Capítulo 21
Los siguientes días al encuentro que tuve con Alonso en el vestuario fueron simplemente geniales.
El trabajo siguió como siempre, bueno con unos pequeños cambios no en el mío, ese siguió igual, pero si en el de Tania.
Mi hermana en su cocina estaba de lo más contenta, porque esa nueva semana que empezó y por petición de Sergio que ya la consideraba un imprescindible a su lado amplió su horario de solo los fines a semana a pasar a tener una jornada completa yendo como yo seis días a la semana.
Estaba totalmente encantada y yo, aunque al principio le dije que eso no era lo que habíamos acordado y me mosqueé un poco acabe entendiendo que, si eso la hacía feliz, porque se lo hacía, no era yo quien para no alegrarme por ella.
Mi amistad con Leandro siguió subiendo como la espuma. En el club cuando coincidíamos y yo podía charlábamos un rato, pero el resto del tiempo lo hacíamos por mensaje, llamada o quedando fuera de allí cuando los dos podíamos a tomar algo.
Y con Alonso…
Pues con Alonso las cosas iban fenomenal, aunque era cierto que los días siguientes a nuestro encuentro, apenas nos vimos mucho porque como futuro CEO de la empresa, aunque prácticamente su padre ya se estaba echando a un lado y era él el que llevaba el peso de la empresa había estado muy liado preparando la nueva salida de una nueva colección de joyas.
Pero, aunque no nos habíamos visto más que un par de veces en el club, y no solo fuera mientras tomaba algo ya que se volvió a colar en el vestuario para… bueno ya me entendéis para que, por teléfono sí que habíamos hablado bastante.
En nuestra conversación me dijo que estaba harto de apenas tener tiempo y que estaba deseando dejar todo listo para poder pasar unas horas juntos fuera del club los dos solos.
Ese día mientras iba en el autobús para entrar a trabajar en el turno de tarde ya sabía porque me lo había dicho cuando habíamos hablado la noche anterior que no nos veríamos porque estaba fuera de Marbella en una reunión.
Pero quedó en llamarme cuando acabara por video llamada esa noche para vernos y hablar, aunque fuera un rato.
Entré en el vestuario para cambiarme y lo primero que hice fue mirar el cuadrante. Las primeras tres horas me tocaba en el restaurante y la siguientes en la zona de la piscina.
Saqué el uniforme y empecé a cambiarme mientras con una sonrisa y negando con la cabeza no pude evitar pensar en los encuentros explosivos que había tenido con Alonso en ese mismo lugar.
En el último que había sido dos días atrás me dijo que esos encuentros le gustaban mucho pero que estaba deseando tenerme en su cama y poder disfrutar de mí y de nosotros juntos, sin prisas.
Salí a la zona del restaurante y empecé a acompañar a la gente a sus mesas, a tomar comandas y servir platos.
Media hora después mi sonrisa se hizo más amplia cuando vi en la puerta a dos de comensales más, dos de mis favoritos.
Fui hasta ellos sonriendo y los dos me recibieron de la misma manera.
—Buenos tardes.
—Buenas tardes, niña.
—Hola Valle.
Eran Leandro y Teresa y me extraño que vinieran solos, pero ni siquiera me hizo falta preguntar ya que ella se encargó de aclararme la situación.
—Comeremos los dos solos. Fernando está con Alonso en una reunión fuera de Marbella, aunque que mi hijo no vendría eso ya lo sabías supongo.
Me ruboricé no por lo que dijo si no porque me di cuenta de que por su sonrisa sabía que entre su hijo y yo había algo.
—Yo…
No sabía ni que decirle.
—Valle, estoy encantada de que estes con mi hijo. No creo que haya podido elegir mejor.
—Gracias Teresa —contesté con los ojos aguados por la emoción que sentí al ver que no me lo decía como un cumplido si no porque así lo sentía de verdad.
—Yo también estoy encantado con esto, primita.
—Oh… no seas tonto. Te dije que no me llamaras así.
Leandro se echó a reír y Teresa se unió a sus risas mientras los acompañaba a una mesa para dos, ya que también por el camino me dijeron que Cayetana tampoco vendría porque estaba comiendo con una amiga en Málaga.
Les tomé nota y seguí con mi trabajo.
Cuando fui a recoger los platos de los postres que se habían tomado me quedé mirando un portafolios que tenía Leandro encima de la mesa con el diseño de una pulsera del que ambos estaban hablando.
