¡Niño pijo, me pones de los nervios! Capítulo 27
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Capítulo 27

Los siguiente diez días desde que me enteré de que iba a ser madre fueron totalmente diferentes a los vividos durante el verano y no porque yo me sintiera diferente si no por lo que parecían haber cambiado las cosas en tan pocos días.

No todas habían cambiado, pero para mí si las más importantes u concretamente una.

El comportamiento de Alonso conmigo.

Desde aquel día en el que toda la familia Sotomayor había comido junta en el restaurante del club para darle la bienvenida a su hermanita después de las vacaciones su comportamiento empezó a cambiar.

No fue radical desde ese día, si no que había sido de forma gradual pero constante.

Los primeros dos días no se lo tome en cuenta porque como me dijo después de los días de verano en el que dejaban el trabajo un poco en pausa me había explicado que en septiembre lo retomaban y que solían sobre todo los primeros días estar a tope.

Por eso no le tuve en cuenta que dejara de llamarme por las mañanas como había estado haciendo todo el verano los días que no dormía con él para darme los buenos días.

O la charla por teléfono que nunca faltaba durando al menos media hora antes de acostarnos, esas se habían ido reduciendo también y no solo en los minutos que hablábamos si no, también a la nada porque desde hacía cinco días no me había llamado ni cogido el teléfono tampoco cuando lo había llamado yo.

Luego llegaban las escusas porque ya me había dado cuenta de que lo eran, de no lo oí, estaba ya dormido, o seguía liado con algo de trabajo y no puede cogerlo.

Que todo eso podía haber sido cierto y yo no haberme empezado a alarmar, pero es que a esos pequeños detalles se le sumaron otros.

En los últimos diez días solo nos habíamos vuelto a ver tres veces y siempre en el club cuando había ido una de ellas con Leandro a comer y dos con su hermana a cenar.

En esos encuentros cruzamos palabras formales y todas ellas yo como camarera y el como socio sin entrar en nada personal.

Pero no era solo eso lo que me preocupaba si no la manera fría en la que me había tratado en esos escasos encuentros y la manera aún más fría en la que me hablaba por teléfono contestando con monosílabos y dejando ver que estaba deseando colgar.

Y lo de los mensajes ya era lo más de lo más.

Habíamos pasado de tener cientos, en los dos meses de verano que habíamos estado juntos a pasar a ocho por mi parte los primeros días desde que empezó su cambio a los que solo a tres me había contestado los demás estaban en vistos y sin contestar y me daba que así se iban a quedar.

Y lo de quedar fuera del club por supuesto que también había dejado de pasar.

No habíamos vuelto ni a pasear, ni a cenar, ni a pasar la noche juntos. Sexo y besos mucho menos claro, para eso había que verse y como he dicho eso había pasado poco.

Hasta Leandro había notado el cambio de Alonso hacía mí y así me lo había hecho saber.

Quiso saber si habíamos discutido o había pasado algo entre nosotros y cuando le dije que no que no había pasado nada al menos que yo supiera él también se extrañó.

Se ofreció a hablar con Alonso y preguntarle, pero le pedí que no lo hiciera, no quería que se molestara por meter a su primo en nuestras cosas.

Aparte de que estaba segura de que no le diría nada igual que me había contestado a mi cuando le había preguntado si estaba bien o le pasaba algo.

Ahí siempre me contestaba lo mismo, es cansancio y tengo mucho trabajo, tienes que entenderlo.

Pues no lo entendía.

No lo entendía porque eso sí podía ser posible, todos teníamos trabajo, preocupaciones, responsabilidades y estábamos cansados, pero si quieres a una persona sacas al menos cinco minutos al día para dedicárselos.

Así que después de pensarlo mucho y aunque me dolía en el alma llegar a esa conclusión llevaba pensando los dos últimos días que para Alonso no había sido más que la chica de turno con la que se lo había pasado bien durante el verano y que al acabar este, no quería seguir.

