Capítulo 20
Cuando llegué a la zona de relax fui directamente a la barra para coger la bandeja y saludar a Dario que era al que le tocaba ese turno conmigo hasta las dos que termináramos.
—Hola Dario.
—Hola Valle. ¿Has visto que panorama? Esto parece un solar.
Giré la cabeza para ver las mesas y tuve que darle la razón. Aparte de Leandro y Alonso que estaban sentados en su mesa habitual esa en la que no se habían sentado seguramente por petición de Alonso, solo había tres mesas más ocupadas.
—Hoy nos vamos a aburrir como ostras.
—Solo estarás tú, Carolina no se encontraba muy bien y Dani la acaba de mandar a casa.
—Casi sobro yo, como para estar aquí dos camareras. Si Carol no estaba bien Dani a echo lo correcto porque buena gana de estar mal aquí si no hay trabajo.
—Toma esto es para la quince. La diez y la ocho ya tienen lo que han pedido solo falta atender a los Sotomayor.
—Perfecto. Voy a llevarlo y a tomarles nota a los otros. Ahora vuelvo.
Dejé los dos cocteles en la mesa quince y bandeja en mano me acerqué hasta la mesa de los chicos. No tenía ni idea de cómo reaccionaría Alonso delante de Leandro y eso me puso nerviosa.
No habíamos quedado en nada, pero si era verdad que quería tener algo conmigo, porque todavía no acababa de creérmelo, prefería que en el club lo supiera la menor gente posible.
El único motivo para querer eso era porque sabía de sobra que, si la gente entre los que incluía a socios y trabajadores se enteraban, sería el cotilleo del año. Y yo no quería estar en boca de todo el mundo.
—¿Chico que os pongo?
—A mí ya sabes cómo me pones —contestó Alonso guiñándome un ojo.
Como dos tomates. Así debieron de ponerse mis mejillas cuando dijo eso por la vergüenza que sentí.
—Hostias… —dijo Leandro, mirándonos, alucinado, a uno y al otro, con la boca abierta. —¿Qué me he perdido?
—Estamos juntos —contestó Alonso sonriendo.
—¿Pero juntos, juntos?
—Leandro, juntos solo hay una manera de estarlo.
—Estoy alucinando. ¿Pero esto cuándo ha pasado?
Y yo quise gritarle: yo también estoy alucinando, hijo, pero ya le estás oyendo. Estamos juntos.
—Pues… —no pude terminar la frase porque los dos se echaron a reír al ver que mis mejillas se coloreaban todavía más.
—No hace falta que me digáis nada, ya he unido los puntos. Alonso ha tardado un buen rato en venir a sentarse y me ha dicho que iba a hablar con alguien de algo importante.
—Y lo he hecho —dijo Alonso sonriendo.
—Pues sí que te ha cundido el rato, porque no me creo que solo hayáis hablado.
—Lo hemos hecho, necesitaba saber antes de besarla que no estaba contigo —le aclaró.
—¿Conmigo? Pero eso no hacía falta que se lo preguntaras a ella, que, seguro que, conociéndote, se lo has preguntado con tu habitual bordería; yo te lo habría dicho. Solo somos amigos, los mejores amigos.
—Lo sé, ahora ya lo sé.
—Alonso.
—Dime, preciosa.
—Esto —dije señalándole a él y luego a mí— creo que es mejor que aquí en el club lo sepa la menor gente posible.
Sé me quedó mirando, pensando en lo que le había dicho y frunció el ceño.
—¿Quieres que lo llevemos en secreto?
—¡No! Eso no, pero sí con discreción.
—Estoy de acuerdo y entiendo por qué Valle te pide eso. Aquí a la gente le gusta más el chisme que el whisky y los cócteles y estaréis en boca de todo el mundo. Tú nunca has salido con nadie, Alonso, te van a marear a preguntas y a ella las mujeres…
Leandro dejó la frase en el aire, pero no hacía falta ni explicar lo que pasaría con todas las mujeres que perseguían, que eran muchas, a Alonso. Pues que me odiarían y a saber de lo que eran capaces de hacer al sentirse despechadas.