—¿Te gusta?
Me encogí de hombros porque no quise decir la verdad, era horrible. Demasiado recargada y tan ostentosa que cuando estuviera acabada del peso que tendría al tener tantas piedras la mujer que la llevara le daría hasta una tendinitis en la muñeca.
—Di la verdad niña —me pidió Teresa al ver que no me atrevía a decir nada.
No quería ofenderla porque supuse que la había diseñado ella, pero me extrañaba mucho que así fuera ya que conocía y llevaba toda mi vida viendo muchísimas joyas que esa mujer que era mi ídolo había diseñado y desde luego era no era ni de lejos la mejor que había hecho.
Me atrevería a decir que era la peor.
—Venga Valle di sin miedo que opinas, aunque por la cara de horror que has puesto me lo imagino —me pidió Leandro.
No sabría decir que demonio me poseyó al ver esa mierda de diseño, porque ciertamente lo era o que fue lo que se me pasó por la cabeza para hacer lo que hice.
Porque sí di mi opinión como los dos me estaban pidiendo, pero no lo hice con palabras porque no las encontré.
En cambió lo hice con mi mano, más concretamente con el bolígrafo que le cogía de la mano a Leandro con el que estaba tomando notas en los márgenes de los distintos diseños que vi que había en el portafolios.
Me incliné en la mesa y a un lado del dibujo de la pulsera recreé la misma, pero arreglándola.
Quité varias piedras, dibujé un pasador del cierre más fino y elegante y la cadena que unía las distintas piedras lo alargué un poco más u poniendo en vez de ser tres cadenas entrelazadas solo dos, para darle un aspecto más fino y sofisticado y de paso quitarle peso.
Al acabar y levantar la mirada del papel me quedé sin respiración al ver la manera en la que los dos me miraban. Alucinados era poco para describir sus caras.
—Yo… lo siento… no sabía decir mi opinión de otra manera. Siento haberlo hecho de verdad.
Cogí a toda prisa los platos que había ido a recoger y me giré para marcharme.
—Quieta —dijo Teresa con tanta autoridad que me frené en seco.
—Deja esos platos. Quiero saber algo.
—Dime —dije con miedo.
—¿Cómo lo has hecho? ¿Como has sido capaz de trasformar el diseño en solo tres minutos?
—Yo…
—Valle, esto no mucha gente es capaz de hacerlo. Es más, solo conozco a una persona a la que le haya visto hacerlo y está sentada en esta mesa. Mi prima ha estado días para diseñar esta pulsera.
Acabáramos así que el diseño era de Cayetana no de Teresa, eso ya me cuadra ya que de la maravillosa mente que tenía esa mujer era imposible como yo había pensado que hubiera salido un diseño tan horrible.
—Yo puedo contestar esa pregunta.
Los tres nos giramos hacia la voz que había hablado, la de mi hermana.
—Tania, no… —le rogué.
—¿Por qué no? No es nada malo y si saben la verdad, entenderán cómo has sido capaz de hacer eso.
—¿Qué ocultas, Valle? ¿Qué no nos estás contando? —Me preguntó Teresa.
No me dio tiempo a inventar cualquier excusa ni a decir algo para salir del paso. Mi hermana no les explicó nada; eso me correspondería a mí hacerlo después.
Lo que sí que hizo fue sacar su móvil del mandil que llevaba puesto y mostrarles fotos de los diseños acabados de la bisutería que hacía y que había hecho antes de que yo las llevara a la tienda de la chica que me las vendía.
Teresa las miró con mucha atención, al igual que Leandro, que se levantó de un salto para ponerse detrás de su tía y verlas a la vez.
El silencio mientras lo hicieron fue impresionante. No se oía ni el aleteo de una mosca. Mientras ellos miraban el móvil de Tania con mucha atención, yo la miraba, recriminándole con la mirada lo que había hecho.
—¿Tú haces todas estas cosas?
—Eh… sí. Solo es un hobbie con el que me entretengo de vez en cuando —mentí.
—Valle, no me mientas. Estos diseños no los hace una persona para entretenerse. Llevo toda mi vida en esto y sé reconocer a un igual, que, por cierto, no había encontrado a ninguno hasta este mismo momento. Esto es arte puro.
—Son una puta pasada —añadió Leandro mirando todavía el móvil de Tania.
