Capítulo 26
Diez minutos exactos fueron los que tardo en hacerse el silencio en el comedor.
Los murmullos que había más bajos de lo normal cesaron en el acto cuando todos los presentes vieron aparecer en la puerta del restaurante a la familia Sotomayor, aunque al solo hacerlo cuatro de sus cinco miembros la cosa volvió a cambiar.
Recorrí con la mirada a los comensales mientras me acercaba a la puerta a recibir a mi familia favorita.
Unos soltaban el aire que habían contenido al ver que Cayetana no estaba con ellos, otros se aflojaron las corbatas, algunas mujeres cogieron de repente su abanico y se dieron aire como si necesitaran más aire para respirar y a otros los vi apoyar la espalda en las sillas relajándose un poco.
Sentí pena por ellos porque esa relajación le iba a durar poco y eso lo supe en cuando saludé a mi chico y su familia.
—Buenas tardes familia.
—Hola Valle.
—Hola cariño —me susurró Alonso para que nadie le oyera a la vez que me sonreía y me guiñaba un ojo
Le devolví el gesto como siempre hacía para que no notara que algo me pasaba. Y es que, aunque estaba aguantando el tipo delante de él, por dentro estaba que me moría de los nervios que tenía, pensando en que pasaría cuando le dijera que íbamos a ser padres.
De camino decidí que no iba a decírselo en el club, no de eso nada, esa conversación merecía un sitio tranquilo y estando los dos a solas.
Así que esperaría a que se presentara un buen momento para hacerlo.
—¿Mesa para los cuatro?
—Cinco, mi hermana está fuera saludando a unos conocidos vendrá enseguida.
¿Saludando o soltando las primeras perlas? Me pregunté mentalmente a la vez que asentía y les guiaba hacia una mesa.
—Valle ¿estás bien? No tienes muy buena cara.
Mierda… y yo que pensé que el corrector de ojeras y el colorete que me había echado habían funcionado de maravilla para que no se notara el rastro que tenía en los ojos de llevar días durmiendo mal y la palidez de mi rostro, pues no, al parecer no habían funcionado del todo y con todo el mundo, porque con un solo vistazo Teresa había notado que no estaba bien.
—Estoy bien, es solo cansancio. Anoche hacía mucho calor y no dormí muy bien.
—De verdad que a ti y a Tania había que poneros una medalla a las más valientes y supervivientes de Marbella por aguantar vivir en vuestra casa sin aire.
Solté una risita ante las palabras de Leandro, ya que solo había subido una vez a nuestra casa y el pobre, al ver el tamaño y el calor que hacía allí dentro, solo aguantó quince minutos.
Me encogí de hombros.
—Es cuestión de acostumbrarse.
—A eso no se acostumbra uno, joder, debería estar penado por ley alquilar pisos en el sur que no tengan aire acondicionado.
—Me lo apunto y en las próximas elecciones se lo mandaré a los que ganen, para que elaboren esa ley —contesté haciéndole reír—. ¿Queréis esperar u os traigo las bebidas?
—A mí, tráeme agua ya, por favor; vengo seco.
—A nosotros dos verdejos.
—¿Alonso, a ti qué te pongo?
Era el único que no se había sentado y seguía a mi lado así que inclinó un poco la cabeza para susurrarme al oído.
—Tú sabes bien cómo me pones.
—Como tú a mí, entonces.
—¿Cachonda? —susurró.
—Eso también, pero principalmente me pones de los nervios, niño pijo.
Soltó una pequeña carcajada antes de sentarse y yo contuve la risa.
La razón de que nos riéramos es que esas palabras no eran puntuales y dichas por decir, ya que desde el día en el que discutimos y luego la cosa se salió de madre y acabábamos como acabamos, era algo así como una broma solo nuestra.
Él solía preguntarme muy a menudo como le ponía y yo le contestaba siempre con lo mismo que le dije aquella primera vez ¡Niño pijo, me pones de los nervios! haciéndole reír porque bien sabía el que esas palabras tenían un trasfondo que solo nosotros entendíamos.
—Tráeme agua bien fría, anda.
Me fui a la barra a por las bebidas y Susana me esperaba expectante con un rastro en su mirada de esa esperanza que según ella se había ido en un yate.
—Dime que no viene —me rogó.
Forcé una sonrisa.
—Está fuera saludando o jodiendo a los primeros que ha pillado, en unos minutos la tendremos aquí.
