¡Niño pijo, me pones de los nervios! Capítulo 22
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Capítulo 22

A las ocho entré en el vestuario agotada.

Con el calor que hacía, en las tres horas que estuve de turno en la piscina no paré de servir cócteles, cervezas, granizados y refrescos en ningún momento.

Todos los días esa zona se llenaba, pero ese día parecía que se habían puesto todos de acuerdo para refrescarse en el agua y se mantuvo lleno todo el tiempo. No hubo en ningún momento ni una sola mesa desocupada.

En el vestuario había duchas, y menos mal, porque necesité refrescarme antes de ponerme la ropa y marcharme a casa.

Salí diez minutos después y, aunque seguía un poco cansada, la ducha me había sentado de maravilla. Fui hasta la parada del autobús y me senté en el banco a esperarle.

Saqué el móvil para entretenerme leyendo algo mientras esperaba, pero no llegué a leer ni tres páginas cuando una voz me sobresaltó desde un coche.

—¿Preciosa, necesitas que te lleven?

Levanté la cabeza de golpe al oírle.

—Alonso, ¿qué haces aquí? Pensé que estabas en una reunión.

—Y lo estaba, pero terminó antes de lo esperado y apreté el paso a ver si tenía suerte y te pillaba a la salida. Al parecer sí que la he tenido —me dijo sonriendo.

Me levanté del banco y me acerqué a la ventanilla para darle un beso corto en los labios a través de ella.

—Sube, vamos a cenar a mi casa, de donde no te pienso dejar salir hasta mañana.

Una sensación estupenda me recorrió todo el cuerpo ante la expectativa del plan que me proponía.

—¿No estás cansado?

—Lo estoy. Supongo que sí, como tú, pero no lo suficiente como para no dejar ese cansancio aparte. Las ganas de estar contigo ganan a cualquier cansancio.

Pues ni os imagináis las mías de estar con él; eran tantas que el cansancio en mí desapareció de un plumazo.

Di la vuelta al coche y, sin pensármelo más ni dudar, me monté.

—Antes de irnos, necesito saludarte —dijo de forma pilla.

—¿Y cómo es ese saludo?

—Así —dijo antes de tirar de mí y lanzarse a mi boca para darme un señor besazo que nos dejó a los dos casi sin aliento.

Durante el camino me fue contando qué tal le había ido en la reunión a la que había ido con su padre. Todo había salido perfecto y pronto abrirían otra joyería en Sevilla.

Tomó un camino que me sonaba bastante como si fuera en dirección a las afueras, y eso me extrañó.

—¿Dónde vamos?

—A mi casa ya te lo he dicho.

—Pero tu apartamento está en el centro, ¿no?

Resopló mientras negaba con la cabeza.

—Valle ese apartamento lo tenía para…

Solté una risita al ver su apuro.

—Sé para lo que le tenías y lo que hacías en él. Tus hazañas con tus conquistas son vox populi en el club.

—Mierda…

—No pasa nada, ¿vale? Eso era antes de esto —dije señalándonos a los dos —, porque lo era, ¿no?

—Claro que sí, eso se acabó. Yo solo quiero estar contigo. Nunca te engañaría con otra mujer.

Lo dijo con tanta sinceridad que le creí; tuve que creerle y confiar en él aun con la fama que tenía, porque en eso se basan las relaciones: en la confianza.

—Entonces, si no vamos ahí, ¿dónde vamos?

—Nunca te llevaría a un sitio en el que he estado con otras mujeres. Vamos a mi casa. Donde vivo y en donde nunca ha entrado otra que no haya sido mi madre o mi hermana, bueno, y Carmen, que es quien limpia tres días por semana. Serás la primera y la única que pise mi templo.

Diez minutos después, entramos en una urbanización que yo ya conocía, la misma en la que vivía Leandro, y es que, encima, paró el coche en el chalet del de al lado de su primo.

—¿Eres vecino de Leandro?

—Así es. Todos vivimos aquí. Mis padres en ese chalet de enfrente —dijo, señalando con la mano—, y Cayetana en otro cinco más abajo —añadió.

—Por eso sabías que pasé el día con él, nos viste.

—Sí. Os vi llegar y te juro que, al menos, unas diez veces estuve a punto de llamar a su puerta. Ni te imaginas lo que me costó contenerme.

—Pues lo hubieras hecho. Desde luego, te hubieras reído porque nos lo pasamos genial.

—Leandro es fantástico y muy divertido; desde que éramos críos nos hemos llevado genial. Con mi hermana ya es otro cantar, no se tragan.

Es que, a su hermanita, al parecer, solo la tragaba él porque llevaban la misma sangre; bueno, y sus padres, porque no les quedaba más remedio.