Y si era así pues lo tenía fácil que me lo dijera y punto, no se puede obligar a nadie a estar con alguien que no quieres, pero tampoco yo me merecía estar como una tonta esperando un poco de atención, o estar con el teléfono en la mano esperando una llamada o un mensaje que no llegaban nunca.

Estaba tumbada en la cama yo sola, porque Tania se había marchado temprano al instituto mientras pensaba todo eso.

Que no sabía si me entristecía y me cabreaba más. Quizá mitad y mitad.

Llevé las manos hasta mi vientre y me lo acaricié mientras cerraba los ojos para que las lágrimas que estaban en mis ojos al acordarme lo que había pasado el día anterior, no empezaran a salir de ellos sin control.

El día anterior por la mañana había tenido mi primera visita al ginecólogo, evidentemente fui sola ya que, si Alonso ni apenas me hablaba ni le había visto, no había tenido la oportunidad de decirle lo que pasaba.

Allí el ginecólogo me dijo que estaba embarazada de nueve semanas, justo de lo que yo pensé coincidiendo las fechas con esa primera y única vez en la que no usamos protección.

También pude ver al bebe en la pantalla del ecógrafo y escuchar su corazón.

En ese momento tuve sentimientos encontrados. Sentí mucha alegría al ver a mi hijo y oír su corazón por primera vez, pero también mucha tristeza al verme allí yo sola y que su padre se lo estuviera perdiendo porque no me daba la oportunidad ni de hablarle o dejarme verle para contárselo.

Me levanté de la cama despacio como me había recomendado el ginecólogo para evitar que las náuseas fueran más fuertes y esa mañana parecía que funcionó, aunque seguro que las pastillas que me había dado también ayudaban.

El resto de la mañana aparte de desayunar y limpiar la habitación que compartía con Tania no hice nada más, no estaba bien físicamente porque el cansancio parecía incrementarse por días ni anímicamente por la situación que estaba pensando que Alonso no quería saber nada más de mí.

Ese día me tocaba turno de noche así que la tarde la pasé en casa con Tania.

—Valle, cada día tienes más cara de cansancio ¿Por qué no vas al médico y que te hagan unos análisis?

Mi hermana llevaba días muy preocupada por mí y no solo lo sabía porque me decía cosas como esas cada dos por tres, si no por cómo me miraba cuando creía que no la veía.

Ella al igual que Leandro también se había dado cuenta del cambio que había dado Alonso los últimos días y estaba que trinaba.

Sabía que no se metería ni le diría nada al ver lo mal que yo lo estaba pasando, pero eso no quitaba que murmurara o le dedicara algunas lindezas entre dientes a la más mínima oportunidad.

Mi intención era contarle lo de mi embarazo primero a Alonso y después ya a ella, pero según estaban las cosas no podía dejar que siguiera preocupándose cada día más por mí, pensando que estaba enferma.

—O puede que el que no duermas bien sea por lo mucho que estás dando vueltas a lo de Alonso —dijo enfadada.

—Tania…

—Ni Tania ni hostias, se está portando como un gilipollas, Valle, a mí me ha decepcionado mucho. Pensé por cómo te miraba que te quería, pero al parecer el niño pijo es buen actor porque lo ha hecho cojonudo todo el verano, pero ahora ni siquiera te contesta a un puto mensaje.

Y yo también pensé que así era, pero al igual que ella me había equivocado, ni me quería ni lo había hecho nunca, yo para él solo había sido un juego, una conveniencia veraniega, una más, aunque conmigo fuera distinto y conmigo repitiera, que añadir a su larga lista de mujeres que habían pasado por su cama.

—Tania…

Ni me escuchó, siguió relatando.

—No quiere seguir contigo. Pues que no siga. Pero que tenga los cojones de decírtelo para que no estes aquí deprimida esperando una llamada que déjame decirte que cada vez pienso más que no va a llegar.

—¡Tania!

—¡¿Qué?!

—Quieres callarte un momento y escucharme.

—No. Si le vas a escusar o a decirme que no te afecta lo que te hace no quiero escucharlo porque si lo haces me voy a poner de peor mala hostia de la que estoy.

Resoplé.

