¡Niño pijo, me pones de los nervios! Capítulo 23
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Capítulo 23

Cinco minutos después de que empezáramos a besarnos, ya estábamos tumbados en el enorme sofá que Alonso tenía en el salón. Mi camiseta y su camisa fueron las primeras prendas que cayeron al suelo.

Se me quedó mirando el pecho mientras me quitaba el sujetador y se relamió los labios.

En esos momentos, mientras me miraba de lo más concentrado, tuve que aguantarme la risa sin que me viera cuando se me vinieron a la cabeza las palabras de aquella conversación que tuve con mi hermana hace ya muchos días.

Esas palabras que me dijo: «al príncipe le enseñas las tetas y le dejas con la boca abierta», pues, parecían una premonición porque así era justamente como estaba en esos momentos.

—Son perfectas, Valle; me encantan. Son las más apetitosas y bonitas que he visto en mi vida y son todas mías —dijo mientras me las acariciaba con mucha lentitud.

Sus caricias y las mías siguieron hasta que, unos minutos después, ninguno de los dos tenía ya ni una prenda de ropa.

En todos nuestros encuentros en el vestuario, había sido él quien me había dado placer con su boca y, en ese momento, quise ser yo la que le hiciera lo mismo.

Le separé de encima de mí y le pedí que se sentara. Lo hizo, pero mirándome en todo momento, extrañado porque no entendía por qué le pedía algo así.

Pero cuando me arrodillé en el suelo entre sus piernas, ahí ya comprendió mis intenciones.

—Valle no tienes que…

No terminó la frase porque gruñó al sentir mi lengua en su glande. Seguí dándoles varias pasadas de esa misma manera; al ver cómo se excitaba cada vez más, di otro paso más.

Sujeté su tronco con una mano y me la metí entera en la boca hasta llegar bien hondo a mi garganta.

Empecé primero a mover la cabeza despacio, pero al aumentar sus jadeos yo aumenté el movimiento. Alonso me agarró la coleta que llevaba puesta y enrolló mi pelo en su puño para guiar mis movimientos al ritmo que más le gustaba.

—Dios, Valle… qué boca tienes joder.

Llevé mi otra mano a sus testículos para acariciárselos y darle un mayor placer. Ahí, ya en el salón, solo se oían sus jadeos y gruñidos entremezclados.

—Para preciosa o me correré.

Ni de broma pensaba parar y así se lo hice saber cuando aumenté el ritmo de mis movimientos.

—Valle, no puedo más. Apártate; voy a correrme… Dios… qué gustazo… joder… sí… sí… sí…

No me aparté, claro que no lo hice. Acabo corriéndose mientras soltaba un gruñido bien alto. Y yo no solo me tragué toda su esencia, sino que al acabar recogí todas y cada una de las gotas de ella como él había hecho otras veces conmigo.

Me retiré hacia atrás y, cuando nuestras miradas se encontraron, le sonreí.

—Eres maravillosa y me ha encantado, más que eso incluso, pero ahora necesito más: necesito hacerte mía, no aquí en el sofá, sino en mi cama.

Me sorprendió que, al levantarme del suelo, no me dejara caminar, sino que, de un solo movimiento, me cogió en brazos y me hizo enroscar mis piernas en sus caderas, que no estaba yo precisamente delgada, ya lo sabéis. Pero a él no pareció importarle, es más, al cogerme lo hizo sin esfuerzo.

De esa manera me llevó hasta la cama.

Me dejó encima y empezó a besarme por todo el cuerpo, mientras con sus manos me daba placer. Primero masajeando mi clítoris y luego con dos de sus dedos. Los que movió con mucha maestría, sin parar, hasta que consiguió que me corriera por primera vez.

Sin dejar de besarme alargó la mano hacia la mesilla para coger la protección que tenía dentro de un cajón y de la misma manera sin separarse de mi boca se la puso.

Se separó para que nos miráramos a los ojos mientras, como me dijo, me hacía suya. Me agarró por debajo de las rodillas para abrirme bien las piernas y me penetró de una sola estocada.

Los primeros movimientos fueron lentos, saliendo completamente de mí para después volver a entrar otra vez con fuerza.

Esas embestidas me encantaron y Alonso lo notó al ver mis ojos velados de deseo y el aumento de mis jadeos. No paró de hacérmelo así hasta que terminé corriéndome a la vez que chillaba su nombre.

No me dio tregua ni me dejó recuperarme.