Porque el resto de las personas, aunque muchas fueran unas hipócritas que le reían las gracias como sus amiguitas, no la tragaban ni bebiéndose cinco litros de agua.

Como no dije nada, se echó a reír.

—Sé que tú tampoco, puedes decirlo.

—No ha hecho muchos méritos para que sea así.

—Lo sé, se pasó mucho contigo el día en que te conoció. Algunas veces es una bocazas, pero no es mala persona. En nuestro mundo es mejor atacar que esperar a que te ataquen.

Volví a callar porque no tenía ganas de discutir, y menos aún por su hermana.

Pero desde luego que, qué cierto era eso de que no hay más ciego que el que no quiere ver. Y Alonso estaba ciego con su hermana. Cayetana no era una bocazas ocasional era una zorra dañina que disfrutaba humillando a la gente.

Y eso de que su mundo no me valía como excusa para haberse metido conmigo. No me conocía de nada y lo primero que me dijo fue algo despectivo y sin pertenecer a su mundo, como Alonso decía.

Pero vamos, que yo ya le dije bastante ese día y no la conocía, pero sí su fama y si decenas de personas tenían la misma opinión de ella, por algo sería.

Sabía de sobra que no había vuelto a por mí para dejar que me confiara, pero la estaba esperando sabiendo que en cualquier momento vendría a atacarme con algo.

Me dolería mucho que, si eso llegara a pasar, Alonso no hiciera nada ni se pusiera de su parte, pero, desde luego, porque fuera su hermana, lo que no iba a hacer era dejarme pisar.

Entramos en su casa y el tema de su hermana quedó atrás, y era lo mejor porque, si no, el ambiente se iba a poner muy tenso entre nosotros si le decía lo que realmente pensaba.

Me enseñó la casa igual que hizo Leandro en su momento.

Nada tenían que ver la una con la otra. No es que la de Alonso fuera peor o estuviera decorada de peor manera; es que donde la de Leandro era pura sencillez, en la de Alonso sí que se notaba que era un niño pijo.

No había ostentación, pero sí lujo. No estaba todo muy recargado, pero sí que había adornos innecesarios al menos para mi gusto.

Cuando entramos en el salón, me quedé totalmente impresionada.

Tenía una chimenea enorme que, viviendo en Marbella, no creía que la hubiera estrenado ni puesto más de tres veces desde hacía cinco años que llevaba viviendo en esa casa, como me había dicho, pero, oye, quedaba de maravilla allí.

—¿Una chimenea? ¿En serio?

Soltó una risa a la vez que se llevaba una mano a la nuca como si estuviera avergonzado.

—La diseñadora dijo que quedaría muy bien.

—No me lo digas; era de Siberia. Porque andaluza imposible.

—De Cantabria.

—Vale, eso lo explica todo. Allí ven menos el sol que nosotros la nieve.

Seguí recorriendo el salón, aunque mi vista no se había despegado de una enorme vitrina que tenía al fondo. Y allí fue donde me dirigí, como si tuviera un imán que tirara de mí.

Tuve que contenerme para no pegar la cara al cristal o ponerme a llorar de la emoción directamente.

Era una vitrina con cristal blindado y una cerradura de seguridad que ni de la NASA. Dentro había joyas, pero no cualquier joya, todas eran auténticas maravillas.

Algunas las reconocí enseguida porque las había visto colgadas en su página web; otras no, pero daba igual: todas, estaba segura, eran diseños de Teresa y, como no podían ser de otra manera, eran únicos y especiales.

—¿Una vitrina con joyas en el salón?

—Sí —contestó encogiéndose de hombros.

—La gente tiene plantas o figuras, ¿y tú tienes una vitrina con joyas?

—Todos son diseños de mi madre. Algunos son réplicas de los originales que hizo por encargo para alguien y otras son exclusivas que nunca han salido a la venta por el valor sentimental que tienen.

Mientras me decía eso, se puso detrás de mí y me agarró de la cintura, a la vez que apoyaba su cabeza en mi hombro para mirar las joyas, a la misma vez que yo.

—Joder y luego dices que no eres un niño pijo esto es… ni sabría cómo definirlo.

Soltó una carcajada al ver mi cara. Porque en serio que tenía que ser un poema por lo que alucinaba que estaba.

—Bueno… puede que un poco pijo sí sea.

—Un poco, dice —contesté riendo.

—Vale más que un poco, pero ¿sabes qué?

—¿Qué?

—Que este niño pijo está loco por la nueva camarera del club de pijos al que va.

—¿Así? ¿Y ella lo está por ti?

—Pues espero que sí porque voy a besarla ahora mismo y me gustaría que me devolviera el beso.

—Tendrás que arriesgarte entonces para averiguarlo —le contesté mientras me daba la vuelta para que quedáramos cara a cara.