¡Niño pijo, me pones de los nervios! Capítulo 24
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Capítulo 24

Dicen que cuando eres feliz el tiempo pasa demasiado rápido y eso era precisamente lo había pasado.

Julio incluso con todas las cosas que pasaron, todas buenas a mi modo de ver se nos pasó volando, pero agosto directamente se evaporó.

Los días y las semanas pasaron a la velocidad de la luz.

Entre largas jornadas en el club, risas hasta dolernos la barriga con mi hermana. Ratos con Leandro de charla, de más risas, de confidencias que se me quedarían grabadas en la memoria para siempre con el que como predije desde un principio se convirtió y lo seria siempre mi mejor amigo.

Y momentos, de esos hubo muchos, con Alonso del que estaba completamente enamorada y con el que había vivido el mejor verano y el más feliz desde que mi madre murió.

Tuvimos largos paseos por la playa, cenas y comidas improvisadas según los turnos que yo tenía y desayunos juntos después de pasar la noche en su casa enredados en su cama.

Incluso un fin de semana que Dani me dio libre y sin que yo me lo viera venir me fue a buscar a casa, Tania que era su cómplice ya le había dado una pequeña maleta con mis cosas, me hizo montarme en el coche para según el pasar unos días solos lejos de la rutina.

Y así fue. Porque pasamos tres días inolvidables navegando en un yate que un amigo le dejó, ya que ellos no tenían uno propio y no por falta de recursos si no porque ninguno era muy amigo de perderse de esa manera unos días navegando, pero conmigo quiso hacerlo y bendita la hora, porque fueron tres días maravillosos.

Sentir la brisa en mi piel mientras estábamos en medio del océano mientras Alonso me hacía el amor en la cubierta del barco seria uno de los recuerdos de aquel viaje que no saldrían de mi cabeza nunca.

Estuvimos también parados en una pequeña cala que estaba desierta donde nos bañamos desnudos en el mar y donde terminamos como no podía ser de otra manera también amándonos mientras las olas rompían contra nuestros cuerpos.

La relación con Teresa y Fernando también siguió viento en popa. Me trataban estupendamente y ella no dejaba de repetirme a la mínima ocasión que estaba encantada de que estuviera con su hijo, que nunca le había visto tan feliz y que para ella eso era lo más importante.

Nunca ni siquiera antes de saber que salía con Alonso me hicieron de menos por ser camarera y estar en una escala social inferior a ellos y así seguía.

Teresa como prometió no me había vuelto a insistir con que me uniera a ella para diseñar, como hacerlo de todas maneras si no tenía estudios, eso hubiera sido una locura, aunque sí que alguna vez y estando a solas en el club o en su casa cuando habíamos ido a comer mientras los demás estaban tomando algo en el jardín y ella y yo en la cocina me había enseñado un portafolios con diseños y me había pedido mi opinión.

Opinión que no me había podido negar a darle, porque había diseños los suyos magníficos, pero había otros… esos que Cayetana hacía creyéndose la mejor que podían hacer que te sangraran los ojos de lo malos que eran.

Yo ahí como había hecho aquel día en el club solo le decía que cambiaria y ella sonreía mientras negaba con la cabeza seguramente pensando con lo bien que lo harías es una pena desperdiciar ese talento.

En las calles de Marbella ya se notaba al final de agosto que el verano estaba a punto de llegar a su fin.

Había el mismo ajetreo que en junio de turistas cargando sus maletas en los coches, de caras largas porque se acababa lo bueno. Y aunque seguía oliendo a dinero allá donde miraras también esos últimos días olía a despedida.

Pero en la mayoría de los casos no a una para siempre si no a una que decía no cambies Marbella que volveremos pronto.

En el club también se notaba que el verano terminaba. En el puerto la cantidad de yates ya era menor, solo quedaban los de los más tardones que apuraban hasta el último momento y los de los que eran fijos todo el año por tener su residencia fija en Marbella.

La afluencia de gente también era menor.

La piscina se la veía cada día más despejada.

En el comedor había siempre, cosa que en el verano era de imposible de ver, alguna mesa vacía.

En la zona de relax sobre todo por la noche ya no era una carrera de fondo bandeja en mano entre las mesas para servir a todos en el menor tiempo posible.

Y en la discoteca ya no había colas fuera cuando abría sus puertas, o no tanta como en los meses centrales del verano.

El club seguiría abierto todos los días del año como había hecho desde que abrió sus puertas años atrás, pero acabada la temporada de verano solo los socios y algún visitante son los que seguirían viniendo a diario.

Todo volvería en pocos días a la rutina, otra muy distinta a esos meses. Los empresarios como Alonso, Fernando y Leandro alargarían sus jornadas que habían acortado en verano para dedicar más horas a sus empresas.

Y eso hacía que en el club se vieran ya muchas mujeres solas o en grupos sin sus acompañantes masculinos, al menos durante el día, porque por las tardes a última hora ellos allí estaban como clavos para unirse a un rato de relax o diversión.

Yo ya había hablado con Dani y seguiría mis turnos de manera muy parecida a como los había tenido hasta ese momento. La que sí que cambiaría su rutina de esos meses sería Tania.

Mi hermana que un principio y como habíamos quedado en septiembre dejaría la cocina del club para dedicarse por completo a sacar el último curso al final no lo haría así.

Se la veía tan feliz y estaba tan hecha a esa cocina en la que había parecido nacer que después de una larga conversación logró convencerme de que tenía o deseaba más bien seguir yendo al club.

