¡Niño pijo, me pones de los nervios! Capítulo 30
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Capítulo 30

Tumbada en la cama resoplé por quinta vez mientras miraba por la ventana y veía como primeros rayos empezaban a clarear para dar paso a un nuevo día.

Un nuevo día que, desde hacía una hora, llevaba dando vueltas en la cama, no pensaba seguir haciendo lo mismo que los seis anteriores, nada, absolutamente nada, eso era lo que había hecho y eso me tenía completamente desquiciada.

Llevaba con ese día siete días con sus seis noches encerrada en casa de Leandro y no pensaba seguir estándolo ni un solo día más.

Había tenido tiempo de descansar, de dormir, de pensar, quizás de más, pero sobre todo había tenido tiempo de aburrirme.

Había visto más la televisión que en un año entero de mi vida, había leído cinco libros, me había artado de comer, beber y vaguear. Y Yo para eso no valía, necesitaba salir de allí y continuar con mi vida o me acabaría volviendo loca.

O lo harían mi hermana y Leandro…

Porque esa era otra, que yo les agradecía que quisieran cuidarme, pero coño que no era ni de cristal ni era invalida, pues así era como me trataban.

Ni levantarme a por un vaso de agua me dejaban y ni a mear sola si me descuidaba me dejaba ir mi hermana.

Sabía que volver al trabajo iba a ser duro y que iba a tener que aguantar miradas inquisidoras, preguntas para las que no tenía respuesta y otras para las que no estaba preparada para contestar.

Pero eso no era nada comparado con estar encerrada comiéndome la cabeza día y noche, así había decidido que ese día volvería al trabajo y aguantaría el chaparrón sin paraguas ni nada y si las cosas se salían mucho de madre pues buscaría otro trabajo y adiós al club.

Con esa decisión tomada me levanté de la cama.

Me di una ducha rápida, me vestí con ropa cómoda y salí de la habitación para ir a la de mi hermana que estaba dos puertas más allá de la mía y donde llevaba durmiendo desde que ambas llegamos a casa de Leandro.

Abrí la puerta sin llamar y me quedé tan helada que no pude ni moverme, pestañear, gritar, desmayarme o sacarme los ojos, porque sí eso hubiera sido lo mejor para no ver lo que estaba pasando allí dentro.

Lo único que salió de mi fue un jadeo que hizo que mi hermana que estaba totalmente desnuda cabalgando como si fuera un cowboy a Leandro, que estaba también en pelotas claro, girara la cabeza y soltara una risa.

Así sí, con dos cojones, la niña soltó una risa, pero no creáis que para hacerlo se paró ni nada.

No, ella siguió ahí botando encima del otro.

—Valle, baja a la cocina, que nos quedan un par de minutos para terminar, y ahora bajo a hacerte unas tortitas.

Cerré la puerta de un portazo y caminé como pude hasta la cocina.

—Vale, tú tranquila, Valle, esto es lo mismo que un sueño y te vas a despertar en un rato —me dije a mí misma mientras me sentaba en un taburete.

Allí me quedé sentada, mirando un punto lejano de la pared, mientras intentaba pestañear para ver si conseguía despertarme.

Solo reaccione cuando oír pasos que entraban en la cocina. Giré la cabeza y ahí comprobé que no, que no había sido un sueño.

Tanía venía en bragas y con una camiseta de Leandro que le llegaba por las rodillas y él sin camiseta y como única prenda llevaba un pantalón corto de deporte.

Pues no, no lo había soñado… tan contentos y saciados que venían los dos.

—Hermanita, ¿estás bien? Parece que estás un poco pálida.

Solté una risa sin humor.

—Estoy viva y no me ha dado un infarto después de ver lo que he visto que, dadas las circunstancias, ya es mucho.

—Hija, tampoco has visto nada raro. Si hubiera estado arrodillada o Leandro desayunándome, eso hubiera sido más impactante, pero solo estábamos….

—Suficiente. Cállate porque no ayudas, lo empeoras por momentos.

—Te recuerdo que estás preñada. A ver si ahora a mi sobrino te lo ha metido ahí el Espíritu Santo, no te jode.

—Dios… mío… llévame pronto o déjame sorda o ciega.

—Luego dice que la dramática soy yo —dijo mirando a Leandro, que seguía detrás de ella conteniendo la risa.

—Déjala que lo asimile, pequeña —le contestó mientras le daba un beso en la cabeza antes de sentarse a mi lado.

—¿Pequeña? Besos en la cabeza, miraditas y cabalgadas. ¿Qué está pasando? —Dije señalándoles—. ¿Y desde cuándo?

Los dos se encogieron de hombros mientras se miraban sonriendo.

—¡Hablad!

—Pues… —dijeron a la vez.

—Pues ¿qué?

Miré a mi hermana y me crucé de brazos, esperando que hablara.

Como una ametralladora, me contó que la primera noche, cuando yo caí, según ella, en un coma profundo en la cama. Ellos, entre una copa, la frustración y el enfado que tenían, acabaron desahogándose de la única manera que se les ocurrió.

Y después, según me dijo, lo pasaron tan bien que habían seguido haciéndolo.

—¿Entonces estáis juntos?

Se miraron, se encogieron de hombros, se miraron y se sonrieron.

En esa mirada vi que algo que no era amor, pero que pudiera ser… que, cociéndolo a fuego lento, acabara siéndolo.

—Ni juntos ni separados, estamos y ya está.

—¿Qué respuesta es esa?

—La única que tenemos —me contestó Leandro.

Asentí.

—¿Y qué querías decirme cuando has entrado a buscarme?

