¡Niño pijo, me pones de los nervios! Capítulo 29
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Capítulo 29

Entré a toda prisa en el vestuario y me dejé caer en el suelo de rodillas explotando a llorar, demasiado me había contenido mientras pasaba a toda prisa entre las mesas, de la zona de relax y luego cruzaba la zona exterior del restaurante.

Noté como la gente se me quedaba mirando mientras pasaba a toda prisa por su lado.

Los socios levantaron las cejas; incluso algunos, los que me conocían, dijeron mi nombre. Los compañeros con los que me cruce también me llamaron o me preguntaron de pasada que me pasaba o si estaba bien.

No me paré ni contesté a nadie.

No por descortesía si no porque tenía tal nudo en la garganta que no me hubieran salido ni las palabras.

Además, que podría decirles que ese día se había convertido en una pesadilla para mí. Que el hombre al que amaba con todo mi corazón acababa de humillarme, insultarme y acusarme de cosas que no eran ciertas delante de todo el mundo, sin importarle cómo pudiera yo sentirme.

Así que los ignoré y seguí mi camino a toda prisa.

Me agarré las piernas contra mi pecho y dejé salir toda la frustración, la rabia y la pena que tenía dentro en forma de un llanto desgarrador.

No sabría decir cuántos minutos estuve así hasta que la puerta del vestuario se abrió de golpe.

Levanté un poco la mirada y allí estaba mi hermana mirándome con lágrimas en los ojos. Poco había tardado en enterarse de lo que había pasado y eso que estaría todavía en la cocina terminando de recoger.

Pero claro, alguien habría ido a contárselo, ya que, como todo lo que pasaba en ese club, y más si era una cosa como la que me acababa de pasar, habría corrido como la pólvora y en pocos minutos no habría socio ni empleado que no lo supiera.

—Valle… —dijo arrodillándose a mi lado para abrazarme.

Los minutos pasaron. Mi hermana no dijo nada. Era una parlanchina, pero también sabía cuándo callar y ese era uno de esos momentos. Me dejó llorar en sus brazos todo lo que necesité, respetando mi silencio y mi dolor, y solo estando ahí para mí.

—Tania… yo no he hecho eso.

—Lo sé. Es cabrón no sabe ni lo que dice. Por su bien, espero que no se cruce conmigo, porque voy a sacarle los ojos con un tenedor.

Estaba preocupada eso lo vi en sus ojos antes de arrodillarse, pero también enfadada, muy enfadada.

—Ha sido ella…

—¿Quién es ella? ¿Y qué hizo?

—Ca…Cayetana. Ella le ha dicho todo eso, no sé cómo se ha enterado de mi pasado. Pero lo ha usado en mi contra para que Alonso piense todo eso de mí y para alejarle.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo he visto en sus ojos. No ha dicho nada, pero tampoco ha hecho falta su sonrisa malvada lo decía todo.

—Zorra de mierda…

Chico insulto le había dedicado mi hermana para los muchos que se merecía.

La puerta volvió a abrirse. Las dos nos giramos la cabeza. Eran Dani y Leandro. Los dos nos miraban muy preocupados. Que Dani supiera lo que había pasado era normal, él solía enterarse casi el primero cuando pasaba algo.

Pero que Leandro estuviera allí, eso sí que me sorprendió, ya que no estaba ni en el club cuando todo había pasado, casi media hora antes.

—¿Qué… qué haces aquí? ¿Cómo…?

—Dani me ha llamado, no estaba lejos de aquí.

—Leandro… no tenías que venir, estabas en una cita.

—Claro que tenía que venir, tú eres más importante que cualquier cita. Ha venido para llevarte a casa, a las dos —dijo señalando a mi hermana.

—No ha terminado mi turno.

—Sí que lo ha hecho; es más, no vendrás en unos días. Necesitas descansar, Valle. Las ojeras te llegan al cuello —me dijo Dani, arrodillándose a mi lado y pasándome una mano por el pelo con cariño.