—No le voy a escusar. Y sí que me afecta lo que hace ¿Cómo no va a hacerlo? Estoy enamorada de él Tania es imposible que no me afectara.

—Es que joder ¿Cómo puede hacerte esto? Todo parecía ir tan bien.

—Y así era hasta que dejó de ir. Pero yo no puedo hacer nada. Si no quiere estar conmigo no seré yo la que ruegue ni le que lo persiga. Lo aceptaré y punto.

—Pues hazlo ya coño. Porque mira como estas. Su indiferencia y su trato te está costando la salud. En serio Valle pide hora en el médico ya. Si no lo haces lo haré yo y te llevaré arrastras.

Se acabó… No podía seguir callada, tenía que decírselo.

—Tania, ya he ido.

—¡¿Qué?! ¿Has ido al médico y no me has dicho nada? ¿Y qué te pasa? ¿Qué tienes? Y no me digas que nada porque no voy a creerte.

Y ahí estaba, señoras. Tania, en todo su esplendor dramatizando porque no solo había dicho todo eso gesticulando mucho, sino que además estaba de pie en el sofá gritando.

—Quieres bajar de ahí y dejar de dramatizar.

—Dramatizar, dice. Has ido al médico porque estás enferma y yo sin saberlo creo que un poco de drama es necesario.

—No lo es porque no estoy enferma Tania.

—¿Cómo no lo vas a estar? ¿A que matasanos has ido? Porque ese tiene poca idea hija. Las ojeras te llegan al suelo, has perdido peso, duermes poco y mal y has vomitado algunas comidas.

La madre que la parió, pues sí que me había estado vigilando sí, porque me acababa de hacer un historial completo de mis síntomas.

—Tania…

—Tania no. Mañana buscamos un buen médico. Uno que tenga el título de la facultad claro, no uno que se lo hayan dado en una tómbola al disparar y no querer un osito.

—Me agotas de verdad. Quieres callarte un segundo y escuchar.

—Escuchar ¿el que? Que te inventes cualquier cosa para no preocuparme o que el médico, dijeron que era bueno, pero resulto ser que no lo era tanto.

—No. Que escuches que no estoy enferma y que lo que me pasa es normal en mi estado —dije señalando mi abdomen.

Frunció el ceño y se bajó del sofá donde seguía subida de un salto.

—¿Estado? ¿Qué estado?

—Estado catatónico te voy a dejar a ti del mamporro que te voy a dar. Pues si te digo que es normal en mi estado y te señalo el abdomen, ¿tú cuál estado crees que es?

Mi miró a la cara, bajo la mirada a mi abdomen donde seguía mi mano, volvió a subir la mirada a mi cara. Abrió la boca, la cerró. Resopló, suspiró. Y finalmente se apoyó al respaldo del sofá como si necesitara apoyo para hilar mejor los pensamientos.

—No.

—Sí.

—No puede ser…

—Ya te digo yo que sí puede ser.

—Pero ¿cómo ha pasado esto?

—Tania… ¿En serio me preguntas cómo ha pasado? ¿A estas alturas tengo que explicarte otra vez lo de la flor y la abejita?

Se echó a reír de forma nerviosa.

—No, joder, cómo ha pasado lo sé, con un polvo. Pero me refería a otra cosa.

—Sí, ya sé a qué te refieres. Fue un descuido. La primera vez y la única que lo tuvimos, para ser más concreta.

—Hostias… ¿Vamos a tener un bebé?

—Técnicamente voy a tenerlo yo, que voy a ser la que tendrá que parirlo.

Se llevó las manos al pecho y sollozó dramáticamente.

—Esto es súper fuerte. ¡Que voy a ser tía, joder! ¡Qué alegría! —Dijo tirándose a mis brazos para apretarme fuerte contra ella.

Después de soltarle el bombazo y hasta que nos fuimos juntas a trabajar, me hizo contarle todo con pelos y señales, dos veces.

Y aun así no se quedó muy conforme, así que me informó que en la próxima visita al médico iría ella conmigo, ya que según su opinión el padre se había marcado un ghosting y no parecía que eso fuera a cambiar.