—Lo son y no solo eso, son una maravilla y eso que están hechos con materiales de bisutería, imagínate lo que podría crear con esmeraldas, oro o cualquier otra piedra —le contestó su tía.
—¿Valle?
No sabía qué decir. Me sentí tan abrumada por sus elogios en esos momentos, que no fui capaz de articular palabra; así pasó lo que tenía que pasar, las lágrimas que tenía acumuladas en los ojos empezaron a caer despacio por mis mejillas.
Al ver que no iba a poder detenerlas y que iba a dar un espectáculo allí en medio del comedor, me di la vuelta y me marché deprisa hacia los vestuarios.
Entré en el vestuario y me dejé caer, resbalando, apoyada en las taquillas, hasta que me senté en el suelo. Y allí lloré a gusto todo lo que necesitaba.
Quince minutos después, oí cómo se abría la puerta. Supuse que sería Tania quien venía a ver cómo estaba, pero me equivoqué y lo supe sin ni siquiera levantar la cabeza al oír el retumbar de unos tacones en el suelo hacia mí, seguido de otros pasos más fuertes y firmes.
Levanté la cabeza y allí, delante de mí, estaban Teresa y Leandro mirándome con cariño.
—Yo…
—Niña, no se te vaya a ocurrir disculparte por salir así del comedor.
—No sé lo que me ha pasado.
Los dos se sentaron en el banco frente a mí.
—Tania nos ha contado lo que pasó —dijo Leandro mirándome muy serio.
Fruncí el ceño porque no sabía a qué se estaba refiriendo.
—Nos ha dicho que llevas haciendo diseños desde que eras una niña, que te mataste a estudiar para entrar en la escuela de Córdoba y que abandonaste todo cuando murió tu madre dejando tu sueño atrás para hacerte cargo de ella.
—Hice lo que tenía que hacer, hice lo que quise hacer, lo que mi corazón me dijo que hiciera y no me arrepiento.
—Eres una mujer maravillosa, Valle; no cualquiera hubiera abandonado todo con lo mucho que habías luchado.
—Era mi hermana. ¿Cómo no iba a hacerlo?
—Y eso dice mucho de ti; como te he dicho antes, mi hijo no podría haber elegido mejor.
—Tania nos ha dicho que vendes lo que haces en una tienda —dijo Leandro.
—Sí, y estoy contenta con eso.
—Si tú quisieras… —dijo Teresa.
La corté, sabiendo por dónde iba y seguramente lo que quería ofrecerme, pero por varias razones, encabezando la lista el que su hijo pensara que estaba con él si llegaba a enterarse de mi sueño truncado que estaba con él para intentar cumplirlo a su costa, la corte.
—Así estoy bien. Aquello fue un sueño cuando era niña. Acepté lo que me vino y no quiero hacer nada al respecto.
—Pues es una pena. Tienes un talento innato. No te lo pediré ni insistiré, pero mi oferta estará encima de la mesa para que trabajes a mi lado diseñando siempre. Piénsalo al menos.
—No tengo nada que pensar. Esa es mi decisión. Hay varios motivos para que eso se quede en lo que era, un sueño, como tantos que la gente tiene que no llegan a cumplirse.
—Y yo respeto tu decisión. Aunque me puedo imaginar cuáles son algunos de esos motivos.
Al decirme eso, Teresa me miró a los ojos y supe que sabía por dónde iban mis pensamientos y que me comprendía. Incluso sonrió, negando, al ver que elegía a su hijo antes que a mi sueño. Porque al rechazar lo que me estaba ofreciendo, era lo que había hecho, y ahí, justo en ese momento, lo supe.
La primera vez renuncié a mi sueño por el amor a mi hermana, y ahí, en ese vestuario, volvía a rechazar la oportunidad que se me presentaba de volver a cumplirle por el amor a Alonso.
Sí, ya no podía negármelo a mí misma ni a su madre, que también lo supo solo con ver mi mirada. Estaba enamorada de él y por eso elegía quedarme a su lado y no mi sueño, para que no hubiera problemas entre nosotros y él pudiera pensar que, si lo hacía, le había utilizado.
—No quiero que esto lo sepa nadie más —les rogué.
—Esto se queda en este vestuario y entre los tres. Sí tú quieres contarlo algún día a quien sea, será tu decisión, no la nuestra —dijo Leandro antes de levantarme del suelo y abrazarme, comprendiendo también lo que me pasaba.