—Mierda…
—La gente había respirado tranquila y parecía que se había relajado, pero cuando la vean entrar se les va a cortar la digestión.
—Voy a pedir a la cocina que preparen un caldero de tila y que saquen los cubiertos de plástico, cualquier prevención es poca.
Las dos nos miramos y nos echamos a reír bajito, no sabíamos si por los nervios, por las bobadas de Susana o por ambas cosas. Pero la risa nos duró poco, lo justo para notar como el silencio se impuso de nuevo en el comedor y esa vez ya sí, que por el motivo que todos estaban esperando.
—Atenta. Vas a ver a la destructora desde primera fila —me susurró Susana.
La gente se tensaba a su paso, contenían el aliento, retiraban la mirada o agachaban la cabeza, pero no les sirvió de nada.
Su taconeo ese que siempre marcaba de más para hacerse notar ceso de golpe al pararse en varias mesas más cercanas a la puerta.
—Celia, qué mal te ha sentado el verano, espero que hoy que empieza septiembre empieces a hacer dieta o en Navidad te confundirán con una bola del árbol.
La chica agachó la cabeza y ni se atrevió a contestarla.
—Adrián, qué delgado te estás quedando, chiquillo, tirarte a tu secretaria y a tu mujer a la vez debe ser agotador.
—Señora Valverde, espero que no le haya pagado a su cirujano esos retoques en los pómulos; la ha dejado como un hámster.
—Vaya… vaya… ¿Una comida encubierta? Fran, ¿cuándo le vas a confesar a tu mujer que tu asistente, aquí presente, te da más por el culo que ella cuando te pide dinero?
—Dios mío… —dije mirándola alucinada.
—Y está siendo suave. Espera que salga a la piscina, ahí sí que repartirá no solo cuchillos sino balas —me contestó Susana mientras apretaba los dientes enfadada al ver la cara de la gente.
Gracias a Dios llegó a la mesa de su familia y no dijo nada a nadie más. Cogí aire y, sabiendo lo que me esperaba, fui hasta allí. Pero juro que lo que pasó a continuación sí que no me lo hubiera esperado en la vida.
—Hola, Valle. ¿Qué tal todo?
—Eh… bien.
—Me alegro, es un placer volver a verte. Espero que hayas tenido un buen mes. Agosto aquí es horrible; siempre hay mucho trabajo.
—Ha estado bien —dije sin saber qué más contestar por lo desconcertada que estaba.
Leandro me miró con los ojos abiertos como platos. Alonso ni se inmutó y sus padres la miraron con los ojos entrecerrados, preguntándose seguramente qué tramaba al ser tan amable conmigo.
Eso mismo nos preguntamos Leandro y yo también y así nos lo dijimos con la mirada, porque algo tenía que tramar.
Tanta amabilidad por su parte era sospechosa, muy sospechosa. Sobre todo, después de ver como había tratado a la gente con la que se había cruzado.
Porque si a ellos le había soltado esa clase de comentarios a mí que me odiaba, porque lo hacía, me tendría que haber lanzado el mayor cuchillo de todos los que parecía llevar en el bolso, pero no lo hizo y eso fue lo peor.
Un insulto, una humillación, una amenaza, aunque fuera encubierta eso sí que podía esperarlo pero que me hablara bien y que fuera amable no.
Que se podía pensar que durante el tiempo que no nos habíamos visto había recapacitado y aceptado mi relación con su hermano, pero no, ni de puta coña esa víbora haría algo así.
Así que esa amabilidad era solo un anuncio de que después iba a venir algo peor, mucho peor, solo que o se estaba pensando o el qué o estaba esperando el momento oportuno para soltar su golpe, porque ese golpe llegaría de eso estaba segura yo y también Leandro como así me lo decían sus ojos, sin tardar mucho.
Las preguntas eran ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Y de qué manera?
—¿Os traigo ya la comida?
—Sí por favor —me contestó Teresa.
Todos me pidieron lo que les apetecía menos Cayetana. Ella volvió a sorprenderme a mí y a los demás con su petición de que se fiaba de mi buen criterio y que le trajera lo que yo elegiría para mí.
Cuando llegué a la barra y Susana me preguntó se quedó helada cuando le conté lo que había pasado y me dijo mirándome preocupada que tuviera mucho cuidado que ella la igual que Leandro y yo también pensaba que la destructora tramaba algo.