Me agarró de la cintura para girarme boca abajo. Me levantó las caderas y entró en mí otra vez desde atrás. En esa posición ya no se movió despacio, sino todo lo contrario.

Me embistió una y otra vez, sin parar, sin bajar el ritmo. Fuerte, duro, con fiereza. Incluso se le escaparon un par de azotes en mi culo que en vez de molestarme o dolerme como alguna vez había pensado que pasaría, me encantaron y me hicieron disfrutar mucho más.

—Más… sigue… más…

—¿Quieres más? Pues yo te doy más, preciosa mía. Agárrate bien, voy a aumentar el ritmo un poco más.

Virgencita, que yo había pensado que no podría darme más duro, pues, al parecer, sí podía. Qué aguante y fuerza tenía el niño pijo, señoras, era una maravilla en la cama.

Así siguió un par de minutos más mientras los dos jadeábamos como locos.

—Alonso… no… no puedo más… voy a correrme otra vez.

—Yo… yo también. Venga, preciosa, dámelo. Juntos, lo hacemos juntos.

Caímos desplomados en la cama, sudados, exhaustos, pero muy satisfechos.

El resto de la noche fue muy parecido; solo salimos de la cama para cenar y darnos un par de duchas, y yo tardé en mandarle a mi hermana un mensaje para decirle que no iría a dormir a casa.

Y la muy capulla no me contestó con palabras, eso sí, me puso al menos diez emojis que prefiero ni decir qué representaban.

Cuando abrí los ojos por la mañana, no había parte del cuerpo que no me doliera, pero era un dolor bueno de esos que sabes que tienes porque lo que has hecho lo has disfrutado y te ha gustado.

Giré la cabeza y sonreí al ver a Alonso dormido a mi lado.

Tenía el gesto relajado y la respiración era constante, vamos, que estaba en el quinto sueño y sin tener pinta de que fuera a levantarse pronto.

Me escabullí de la cama para bajar a la planta de abajo para hacer el desayuno. En casa, siempre por elección era Tania la que cocinaba, pero yo también sabía hacer de todo y, sin pecar de engreída, no me quedaban las cosas como a ella, pero tampoco estaban nada mal.

Lo primero que abrí fue el frigorífico y la verdad es que no había mucho donde elegir, pero cogí lo suficiente para poder hacer un buen desayuno.

Estaba terminando de colocar los platos en la mesa con huevos revueltos unas tostadas con jamón y tomate, un poco de fruta cortada, zumo y como imprescindible en café cuando Alonso entró con cara de sueño.

—Pensé que te habías ido.

Me quedé cortada con su saludo, no por lo que dijo sino por el tono en el que lo dijo, además de estar muy serio.

—Pues… no. Me levanté hace rato a preparar el desayuno, pero si preferirías que me hubiera ido, lo hago ahora mismo.

—¡¿Qué?! No, claro que no —dijo mientras se acercaba a mí de dos zancadas para abrazarme—. Al despertarme y ver que no estabas, pensé que te habías ido sin decirme nada y no me ha sentado muy bien.

Solté el aire que se me había quedado atascado en los pulmones pensando que quería que me largara.

—Parecías tan a gusto dormido que no quería molestarte. Si me hubiera tenido que marchar por algún motivo, te lo hubiera dicho o te hubiera dejado una nota; nunca me iría como si fuera una ladrona.

—Lo sé, lo sé. Siento haberte hablado en ese tono. Es que… no sé qué me pasa contigo, Valle. Que me gustas es evidente, que te deseo también, pero siento que hay algo más, aún no me atrevo a ponerle nombre, pero lo siento dentro, creo que te…

—No lo digas —dijo poniéndole un dedo en los labios—, solo hazlo cuando estés completamente seguro.

Yo sí lo sentía y no solo se lo hubiera dicho en ese momento, sino muchas veces durante la noche, pero vi perfectamente en su mirada que no estaba preparado ni para decirlo, porque no estaba seguro de qué era lo que sentía, ni tampoco para escucharlo; por eso preferí callármelo.

Asintió antes de darme un beso corto en los labios.

—Vamos a desayunar, hay que recuperarse del desgaste.

—Y coger fuerzas porque no te he hecho mía en el jacuzzi del baño y ahí es donde vamos a ir cuando hayamos reposado el desayuno.

Me eché a reír mientras negaba con la cabeza, de verdad que este hombre era insaciable pensé alegrándome por mí.

