Capítulo 19
Seguía paralizada.
Y así estuve hasta que Alonso, con su cuerpo empujó el mío hasta pegarme a la pared.
Bajó un poco la cabeza y empezó a besarme el cuello, dándome pequeños mordisquitos que me hicieron humedecer entera.
Sus manos no se quedaron quietas. Lentamente me acarició los costados de arriba abajo hasta el mismo borde de mis pechos. Su contacto y eso que me estaba tocando por encima de la ropa me hizo estremecer.
—Valle…
—Alonso…
—Dime que quieres esto, dime que me deseas tanto como yo a ti. Dios… no he podido sacarte de mi cabeza. Cada vez que cierro los ojos, allí estás presente. Y no te he evitado porque no quisiera verte, lo he hecho porque te deseaba demasiado. Pero ya no puedo seguir así.
Cerré los ojos y pensé en qué hacer durante apenas tres segundos. Y me dije: ¿Por qué no? Yo también le deseaba y, aunque sabía que sería cosa de una sola vez, al menos disfrutaría todo lo posible.
—Alonso.
—Dime, preciosa, dime lo que quieres —dijo levantando la cabeza para mirarme a la cara.
—Bésame.
—Dios… claro que voy a besarte. Pero no solo eso. Voy a hacerte mucho más.
Solo con oírle decir esas palabras, mi respiración y mi pulso se aceleraron, y no esperé a que fuera él quien me besara. Le agarré de la camisa y tiré de él con fuerza hacia mí para buscar sus labios.
El beso no fue una lucha como el que nos habíamos dado la vez anterior, fue puro fuego, pura pasión por ambas partes.
Con las manos temblorosas le desabroché la camisa y cuando se la quité dejándola caer al suelo y pasé mis manos por su pecho lentamente acariciándole con las uñas por toda su piel, se estremeció más de lo que yo lo había hecho.
—Yo también necesito tocarte, verte, probarte… Dios, quiero hacerte de todo —dijo mientras me desabrochaba la camisa.
Se retiró un poco hacia atrás a la vez que dejaba caer la camisa al suelo y cuando de un tirón me bajó el sujetador y mis pechos quedaron al aire sus ojos se oscurecieron tanto por el deseo, que apenas se le distinguían ya verdes.
—Son perfectas, perfectas para mis manos —dijo mientras posaba sus manos en ellas.
Volvió a besarme mientras me masajeaba con firmeza ambos pechos. Llegó hasta mis pezones y en ambos a la vez me los pellizco para ponerlos duros del todo.
Dejó mi boca y fue bajando, besando mi cuello y mi clavícula hasta que llegó a uno de mis pechos y con ganas empezó a succionar mi pezón mientras me daba también pequeños mordiscos con los dientes.
La sala del vestuario se llenó de mis jadeos.
Bajó sus manos mientras seguía dando atención a mis pechos por turnos y me desabrochó los pantalones y sin verlo venir me los bajo de un tirón llevándose de paso mi ropa interior.
—Déjame quitártelo del todo, levanta las piernas.
Obedecí, claro que lo hice, pero lo que no me esperaba fue lo que hizo a continuación.
Al deshacerse de toda mi ropa se arrodilló en el suelo delante de mí y puso una de sus piernas en su hombro.
Alzó la mirada y me guiño un ojo a la vez que sonreía.
—Me moría por probarte y no me voy a ir de aquí sin hacerlo, sin saber a qué sabe tu esencia cuando te corras en mi boca.
Dios… del cielo. En la vida me había visto yo en una igual. Pues tú calla y disfruta, me dijo una vocecita en la cabeza a la que no pude evitar hacerle caso. Bueno, que Alonso ni tiempo me dio ni a pensarlo, ya que hundió la cabeza entre mis piernas para literalmente devorarme.
Mis jadeos aumentaron a la vez que lo hicieron sus lametazos, buen siendo sincera eso lametazos no eran, la verdad es que me estaba follando con la lengua.
Y de qué manera…
De una manera feroz como si se le fuera la vida en ello. Como sí su único objetivo en ese momento fuera darme el mayor placer posible. Y vaya si me lo dio.
Me lo dio sin parar ni un solo segundo hasta que consiguió que como me había dicho que quería, me dejara ir en su boca.
Tuve que contenerme para no chillar su nombre cuando el mejor orgasmo de mi vida me atravesó el cuerpo entero, mordiéndome los labios.
Y si con lo que me había hecho estaba de lo más sorprendida con lo que hizo después ya flipé en colores. Con lentitud recorrió todos mis pliegues y no paró hasta que no lamió hasta la última gota de mi esencia.
Sé levantó del suelo sonriendo y sin darme ni un descanso para recuperar un poco el aliento se volvió a lanzar a mis labios.
Mientras me besaba yo también quise darle placer así que llevé mis manos a sus pantalones y se los desabroché. Se los bajé junto a su ropa interior lo justo para liberar su miembro que brincó de alegría contra mí al sentirse libre de la ropa.
Pasé la yema de mis dedos por su punta recogiendo con ellos la humedad que tenía y después con mi mano agarré toda su largura, que era bastante al igual que su grosor, que todo hay que decirlo y empecé a moverla de forma lenta arriba y abajo.
Mientras me seguía besando noté como jadeaba en mi boca.
Seguimos así unos minutos más hasta que se separó de mi boca jadeando y apoyó su frente en la mía.
—Valle… no quiero acabar en tu mano, deseo estar dentro de ti, deseo hacerte mía.