—Pero…

—Pero nada. Dani tiene razón, tienes que descansar, coger fuerzas y evitar los disgustos, con este ya has tenido suficiente, no es bueno para ti. El médico dijo que tuvieras tranquilidad, y aquí, con la que se ha montado, tendrías de todo menos eso.

Mi hermana apretó los labios al terminar de hablar, sabiendo que había hablado de más, y me pidió disculpas con la mirada. La sonreí para que se quedara tranquila; sabía que no lo había hecho a mala fe, sino por lo preocupada que estaba por mí y por el bebé.

—¿Médico?

—¿Estás enferma?

Dani y Leandro hablaron a la vez y en su voz se notaba todavía más lo preocupados que estaban. Ya me daba todo igual así que decidí contarles también la verdad a ellos.

—No estoy enferma. Estoy embarazada.

Se hizo el silencio, uno muy grande pesado y tenso durante los siguientes segundos.

—Joder…

—Hostias…

Tania los miró frunciendo el ceño.

—Cuánto entusiasmo. Pues ese bebé tendrá un padre que es un gilipollas, pero tendrá la mejor madre del mundo y yo estoy encantada porque voy a ser la tía consentidora así que dejaros de joder y hostias y alegraros un poquito al menos, siesos, que sois unos siesos.

Tuve que soltar una risa, es que con mi hermana era imposible no hacerlo.

—¿Me vas a hacer abuelo? —me preguntó Dani con los ojos llenos de lágrimas por la emoción.

—Pero un abuelo guapo y joven.

—Esto sí que no te lo perdono, abuelo a mis años —dijo antes de abrazarme fuerte contra su pecho.

Cuando Dani se retiró, Leandro, que seguía mudo de la impresión y me miraba muy serio, por fin habló.

—¿No lo sabe?

—No. No he tenido oportunidad de decírselo. Como sabes, en los últimos diez días ni nos hemos visto ni apenas hemos hablado.

—Dani solo me ha contado por encima lo que ha pasado, quiero saberlo todo, aunque me puedo imaginar de dónde o más bien de parte de quién le han llegado a mi primo todas esas putas mentiras.

Cruzamos la mirada y, sin hablar, le confirmé lo que sospechaba. Eso le hizo apretar los puños, tan fuerte que hasta los nudillos se le pusieron blancos. Pero no dijo nada, ya tendría oportunidad de hacerlo cuando supiera todo.

—Leandro, llévalas a casa. Valle necesita descansar y dormir.

—Cambiaros, os espero fuera —dijo antes de que los dos salieran.

Leandro conducía en silencio y mi hermana, inexplicablemente, también estaba callada. Iba sentada a su lado y, cuando Leandro paraba en algún semáforo o paso de cebra, ambos se miraban y hablaban sin pronunciar palabra.

—Si tenéis que decir algo decirlo y ya. Me estáis poniendo nerviosa con tanta miradita y conversación silenciosa.

—Es que como diga todo lo que pienso me detienen por escandalo publico sin oírme.

—Tania…

—Ni Tania ni Tanio, no estoy enfadada, estoy furiosa. Como me cruce con esa perra la estrangulo con la mierda esa de collar que lleva que es igual de feo que ella.

Vi cómo Leandro se aguantaba la risa.

—¿Y tú qué, no dices nada? —le preguntó a Leandro.

—Necesito tener todos los datos para elegir los insultos oportunos y actuar en consecuencia.

—Perfecto. Tú cavas, yo entierro. El trabajo en equipo es lo mejor.

Puse los ojos en blanco y suspiré, pidiéndole a Dios que me diera paciencia para soportar la que se me venía encima los próximos días.

—Nadie va a cavar, nadie va a enterrar y nadie va a decir nada.

—¿Cómo qué no? ¿No pensarás dejar las cosas así? —me preguntó mi hermana indignada.

—Sí, exactamente es lo que voy a hacer. Alonso ya me ha juzgado y condenado.