Alonso cambió la cara al instante al comprender el porqué de mi petición.
—Tenéis razón, nos joderán a los dos y eso no pienso consentirlo. Aquí actuaremos como hasta ahora. Pero de puertas para afuera haremos lo que nos dé la gana.
—Pues, aclarado todo. Primita, a mí ponme una cerveza; hoy dejaré el agua. Esto se merece una celebración. Es un hecho histórico. El príncipe de Puerto Banús tiene pareja. Dios, pensé que no viviría lo suficiente para ver algo así.
Alonso resopló y Leandro y yo nos echamos a reír.
—Yo te traigo la cerveza y hasta un whisky si hace falta. Pero si vuelves a llamarme primita, en vez de bebértelo, vas a acabar bañado con ella.
Soltó una carcajada y levantó las manos en señal de defensa. Perfecto pensé porque vamos eso de primita sonaba fatal.
—A mi tráeme otra cerveza preciosa, me uniré al cafre este hoy.
—Marchando dos cervezas entonces.
Dario se quedó un poco sorprendido ante el pedido de los primos. Y hasta me dijo que la falta de gente al parecer les había hecho comportarse de manera rara, porque en todos los años que el llevaba allí trabajando que era tres, nunca ninguno de los dos había pedido eso.
Hasta me dijo si esa anomalía sería a causa de algo.
Y sí que lo era, una muy grande pero como habíamos quedado no le dije que yo si sabía a qué era debido ese cambio. Guardar silencio era lo mejor.
Las dos horas siguientes como Dario había predicho poco más y nos morimos de aburrimiento. Le zona se quedó vacía hacía ya una hora y la anterior solo Alonso y Leandro estuvieron más rato que el resto yéndose los últimos cerca de las doce y media de la noche.
Eso sí antes de irse me pidió el número de teléfono para estar en contacto en todo momento.
Un resoplido demasiado alto de Tania me despertó, ya me podía imaginar que le podía pasar para parecer tan temprano un caballo relinchando.
Estaba muerta de calor.
Que yo también lo estaba, pero al recordar antes ni de abrir los ojos todo lo que había pasado la noche anterior me dio igual hasta el insoportable calor que hacía en la cara se me puso una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Por qué coño sonríes así? ¿El calor te está fundiendo las neuronas?
Tania me miraba según estaba tumbada en la cama de medio lado con una ceja alzada y como si en vez de ver a su hermana estuviera viendo a un extraterrestre.
—Estoy contenta.
—¿Cómo puedes estar contenta con este puto calor que hace?
—Pues lo estoy, mucho de hecho. Hasta el calor me da igual.
Me miró todavía peor de lo que ya lo estaba haciendo.
—¿Por qué…? ¿Te ha tocado la lotería? ¿Es eso? Dime que si, por favor. Dime que es eso y que vamos a poner aire acondicionado o a viajar lo que queda de verano al Polo Norte.
Solté una carcajada.
Pasara lo que pasara, Tania tenía que seguir siendo fiel a ella misma y ser la más exagerada de Marbella.
—No, no es eso. Bueno al menos no de verdad. Porque sí que me siento como si me hubiera tocado la lotería. O el premio gordo más bien.
Otro resoplido y acompañado además de una caída muy teatral contra las almohadas.
—Mira Valle, mi cerebro no funciona como debería debido al calor. Así que explícate bien. Hazlo despacio y vocalizando como cuando era niña y me enseñabas a leer.
—Eres la reina del drama.
—Y tú hoy la reina del misterio, porque joder ahí sigue esa sonrisa desde que has abierto los ojos y no sueltas prenda.
Si no había abierto la boca todavía y Tania ya estaba dramatizando y exagerando cuando le contara lo que pasaba me iba a montar una escena que ni la de una película taquillera.
Aun así y sabiendo su reacción me armé de valor, cogí aire y solté la bomba.
—Estoy saliendo con el niño pijo.