Cogí aire porque sabía que me esperaba una buena cuando hablara, pero me daba igual; no pensaba ceder ni quedarme allí encerrada más días.

—Hoy voy a volver al trabajo.

—No —dijeron a la vez.

—No estoy pidiendo vuestra opinión, solo os informo.

—Valle… ha pasado poco tiempo la gente…

—La gente habla de cosas que pasaron hace años, lo mío traerá cola, lo sé. Pero me da igual. No voy a dejar que nada ni nadie me impida seguir con mi vida. Quieren hablar, que hablen. Quieren criticar, que lo hagan también. Pero yo no me quedo encerrada ni un día más, no he hecho nada malo…

—Claro que no lo has hecho, pero la gente de algo pequeño hará una montaña —dijo Leandro mirándome preocupado.

—Pues escalaré.

—Además, mis primos no han dejado de ir al club.

Eso ya me lo imaginaba, como también me imaginaba que el que había quedado de puta madre era él y la gente, sus iguales, hasta le estarían felicitando por poner a la camarera zorra y envidiosa en su sitio.

Pero así era la vida, siempre había habido clases y clases.

—Si no voy y con la cabeza bien alta, le estaré dando aún más la razón. Esconderme no es la solución. Yo nunca he huido de los problemas y no voy a empezar a hacerlo ahora.

Tania dio una palmada.

—Así se habla, hermanita. Tú, con la cabeza bien alta, y si tienes que dar contestaciones, las das. Si hay que arrastrar a alguien por los pelos, tú no lo hagas, que tienes que cuidarte; de esos me encargo yo.

—Tania, no voy a contestar a nadie. Solo voy a ir a hacer mi trabajo y, si las cosas se ponen muy difíciles, me marcharé y buscaré otra cosa.

—Joder, con lo bien que estás allí, como te tengas que ir por culpa de ellos…

—Pues me iré y punto —le contesté a Leandro.

Horas después, justo antes de empezar el turno de tarde, los tres nos bajamos del coche.

—¿Estás segura de esto?

—Sí.

—Pues vamos allá. Yo estaré en la cocina, pero ya sabes que en cinco minutos me enteraré de lo que pasa fuera. Estoy contigo siempre —dijo Tania, agarrándome la mano.

Asentí dándole las gracias.

—Chicas, os veo dentro.

No pasó nada que no me esperara y para lo que no estuviera preparada.

Los cuchicheos a mi paso, no solo de los socios sino de mis compañeros, me acompañaron las tres horas que estuve sirviendo mesas en el restaurante.

Pero esos aumentaron bastante cuando empecé mi turno en la zona de la piscina.

¿El motivo?

Pues, que diez minutos después de empezar, Alonso y Cayetana se presentaron allí y actuaron con todos como si nada hubiera pasado.

Pero eso no fue lo peor.

No, lo peor y lo que me destrozó más de lo que ya estaba fue que no venían solos.

Los acompañaba otra socia amiga de Cayetana, a la cual Alonso llevaba agarrada de la cintura y a la que besó mirándome a mí antes de sentarse en la zona que yo tenía asignada.

—Valle…

Me giré en la barra para mirar a Susana, que me miraba con pena.

En el descanso habíamos ido juntas al vestuario y, como fue la única que vi que me preguntaba realmente por querer saber cómo estaba y no buscando el cotilleo, acabé contándoselo.

—Yo les atiendo —dijo agarrándome del brazo.

—No. Eso es lo que quieren. Que agache la cabeza y no pienso darles ese gusto.

—Pero está con esa morena y…

—Lo sé y no será con la única con la que me tocará verlo, así que cuanto antes me haga a la idea, mejor.

—Eres admirable y muy fuerte.

—No lo soy. Solo soy una superviviente que no permitiré que nadie me pise. Si luego tengo que llorar, lo haré, pero no aquí, no delante de ellos. Eso sería otro triunfo para Cayetana y no pienso dejar que me humille más.

—Si me necesitas, aquí estoy.

—Lo sé. Gracias.

Tomé nota de dos mesas antes de llegar a la cama balinesa en la que los hermanos y la morena estaban tumbados.

—Buenas tardes, ¿qué os pongo?

—A mí enfermo así me pones —dijo Alonso, atravesándome con la mirada.

Cerré los ojos un segundo y conté hasta tres.

—¿Y de beber?

—A mí un refresco de limón —dijo Cayetana mirándome con una sonrisa de oreja a oreja.

—A mí, agua en un vaso alto, con dos hielos, y date prisa en traerlo, que no quiero que vengan derretidos, que ya me han dicho que eres muy lenta y poco eficiente.

Ni contesté a la morena por su impertinencia. Dicen que a palabras necias oídos sordos, y eso pensaba hacer con cada cosa que me dijeran.

Volví a mirar a Alonso para que me dijera que quería, pero antes para hacerme daño porque sabía que era lo quería, agarró a la morena y la beso sin prisa mientras yo seguía allí esperado.

—¿Y si nos vamos a tu casa en vez de quedarnos aquí? —Dijo ella con voz melosa, acariciándole el pecho.

—En cuanto terminemos la copa, nos vamos, preciosa.

Aguanté el tipo como pude, contuve las lágrimas como si me fuera la vida en ello. Si quería ver cómo me derrumbaba, no le daría ese gusto.

—Camarera, a mí una cerveza sin alcohol.

Recalcó bien la palabra camarera, además de decirla con puro desprecio, para dejarme bien claras las cosas. Como si fuera yo tonta y no me hubieran quedado ya.

Asentí y me di la vuelta para ir a por todas las comandas que había apuntado.