Ha preferido creer lo que Cayetana le ha contado que a saber qué coño es.

Pues perfecto. Con eso ha demostrado lo que yo era para él.

Nada. Porque, si lo hubiera sido, al menos me habría dado la oportunidad de explicarme o de contar mi versión.

—Pues yo no me pienso callar, me va a oír, vaya que, si me va a oír, y ella también.

—No.

—¿No? ¿Cómo qué no?

—Que no Leandro, que lo dejes. Que no digas nada. Te pido por favor que no discutas con Alonso. Todos sabemos que lo nuestro no tenía futuro. Esto solo ha sido algo que le ha venido de maravilla para darme la patada.

—¿Eso piensas? ¿Piensas que quería dejarte y ha aprovechado esto para hacerlo?

—No solo lo pienso. Lo sé. Los últimos días me dan la razón. Se acabó el verano y se acabó la aventura que he sido para él. Llevaba días diciéndomelo, aunque yo no quería verlo. No quería verme, ni hablarme, ni me contestaba.

—Valle… —dijeron los dos al ver cómo mis ojos se llenaban de lágrimas otra vez.

—Se acabó. Y cuanto antes lo acepte, mejor. Además, esto estaba destinado al fracaso desde el primer momento. El príncipe de Puerto Banús con una simple camarera y encima con mi aspecto. Eso era una parodia.

—Valle no te menosprecies, tú vales más que cualquier mujer. Ojalá todas tuvieran tus valores —dijo Leandro enfadado.

—Sea como sea no quiero saber nada más de él y no quiero más líos. Así que os pido por favor que no intervengáis.

—Valle —dijo Tania apretando los dientes.

—No. Prometérmelo.

Silencio.

—Hacerlo por favor —le rogué.

Tardaron unos segundos en contestar, pero al verme en el estado de nervios en el que estaba no les quedó más remedio que ceder.

—Vale —dijeron a la vez.

—Con mis tíos no lo vas a tener tan fácil. Sobre todo, con mi tía, no se va a quedar callada. Cuando vuelvan del viaje que han hecho dentro de ocho días y se entere de lo que ha pasado, sabiendo la verdad como la sabe y de cómo rechazaste su propuesta por él, va a poner el grito en el cielo.

No tenía ni idea que el matrimonio se había ido de viaje. Pregunté por ello y Leandro nos dijo que había sido un regalo sorpresa de Fernando por su aniversario. Se habían marchado la tarde anterior a París, ocho días.

—Hablaré con ella cuando vuelva. Es su hijo. Yo no soy nadie.

—No va a ser tan fácil.

—Pues tendrá que serlo. Solo quiero paz.

—Les vas a hacer abuelos, Valle…

Cerré los ojos y suspiré.

Eso complicaba las cosas y lo sabía, claro que lo sabía. Y era lo que más miedo me daba en esos momentos. No la reacción de Teresa y Fernando cuando se enteraban de que llevaba un Sotomayor en mi interior, si no la reacción de Alonso.

Que no quería saber nada de mi me había quedado claro y que del niño tampoco querría saber nada, también.

Sí me había exigido que no me acercara a su familia, mucho menos querría que se supiera que iba a tener un hijo con una camarera, con una a la que la había quedado de puta, ambiciosa y aprovechada delante de medía sociedad de Marbella.

Por eso tenía claro que renegaría de ese hijo, uno que sería una vergüenza y un error para él. Como lo había sido yo.

No le contesté, ya pensaría que hacer con sus tíos cuando volvieran. Cerré los ojos y me apoyé en el respaldo.

—¿Qué hacemos aquí? —Pregunté cuando paró el coche en su casa y no en la nuestra.

—No voy a permitir que os quedéis en vuestra casa con el calor que hace. Necesitas dormir y descansar y aquí estarás mejor.

Lo dijo con tanta autoridad que no pude negarme además que mi hermana por cómo me miraba estaba de acuerdo con él. Así que solo asentí y le di las gracias.