Se sentó en la cama de golpe, pero lo hizo tan rápido que hasta tuvo que darle un mareo y todo.
—¿Qué niño pijo? ¿Leandro? No, no, no Leandro no puede ser el no es un niño pijo.
—No, él no es. Ya sabes que solo somos amigos.
—¿Entonces quién? Valle habla ya joder que me estoy poniendo muy nerviosa ¿Tú teniendo novio? ¡Dios! Esto tiene que ser una alucinación por el calor. Sí, sí es eso seguro.
Tuve que contener la risa la verla de los nervios y divagando como una loca.
—He dicho que voy a salir con alguien no que sea mi novio.
—Pero ¡¿qué dices?! Salir con alguien es tener novio. Aquí y en la Conchinchina.
—Pues no hemos puesto esa etiqueta, solo hemos quedado en estar juntos.
—¡¿Con quién?! Dios… si no tuviera tanto calor, te daba de almohadazos por lo mucho que me estás haciendo sufrir sin decir el puñetero nombre.
Todo eso lo dijo mientras se levantaba de la cama y empezó a par pasos de arriba abajo en la habitación. Que eran evidentemente dos pasos arriba y dos abajo porque más no se podían dar por la falta de sitio.
No quise que se alterara más, así que decidí decirle el nombre para que respirara tranquila de una vez.
—Con Alonso.
—¿Qué Alonso?
—El pastelero de la esquina, no te jode. Pues Alonso Sotomayor. ¿Quién va a ser?
Abrió la boca para contestar, pero se había quedado tan en shock que estuvo boqueando como un pez durante varios segundos, o quizá fueron un par de minutos, hasta que al final habló.
—¡No! Dime que estás metiéndome una trola.
Solté una carcajada porque era para verla, hasta se limpiaba el sudor de la frente, imaginario, con una mano y se abanicaba con la otra.
—Es verdad, Tania, y deja el drama ya, coño.
Se desplomó sentada en la cama llevándose la mano al pecho.
—¿Estás saliendo con el príncipe de Puerto Banús? ¿Con el heredero de un imperio? ¿Con ese niño pijo al que todas quieren cazar? ¿Con el tío más buenorro de todo Marbella? ¿Con ese Alonso?
Puse los ojos en blanco mientras me levantaba de la cama porque os juro que no podía con ella de verdad.
—Sí, con ese —le confirmé.
Pegó tal chillido a la vez que se ponía de pie en la cama y empezó a saltar en ella que poco más y me queda sorda.
—¿Quieres calmarte, joder? Pues no parece que estás más contenta que si te hubiera dicho que nos ha tocado la lotería.
—Coño, es que lo estoy. Mi hermana con novio, y qué novio —dijo, echándose a reír—, vas a ser la mujer más envidiada de todo Marbella.
Frunció el ceño al verme poner seria.
—Respecto a eso. No puedes decir nada a nadie, Tania, y mucho menos en el club. No queremos que allí se sepa, si no, seremos como dos monos de feria.
Pensó unos segundos y asintió entendiendo la situación.
—Eso es cierto. Con lo retorcidos que son algunos allí, os joderían, pero bien, con sus comentarios. Y para eso no hace falta buscar más enemigos fuera, ya tenéis a la peor en casa. Porque, después de tu trifulca con la Cayetana, le va a sentar como una patada tenerte de cuñada.
Lo sabía, bien que lo sabía yo. Porque era algo a lo que no le había dejado de dar vueltas desde la noche anterior. Cuando Cayetana lo supiera, porque iba a ser inevitable que no lo hiciera, a saber, lo que diría o incluso haría.
—Bueno, si tu cuñadita se pone tonta, con meterle la cabeza en la taza del váter y joderle su perfecto peinado, creo que será suficiente. Pero ahora no pensemos en ella, que no me quiero cabrear. Cuéntame todo. ¿Cómo ha sido? ¿Cuándo? ¿Te lo has tirado ya?
Y se lo conté, allí sentadas en la cama, le conté todo, o casi todo claro.