¡Niño pijo, me pones de los nervios! Capítulo 28
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Capítulo 28

Nos montamos en el autobús como tantos otros días. Aunque ese día en ambiente entre nosotras se notaba diferente.

Tania sonreía cada vez que me miraba o soltaba cosas como…

—¿Ya se mueve?

—Tania estoy de dos meses, el bebe tiene el tamaño de un cacahuete si se mueve flotara dentro de mí, pero yo no lo noto.

—¿Prefieres niña o niño? Por qué se han asegurado de que es solo uno ¿no?

Dios… dame paciencia para no pedirle al conductor que abra la puerta y tirarla en marcha.

—Uno, es uno, solo me hubiera faltado que me hiciera un doblete. Y me da igual lo que sea mientras venga bien.

—A mí también, voy a enseñarle a cocinar igual.

—¿Dime que no estás pensando ya en ponerle un mandil?

Giró el móvil que tenía en las manos, lo desbloqueó y me enseño de la galería dos fotos con unos mandiles con dibujos diminutos.

—¡Tania! Estás mal de la cabeza ¿Pero qué coño haces mirando mandiles si a la criatura le faltan siete meses para nacer y años para que puede sostener una cuchara?

—Hay que ser previsora.

—¿Previsora mirando mandiles?

—Claro, no le has visto son una monada. Sí no me doy prisa en comprarles puede que luego se agoten.

Dios del cielo…

¿En qué momento me pareció buena idea contarle la verdad de lo que me pasaba? Me pregunté mientras soltaba tres resoplidos seguidos.

—¿Vas a decírselo?

—Claro que voy a decírselo. Esto crece sabes. Será imposible ocultarlo.

—Pues tenéis un panorama cojonudo. A ver por dónde te sale el pijo gilipollas cuando sepa que la metió y te dejó el premio gordo.

—Tania… no ayudas.

—¿Cómo qué no? Te estoy dando apoyo moral.

—Eso no es apoyo moral es calentarme los cascos.

—Por calentarte estás así, si te hubieran mantenido fría y con las piernas cerradas no tendrías un cacahuete submarinista.

—¿Acabas de llamar a mi hijo cacahuete submarinista? —pregunté mirándola con los ojos como platos.

—Pero si tú lo has dicho primero. Has dicho que tiene el tamaño de un cacahuete y que flota en tus entrañas. Eso es hacer submarinismo de toda la vida de Dios.

Os juro que si no me estuvieran entrando unas ganas locas de estrangularla hasta me estaría riendo por la cantidad de chorradas que decía por minuto.

—Tania esta conversación se acaba aquí y ahora.

—¿Por qué? Tengo más preguntas.

—Bórralas de tu cabeza; no quiero saberlas.

—Joder que son de respuesta fácil.

—Tus preguntas, sean del tema que sean, nunca son de respuesta fácil.

—Estás sí.

—Pues apuntalas para otro momento.

—¿Para mañana?

—Virgen del Carmen vaya embarazo me espera —dije mientras resoplaba y negaba con la cabeza a la vez.

—Que no, mujer, ya verás como no se te hinchan los tobillos, ni tienes ácidos, ni se te cae el pelo. Tú serás de las que tengan suerte. Mi sobri se va a portar muy bien.

La miré con la boca abierta.

—¿Has estado leyendo lo que les pasa a las mujeres estando embarazadas?

—Sí, mientras te duchabas, he consultado algunas cosas ¿Oye tú vas a querer epidural o vas a parir como las mujeres de antes?

—Y yo qué sé, eso lo decidiré si es que puedo cuando llegué el momento. Solo he tardado cinco minutos en ducharme. ¿Qué más has leído? No, déjalo, no quiero saberlo.

El autobús paró y juro por todos los santos del cielo que nunca me había alegrado más que ese día al llegar a la puerta del club, fue como ver el cielo abierto.

—Tania. Deja la emoción de la noticia fuera del club, no quiero que nadie lo sepa —dije muy seria en la puerta.

—Lo sé. Quédate tranquila, de mi boca no saldrá ni una palabra.

Y sí que me quedé tranquila, porque mi hermana era muchas cosas, pero bocazas no lo había sido nunca.

Y aunque sabía que le costaría un mundo mantener el secreto a buen recaudo hasta que hablara con Alonso o hasta que yo quisiera contarlo, lo haría.

—No tardes en decírselo.

—Hoy si viene, que siendo viernes seguro que sí, le pediré hablar y no solo del bebé, le diré que si no quiere seguir que me lo diga claro.

—Eso es. Las cosas claritas. Y si se pone tonto esta vez, no le enseñes las tetas, esta vez le das un par de collejas.

Nos miramos y nos echamos a reír antes de darnos un abrazo y cruzar la puerta de personal.

Esa noche, como tantas otras, el primer turno me tocó en el restaurante, en la terraza para ser más concreta.

Esperé y esperé sin dejar de mirar a la puerta las tres horas que estuve allí para ver aparecer a Alonso, pero eso no pasó.

Ni vino él ni ningún miembro de su familia y eso me extrañó bastante porque si él no aparecía al menos esperaba que Leandro lo hiciera.

Fui al vestuario a cambiarme para continuar con el turno en la zona de relax. Ya por manía o costumbre, antes de salir miré el móvil por si de casualidad me había mandado un mensaje.

Como me esperaba, no lo había hecho.

Aunque sí que te tenía uno de Leandro que me decía que ese día no nos veríamos porque tenía una cita con un amigo que había venido de Madrid al que hacía mucho que no veía.