Ese día no tenía que entrar hasta las ocho ya que tenía al ser viernes turno de noche así que me quedé a pasar el resto del día con Alonso, aunque la paz y lo a gusto que estábamos se fastidió justo medía hora antes de salir de su casa.

—Valle ¿puedes abrir? Seguro que es Leandro que viene a buscarme para ir juntos a cenar al club —me dijo desde dentro del vestidor.

—Claro, termina tranquilo.

Al abrir la puerta la sonrisa que tenía en la cara esperando ver a mi amigo se me borró de la cara, porque no era él si no Cayetana.

—¿Qué haces tú aquí?

—Buenas tardes para ti también.

—Déjate de tonterías. Repito: ¿Qué haces tu aquí en la casa de mi hermano? ¿Has venido a limpiar?

¿A limpiar? ¿En serio me preguntaba si había ido a limpiar? Que no es que fuera algo raro, ya que durante años había limpiado alguna casa, pero joder, podía ser por mil motivos. Pero no, la señorita se fue por lo más evidente, claro, porque yo solo podía ser una fregona.

—Es la novia de tu hermano, así que no, no ha venido a limpiar.

Cayetana, al oír a Leandro, que acababa de aparecer a su espalda, se giró a tal velocidad que pensé que se le dislocaría el cuello.

—¿Su novia? ¿Pero qué coño dices? ¿Cómo va a ser esta su novia? ¿Estás borracho o qué?

—Desde que nos conocemos, y para mi desgracia son muchos años ya, nunca me has visto beber más de una cerveza. Así que no, no estoy borracho. Y sí, es su novia.

—¿Le estás chantajeando con algo? —me preguntó.

—¿Perdón?

—Sí, tiene que ser eso, te has enterado de algo gordo que ha hecho y le chantajeas para que salga contigo ¿no? Sí es eso, porque es imposible que haya otra explicación ni motivo para que Alonso hiciera algo así por iniciativa propia.

La madre que la parió a la muy perra, de que mala leche me puso en solo unos segundos soltando semejante barbaridad por la boca.

—Mira guapa, ni le estoy chantajeando ni le obligo de ninguna otra manera a estar conmigo, está porque quiere estarlo.

Me miró con asco, pero asco puro.

—¿Por qué que querría estar contigo pudiendo tener a la mujer que quisiera? Esto es un error, no puede estar contigo. Qué vergüenza nos va a hacer pasar a todos cuando la gente se entere.

Leandro resopló a la vez que apretaba los puños, seguramente para no cogerla del cuello o de los pelos cosa que no descartaba hacer yo si no dejaba de decir bobada tras bobada.

—De verdad que no pensé que podías ser peor, pero me sorprendes cada día superando tu propia marca.

—Tú cállate. En vez de ir contra mí, deberías haber hablado con mi hermano y haberle hecho entrar en razón. Se le ha debido de ir la olla por hacer algo así. Lo mismo hay que llevarle al médico.

—A ti sí que hay que llevarte a un médico, o a un manicomio porque te juro que creo que estás mal de la cabeza.

—Estoy perfectamente.

No quería que siguieran discutiendo así que corte la conversación antes de que bajara Alonso.

—Tu hermano está perfectamente. Estamos juntos así que más vale que te hagas a la idea pronto y si no te gusta pues mira hacia otro lado.

—Déjale —me exigió y yo negué con la cabeza—. Déjale o atente a las consecuencias. Tú me amenazaste si me acercaba a tu hermana, pues yo ahora hago lo mismo. Aléjate de Alonso, no te lo repetiré.

Fui a contestarle, pero no tuve ocasión ya que oímos cómo Alonso se acercaba.

Le pedí a Leandro con la mirada que no le dijera nada, era mejor que no supiera que su hermana me había amenazado y todas las cosas que había dicho, asintió dándome la razón y ahí se quedó todo.

O eso pensamos, que se quedaría en una discusión por la sorpresa, pero no tardaríamos en saber lo equivocados que estábamos.

Cayetana le preguntó algo que debió de improvisar sobre la marcha de la empresa y se marchó igual de rápido que había venido.

Leandro, Alonso y yo nos fuimos en el coche hasta el club.

Y antes de irme al vestuario me dijo que me esperaría hasta la hora en la que saliera, bien para irme con él a su casa o para llevarme a la mía.

Y por más que le insistí en que no hacía falta ya que salía bastante tarde, no cedió y allí estaban los dos en el coche esperándome cuando salí.