Esperó sin moverse a que le dijera que sí o que no y eso me gustó. Porque, aunque sabía que estaba ciego de deseo me dio la oportunidad de elegir.
—Hazme tuya. Ya. Aquí y ahora.
Soltó un gruñido al oír mis palabras y ya no pensó más.
Me agarró una de las piernas para que le rodeara la cintura con ella, guio su miembro a mi entrada y me penetró con fuerza de una sola estocada.
Yo pensé que se movería, pero no. Otra vez no hizo lo que esperaba, y es que este hombre me sorprendía más a cada momento que pasaba. Se quedó quieto dentro de mí.
—Estás tan húmeda y caliente que solo de pensar en ello sería capaz de correrme.
—Te siento muy bien dentro, me llenas entera—dije jadeando contra su boca.
—Valle, estoy tan cachondo que no podré ser delicado.
—No quiero que lo seas. Fóllame fuerte
—Agárrate porque voy a darte duro.
Me agarré a sus hombros a la vez me lanzaba a su boca para besarle mientras el empezó a embestirme de una manera brutal.
Nunca había tenido sexo de esa manera, ni tan intenso, ni en esa postura ni tan placentero y lejos de asustarme por esa manera fiera de follarme disfruté como nunca.
En el vestuario solo se oían nuestros jadeos, que a cada embestida subían de volumen, y nuestros cuerpos chocando uno contra otro.
—Dios… qué bueno. Estar dentro de ti es el puto paraíso.
—Sigue… no pares.
—No pienso parar.
Y no paró. Siguió embistiéndome con fuerza durante los siguientes minutos.
—No… no puedo más Alonso… voy a…
—Yo tampoco. Juntos. Vamos a llegar juntos.
Tres embestidas después, nos dejamos ir los dos a la vez mientras decíamos, más alto de lo debido, el nombre del otro contra nuestras bocas.
Tardamos un rato en recuperar la respiración y conseguir que nuestros corazones dejaran de bombear de forma descontrolada.
—¿Estás bien, preciosa? —Me preguntó mientras soltaba mi pierna y salía de dentro de mí.
—Perfectamente.
—¿No he sido muy brusco? —Me preguntó preocupado.
—No, no. Me ha gustado así, de verdad.
—Bien —contestó sonriendo.
Empezó a colocarse la ropa y yo, al verlo hacer eso mientras el silencio se impuso en el vestuario, me fue imposible que no se me vinieran las palabras de Susana a la cabeza, cuando me contó que al acabar de follársela en su apartamento le pidió un taxi para que se largara con viento fresco.
A mí, evidentemente, un taxi no me iba a pedir por el sitio en el que estábamos, pero marcharse sin decirme ni adiós, pues sí que me lo esperaba.
Pero, como con todo lo que Alonso hacía, volvió a sorprenderme con sus siguientes palabras porque al ver mi expresión debió de adivinar o intuir lo que estaba pensando.
—Si piensas que esto se queda aquí, estás muy equivocada. Quiero más, Valle. Y no solo más veces de sexo, que también. Quiero conocerte y que tú me conozcas a mí.
Lo miré con los ojos como platos por la sorpresa, porque joder…eso sí que no me lo hubiera esperado en la vida.
¿Que quería conocerme? A mí. El príncipe de Puerto Banús. El hombre que se podía llevar a la cama a la mujer que quisiera. El que podía tener lo que quisiera con cualquier mujer no solo de Marbella si no de España quería algo conmigo.
Venga por favor que salga alguien ya de la taquilla en la que esté escondido y me diga que eso era una cámara oculta pensé mientras seguía muda de la impresión sin saber que decir.
—Supongo que mi propuesta te sorprende. Seguramente te han puesto al tanto de mi fama. Y es cierta. No repito con ninguna mujer. No me implico tampoco con ninguna. Pero, por una extraña razón que desconozco contigo, quiero hacerlo.
Virgencita de mi vida. Que sí, que era verdad lo que estaba diciendo. Y lo supe no porque no saliera nadie de ninguna taquilla, sino porque en sus ojos vi la más pura sinceridad al igual que en su voz también la había.
No pude hablar de lo impactada que estaba, así que solo asentí.
—¿Sí? ¿Me darás la oportunidad de conocerte? Y de que tú me conozcas a mí. Pero a mí, a Alonso. Al que muy pocos conocen, no al niño pijo que hace ahí fuera lo que tiene que hacer para sobrevivir entre la gente.
—¿Pero tú estás seguro de lo que estás diciendo? Yo… —dije, mirándome el cuerpo, que aún seguía desnudo.
—Eres perfecta. Así te veo yo. Lo demás da igual y lo que diga el resto de la gente también.
Esas palabras, dichas con tanta firmeza, hicieron que me relajara.
—¿Entonces lo hacemos? ¿Estamos juntos? —preguntó con esperanza.
—Sí —dije confirmándoselo.
—Gracias —dijo antes de agarrarme la cara con las dos manos y darme un beso en la boca corto pero dulce.
—Alonso. Quiero pedirte algo.
—Lo que quieras.
—Si te cansas. Si no quieres seguir. Si te das cuenta de que no soy lo que buscas o esperabas. Solo dilo y esto se acabará. Pero no me hagas daño.
—Prometido —dijo antes de volver a besarme.
Esperó a que me cambiara de ropa y luego salimos juntos. Él se fue a sentarse con Leandro, que le estaba esperando, y yo me fui a trabajar.