos y reñíamos, pero jamás nos íbamos enfadados a dormir el uno con el otro siempre encontrábamos la manera de arreglar las cosas.

El niño pijo me seguía poniendo de los nervios muchas veces, pero solo con sonreírme o besarme ese crispamiento se me pasaba tan rápido como había llegado.

—Cariño hemos llegado.

—Sujétame fuerte ¿vale?

—¿Te encuentras mal? —me preguntó mientras me ayudaba a salir del coche.

—Estoy perfectamente, te lo digo para no cometer un fratricidio antes de haber comido.

Alonso soltó una carcajada y como le había pedido me llevó camino de la playa donde estaban los invitados agarrada por la cintura.

—¡Mami!

Cuando vi venir a Sonia corriendo hacía nosotros os juro que quise matar a mi hermana lentamente, muy lentamente.

—Virgencita ¿pero que vestido es ese?

Teresa que venía detrás se contuvo la risa al ver mi cara de horror.

Pues no me había vestido Tania a la niña con un vestido de esos que llevaban mandil por delante como los que usaban las niñas esas de la serie de los tiempos de Mari castaña, esas que vivían en una pradera.

—Tengo mandil —dijo Sonia tan contenta alzándolo para que lo viera bien.

—Ya lo veo cariño —dije apretando los dientes.

—Vamos a sentarnos antes de que a tu madre le dé un soponcio y no por el calor —dijo Alonso cogiendo a Sonia en brazos.

Ocupamos nuestros sitios.

Leandro estaba ya en el arco de flores que habían puesto en la arena donde tendría lugar la ceremonia civil más nervioso de lo que le había visto nunca.

Le sonreí para tranquilizarle y con la mirada me dio las gracias.

Leandro seguía siendo mi amigo, mi confidente, y el que estaba para mí a cualquier hora que le necesitara, al igual que yo para él y en breves momentos se convertiría también en mi cuñado.

La música empezó a sonar y nada más ver a Tania aparecer del brazo de Dani el cabreo que tenía por el dichoso mandil que le había puesto a mi hija, desapareció de un plumazo.

Mi hermana, mi niña, ya siendo una mujer y la chef del club más exclusivo de Puerto Banús era la novia más bonita, sexy y elegante que Marbella vería nunca.

La ceremonia fue espectacular, pero sobre todo divertida con los novios que se casaban no podía ser de otra manera. Y el banquete de doce. Ese por supuesto fueron todos platos elegidos y elaborados por mi hermana quien fue la que dio las recetas a los cocineros que hicieron el catering.

El baile fue también en la misma playa.

Sentada en uno de los sofás que habían puesto en la zona de copas al lado de la pista no pude dejar de sonreír viendo como Alonso bailaba con nuestra hija en brazos.

Sonia era igual de inquieta que su tía y a esas horas en la que muchos invitados estaban ya para el arrastre a ella todavía le quedaba cuerda para rato.

La bajó al suelo al terminar la canción y Sonia corrió a buscar a Fernando para sacarle a bailar y Alonso vino directo hacía mí.

—¿Bailas preciosa?

Me ayudó a levantarme y sin dudar pase mis manos por su cuello.

—Niño pijo sigues poniéndome de los nervios, pero bailas de miedo —dije antes de darle un beso corto en los labios.

—Tú a mí me sigues poniendo ya sabes cómo… igual que el primer día o incluso más.

Solté una carcajada que se me quedó a medias al notar como las piernas se me humedecían.

—¿Valle?

—Tu hijo quiere bailar.

—¿Qué?

—Alonso, que he roto aguas.

—No jodas, ¿en serio?

—No, en broma —dije poniendo los ojos en blanco.

—¡Tania!

Mi hermana se acercó corriendo al oír a Alonso chillarla.

—¿Qué pasa? ¿Hay fuego? O es que te has quedado con hambre y quieres más tarta.

La miré mal y ella se encogió de hombros.

—¿Tienes el mandil de Cristian preparado?

—Claro, desde hace días no me separo de él, está en el bolso de tu madre.

—Pues sácalo, que esta noche va a nacer otro cocinero.

Todos los presentes que se habían acercado a nosotros al oír a Alonso se echaron a reír.

—¿En serio estoy aquí con las piernas caladas, te digo que estoy de parto y tú te pones a hablar de mandiles con mi hermana?

—Eh… sí.

—Señor, dame paciencia —dije resoplando.

Alonso me cogió en volandas mientras se reía y caminaba conmigo en brazos hacia el coche.

—Te pongo de los nervios, pelirroja, pero me quieres, ¿no?

—¿Qué remedio me queda? Me robaste el corazón cuando me preguntaste mi nombre con toda tu chulería.

—Y tú me robaste el mío cuando te negaste a dármelo.

—Te amo —dije antes de besarle.

—Y yo a ti, para siempre.