Decepcionada con Alonso una vez más por su falta de noticias, salí para seguir trabajando, intentando no pensar mucho en ello y así evitar echarme a llorar.

Y es que últimamente lloraba mucho.

Eso de estar pasando un mal momento y encima tener las hormonas de mi cuerpo bailando bulerías todo el día no era buena mezcla.

Media hora era la que llevaba sirviendo cócteles, copas y champán cuando mi sonrisa se hizo más amplia al ver venir de lejos a Alonso, aunque no venía solo.

A su lado caminaba bien tiesa Cayetana, eso no era nada nuevo ya que últimamente parecían más siameses que hermanos.

La sonrisa que se me había puesto al verlo venir caminando directamente hacía mí se me borró de golpe al ver la cara de enfado que traía.

Y no solo su enfado me llamó la atención si no su mirada.

En ella ya no había rastro de lo que había visto en ella todo el verano. Ya no había cariño, ni deseo, ni esa alegría que le hacía que brillaran al verme.

Todo eso se había sustituido por ira, despreció, asco incluso y sobre todo decepción.

—¿Alonso? ¿Qué te pasa? —pregunté cuando se paró justo enfrente mío con cómo no su hermanita a su lado.

Soltó una risa seca.

—¿Qué me pasa? ¿Qué te pasa a ti?

Me quedé perpleja y no solo por la pregunta que me hizo la cual no entendía si no por el tono que empleó para hacerla, uno con despreció y demasiado alto para el sitio en el que estábamos.

Fui a contestar a decir algo lo que fuera, pero levantó la mano para que no hablara y poder seguir haciéndolo él.

—Pensé que eras distinta. Pensé que solo querías estar conmigo por ser Alonso. Pero me equivoqué de pleno, eres una zorra interesada, la peor de todas.

Lo miré sorprendida mientras tragaba saliva la saber que estábamos dando un espectáculo.

Todos los que estaban alrededor, que no eran pocos, habían dejado de hablar entre ellos y hasta se habían girado en sus sillas para mirarnos. Solo les faltaban las palomitas, ya que las bebidas las tenían para disfrutar del espectáculo completo.

—No sé de qué estás hablando. Pero te aseguro que yo nunca he visto a otro que no sea solo Alonso, lo demás, sabes que me da igual.

Volvió a echarse a reír de forma amarga.

—No seas cínica. Ya puedes dejar de actuar, lo sé todo.

—¿Y qué sabes? Cuéntamelo, por favor, así nos enteramos los dos.

—Sé que, que hayas acabado trabajando aquí no es casualidad. Sé que eso solo era el principio de tu plan.

—¿Qué plan?

—Sé cuál era tu sueño. Sé que lo dejaste de lado por cosas que te pasaron; no sé cuáles, pero tampoco me importan. Sé que te arrimaste a Leandro y a mis padres para meterte poco a poco en nuestra familia y conseguir que mi madre te dejara diseñar joyas que es lo que siempre has querido.

Dios mío… pero ¿de dónde se había sacado este hombre semejante mentira?

—Eso no es cierto.

—No mientas más. Sabes que sí que lo es. Aunque tus planes cambiaron cuando te metí en mi cama. Ahí viste el cielo abierto porque ya no te costaría convencerlos poco a poco, sino que, con abrirte de piernas para mí, era mucho más fácil conseguirlo.

Oí algunos jadeos a mi alrededor, así como varios murmullos.

Intenté no hacerles caso, aunque era casi imposible. Estaba pasando la mayor vergüenza de mi vida al verme tan expuesta delante de todo el mundo.

Y encima que pensaran que… era una… no podía pensar ni en la palabra, de verdad que no.

—Estás equivocado —susurré.

—No lo estoy. Solo eres una muerta de hambre que se ha abierto de piernas para mí para conseguir un fin y todos sabemos el nombre que se le da a mujeres así. Pero escúchame bien, no lo vas a lograr.

—Alonso…

—No quiero que pronuncies ni mi nombre, ni que me mires, ni siquiera que respires el mismo aire que yo ni que mi familia.

Se paró antes de decir sus últimas palabras, unas que no solo fueron dañinas, sino las peores que podía haberme dicho, sabiendo de sobra los problemas de autoestima que había tenido.

Fueron una bala directa al corazón para destruirme. Para partírmelo en mil pedazos.

—Aquí hay cientos de socios, puedes intentar abrirte de piernas con ellos como la puta ambiciosa que eres para intentar engañarle y que te saque de la vida de mierda que llevas. Aunque con tu aspecto lo vas a tener difícil, no todos tiene tan mal gusto como yo.

Le miré, conteniendo las lágrimas, preguntándome de dónde se podría haber sacado todo eso.

Y en qué momento había pensado tan mal de mí, cuando ni una sola vez había hecho referencia delante de él ni a mi sueño ni a nada que tuviera que ver con su empresa.

Sus ojos no me dieron ninguna respuesta.

Pero cuando desvié la mirada hacia Cayetana, que seguía a su lado sin decir nada, y vi su cara y su sonrisa maliciosa, en la que había marcado el mayor de los triunfos, lo supe.

Había sido ella. Ella había sido la que le había dicho todas esas cosas.

Ella había sido la que le había puesto en mi contra, contándole todas esas mentiras, y él se las había tragado todas, a cada una de ellas.

Me hizo una mueca que solo vi yo, pero que fue suficiente. Con ella me dijo «Te lo advertí».

La destructora, una vez más, había honrado a su nombre y había destruido no solo una vida, sino tres. Pensé antes de darme la vuelta y marcharme de allí con pasos rápidos.