Así desde que empezara las clases que sería en apenas quince días de lunes a viernes se dedicaría al cien por cien a estudiar y los fines de semana iría como había hecho al principio a las comidas y las cenas para seguir siendo la reina consorte en la cocina junto a Sergio.

Lo que también volvería a la rutina para desgracia de muchos incluida yo misma era la vuelta de Cayetana.

Había estado como hacía cada año fuera de España todo el mes de agosto en el yate de uno de los socios del club con unos cuantos amigos tan insoportables como ella.

Su ausencia se había notado, pero para bien. Yo y muchos más entre ellos Leandro, sobre todo, no la habíamos echado de menos ni un poquito.

Habíamos tenido paz durante esos treinta días que no supimos nada de ella.

Pero eso estaba a punto de cambiar porque la destructora volvía ese día a Marbella. Su hermano estaba desenado verla, que debía de ser el único o al menos eso se comentaba en el club.

Compañeros y algunos socios, los más osados que se atrevían a hablar sin tapujos ya comentaban que la pequeña de los Sotomayor volvía como cada año en septiembre con ganas acumuladas de humillar, criticar, soltar su veneno a diestro y siniestro y dar por culo ese mes que al parecer era en el que como cada año el ambiente en club se enrarecía por su culpa.

Yo pensé al oírlo que eran simple rumores y que una sola mujer no era capaz de conseguir tal hazaña de poner en jaque a todas las mujeres y entre las cuerdas a todos los hombres que tenían la desgracia de cruzarse en su camino.

Pero cuando le pregunté a Dani que de ciertos eran tales rumores, me dijo que eran ciertos que así era cada septiembre, porque la niña después de un mes fuera venía como un huracán con ganas de arrasar con todo.

Y que cuando ya se desquitaba, eso pasaba al final del mes ya las cosas se relajaban y todo volvía a la normalidad.

Que esa normalidad no era que ya no se notara su presencia si no que lo hacía con menor medida.

Cuando salí del despacho ese día después de hablar con Dani y de que me pusiera al tanto de lo que nos esperaba, porque sí, aunque no te tocara directamente, sí que notabas la tensión y empatizabas con los que tenían la desgracia de ser sus objetivos.

Y supe que uno de sus objetivos sin remedio iba a ser yo.

Porque sí, sabía con absoluta certeza que aquella amenaza que me lanzó el día que me vio en casa de Alonso cuando se enteró que estábamos juntos no había perdido fuerza ni la se le había olvidado si no que la había dejado de lado mientras se iba de vacaciones, pero al volver la cumpliría.

¿De qué forma? ¿O cómo? Eso era lo que tanto Leandro con el que lo había hablado varias veces porque era el único que lo sabía, nos preguntábamos.

Y sinceramente no tenía yo ni cuerpo ni la mente tampoco muy bien que digamos para aguantarla, así que si venía dispuesta a dar guerra se iba a llevar una sorpresa porque callada no pensaba quedarme.

Ese malestar que tenía dentro llevaba días acompañándome, aunque delante de todos había disimulado todo lo posible y eso era lo que hacía, sospechando el que podía ser, que mi mente trabajara pensando a todas horas en ello no dejándome ni dormir bien, por el desasosiego que tenía.

Las molestias habían empezado ya varios días atrás y en un principio pensé una mañana que eché hasta la primera papilla nada más levantarme que me había sentado mal la cena la noche anterior.

Eso me duró varios días y ahí ya pensé que podía ser una gastroenteritis, una indigestión o incluso el cansancio acumulado del verano por lo intenso que había sido.

Pero cuando eso cesó, o más bien se rebajó, porque cesar no lo hizo del todo y empezaron a unirse otras cosas como las náuseas que me azotaban cuando servía algunos cocteles en la terraza que solo con su olor me revolvían el estómago.

O incluso el perfume de alguna clienta que conseguía que tuviera que hacer varias respiraciones profundas para calmarme, para no caerme redonda allí mismo o salir corriendo.

Ahí fue ya cuando dejé de pensar en que era algo pasajero o un malestar puntual para ser algo más.

Y ese algo más era lo que me tenía totalmente de los nervios. Lo había estado evitando ya demasiados días pensando que si lo obviaba dejaría de ser una evidencia y no daría paso a ser una certeza, pero no podía dejarlo pasar más.

Tenía que salir de dudas y enfrentar lo que viniera siendo fuerte como lo había sido siempre cuando se presentaban cosas imprevistas que se salían de mi control.

Sin decírselo a nadie, ni si quiera a Tania porque quería estar segura al cien por cien de ello, había pedido hora con mi médica a la que hacía ni se le tiempo que no visitaba porque no solía ponerme nunca enferma, para el día siguiente por la mañana.

En esa consulta se resolverían mis dudas o eso esperaba.

E independientemente de lo que me dijera ya veríamos lo que pasaba. Porque si mis sospechas se confirmaban mi vida y a cambiar y mucho y directa o indirectamente las de los que me rodeaban también.

Cada vez que me sentía mal, que como he dicho era a menudo a mi mente venía sin remedio ese recuerdo de esa vez, de esa única vez, la primera que habíamos estado juntos en el vestuario.

Esa vez en la que nos cegaron tanto las ganas y el placer que ninguno de los dos pensó demasiado en nada, como protegernos, por ejemplo, y solo nos dejamos llevar.

Pues al parecer esa única vez, que había que tener mala suerte o puntería, iba a traer consecuencias o eso era lo que yo pensaba y esas ganas y esa pasión que nos arrastró había hecho algo más que hacer que estuviéramos juntos.